Desafiando la gravedad/ Defying Gravity.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Defying Gravity. Glee. 

   No sé desde cuándo nos conocemos. ¿Un año? ¿Diez?

   Recuerdo el primer día. El sol entraba a raudales por la ventana. Casi mediodía. Sonreíste algo tímidamente cuando nuestros ojos se encontraron. Yo te sonreí de vuelta, como reflejo, pero también por gusto. Qué ojos, que nariz, qué boca. Pero nada más.

   Después nos fuimos encontrando aquí y allí. En una fiesta común, en alguna calle, en algún turno. Y la sonrisa de nuevo, y esa cara de ángel y esas manos. Y cierta timidez. Y comodidad.

   Qué raro, ¿verdad?

   Oí tu voz. Preciosa. Me transportó a un campo tranquilo, donde soplaba el viento y el día era azul. Eso: azul. Tu voz es azul. Preciosa. Y tu pelo negro y esa boca de fresa. Roja. Preciosa. Y tus ojos de miel y desierto, dulces. Como tu voz preciosa: dulce, calma.

   Comenzamos a hablar. Primero de trabajo, de profesional a profesional. Y con cuidado de no verte demasiado a los ojos, o a tu boca, o a tu pecho. Así que miraba al vacío. Sonriendo. Pero al vacío. Te hacía gracia.

   A mí también. Porque esperaba que te pasara lo mismo que a mí.

   Tu voz azul, tus ojos de miel y desierto, tus brazos y tu pecho infinito. Qué agradable estar cerca de ti. Las horas se hacían menos pesadas y el trabajo fluía con una facilidad divina. Y el tiempo se escapaba de las manos. Qué maravilla.

   Y te espiaba. Bueno, sólo a veces. Te veía trabajar con tanta concentración que apenas recordaba hacer el mío. A tu lado me reía más, me sentía hasta más importante. Esto es una tontería, pero la digo porque es verdad. A veces miraba los turnos para ver si coincidíamos. Y qué bien la ocurrencia. Nos sentábamos a hablar horas enteras y la labor ininterrumpida no se veía estorbada por tu voz azul y mis sentidos entregados a ti. Todo lo contrario: nada quedaba mejor hecho, los sentidos más agudos, el equilibrio perfecto.

   Sentía que volaba. Desafiando la gravedad, a tu lado el tiempo no era nada, ni los riesgos del error, ni los latidos de mi corazón. Sentía que no me pertenecía, que escapa de mí y ascendía más allá, fuera de mí, tocando el Infinito y volviendo al lecho de tu mirada de prado, a tu voz de océano azul.

   ¿Cuándo me di cuenta que te amaba? Cuando salí dando un portazo tras quedarme mudo ante ti. Qué belleza hablándome, invitándome a tomar cualquier cosa después, como si eso fuese algo extraño, vamos. Pero para mí no era trivial. No te respondí. Me entró un calor que salió de mis entrañas y subió como la espuma, desafiando la gravedad, desde el centro de la tierra hasta mi corazón. Enrojecí. Sentía calor ardiente en mis mejillas y en las manos. Abrí la boca y la volví a cerrar. Y no se me ocurrió cosa mejor que agitar la cabeza y salir corriendo, con la primera excusa muda que encontré para irme de allí. Creo que te reíste y agitaste también la cabeza. No lo sé. Yo me dirigí a la puerta, y tras el portazo, mi cuerpo se desmayó sobre ella, como si pudiese soportar un peso semejante, y atrapé con mis manos el corazón que se quería salir por la boca.

   ¡Dios mío!

   Sí. En aquel preciso momento supe que te quería. Que todas esas miradas, que todos esos planes y coincidencias me habían llevado por un camino inconsciente pero preciso hasta las puertas de mis labios, hasta los pies de tu corazón.

   ¿Cómo era posible? No lo sé. Quizá no lo sepa nunca. Con el pecho bamboleando como un tambor, intenté calmarme pensando en esa riada de sentimientos físicos que me mareaban, viajando con la rapidez del rayo, volando con un poder que no era de este mundo. Flotaba, desafiando la gravedad, y soñaba todo a la vez.

   Soplé. Una y otra vez. Y resoplé. E intenté frenar el galope veloz de mi cabeza, e intenté atajar el vuelo rasante de mi corazón como si fuese un globo, atrayéndolo al centro de mi cuerpo, de donde no debería haber salido pitando. Pero ya era tarde. Ya no había más salida. Lo supe en ese momento: me había enamorado de ti.

   Todo me llegó entonces: inconvenientes, diferencias, inhibiciones. Hasta lo posible: que no fuese correspondido… ¿Pero podía ser todo cierto? ¿Podía ser que me equivocase? ¿Por qué esa boca de fresa, llena de una belleza sobrehumana, dueña de una voz azul profunda, se fijaría en mí? Me eché un vistazo: me sobraba algo de peso, estaba sin peinar, apenas había dormido, tenía voz de pito. Ni yo saldría conmigo….Bueno, puede que a tanto no, pero quién sabe…

   Me separé de la puerta bruscamente. Todo era posible, sí. Mis propios límites me lo decían, mis alarmas estallaban. Pero allí estabas tú. Una belleza que quitaba el aliento, una profesionalidad intachable, una sencillez arrebatadora. Y estaba yo. Y sólo era ir a tomar algo. Eso: un café, un helado, una cena, un baile, qué sé yo. A mí.

   Cerré los ojos y suspiré profundamente. Acallé todas las severas propuestas, los raciocinios más estilizados. Cada inspiración me servía de tea inflamada, de energía divina. Y algo cambió dentro de mí. Volví a abrir los ojos y resoplé un mechón de pelo que me caía sobre los ojos. Intenté peinarme de memoria. Me atusé el pijama, algo arrugado por la noche que pasaba. La oscuridad me podía ayudar. Y la belleza de esos ojos de pradera africana y el susurro azul de esa voz maravillosa. Y me decidí.

   Entré de nuevo. Me acerqué poco a poco. Me interrumpieron un par de veces. Pero nada hizo flaquear mi voluntad. Era el momento de desafiar la gravedad. Podría no atraerte, podías haberme invitado por quedar bien o, aún peor, por compasión. ¡Oh, bien lo sabía! Pero lo asumí todo al acercarme a ti: lo bueno y lo malo. Y cada paso estaba lleno de una nueva energía. Y cada paso me abría más la boca, sonriendo con todos los dientes. Así como estoy riendo ahora. Y agitaba la llama de mi corazón, que ardía en mi pecho como un faro eterno. Alzaste tu mirada al sentirme cerca y sonreíste a la vez. Y salí volando, volando hacia las estrellas, desafiando la gravedad, hasta caer rendido a tus pies.

   Te quiero. Te sigo queriendo como el primer día que me di cuenta que te amaba.

   Como hoy.

   Desafiando la gravedad, juntos muy juntos año tras año, hasta alcanzar el porvenir.

Al despertar/ Waiking Up.

El día a día/ The days we're living

   Siento que he vuelto a mi cuerpo. Intento desperezarme un poco. El placer del peso sobre el colchón, la frescura de la mañana recién estrenada después de una noche de calor y cierto sofoco, la suave delicia de los ojos cerrados. Y estirarse lentamente sobre la cama.

   Ah…

   Venido del sueño, los recuerdos se agolpan en mi mente. Pero los acallo. Ya habrá tiempo; siempre hay tiempo en el fragor del día para volverlos a pensar, quizá para revivirlos si lo merecen y para olvidarlos de nuevo. Ahora sólo siento el placer de mi cuerpo al contacto con las sábanas, el cosquilleo del frescor matutino y los brazos estirados y los párpados caídos, pesados y golfos para abrirse. Y el olor…

   Imagino el desayuno sobre la mesa. La luz por la ventana. La jarra de agua fresca, el zumo exprimido, el café al fuego, el mantel y la fruta, la copa tallada. Y tú.

   Sonrío. Sonrío como un tonto porque no abro los ojos, no me ve nadie y me causa más despereza.

   Sonrío. Sonrío de gusto, del sencillo placer de saberte cerca, de tenerte a mi lado antes de que el día comience. De que seamos uno del otro antes que del resto del mundo. Un lazo que nos une sin ataduras, una especie de complicidad que se renueva cada mañana.

   Tu piel. Mi piel. El chasquido de la electricidad entre ambas. Un cosquilleo y el ahogo de una risa. Y la búsqueda del placer y el hallazgo de la paz. Todo a la vez.

   Volver del sueño es como incrustarme en un caparazón rígido y sin embargo cómodo, usado de viejo conocido. Y mío. Además, retorno del sueño para volver de nuevo a ti. Siempre a ti. A nuestro plan, a nuestro proyecto, a nuestra complicidad.

   Al despertar, el olor a tostadas, mantequilla derretida y a canela fresca inunda de aromas la habitación. Por la ventana abierta pasa el fresco de la mañana recién estrenada, que se cuela entre las sábanas hasta rozar mi piel. Y sonrío. Y extiendo mis brazos para encontrarte a mi lado.

   Abro los ojos lentamente… Estás aquí…

   Qué felicidad.

No vayas con extraños/ Don’t Go To Strangers.

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Crecer es para siempre/ Growing Is Forever.

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Thanks to Philippe Servais, to show it to me.

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    Hace muchísimo tiempo no había planes ni proyectos porque todo era árboles que crecían, sin personas que diseccionasen ni erigiesen monumentos de piedra, ni murallas, ni puentes.

   Los árboles eran muy jóvenes y tenían toda la vida por delante. La inmensidad del tiempo y su potencial los rodeaba, así que unieron sus raíces como dedos unos con otros, íntima y firmemente, formando sobre la tierra una red suave y resistente.

   Los árboles crecieron y dibujaron formas de luces y sombras sobre la tierra, y la hierba nació a su través siguiendo los patrones de esa red suave y resistente. Pequeñas arañas comenzaron entonces, arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, a tejer sus redes en las que aprehendían al rocío, que quedaba encerrado en pequeñas gotas que atrapaban la luz que lo iluminaba todo.

   Silencio. Había mucho silencio porque los árboles necesitaban concentrarse en su vida, pues no es nada fácil crecer tan alto y por tanto tiempo. Algunos árboles, cansados de su labor, se recostaron sobre la blanda tierra; otros, con más suerte, se apoyaron en los demás, alcanzando la cima del cielo con esa ayuda. Y cuando un árbol dejaba de crecer, otro le tomaba el relevo, en esa labor continua que es llegar hasta el cielo amplio y libre.

   Y su credo se oye en el frotar de sus hojas: Crecer es para siempre.

Señales/ Signs.

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Morir, todavía/ To die, yet.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Ayer, durante la guardia, una paciente yacía moribunda. Se le había apoyado para que ese tránsito fuese lo más confortable posible. Sedación y analgesia. Alrededor de su cama se podía respirar el respeto inmaterial de la muerte. Si nadie ha experimentado de cerca el óbito de un ser querido puede que no sepa discernir exactamente ese momento de intensa quietud, de palpitante vida. Es una partida, y como todos los viajes, llena de ansias, emociones contrapuestas y respuestas desiguales. Sin embargo, si queremos darnos cuenta, algo transmite la persona moribunda en el momento casi de cumplir ese último tránsito, el último resuello, y es una sensación de paz más cercana que nunca a la divinidad, una sensación de discreta alegría que nos toca muy de cerca, tanto que lo desconocemos y pasa desapercibido, pero que ahí está. Algo muy similar a lo que ocurre en el Nacimiento: en medio de todo el lío de la llegada a este mundo, hay un instante mágico en donde todo concuerda, y una paz leve e intensa a la vez nos transporta, en ese milisegundo, a lo que es nuestra verdadera Vida, allá donde todo parece perfecto y sin duda lo es.

   A pesar de ocurrir en el hospital, y en nuestra UCI, a pesar de la batalla constante a favor de la Salud y de la vida como la conocemos, aún se pueden experimentar instantes mágicos como éste, momentos en los que la Muerte toca la Vida y lo deja todo atrás. Una mujer joven, alcoholizada, cedía su cansado cuerpo a la Nada y se despedía de este mundo tras una enfermedad que no fue amable y que no le brindó (quizá por nuestra intervención, o quizá no) la oportunidad de reencontrarse consigo misma de la forma en la que, por lo demás, yo la imagino. Ahora mismo me doy cuenta que quizá el instante de la muerte signifique para todos nosotros el momento correcto, ese minuto en el que nos reconciliamos con nosotros mismos y la vida se alinea, a través de la Muerte, para alcanzar la Vida al completo. Tal vez nuestros enfermos, cuando mueren, deben hacerlo así, o quizá no: el mundo es una escala de grises que termina bañada de una luz tan intensa que nos deslumbra y nos baña en la ignorancia y en el que todo es posible.

   Cuando entré a la guardia pude sentirlo en su caso. Esa serena paz me llegaba a la piel, y como siempre que lo noto, me quedo un rato a los pies de la cama y contemplo ese proceso con mucho respeto y los sentidos muy abiertos. A veces sólo me preocupa que el paciente se halle confortable y que no sufra; pero ayer ese sentido de lo eterno era muy fuerte, era muy dulce y sabio. Y por eso me despreocupé de todo y estuve a sus pies durante unos minutos. Hasta que tuve que salir corriendo para socorrer a otro enfermo que empezaría a vivir un proceso similar mucho más adelante. Pero allí quedó ella hasta que decidió irse, a eso de las cuatro de la tarde.

   Poco después me llamaron de casa para decirme que una de nuestras perras, la pizpireta e inteligente Niebla, acababa de morir, sola, a los pies del camelio, sobre una alfombra de flores. Una muerte repentina en un cuerpecito lleno de vida de perro, despreocupada, leal y única. Esa almita que nos iluminó la vida durante su breve existencia miraba con esos ojos líquidos de pura castaña madura, desesperaba por comer, corría de un lado para otro del jardín, hacía huecos profundos e inverosímiles persiguiendo a los topos, y le ladraba de forma escandalosa a cuanto congénere se acercaba a la reja verde que nos separa de la calle. Ese pedazo de cielo blanco, con una personalidad tan serena y decidida, tan pequeña y fuerte al mismo tiempo, se fue sin estorbar, como solía ser ella, durmiendo algo cansada ayer, y sin más nos abandonó segura de lo que hacía, cansada a saber porqué, sobre una alfombra de flores caídas.

   Cuando me lo dijeron, desvié mi mirada hacia la cama 4. Aquella mujer, como Niebla nuestra perrita, exhalaba también su último suspiro, su corazón latía por última vez en esos momentos. No la acompañaba, como a Niebla, el cielo abierto, el dulce viento de julio; ni su lecho era una confortable manta de flores, todo lo contrario; pero la misma paz, la misma serenidad y el mismo fin que de seguro mi perrita tuvo, ella lo estaba viviendo, lo estaba transmutando y nos lo regalaba a cuantos la rodeábamos. Suspiré con el teléfono aún en la mano. Imaginaba la tristeza de mi hermano, a quien todos los animales y los niños quieren con locura, buscando el lugar idóneo para enterrarla en nuestro jardín, como de seguro estarían haciendo los familiares de la paciente de la cama 4.

   Al final se optó por enterrar a Niebla en el lugar en el que murió, de suerte que ahora se halla debajo del camelio y rodeada de flores, entre abiertas y marchitas, llenas de color y vida como ella fue; un lugar hermoso, a pesar de la propia resistencia de mi hermano a no ver cómo la tierra con la que él la cubría, llegaba a taparla por completo, terminó su labor sembrando de pétalos a aquel cuerpecito blanco y castaño que nos había regalado siempre lo mejor que tenía, con ese espíritu de lealtad que sólo un perro puede llegar a tener.

   Mientras mi hermano hacía esta labor entre hermosa e ímproba, yo llamaba a los familiares de la paciente para avisarles que todo se había consumado. Hay muchas técnicas para dar malas noticias, todas útiles. Como ya he comentado en entradas anteriores, la mía ha terminado por ser la más simple y directa. Delante de mí tres mujeres, la más joven la hija de la paciente, aún crédula y esperanzada, con esa lucha a veces fraticida en la que nos lanzamos pese a todas las evidencias, recibiendo la noticia con la peor de las reacciones. Las otras dos, de más experiencia y edad y, por tanto, algo más bregadas en el asunto de vivir y morir, en la compleja situación de ver la vida por sus dos caras, intentaron consolar a la chica y, algo perdidas, al mismo tiempo intentan conservar algo de serenidad. Eso que a mí me sobra a veces. Les dije que no se preocuparan de nada, sólo debían llamar a la empresa funeraria; de lo demás nos encargaríamos nosotros. A veces me tienta la idea de ofrecerles algo caliente, café o alguna infusión, además de unas palabras de condolencia llenas de respeto y a la vez de rígida norma social, pero después de once años de trabajo, a veces dudo en dónde está la línea de la profesionalidad y del decoro. Al final, opté por la forma habitual, que es dejar que pasen el primer tramo del duelo (esa carrera hacia ninguna parte tan llena de vericuetos y de trampas sin salida que es el Dolor) solas en una salita tranquila y seguir dedicándome al resto de enfermos que son los que ahora más nos necesitan.

   Durante toda la guardia en mi mente se construyeron esos paralelismos, muy diferentes en apariencia pero demasiados similares en esencia y estructura. Hay una pérdida y un dolor, un hueco vacío, y una labor de continuidad, de seguir adelante. Obviamente una mascota no es un familiar ni un amigo, pero es un trocito de corazón que late dentro, muy dentro de nosotros; es una alegría y es una compañía, un saludo matinal y una pesadez de juegos vespertinos; ladridos nocturnos y búsqueda de cariño y reciprocidad. Sin llegar al extremo de considerarlos más que una persona, las mascotas, esos perritos que nos adoran y nos iluminan, forman parte de nosotros, y con su pérdida, un trocito de nosotros también muere y queda enterrado junto a ellos, en un rincón de ese jardín interior que es nuestra memoria.

   La guardia siguió de mal en peor. La cama 12 se deshizo. Contuvimos como pudimos una primera crisis de gran gravedad. Al estabilizarlo de forma momentánea, mis ánimos no me hacían sentir seguro. Aquello no tenía buena pinta. A las tres de la mañana una nueva crisis lo llevó a los bordes mismos de la muerte. Y si embargo esa tranquilidad, esa serena belleza de la Muerte no estaba aún presente, y nuestros esfuerzos por intentar frenar algo ya irreversible parecían reventar en el malecón de lo imposible. A las cinco de la mañana, tiré la toalla. Llegué al punto del no retorno en el que hay que decidir si seguir hasta el final o esperar el final de la manera más decorosa posible, con el máximo de amabilidad y de confort para el paciente. El equipo de enfermería, magnífico ese turno, lo entendió perfectamente: un grupo que trabaja en sintonía. En mi mente estaba la señora de la cama 4, y en mi corazón, ese reflejo divino y mi perrita Niebla, yaciente en un rincón del jardín. Por un momento deseé que todos aquellos que debían morir en nuestra UCI mereciesen un lugar tan bello para reposar, donde el aire y la luz y las flores los visitasen diariamente; durante un instante que cerré los ojos y el cansancio me pudo mucho más, deseé que todos pudiésemos morir, morir todavía, con la dignidad intacta, con el respeto merecido y la decencia, la hermosa decencia de haber sido seres humanos.

   Un poco más allá, un chavalote de 19 añitos salía adelante de una meningitis. Su sonrisa al hablar con él era un bálsamo en un día de sentimientos contrapuestos. Él sabía que uno de sus vecinos estaba malo y aún así parecía no enterarse, o quizá la energía de sus pocos años lo aislaban de todo ello. Bastante había tenido con lo suyo también. Antes de irme me paré en su cama y lo saludé.

   – ¿No duermes? (Como si alguien consciente pudiese hacerlo cómodamente en una UCI.)

   – Con las movidas que tienen aquí, para cerrar los ojos, doctor.

   Eran las cinco de la mañana. Le pedí a la enfermera que le diese algo de corta duración para dormir. Lo agradeció de inmediato. Mientras se le administraba la mediación sedante, durante una milésima de segundo, fantaseé con ponérmela yo también y poder cerrar los ojos, libres de tantas imágenes del día, y dormir un ratito. Cuando cerró los ojos y respiró cómodamente le sonreí a la enfermera de turno, una veterana de mil batallas, y ella me guiñó un ojo.

   – Vete a descansar un poco, anda.

   Me dijo y yo asentí. Antes de salir, dirigí mi mirada por toda la unidad. La calma de la noche, la locura de la Enfermedad, la paz de la Muerte, la lucha por la vida, el tenue lazo de unión con la Vida, y ese pasaje eterno y siempre diferente que nos lleva a una nueva dimensión, como el Nacimiento, como la llegada a la vida. Las dos caras de la existencia me sonreían de frente, y también me guiñaban un ojo cómplice.

   -Morir, todavía…

   Le dije a la enfermera. Ella me sonrió.

   Tres horas después, el chaval estaba ya despierto y reconfortado. En la cama 12, el ritual del pasaje a la Vida estaba comenzando. El ciclo del perpetuo retorno… Suspirando, pensé en nuestra Niebla, que ya no me recibiría con su pachorra habitual y sus colores blancos y castaños. Y en la paciente de la cama 4, y en el paciente de la cama 12… Y me despedí de ellos.

   Al pasar por la cama del chiquillo, éste me llamó.

   – ¿Pero aún está aquí? ¿Es el único pringado de todo esto?

   Eso me hizo reír. Y le saludé con una palmada en su pierna.

   – Hoy subes a planta, ¿sabías?

   Sus ojos se iluminaron.

   – ¿De verdad?

   Asentí sonriendo. Todo parecía quedar atrás, pero nunca iba a quedar libre de la pérdida ni del recuerdo.

   – ¡¡Qué guay es usted!!

   Cerrando la puerta de la UCI, le sonreí incrédulo.

   – Sí, qué guay.

   Cuando llegué a casa, fui al rincón bajo el camelio y vi el montoncito de pétalos sobre la tierra dulce y removida y planté sobre ella una semilla de melocotón. Quién sabe, si prende, qué nos recordará de ella cada hoja y cada flor, el roce de cada rama al viento y la peculiar sombra de estos árboles independientes. Tal como ella era.

   Morir, todavía cuesta. Todavía. Pero es, en el fondo, la última bendición y el ultimo viaje. Morir, todavía, nos enseña las dos caras del mundo, y nos recuerda nuestro verdadero lugar en él y que todo, todo, está relacionado.

Mil atardeceres/ A Thousands Sundowns.

El día a día/ The days we're living

   La lentitud del sol aumenta la pereza de la tarde. Suave, sereno, se va hundiendo en el horizonte. Las montañas reflejan los tenues morados, el azul profundo que parece emerger por el oeste, el intenso naranja y el amarillo tostado que tiñen nuestros rostros, nuestras pieles morenas.

   Estás a mi lado. Apoyado en un hombro, siento tu peso naufragar entre tu cuerpo y el mío. Yo me refugio en tu sonrisa, que se ve iluminada por el atardecer, y por tu propia fuerza, a veces mucho mayor que la mía, y que a veces la complementa y la justifica. Yo estoy a tu lado, tomándote de la mano y sonriendo. Y tus ojos brillan al verse en los míos. Y una lágrima de sudor parece resbalar por tu frente dorada, azul y magenta.

   Nos acercamos un poco más. El sol al fundirse deja paso al fresco de la noche, que se levanta por detrás de nosotros y nos abraza de repente. El cielo se viste de un hermoso color rosa. Tu sonrisa ilumina las estrellas que van apareciendo una a una sobre nuestras cabezas. Las señalo riendo y tú me arrebatas el brazo que señala al cielo para apuntar tu corazón. En los atardeceres de verano, tu corazón y el mío laten al unísono a pesar de  discusiones banales, peleas indignas, luchas de poder que no llevan a ninguna parte. Cuando la luna se asoma tímida cerca del sol moribundo, todo parece recobrar un sentido más simple, que es el de querernos, el de dos corazones enamorados: haciendo planes, teniendo hijos, pariendo sueños que pueden salir bien o mal, pero que nos harán más fuertes, más únicos, más nosotros mismos.

   Somos dos. Ahora que el sol teje su encaje naranja, transparentando las nubes de papel, puliendo la bóveda bordada de estrellas tempraneras, nuestras manos se entretienen bailando un vals de eternidad; y nuestras miradas, prendidas de malvas y dorados, se reconocen, se intensifican y hasta se besan. Como nuestros labios, como nuestras bocas. Como nuestras intenciones.

   Y en estos momentos, cuando el sol se hunde lentamente tras las montañas para iluminar el día de los otros, me doy cuenta que te quiero. De una forma simple, como la de los niños; de una forma generosa, que no pide nada a cambio. A ti. Y a mí. Que no pide nada a cambio, salvo quizá que te mantengas a mi lado, en días como éste, mil atardeceres más, hasta la llegada de la noche estrellada, plateada por el brillo de una luna menguante; salvo que quieras estar conmigo, junto a mí, mil atardeceres más, hasta la llegada del último descanso, de la última meta, que siempre será, siempre, la de querernos bajito, hasta la eternidad.