Por lo que sabemos/ For All We Know.

El día a día/ The days we're living

For All We Know. Rod Stewart.   

Por lo que sabemos, quizá no volveremos a encontrarnos otra vez. Quizá todo esto no haya sido más que una casualidad, Piernas de Alambre. Tal vez llegar a abrazarte haya sido un pequeño regalo que nos debía el Destino. No lo sé.

Por lo que sabemos, mañana puede que no llegue nunca y este encuentro, este reencuentro, quede grabado en la memoria de los días con la intensidad de una cicatriz o de un sueño. Quién lo sabe.

Verte a mi lado es para no creerlo. Mi corazón corre a una velocidad untuosa, como si supiera algo que nosotros ignoramos; como si supiera que el mañana, que llegará muy pronto, no esté hecho para nosotros si no para otros, que vienen detrás, y que merecen vivir su historia.

Una historia mejor que la nuestra.

Tienes una nena. Preciosa y morena como tú. Y qué despierta es. Y qué dulce. En eso no se te parece.

Verte a su lado ha sido una sorpresa. Decirte buenas tardes y ver esa sonrisa de pocos dientes casi me deja sin aire. Esas piernitas corriendo, esos bracitos regordetes que te abrazaban el cuello con ardor y ansia, egoístamente como sólo los niños nos abrazan, llena de la intensidad que nace de la suprema seguridad, ésa que una vez sentí a tu lado.

Y tú sonreías al verme llegar por la calle atestada. Y reconocerme en medio de la gente a pesar de haber cambiado, de no ser el mismo. Y saludarme con un abrazo enorme, con un silencio cómplice y tuyo.

Sin preguntas. Sin explicaciones.

Tú no quisiste darlas. Y yo ya no las necesito. No de ti.

Piernas de Alambre… Por lo que sabemos, nuestro amor es real en un vericueto de la vida, en un pasado que llega sólo en deseos hasta mí. En un espacio en el que esa personita, todo sonrisas, no está; ni el recuerdo de un dolor único y mío, ni la marcha callada de tu abandono, ni una cama fría, ni una casa vacía.

Por lo que sabemos, quizá no nos encontremos de nuevo. El silencio entre los dos forma parte de nuestra esencia, y las palabras no dichas hablan por sí mismas, y se dicen muchos secretos que nuestras bocas callan. Y sin embargo, qué bien se está a tu lado, Piernas de Alambre, como si el tiempo no pasase ni tuviese un final.

Por lo que sabemos, el amor todavía late en nuestras arterias, todavía inunda de sangre al pobre corazón. Qué suerte la suya que late y late pese a las ausencias, que se inflama por tu compañía.

Así que, antes de que te vayas y te lleves tu vida contigo, y a esa joyita preciosa, que podría haber sido nuestra, acércate a mí y dime con esa voz de terciopelo oscuro lo feliz que eres, la calma que habita en tu vida, el ritmo pausado de un hombre apolíneo que cría una barriguita en un cuerpo de atleta y que ha hecho nacer una maravilla de sonrisas y palabras inconexas.

Por lo que puedo saber, tal vez no la vea más, ni a su padre tampoco. Por lo que sé, podría abrazarte hasta quedarnos sin aire entre los cuerpos, y podría arrullar tu boca sabrosa hasta un pasado anterior a todo esto, en un tiempo en el que sólo yo, perdido en mis sueños, era feliz.

Pero descuida, por lo que sabemos, eso nunca pasó ni podrá ocurrir; no importa lo que traiga el mañana, ni con quién esté mañana.

Porque habrá un mañana, aunque no estemos juntos. Aunque este instante bendito se extienda hasta la eternidad.

Qué risas, qué charla tan animada, cómo resumimos dos vidas en diez minutos, cómo retrasamos decirnos adiós.

Y  mi corazón late entre tus manos y tú las miras y aún sigues sorprendiéndote de eso.

No sé qué pasará mañana, el futuro es tan impredecible… Encontrarnos ha sido una prueba de ello, y seguirnos queriendo, a tu manera y a la mía, es casi un milagro.

Nunca te diría hasta mañana, nunca dejaría que el tiempo pasase… Pero, por lo que sabemos, ese momento llegará y volverás a tu vida perfecta de hombre perfecto, y yo me quedaré donde siempre, caminando en la distancia, sabiendo que el mañana puede que no sea para mí en esta soledad sonora, en este siglo de mi vida del que has vuelto a formar parte.

Te pediría que me amases; te pediría que me arrullases por última vez. Pero, por lo que sabemos, puede que nos encontremos de nuevo y puede, incluso, que vea crecer a esa belleza paticorta que te sigue adonde vas, con una fe ciega y un corazón hambriento.

Te pediría que te quedases conmigo, que vivieses conmigo, que volvieses a mí. Pero ambos sabemos que tú no lo harías y que yo ya no lo necesito.

Por lo que sabemos, todo puede pasar. Así que este instante bendito lo alargamos hasta la oscuridad de la tarde y hasta el arrullo de las estrellas. Es un sueño, un deseo y una alegría. Y una liberación.

Te quiero, Piernas de Alambre. El mañana está hecho para los amantes y para los niños que nacen a veces del amor y a veces del error. Por lo que sabemos, la vida es así.

Al menos la tuya.

Y la mía.

Gracias por haber estado en mi vida; pese a todo, después de todo. Por lo que sabemos, has sido lo mejor de mi vida y yo, para ti, alguien más que dejó una huella, una huella que, quizá, llegue hasta la mañana…. ¿Pero quién sabe lo que vendrá mañana?

Mientras tanto, quedémonos juntos un ratito más, charlando desenfadados, callando, riendo con el corazón, hasta que salgan las estrellas. O hasta el nuevo día. O hasta la eternidad.

Juntos y separados, Piernas de Alambre, tú y yo, para siempre.

De la Fe y la Vida/ About Faith and Life.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

   Al margen de lo que ha sucedido en Madrid en estos días, del calor insoportable, de la insostenible vacuidad de una sociedad que se pelea consigo misma porque es muy capaz de ver la paja en el ojo ajeno pero nunca la enorme viga que porta el suyo, llevo más de media vida pensando en Dios, la Fe, la Historia y todas las influencias que, ignorantes de su influjo, la cultura heredada de nuestras raíces nos ha hecho ser lo que somos.

   Es cierto que desde hace unos pocos años se ha intentado más que nunca confrontar los extremos más que asentarlos, fomentar las diferencias más que encontrar los puntos en común que siempre se tienen. Una forma de política astuta, tan eficaz como otra cualquiera, pero tan efectiva porque es muy difícil no dejarse convencer por alguien que nos dice, desde una posición de poder, que nuestros derechos prevalecen sobre los del resto, que siempre tenemos razón, y que nuestros deberes se diluyen en esa máquina ingente que llamamos Estado, simplemente porque le damos de comer. La degradación de la educación social (no hablemos de la escolarización, que estoy seguro que la gran mayoría de maestros y profesores están preocupados por las reglas con las que les obligan a jugar) es preocupante y genera, en este caldo de cultivo, esta marabunta de conflicto, desorden y demanda. La falta de cultura hace a un pueblo presa fácil de sus representantes, no en vano cualquier régimen dictatorial procura que su población se mantenga lejos de influencias intelectuales ajenas, pues una persona, cuando la dejan pensar, es capaz de cambiar el mundo (Arquímides era más que físico, es decir, meta-físico); y la inercia social, esa tendencia que todos tenemos a pedir sin dar nada a cambio, a vivir sin pensar, en un eterno estado de Peter Pan, no ayudan nada al crecimiento y a la maduración de nuestra forma de pensamiento y, por ende, de nuestras acciones diarias.

   Ignoro si en la actualidad existe esa sociedad madura, llena del hartazgo del pensamiento, de los frutos físicos de la cultura, perfecta y por lo tanto finita. No hay ningún país, ni el más aclamado financieramente ni el más social, que haya alcanzado esa perfección anhelada. La violencia perpetrada en Noruega, el índice elevado de suicidios de Suecia, las cloacas oscuras de la estabilidad de Suiza, el mar de oro del que sólo gozan unos pocos de Mónaco, la dureza de una sociedad productiva que aún acarrea (quizá porque no dejamos de recordárselo) muchos fantasmas y un egoísmo creciente de Alemania, la sonrisa melancólica del mar de gigantes de Holanda; la fractura social, llena de brillos y de obscenos claroscuros de Gran Bretaña; ese volcán de grandes diferencias que es Francia; un navío perdido en una singladura demasiado extensa (como sus anhelos) que es Estados Unidos, y la banalidad política de España, demuestran que la Historia se repite pero que evoluciona y que aún estamos demasiado alejados de ese ideal de perfección, porque intereses egoístas y ajenos, y nuestra propia indulgencia, desean que así lo estemos. Que un autor, con cierta clarividencia, pretenda que la sociedad grite indignada ante el cansancio por la ineficacia de sus dirigentes y del ritmo que llevan las cosas, está muy bien. Que hordas de personas piensen que sólo un grito, unos aspavientos, una reunión neo-hippie, sean suficientes para producir en la conciencia de los gobernantes un cambio, está muy bien; resulta conmovedor en una visión panorámica, pero es tan vacua y tan inútil como los libros en los que han pretendido basar su credo de actuación. ¿Por qué todo es fatuo en el movimiento 15M y está destinado a fracasar? Porque no está basado en un cambio real, en un despertar de la consciencia.  Es un grito de niño mimado, un clamor de hambre, de sueño; no es un cambio profundo de la propia sociedad. Leer las supuestas exigencias de un movimiento de tal magnitud roza lo increíble; es pedir lo de siempre pero a la vez mucho más. Un movimiento desvirtuado por poderes políticos, manejado en la sombra por poderes políticos, que da más de lo mismo porque pide más de lo mismo, está destinado a morir, flor de un día, como toda explosión de masas basadas en un arrebato apasionado más que un trabajo concienzudo y profundo.

   No quiero decir que esas voces discordantes sean inútiles. Todo pensamiento revolucionario es necesario en el mundo. El problema está en que el movimiento de los llamados Indignados no conlleva esa revolución interior, ese deseo de mejorar, sino que clama por perpetuar una situación insostenible, y por mantener el status quo de una sociedad que no quiere pensar por sí misma y, por lo tanto, asumir sus propios errores y sus capacidades, evolucionar y crecer. La verdadera indignación no debería estar enfocada sólo hacia nuestros gobernantes, sino hacia nosotros mismos, como individuos y como sociedad, que han llevado a que esos personajillos de poca monta tomen las riendas de nuestros países, de nuestras políticas y dictaminen nuestros sufrimientos y nuestras capacidades. La verdadera revolución es interior, propia, individual. Y con esa palanca única que germina en nosotros mismos, aunados en sociedad, conseguiremos cambiar el mundo. Es decir: que nuestros dirigentes sean aquello que nos refleje y que su preocupación no sea subirse el sueldo, asegurarse una pensión más que aceptable ni viajar en primera clase, si no en trabajar por el bien común, desde el ayuntamiento más pequeño al más importante, por la estabilidad social (igualdad, que no igualitarismo), por la Salud y por la riqueza bien entendida (que no polarizada) y la unión, llena de diferencias y de contrastes, en un proyecto de vida común y generoso.

   La Iglesia es una institución humana. Fundada por seres humanos, llena de sus errores y de sus estrecheces de miras, pero a la vez iluminada por sus sueños, alimentada por el trabajo anónimo y único de millones de seres que creyeron en ella, se polarizaron con ella y la llevaron a su exaltación y a su nadir. Como toda institución humana, poblada de fanatismos y de errores, pero también de buenas acciones y de reflejos de lucha y evolución real. La Iglesia es un símbolo más, tenga el credo que tenga, en el mar de la cultura del hombre. Y sólo es necesaria como parte integradora de la sociedad, pues el período de su poder fáctico y único, como el de cualquier Imperio, ha quedado atrás. Una sociedad evolucionada tiene sed de creencia, tiene sed de Fe. Porque tiene necesidad de trascendencia. La Fe en Dios (empleemos este término como genérico; otra palabra, por lo demás, muy en boga últimamente) está escondida en el interior de todos nosotros. Desde el ateo más recalcitrante hasta el gnóstico más convencido, el deseo de mejorar, el sentido del equilibrio, la lucha por sobresalir, el ansia de igualdad, la pérdida y el fracaso, nos llevan a ese punto último donde todo carece de sentido porque estamos rodeados de él, y en el que todos nos reconocemos y no hay diferencias y no requiere de credos ni de nombres: Dios. Hay personas que necesitan de una invención estructurada de la Fe y de Dios: las religiones están para eso, la Iglesia está para eso. Existen otras que hallan en el desbarajuste del día a día el centro de su estabilidad; otras lo encuentran en el estudio, otras en la actividad física; no pocas en la contemplación y el abandono. Todas son reflejos del mismo ojo, rayos de luz de la misma fuente, refracciones del mismo prisma. Por eso en Dios no se cree, en Dios se vive y se conoce, se suda y se sufre, se evoluciona y se toma consciencia, se reconoce y, a la vez, se inmaterializa, se pierde peso físico pero se gana dimensión espiritual; se pierden las palabras porque se gana en acciones. Y ese axioma que alguien muy sabio dijo ya hace tiempo: Por sus frutos los reconoceréis, toma verdadero cuerpo y gana en toda su auténtica verdad, dos mil años después.

  Estamos en un momento único (sí: todos lo son) en el que el desarrollo de la sociedad nos permite y nos exige un cambio más interno que externo, nos obliga a evolucionar a la misma velocidad que la tecnología o la ciencia (ambas, manifestaciones de Dios como todo lo humano); al ser incapaces, o al no querer modificar hábitos de vida a los que estamos muy apegados, tanto individual como colectivamente, caemos en estos conflictos que nos rodean, nos vemos envueltos en revoluciones de inestabilidad y decepción, cuya única salida está en el cambio individual, en la toma de consciencia, en el empleo de nuestro temperamento para tomar las riendas de nuestra propia palanca de vida. Así como en un momento de la Historia un homínido decidió ponerse de pie e iniciar el camino de la bipedestación, ese cambio universal y profundo, así en este momento histórico único, nos vemos abocados a cambiar nosotros mismos, a encontrarnos con aquellas partes de nosotros realmente buenas, verdaderamente soñadoras, pero altamente exigentes y dolorosas, liberadoras y únicas, que nos obliguen a dejar atrás la eterna adolescencia en la que estamos encallados y vivir nuestra vida con la responsabilidad más cierta, la igualdad más certera y la generosidad más extraordinaria, libre de exigencias pero llena de ellas, cargada de responsabilidades pero ligeras y volátiles, y repleta de risas, la verdadera risa que hemos visto brotar tan sincera y tan generosa en aquellos ejemplos recientes que hemos tenido: la madre Teresa, el señor Mandela, entre muchos otros. Estamos en el momento idóneo, aquel en el que, siendo nosotros mismos más que nunca, dejamos atrás nuestros límites, construyendo una sociedad más equilibrada, más generosa, menos exigente y más trabajadora, es decir más madura, con sus problemas solubles, con los dramas de la vida diaria (vivir, morir, enfermar, querer, olvidar, perder, ganar) y la libertad de enfrentarnos a ellos no importan sus orígenes ni sus consecuencias.

   Eso es Fe. Eso es Dios. Ese es el verdadero mensaje de todos aquellos pensadores, religiosos o no, que ha habido a lo largo de la Historia. Jesús no se equivocaba, como tampoco Platón o Mahoma o Buda. Abraham cedió mucho de sí antes de comprender, y Moisés se perdió en un desierto que era solo interior. No importa. El Paraíso se perdió, Mesopotamia desapareció, Egipto duerme el sueño eterno, la Atlántida se hundió, el Imperio donde no se ponía el sol se fragmentó; la Industria dejó tras de sí la estela del reino de la cultura pop; el mundo gira y gira y los mismos problemas, con otros disfraces, nos acucian hoy quizá con mayor agudeza (puesto que nos enteramos de todo y sabemos hoy, en la unión de la comunicación, lo que ocurre en el rincón más escondido del planeta) pero que la Humanidad ha encarado desde el principio de los días y que la ha llevado hasta donde estamos hoy, cansados quizá, decepcionados quizá, pero todavía en pie.

   Las reuniones de estos días traen ese mensaje. Dejemos a un lado la parafernalia, la liturgia, la manifestación externa. Todo eso no es más que adornos del ego humano. Y la lucha opuesta es un error, pero su mensaje también está muy claro. La Vida real está muy unida a la Fe: la esperanza de un mundo mejor, reflejada en esas personas que admiramos por su serenidad, que nos contagian con su sonrisa y su energía (y que han luchado tanto por alcanzar esas cimas que no son más que meras estaciones de evolución). No hace falta que la ciencia diga que el acto de tener fe o la idea de Dios se formen en esta o en aquella parte del cerebro: no sabemos cómo funciona ese misterioso órgano que rige nuestras vidas. Como nada sabemos de nosotros mismos hasta que nos damos el permiso de luchar, de atisbar y de mejorar. Pero toda construcción humana lleva consigo un compromiso; toda responsabilidad además de prebendas, acarrea ciertas dosis de sacrificio; toda sonrisa, todo logro tiene tras de sí lucha, caída y pérdida. Todo acto humano está lleno de Fe, porque proviene de ese Dios que está dentro de todos y que nos sorprende a cada paso, como a los caminantes de Emaús.

   En un periódico de tirada nacional, su editor reflexiona sobre si cree en Dios o no. Es una carta abierta, donde se muestra más real y cercano que nunca. Porque sus preguntas, sus justificaciones y sus demandas son las de todos nosotros. Y no es más humano por hacernos partícipes de sus dudas. Lo es porque tiene esas dudas. Y porque lucha, en su día a día y a su modo, por encontrar respuestas, por mejorar su vida. Y desde aquí me gustaría decirle que esa lucha, que ese afán, que esas interrogantes ya tienen respuesta, y están en su interior. Como están en el de todos nosotros.

   Yo no necesito de una estructura secular y fosilizada para recordarme dónde está Dios. Jesús se indignó con los mercaderes del templo, con los sacerdotes de Yahvé, con sus propios discípulos. Quizá Él ha sido el primer Indignado de la Historia. Pero su irritación no nació, como la nuestra, de querer para sí cosas que nos harían más felices, o más fáciles la vida. Su indignación nació de su cansancio por ver que, pese a su magnífico ejemplo, la Humanidad tendía a la molicie, tendía a dejarse arrostrar por su propia comodidad. Porque, como seres humanos, nos negábamos a darnos cuenta que en verdad somos grandes y generosos y que podemos cambiar. Su indignación y rabia ante nuestra pasividad y negatividad por nuestra grandeza, sirvió de acicate para esa regañina y para esos azotes a nuestro espíritu dormido. Él creía más en nosotros que nosotros mismos. Porque tenía Fe y, sin duda, tenía Vida. Él usó su palanca para cambiar el mundo, y vaya si lo cambió.

   Creo en ese cambio, en ese poder, en ese esfuerzo. Porque tengo Fe. Y la encuentro allí adonde voy, muchas veces agazapada en perroflautas o ataviada con los brocados más exquisitos. A veces bella, a veces teñida de tristeza. Y la Fe nos lleva a Dios, porque hace de nosotros mejores hombres, mejores seres humanos. De verdad. Con todas las letras, con toda la consciencia y con todo el compromiso.

   No me preocupa creer en Dios. Está dentro de mí. Y esa es una experiencia única y dura, pero maravillosa, y bien sabe Él (o Ella) que es reconocible en todos aquellos que, aun entre dudas, no cejan en ser lo mejor que pueden ser, sin importar nada más. Eso es amor. Y Fe. Y Dios es todo eso y mucho más.

   Y también me indigno, y también protesto y también quiero un mundo mejor. Y por eso trabajo y me comprometo. Y me gustaría que todos cogiéramos nuestra propia palanca para cambiar al mundo. Y conseguirlo.

Todo está en hacerlo divertido/ Make it Fun.

El día a día/ The days we're living

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Agosto (y el amor)/ August (and Love).

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Mientras duermes/ While you are sleeping.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Mientras duermes todo calla. La calidez del mediodía, el lento planeo de los gorriones y la música del viento que se levanta. Las ramas de los árboles aquietan su danza y la hierba, mullida y tranquila, cede ante tu peso para acogerte agraciada.

   Procuro no respirar, sujetando el aire que inspiras dentro de mi pecho. Y el reflejo de tu perfil al sol se tiñe de bronce y plata.

   Mientras duermes yo vigilo tu sueño. Alejo los insectos impertinentes; busco la sombra de las ramas verdes, el castaño imperioso, el magnolio de hoja ancha, y el suave perfume de la hierba segada y las campanillas pendulares con alguna abeja (y ya qué pocas quedan) y una solitaria mariposa que vaga.

   Tus ojos se cierran y se hacen chiquitos, tu boca se pliega en un susurro que desaparece con calma. El pecho enorme sube y baja y los brazos, caídos, descansan entre tu cuerpo y la tierra blanda.

   Y te miro. No me canso de observarte. Me atraes callado y dormido; me atraes despierto y pizpireto. Me enamoré de ti como lo hacen los chiquillos, cuando teníamos quince años y no sabíamos de caricias si no de ajetreos y ansias. Me enamoré de ti al oírte esa voz desangelada que dio paso a un resonar profundo de caverna olvidada. Y al verte los ojos de cielo, verdes y castaños, de gato mimoso y fulgurosa llama.

   Con quince años no sabíamos nada de la vida. Pero supe al verte que quería que fueras mi camino, mi puerto y mi morada.

   Nos separamos tras los primeros encuentros, sedientos de ansiedad, expuestos a descubrimientos febriles y a atormentados momentos de calma. Cuando el río de fuera de casa, caudaloso y frío, bajaba con el deshielo de la primavera, y la desnudez brillaba al sol del mediodía bajo las sombras de los castaños tupidos y los magnolios de flores blancas. Cuando, de tanto besarnos, descubrimos nuestras lenguas y nuestras caricias más calladas, y promesas enormes que no nos calzaban las tallas. Y nos amamos junto a la chimenea encendida y bajo el alba de escarcha. Viajamos de la mano hasta el amanecer del verano en el que nos dijimos adiós con mucha calma.

   Con quince años no  sabemos del amor. Pero yo te amé ciegamente desde el principio y, después, con ansia y necesidad, y despreocupación y ganas. Y tú también, con los mismos deseos y los ciegos afanes e idénticas esperanzas.

   Y tras jugar al escondite, en una tarde de verano nos volvimos a encontrar. Ya no éramos los mismos pero sentíamos lo mismo. La distancia, la piel, las compañías habían madurado y cambiado, pero tus ojos verdes y castaños y esa sonrisa de ala seguían brillando en tu rostro, que se hizo más bello con el paso del tiempo, lleno del poso de lo vivido y del deseo de recobrar el corazón perdido de un tiempo ido. Ya no éramos los mismos, pero mi corazón lo recordó todo de golpe al verte y tu sonrisa me lo dijo todo. Y no hizo falta que nos aclaráramos nada: cuando nuestras manos se unieron, cuando nuestros pechos se juntaron, el mundo se revolvió de nuevo, y nos fundimos en un beso que sabía a abrazos y a  tiempo descongelado. Las cigarras se oían a lo lejos, y el viento se levantaba presuroso. Pero sólo oímos la música de nuestros corazones alegres, y el amor brotado en cada gota de saliva, en cada latido y en nuestros labios.

   Y la realidad se hizo un sueño, y la noche aliada de la mañana. Y te vi dormir tras el paso del tiempo: los ojos cerrados, la dulzura de un pecho que subía y bajaba, los brazos caídos en confiada languidez y la belleza de tus labios resecos y entreabiertos. Y me enamoré de tu peso a mi lado, de tu cuerpo entre el mío como garabatos enredados, de tu aliento sin palabras, de tu pasión sin descanso. Y de tu delicadeza aprendida y de mi confianza recobrada.

   Ya no tenemos quince años, pero las palabras del amor se repiten en cada gesto, en cada caricia, en cada momento de silencio, y se resumen en esos instantes en los que, dormido, apoyas tu brazo sobre mi pecho, y cierras los ojos al sol del mediodía, y haces de mi cuerpo tu barca y te meces, junto a mí, en las orillas del sueño.

   Mientras duermes, todo es felicidad. Una felicidad serena que combate el desgaste del día a día, y que se reconforta y se reconstituye cuando entrelazamos las manos, cuando hablamos del pasado y cuando nos quedamos callados.

   Mientras duermes, el mundo dorado sigue su curso, y mi amor es un tesoro desparramado.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

El fluir de los días/ Days gone by.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   En estos días la vida normalita, ésa que no sale en la televisión ni vende exclusivas, se ha acercado a mí.

   Que vivimos la mayor parte del tiempo inconscientes del valor de lo que nos rodea no es una frase hecha: es realidad. Las tardes se suceden, llegan las noches con sus augurios de promesa y de nuevo los amaneceres con su alba claridad, y todo lo vivimos en bloque, de un plumazo, llevados por el fluir de los días con gran suavidad. Y aunque puede que esa continuidad insensible sea necesaria, hay momentos, como fogonazos incandescentes, que nos golpean en seco y nos atraen de forma brusca a ese presente inmediato, a ese instante de consciencia en el que todo se hace real: desde el peso de nuestro cabello hasta los latidos del corazón. Y un gemido escapa de nuestras bocas y a veces un lamento y, a veces, una canción. La vida se hace Vida y nos retrata y nos refleja, recordándonos nuestra única dimensión.

   El fluir de los días no se detiene ante nadie: no hay poder que logre vencer esa corriente inhumana, no hay ser que venza la llegada del Destino impasible y veraz. Porque sólo hay verdad en la Vida: nacemos, morimos, somos uno con la Naturaleza; volvemos a transformarnos en todo aquello que nos rodea y, lo demás, sólo es ruido, un zumbido molesto y tostón al que nos acostumbramos de tanto oírlo, encerrado entre los paréntesis acuosos del Nacimiento y de la Muerte.

   Las amistades van y vienen. El orgullo se entremezcla tanto con el amor, que a veces lo hiere y lo aniquila. El maltrato es flor de un día, pues esa búsqueda indigna de un poder que no existe (que nunca ha existido) ata a la víctima para siempre a la merced de un victimario más débil y perdido, deshecho en jirones de una imagen errónea de la que no lo librará ni siquiera su muerte. La alegría es tan efímera como la tristeza, y sin embargo la huella que nos deja ésta dura mucho más, como una mancha de lejía (de la buena), una cicatriz que escuece para siempre. La belleza se marchita aunque perdure un discreto aroma, por más que intentemos aprehender esa deidad elusiva y caprichosa; la fealdad se dulcifica con los años; la inteligencia puede perderse en su propia vanidad o en los laberintos del Olvido que siempre acecha; la Muerte detrás de la vida, y la Vida por encima de la muerte juegan a los dados sin necesidad de que entendamos las reglas del juego.

   Ayer estuve en un funeral. Multitudinario. Una mujer era enterrada, en medio del apoyo familiar y de sus vecinos, ataviada con toda la parafernalia con la que adornamos la muerte: el féretro, las flores, el luto, las lágrimas sentidas a medias, el encuentro social, el rito eclesiástico que no es más que una añoranza de tiempos perdidos, prácticas tan antiguas como la Humanidad cuyos ecos aún resuenan entre nosotros cada vez con menor significado; la juventud que se aleja de los muertos llena de superstición; la vejez que se asoma a ella con cierta resignación y con la misma capacidad de incomprensión; la tarde de verano entre nublada y soleada; los elogios a la difunta, aunque nadie había allí para afirmarlos o rebatirlos; la promesa de putrefacción y del encuentro en esos callejones oscuros que son las tumbas. Todo lo veía con cierta solemnidad y, sobre todo, con sorpresa.

   No le tengo miedo a la muerte. Antes bien, me preocupa el proceso más que el fin, el dolor que puede acarrear o la inevitable incapacidad que conlleva abocarse a ella. En esto, como en muchas cosas, sentía diferir de la mayoría de personas congregadas en el tanatorio y después en la iglesia y en el cementerio. Y sin que sea algo extraordinario, ser consciente de eso, una piedra de toque en el fluir del tiempo, hizo que reflexionara durante aquellas horas sobre lo innecesario del drama que vivimos, ese sobrante que nos trae el orgullo herido y la incomprensión y la falta de generosidad con los Otros que nos rodean.

   En estos días de vida normalita he perdido el contacto de personas a las que tengo en gran aprecio, separaciones que creen necesarias y justificadas (ninguna lo es) y he reconectado con otras que se habían perdido en el laberinto de los días pasados. Ese reencuentro, como si no hubiese pasado un día aunque suman años, me sirvió para darme cuenta de lo inútil que es nuestro orgullo, de lo vacías que son nuestras intenciones cuando las creemos dueñas del peso de la verdad. Entre esa persona y yo sigue latiendo el mismo cariño, ahora atemperado por las circunstancias; continúa naciendo entre nosotros la misma complicidad. Pero esta separación ha añadido un poso de comprensión que se ve en nuestras miradas, que se palpa en el aire que compartimos: las circunstancias vitales de cada uno ya no son las que eran y, sin embargo, la complicidad y el entendimiento y la aceptación del tiempo ido y regresado ha hecho que ese lazo, nunca muerto, reverdezca con una fuerza inusual y con una comprensión profunda y libre de egoísmo.

   Aquella separación, que llevó a crear este blog, real como la vida misma, no ha dejado de serlo, pues somos personas distintas, pero la corriente de cariño, de reconocimiento entre nosotros ha ahondado, ha profundizado, y une de verdad nuestros corazones, nuestro centro y nuestras pieles como el primer día que nos conocimos y que nos dimos permiso (porque nos caímos bien) de llegar a más. El tiempo de curar ha dado fruto, y las heridas causadas por un desencuentro, ahora en el reencuentro, han reforzado los lazos, débiles y diferentes como promesas nuevas, pero únicos, que una vez nos reconocieron y que nunca, nunca, (por más que mi orgullo y el suyo, mi dolor y el suyo, mis necesidades y las suyas lo hayan intentado) se han roto ni han desaparecido de la Vida que compartimos juntos.

   Todo es posible en el fluir de los días. Y la única lección es dejarse llevar por la Vida con la lucha necesaria pero no la testarudez, con la firmeza y la valentía y la bonhomía que todos, como personas, tenemos encerrados dentro, muy dentro, y que sólo de vez en cuando, en esta vida normalita que vivimos, sale a la luz para iluminar nuestra existencia y hacerla única, especial.

   Mientras el incienso ascendía, mientras las velas lloraban sus lágrimas de cera en aquella iglesia y a cielo abierto en el camposanto, la absurdez con la que vivimos nuestra maravillosa Vida se reflejó en mis pensamientos. Toda separación es una lucha propia, todo malentendido no es más que una puerta abierta a la comprensión. Y a veces necesitamos el silencio de la distancia, y a veces sólo una caricia discreta, para darnos cuenta de ese maravilloso regalo que es la Vida, y que no acaba nunca, nunca, con la muerte, pues navega, como nuestros corazones, nuestros sueños y nuestros desencuentros, por el fluir de los días en entera Libertad.

   Y sólo con eso, sólo siendo conscientes de esta simple verdad, podemos llegar a rozar, como ese gran regalo que es, la felicidad.

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