Quizás estés ahí/ Maybe You’ll Be There.

   Sé que no está bien. No puede estarlo, lo sé. Pero a veces no importa que actuemos de forma equivocada; que nuestras acciones sean incomprendidas a ojos ajenos ni nos beneficia ni perjudica, y sin embargo vivimos atareados pensando en qué pensarán los demás, si les parecerá bien o no, y qué ganamos con ello. Yo hace mucho tiempo que dejé de preocuparme de eso: el mismo día que te marchaste.

   Decías que siempre me abrazarías. Que tus labios eran sólo míos y que te gustaba besarme lento, como la marea al llegar a la playa. Que mis ojos eran tuyos y mis manos entre tu pelo, los dedos del aire rizando esos mechones oscuros. Todo palabras bonitas, caricias melosas, bellas embestidas de aliento y cercanía.

   Decías que nadie me igualaba, que buscabas y me encontraste como quien se tropieza con la vida, y que la vida se derramaba como nuestros sudores y nuestras lágrimas, y que todo era vida, porque todo era mi cuerpo y el tuyo y las sombras que los acompañaban y las caricias que los ataban y los gemidos que se vertían en la nada.

   Pura poesía.

   Juntos vagando por la playa. Juntos, acurrucados, en medio del loco frío de enero. Juntos, saltando los charcos que dejaban la lluvia furiosa de abril y las sombras estrechas de junio. Sintiendo piel contra piel el cosquilleo gracioso, la sorpresa y la gracia de descubrir que vivimos en otro, que respiramos por otro y que seguimos siendo nosotros mismos, siempre nosotros, nunca dos. Y ya ves…

   Cuando voy caminando distraídamente y tropiezo con un murmullo de gente, salgo de mi estado invernal y me acerco presuroso. Me quedo mirando fijamente cada uno de los rostros de esa gente, los ojos fruncidos, la voz muda ansiosa y casi desesperada. Se alejan de mí con miedo, y las reuniones se acaban como una vela que se apaga de repente. Sé que no es lo correcto, sé que me tienen por loco, pero tú podrías ser alguno de ésos que se esconde entre el gentío, y mi última esperanza es la de encontrarte.

   A medianoche, dormido, oigo tu voz. Y me levanto como enloquecido, abro los balcones y oteo el horizonte oscuro, lleno de estrellas o de nubes, y entre el viento furioso o la lluvia inclemente o el calor abrasador, me quedo embebido repitiendo tu nombre, para hacer de mi voz un hechizo y de mi ansia un deseo y encontrarte de nuevo, otra vez a mi lado, entre la penumbra, entre las sombras de mi cuerpo y el blando lecho del amor.

   Porque decías que no me dejarías, que me querrías siempre, que estaríamos unidos como siameses o como adolescentes eternos, cuidándonos, admirándonos, callándonos con besos o con caricias, y habitando un silencio repleto de vivencias y de sueños por cumplir.

   Pura poesía.

   Pero a pesar de todo eso te fuiste. Te fuiste dejándome solo, dejándome así. Ni bien ni mal. Tibio. Ansioso. Sediento de ti.

   Cuando camino por la Alameda, en medio de chiquillos latosos haciendo ruido y jugando, madres ocupadas, abuelos fingiendo aburrirse y corredores corriendo carreras interminables por la Herradura, susurro con los ojos tu nombre y aguzo mis oídos y mi piel se eriza esperándote, porque quizás estés ahí, escondido entre la gente, detrás de un árbol cercano, jugando al escondite con mi corazón, y no quiero dejar de verte, pasarte desapercibido, volverte a olvidar.

   Sé que no está bien, sé que me hago daño, pero no puedo hacer nada más, eres un fantasma que tira de mí, que aún me posee; me has arrojado al abismo de la ignorancia y me has dejado solo, sin explicaciones y sin respuestas, y me has atado a ti para siempre.

   A veces me detengo, en medio de la calle desierta, esperando verte llegar corriendo sin aliento hasta mí. A veces, en el mar, entre cientos de bañistas que nada tienen que ver conmigo, busco verte y creo verte y te siento cerca y te imagino a mi lado, porque quizás ahí estés tú también.

   Cuánto amor desperdiciado, cuánta promesa inacabada… ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

   Entro en una iglesia y me arrodillo ante ti. Y ruego con los ojos cerrados y el corazón abierto, y espero extático entre el silencio del vacío poder encontrarte ahí tal vez. Para hablarte de lo mucho que me has herido, para decirte que tu mudez me ha dañado para siempre, que tus prometas rotas, todas creídas por mí, se hallaban en el vacío de una soledad ansiosa.

   ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

   Quizás estés ahí, ahí delante de mí…Pero mi corazón veda a mis ojos, y a veces mi odio a mi corazón, y aunque no sea lo correcto, y aunque no pueda más… Tengo que dejarte ir, tengo que olvidarme de ti, pues tú ya no quieres saber ya más de mí…

   ¿Cómo pudimos terminar así?

   No lo sé…

 

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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