El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Mientras duermes/ While you are sleeping.

   Mientras duermes todo calla. La calidez del mediodía, el lento planeo de los gorriones y la música del viento que se levanta. Las ramas de los árboles aquietan su danza y la hierba, mullida y tranquila, cede ante tu peso para acogerte agraciada.

   Procuro no respirar, sujetando el aire que inspiras dentro de mi pecho. Y el reflejo de tu perfil al sol se tiñe de bronce y plata.

   Mientras duermes yo vigilo tu sueño. Alejo los insectos impertinentes; busco la sombra de las ramas verdes, el castaño imperioso, el magnolio de hoja ancha, y el suave perfume de la hierba segada y las campanillas pendulares con alguna abeja (y ya qué pocas quedan) y una solitaria mariposa que vaga.

   Tus ojos se cierran y se hacen chiquitos, tu boca se pliega en un susurro que desaparece con calma. El pecho enorme sube y baja y los brazos, caídos, descansan entre tu cuerpo y la tierra blanda.

   Y te miro. No me canso de observarte. Me atraes callado y dormido; me atraes despierto y pizpireto. Me enamoré de ti como lo hacen los chiquillos, cuando teníamos quince años y no sabíamos de caricias si no de ajetreos y ansias. Me enamoré de ti al oírte esa voz desangelada que dio paso a un resonar profundo de caverna olvidada. Y al verte los ojos de cielo, verdes y castaños, de gato mimoso y fulgurosa llama.

   Con quince años no sabíamos nada de la vida. Pero supe al verte que quería que fueras mi camino, mi puerto y mi morada.

   Nos separamos tras los primeros encuentros, sedientos de ansiedad, expuestos a descubrimientos febriles y a atormentados momentos de calma. Cuando el río de fuera de casa, caudaloso y frío, bajaba con el deshielo de la primavera, y la desnudez brillaba al sol del mediodía bajo las sombras de los castaños tupidos y los magnolios de flores blancas. Cuando, de tanto besarnos, descubrimos nuestras lenguas y nuestras caricias más calladas, y promesas enormes que no nos calzaban las tallas. Y nos amamos junto a la chimenea encendida y bajo el alba de escarcha. Viajamos de la mano hasta el amanecer del verano en el que nos dijimos adiós con mucha calma.

   Con quince años no  sabemos del amor. Pero yo te amé ciegamente desde el principio y, después, con ansia y necesidad, y despreocupación y ganas. Y tú también, con los mismos deseos y los ciegos afanes e idénticas esperanzas.

   Y tras jugar al escondite, en una tarde de verano nos volvimos a encontrar. Ya no éramos los mismos pero sentíamos lo mismo. La distancia, la piel, las compañías habían madurado y cambiado, pero tus ojos verdes y castaños y esa sonrisa de ala seguían brillando en tu rostro, que se hizo más bello con el paso del tiempo, lleno del poso de lo vivido y del deseo de recobrar el corazón perdido de un tiempo ido. Ya no éramos los mismos, pero mi corazón lo recordó todo de golpe al verte y tu sonrisa me lo dijo todo. Y no hizo falta que nos aclaráramos nada: cuando nuestras manos se unieron, cuando nuestros pechos se juntaron, el mundo se revolvió de nuevo, y nos fundimos en un beso que sabía a abrazos y a  tiempo descongelado. Las cigarras se oían a lo lejos, y el viento se levantaba presuroso. Pero sólo oímos la música de nuestros corazones alegres, y el amor brotado en cada gota de saliva, en cada latido y en nuestros labios.

   Y la realidad se hizo un sueño, y la noche aliada de la mañana. Y te vi dormir tras el paso del tiempo: los ojos cerrados, la dulzura de un pecho que subía y bajaba, los brazos caídos en confiada languidez y la belleza de tus labios resecos y entreabiertos. Y me enamoré de tu peso a mi lado, de tu cuerpo entre el mío como garabatos enredados, de tu aliento sin palabras, de tu pasión sin descanso. Y de tu delicadeza aprendida y de mi confianza recobrada.

   Ya no tenemos quince años, pero las palabras del amor se repiten en cada gesto, en cada caricia, en cada momento de silencio, y se resumen en esos instantes en los que, dormido, apoyas tu brazo sobre mi pecho, y cierras los ojos al sol del mediodía, y haces de mi cuerpo tu barca y te meces, junto a mí, en las orillas del sueño.

   Mientras duermes, todo es felicidad. Una felicidad serena que combate el desgaste del día a día, y que se reconforta y se reconstituye cuando entrelazamos las manos, cuando hablamos del pasado y cuando nos quedamos callados.

   Mientras duermes, el mundo dorado sigue su curso, y mi amor es un tesoro desparramado.

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