Y lo que queda…/ Forward, forward.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

   Lo que queda por aprender, por olvidar, por llorar, por reír y emocionarse. Por descubrir y experienciar. Por buscar y encontrar. El equilibrio, la clama. Vencer los miedos, doblegar ese espíritu oscuro que siempre nos impide brillar, que piensa de nosotros lo peor y obstaculiza nuestro desarrollo.

   Amar tal vez de nuevo, y ser por fin correspondido. Amar mejor con amor bueno, por fin, y ser correspondido.

   Ganar en paciencia y en indiferencia hacia lo que no debe importar.

   Escribir como meta. Sanar como dedicación. Encontrar un punto de equilibrio entre lo que pudo ser, lo que es y lo que será.

   Un nuevo año comienza, un año queda atrás.

   Sinsabores, amarguras, pérdidas, encuentros, alegrías, reencuentros y madurez. Algunas hebras plateadas. Alguna arruga de más.

   Y Salud.

   Y Dios.

   Y un amor más, lo que queda está ahí, esperando como siempre ha estado, todos estos años pasados. Siempre hacia adelante, hacia la realidad.

Las cosas (tontas) que me recuerdan a ti/ These Foolish Things.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

   Sentado en un piano-bar, pienso en ti.

   Estoy solo. El murmullo de las conversaciones bajo el sonido del piano; la dulce melodía que todo lo engarza; y una cerveza algo tibia ya sobre la mesa.

   Sentado miro hacia afuera. Hay una terraza. Algunas personas están allí al abrigo del ronroneo de la gente que va y viene; beben sus copas y pican en las aceitunas y en las almendras con piel.

   Las manos del pianista me recuerdan a ti. Largas y firmes, traslúcidas y suaves. Acostumbradas a un trabajo fino, a una actividad por lo demás intermitente y voluntaria.

   La sonrisa cuajada de estrellas que acabo de oír me recuerda a ti. Aire expulsado desde dentro, un ronroneo y finalmente una liberación, como en el amor.

   La soledad me recuerda a ti. Cuando te dabas la vuelta y, espalda contra espalda, nos sumergíamos en nuestros mundos internos.

   El perfume que ha dejado al pasar una sombra te atrae hasta mí. Qué milagro los sentidos primarios, que tan fuertes son sin embargo; no te veo, no te escucho, pero gracias a ese aroma te siento y te dibujo y hasta noto tu mano por mi pelo y un tirón de orejas cuando me portaba mal contigo.

   Cuántas cosas tontas me recuerdan a ti.

   El pianista sigue desgranando notas. Con su camisa impoluta, su pantalón oscuro ajustado y perfecto. Apenas sonríe , dueño de esa facultad de ser el centro de las miradas sin llamar la atención. Con sus melodías congela el espacio y lo dirige adónde desea. Las canciones que apenas oímos enzarzados en nuestras conversaciones, influyen en nuestro ánimo mucho más de lo que creemos y nos arrullan en la sombra, engañándonos.

   Eso me recuerda a ti. La habilidad detrás de la noche, el justo punto de engaño y verdad.

   Y la soledad me recuerda mucho a ti. Esa sensación de vacío algo opresivo, esa confirmación de estar abandonado a pesar de la compañía.

   Voy a pedir un cóctel o algo. Pero un Manhattan me recuerda a ti, y un Gin-tónic también, con tu boca de fresa posándose en los bordes de la copa. Y un Martini con cebollitas, un Margarita con la sombrilla que usamos para guarecernos de la tormenta de un sol tropical y la Mimosa de un brunch lento después del amor.

   Cuántas cosas tontas me recuerdan a ti.

   Se hace de noche; las estrellas pueden pender como la luna en el vacío oscuro; pero la ciudad está muy cerrada, y en la noche sólo veo reflejos amarillos de las farolas encendidas.

   Me recuerdan a tus ojos de gato hambriento, a tu sed sin control y a mi entrega absurda… Esas cosas tontas que me unieron a ti.

   La iluminación se aquieta; se hace suavidad, abriendo el camino de la caricia y del roce. La música sigue desliando melodías de amor y desamor, de acercamiento y dejadez.

   Esas cosas que me recuerdan a ti.

   Y yo. Sentado en un piano-bar, solo sin compañía, hablando con las sombras de un pasado que parece no haber quedado atrás.

   Y el pianista me sonríe y cabecea. Como si me leyera el pensamiento, escoge una canción que he intentado evitar. Pero ahora qué más da…

   Esas cosas tontas que me recuerdan a ti.

   Otra vez.

Te vi/ I saw you.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Iba por la calle en medio de mis cosas. Pensando.

   La música a todo meter por los auriculares.

   Me he acostumbrado a caminar así, al ritmo de lo que suene en mi teléfono. Más rápido o más lento; contemplativo o eufórico.

   Ahora no sabría hacerlo sin ese ruido armónico de fondo, que a veces me retrata y otras me reta.

   Iba por la calle en medio de mis cosas. Paseando. Y te vi.

   Salías de una cafetería. Con una sonrisa en los labios. Casual, despreocupada.

   Elegante y con desenfado. Y los ojos brillantes; un nuevo corte de pelo. Y una risa nueva.

   Y te vi.

   Me detuve. La música seguía saliendo por mis oídos. Pero yo no oía nada. Salvo el lamento quebrado de un día perdido. Y el eco de un corazón que creía dormido.

   Que creía dormido hasta que te vi.

   Y todo se volvió borroso. Tú ocupabas el centro del universo. Ajustándote el fular, apartando un mechón de la frente. Y esa sonrisa abierta. Que nunca tuviste para mí.

   Iba por la calle en medio de mis cosas, de las que te creía ya parte del pasado.

   Pero tuve que salir corriendo, con la música detrás de mí. Y llegar a casa y descubrir el cajón que guardo con tus cosas; las fotografías que nos hicimos juntos; aquellas que te robé mientras dormías. Y la belleza de cada amanecer entre tus brazos y el calor de las noches que pasaban resbalosas por tu espalda y el mundo que se deshizo cuando todo acabó.

   Cuando todo acabó para ti.

   Iba por la calle en medio de mis cosas hasta que te vi. Y todo pareció volver a empezar.

   Pero no.

   Sólo te vi. Y nada más.

Luz cálida/ Warmth sun.

El día a día/ The days we're living

   El brazo se desliza por la cama.

   Se eleva.

   La calidez de la mañana lo roza. Y una pirueta dibuja en el aire.

   Los dedos bailan un vals con el espacio vacío.

   Luz suave entre cortinas leves. La brisa discreta con olor a mar entra por la ventana abierta.

   Una grieta sobre el cabezal de la cama. La sombra de una cabellera castaña, desordenada por el sueño. Y el peso de la compañía.

   El brazo alzado recogiendo la calidez de la mañana, y el beso salitroso de la brisa, y el descanso cansado de una noche tranquila.

   Un suspiro. Un discreto ronquido. Una sonrisa.

   El brazo vuelve a la cama. Y un desperezo.

   Un giro. Y se acerca un poco más. Siente el calor del cuerpo a su lado. Y el peso de la compañía.

   Cierra los ojos. Afuera amanece.

   Espera un poco más. Un poquito más. Todavía hay tiempo.

   Aspira el olor de la compañía que tiene a su lado. Y sonríe.

   Todavía hay tiempo para despertar.

   ¡Qué felicidad!

Después del baño/ After Bath.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   El vapor denso desdibuja las siluetas.

   Los azulejos resbaladizos y brillantes con ríos de agua que simulan lágrimas de las cañerías.

   En la ducha repiquetea un chorrito de agua. La llave, apenas cerrada, exhala todavía esa delicia tibia, que acaricia la piel y la libera.

   Después del baño todo carece de importancia. La piel enrojecida, el pelo húmedo y apelmazado simulan una caricia. Y son los labios y no es agua que corre; son los dedos y no vapor que acaricia. Sonrisa de plenilunio; recuerdos que no son vagos.

   Una mano limpia el espejo empañado. Y la palma roza el reflejo. Y brilla un recuerdo entre las sombras del vapor.

   Sonrisa. Caricia. Beso.

   Olor a agua que ha caído. El firme roce de la toalla que seca la húmeda altivez de lo limpio.

   Después del baño sólo hay liberación y silencio. Y una rara plenitud, efímera y quebradiza.

   Beso. Caricia. Sonrisa.

   Desnudez frágil.

   Amor renacido.

Hacia adelante/ Moving forward.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

   Desde hace unos años llevo arrastrando, por así decirlo, una pregunta conmigo. O más que una pregunta, es un estado de insatisfacción y de falta de motivación que veo reflejado en mucha gente y ahora en amigos cercanos.

   No es la inestabilidad laboral, que puede que contribuya a ello. Es algo más. Cuando carecemos de metas claras que nos impulsan a ir hacia adelante, evolucionar es difícil e identificarnos con lo que hacemos y vivimos se hace cada día más complicado.

   Se me dirá que sólo una persona que tiene sus necesidades básicas bastante cubiertas puede preocuparse de algo así. Sin duda. Pero muchos, yo el primero, necesitamos trabajar para poder mantener ese estado de cosas: todos tenemos cuentas que pagar e hipotecas que saldar a principios de mes. Y en muchos aspectos me siento tremendamente agradecido y he encontrado muchas veces ayuda en el momento en que más lo necesitaba.

   Todo eso es cierto, pero es algo más. En cuanto a mí, que he vivido la vida con una especie de orejeras, con la mirada puesta en un horizonte que la vida no hizo más que dilatar; he perdido de vivir muchas cosas simplemente porque no me daba cuenta que estaban allí. Pero ni siquiera es eso: no es melancolía del deseo de lo que quiero hablar hoy, si no todo lo contrario: melancolía de la meta, de no saber hacia dónde ir, salvo hacia adelante. Yo tenía un objetivo; mi interés era conseguirlo y seguir hacia adelante con lo que tenía proyectado. Pero la vida no es así, al menos la mía; que juega al escondite y no me lo pone tan fácil. Ese objetivo lo conseguí en más tiempo del que deseaba; cuando lo obtuve, estaba tan vacío que no me importó para nada haberlo hecho. Es más importante la carrera en sí que la meta; a veces creo que sólo triunfan unos pocos porque disfrutan de ello; en mi caso, poseer aquello por lo que luchaba sólo me ha regalado un sentimiento de alivio que aún hoy me maravilla.

   Una vez llegado a ese punto, el que yo era hace unos años, que no veía más allá, que no tenía mentalidad de funcionario, no sabía cómo vivir en ese mundo y ni siquiera tenía la facultad de otear el terreno más allá de sus narices y de vislumbrar nuevas oportunidades de cambio. En eso estoy. Me pregunto muchas veces si lo que hago es correcto, y si cómo lo hago lo es. Hace mucho tiempo que la opinión ajena me ha dejado de importar en mi trabajo; todos cometemos errores, no somos infalibles, sólo que algunos tienen más desarrollada la capacidad de detectar el error ajeno que el propio; por lo demás, no es ninguna novedad en la historia humana. Me admiran los deportistas, o esos artistas, o esos personajillos que luchan por llegar a la meta, por alcanzar el triunfo, por ser admirados o deseados o simplemente conocidos… Yo no sé adónde dirigirme o qué querer; la lucha por la supervivencia diaria parece aniquilar mi capacidad de soñar; no tengo objetivos claros de futuro o un deseo más importante que el resto para seguir adelante.

   Un gran amigo mío, cuando fue padre por primera vez, me dijo al respecto que los hijos significaban una nueva fuerza para ir hacia adelante. Me pareció lógico mientras acariciaba con torpeza la cabecita de su niño recién nacido. Intenté imaginarme con un churumbel de pelo pincho con poco éxito. Y no es que no quiera a los niños, todo lo contrario, me llevo muy bien con ellos y creo que se dan cuenta, porque se me pegan como chicles y les gusta mi compañía; los trato como personitas adultas y no como seres sin cerebro. Aunque ninguno de sus padres me ha pedido jamás ser padrino de alguno de sus hijos, y eso es algo que me parece preocupante. Aunque no estoy hoy aquí para exponer las serias dudas que mis amigos parecen tener sobre mis capacidades para criar un niño.

   Intenté imaginar lo que significaba ser dependiente de un ser, porque un niño nos ata por vida; mis padres continúan encima como si tuviese dos años, y muchas veces con razón. Intenté sentir la fuerza que me impelería para lograr todo lo mejor para mi hijo. Y me di cuenta que sería la misma que me ha llevado a mí y a los míos adonde estamos, porque sólo por ellos se podrían soportar el acoso laboral, el desequilibrio laboral, el fracaso laboral y la desfachatez con la que se nos trata desde las administraciones como ocurre en estos momentos conmigo.

   Así que debe haber algo más. Algo que se me escapa. Sólo cuando estoy solo haciendo mi trabajo, rodeado de personas que quieren hacer bien el suyo, consigo cierta alegría; cuando un paciente sonríe o un familiar se siente agradecido sin que a mí me cueste trabajo, es cuando paladeo algo de esa culminación, de ese ímpetu que nos hace ir hacia adelante… Pero esos momentos son espaciados y, a veces, muy breves; manchados por el día a día, por los cuchicheos y esquemas hipócritas, y por una inestabilidad que es eterna.

   Y puede que en eso esté la clave de todo. El miedo al cambio, las responsabilidades que tenemos y que con gusto dejaríamos atrás para probar nuevos caminos; el sentimiento de que nuestro corazón pertenece a otra parte y que no es feliz allí donde está.

   No: nada me hace feliz. O no me hace tan feliz como una vez hizo: hay demasiado agua bajo el puente. Nada en mi vida es lo que una vez pudo ser: todo parece variar pero sigue siendo lo mismo. Defiendo la estabilidad de mi familia con uñas y dientes, pero eso no parece tener un eco en el universo. Cuando se abren nuevos caminos, estos se horadan por problemas inexplicables y muchas veces por falta de interés… Y sin embargo esa es la mano de cartas que me ha tocado, e intento hacerlo lo mejor que puedo. Pero ya sin pasión ni visión ni armonía. Y cada día me recuerdo que siempre he sido un pésimo jugador y que la Fortuna no me sonríe jamás como quiero que lo haga.

   Pero no deja de sonreírme día a día. Y eso hace que siga hacia adelante. En busca de lo que me haga realmente feliz.

Entre puertas y ventanas/ Rear windows and back doors.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   El otro día entraba a las nueve de la mañana en la oficina de Atención al paciente del complejo hospitalario en donde trabajo de forma extraordinariamente precaria (pero trabajo, que es mucho en estos tiempos). Tenía mis dudas sobre lo que debía hacer. Hasta allí me había enviado un colega para que solicitase el cambio de área sanitaria. Tenía mis dudas porque habitualmente cuando yo lo hago suele tramitarse por Admisión de enfermos, pero estaba en una posición en la que escucho más al especialista en cuestión que sabe mucho más sin duda que yo sobre las grandes y pequeñas cosas que le conciernen. Así que allí me hallaba, a las nueve de la mañana. El letrero informativo decía que la atención empezaba a las 9:15; aunque tenía una reunión a las once, no me aquejaba prisa alguna.

   Cogí un número. El 15. Es decir, que debería de haber al menos catorce personas delante de mí esperando a ser atendidas. Personas que llevaban al menos una hora ya de espera. Como iba de paisano, esta vez no llamaba la atención. Reconozco que no es habitual ver a personal hospitalario esperando su turno a ser atendidos sea para pedir citas o para extracción de muestras. Yo suelo hacerlo. Bien es cierto que cuento con cierta ventaja porque pertenezco a la casa, como ocurre con los empleados de otras empresas, cuyos beneficios arañan como nosotros. De esto se deriva que suelo esperar con poca impaciencia, y me permite observar y juzgar al situarme al otro lado de la barrera con conocimiento de causa. Una especie de autoexploración y de acto de contrición que me resulta muy útil para mejorar mi propia actividad sanitaria. Pero esta vez iba de paisano. Esperé un rato de pie pues quedaba una sola silla y no me parecía correcto sentarme cuando podría llegar alguien más necesitado que yo de sentarse. Pero como después de media hora no habían empezado a llamar a nadie, y nadie parecía especialmente interesado en usarla, me senté tan tranquilamente como había llegado.

   He de decir que la espera se lleva mejor con un iPad o cualquier artilugio electrónico. Hace que se relajen los nervios y la espera se difumina casi en un pestañeo.

   A eso de las 9:45 salieron de una reunión (que supongo es la habitual mañanera previa al inicio de la labor asistencial) las personas encargadas de atendernos. Entre unas cosas y otras, salidas y entradas por puertas que simulaban aparecer y desaparecer con gracia, solo una de aquellas personas empezó su labor. Yo no tenía especial prisa, aunque la cita de las once estaba cada vez más cerca. Odio llegar tarde. Pero esto me interesaba más que cumplir con mi resabiada puntualidad. Pero yo debía ser el único al que no le importaba esperar. Cosa razonable, por lo demás.

   Comenzaron los cuchicheos y las protestas sotto voce. Tenían mucha razón, por supuesto. La única persona que trabajaba era diligente. Despachó a diez en poco rato. A las 10:15 se encendió la luz roja de otro de los habitáculos de asistencia, señal que estaba operativo. La cola empezó a fluir y las quejas a disminuir. Quince minutos después me tocó a mí. Como creía, se me comunicó que mi problema lo llevaba Admisión de enfermos. En ese momento me identifiqué como alguien de la casa y la chica que me atendía suspiró.

   – Siempre hacen igual. Piensan que somos una centralita de información.

   Le sonreí porque su trabajo no debía ser cómodo: la atención de las quejas debe ser ominoso, porque se entiende la indignación del usuario pero se conoce el funcionamiento de la casa y se hallan en una posición neutra difícil de sostener. Le dije que no tenía la menor importancia. No le comenté que hasta hace poco era el encargado de estudiar las quejas más graves que ellos vehiculizaban. Estar allí una hora me bastó para entender cómo nos ven y cómo hacemos que nos vean. El juego que se crea entre puertas y ventanas se complica porque queremos que así sea, y sin querer llegamos a jugar con los sentimientos y la Salud de los pacientes, que en nada ni por nada deberían pagar por nuestras torpezas o nuestras frustraciones.

   Así que me dirigí a Admisión de enfermos. Es un área enorme, muy clara, de mármol blanco, luminosa y pensada para la bienvenida. Sin embargo alguien debió pensar que era mejor fosilizar una de sus zonas con cristal al ácido y dotarla de ventanucos de tamaño ridículo donde los pacientes o familiares deben acercar su nariz y solicitar lo que desean. Lo que estuvo imaginado para la ligereza y dar sentido de seguridad pues enseña cómo se trabaja, se ha cerrado en compartimientos estancos que impiden la fluidez en las relaciones asistenciales para evitar que los usuarios vean cómo se trabaja o cuánto se trabaja, que aquí viene a ser lo mismo.

   En fin. Ese área no me interesaba porque era el de Listas de espera (o al menos así rezaba un basto papel pegado al cristal). Ni un alma había allí para indicar el uso de los ventanucos, por lo demás cerrados a cal y canto. Así, bandadas de personas mayores vagaban perdidos entre el amplio mostrador yendo de aquí para allá tras el consabido:

   – Esto no es aquí. Es en esa ventana más allá.

   A saber.

   Como por ahora tengo aún mis capacidades intelectuales bastante intactas, me percaté del área en el que debería preguntar y me acerqué al mostrador. En aquel momento había cinco funcionarios. Dos en el mostrador y los otros tres por detrás, cada uno en su escritorio y con su ordenador, trabajando. Como las dos personas que atendían parecían estar muy ocupadas, y escondiéndome en mi timidez inicial, me retraje de molestarlas. Me quedé unos minutos allí de pie sin que a nadie le importase un pimiento qué hacía allí sin hacer nada con un papel en la mano. En mi indecisión, una pareja de personas mayores, que son más listas que un cuco en general, se me adelantan y sin problemas se dirigen a una de aquellas dos personas. Ésta les preguntó en un tono de azafata de Iberia qué es lo que querían; ellos mostraron su papel, y suspiró. Otros.

   – No es aquí. Es en esa ventana más allá. Donde pone Lista de espera.

   – ¿Dónde pone qué?

   Normal. El papel casi no se leía. Suerte que llevaba lentillas, si no, apenas lo leería yo tampoco.

   Sobresaliendo un poco del mostrador, les señaló el área acorazada. Resignados y con paso más lento del que antes de adelantarme hicieron gala, cogieron de nuevo su papel y se acercaron a la redicha ventana. Una mano apareció por entre las rendijas, les dijo que ya les llamarían y se marcharon por la puerta que acaban de franquear. Seguía el desfile entre puertas y ventanas.

   En esas, me acerqué al mostrador. Había decidido describir mi puesto de trabajo antes de decir para qué estaba allí. Pero cuando abrí al boca, la persona que estaba sentada salió a hacer no sé qué y la que había atendido a los señores mayores me miró con curiosidad. Me preguntó qué hacía allí. Se lo expuse.

   – ¡Ah! Pero eso lo hace él.

   Me dijo, señalando a uno de los tres que estaban más atrás. Sonreí. Ese él había sido auxiliar administrativo de la Biblioteca y después del Servicio de Neurocirugía y me conocía de sobra. No hizo falta que sacara mis galones. Al verme me dijo que por favor pasease por la puerta posterior que ya me atendía. Como ya estaba con el tiempo pillado, me acerqué rápidamente y mientras lo hacía oí a la que me atendió en primer lugar preguntar en voz alta si pertenecía a la casa.

   – Sí, mujer. Es médico de la UCI.

   – ¿Y por qué no lo dijo?

   A punto estuve de decirle que no me había dado tiempo y que no debería de importar si era médico o barrendero municipal, pero me abstuve porque sería inútil. La imagen que tenía en mi mente no la borraría ni la atención más exquisita, que por lo demás se me brindó y que agradezco.

   Esperé un poquito más a que se desocupara el diligente compañero de casa. Comenzaba a estar un poco preocupado porque se me echaba el tiempo encima. Llevaba casi dos horas dando vueltas y no había empezado a solucionar mi problema. Algo tan básico como solicitar el traslado de área sanitaria.

   Al verme un poco apurado, el funcionario aceleró más y pronto me dedicó toda su atención. Como esperaba, el trámite en sí mismo era simple: sólo tenía que traer los informes que ya llevaba y él procesaría la solicitud. Ahora bien, eso a él le llevó tres segundos, el problema es que el tiempo que necesitaba la información en llegar hasta la nueva área sanitaria (separada, por lo demás, sólo 70 kilómetros de nuestro complejo hospitalario) sería de más o menos 1 mes. Eso sin contar la nueva cita con los especialistas a pesar de ya ser vistos en este área sanitaria, con lo cual la cosa se prolongaría mucho más. Si eso no es duplicidad de actividad que alguien me lo explique.

   En fin, haciendo corta la explicación laboriosa de la burocracia, me vino a decir que si en tres semanas no me llamaba, que pasase por allí y él le daba un toque al sistema informático para acelerar el proceso. Que al fin y al cabo se trataba de un tratamiento tumoral y no de una rinoplastia. Por ser de la casa, claro.

   Salí de allí con el tiempo justo de acudir a mi reunión, agradeciéndole las molestias que se había tomado conmigo. Conociéndole, seguro que le dedica el mismo tiempo a cualquiera, pero desde luego no le ofrece apurar el procedimiento porque si no estaría todo el día a ello y no es plan. Es lógico. Y además, soy de la casa.

   Esa es la imagen que los usuarios tiene  de nosotros, los funcionarios de la Salud. Y esa es la imagen que tenemos todos de los demás funcionarios autonómicos o estatales. Y es cierta. Es real. La idea de que sólo trabajan tres y los demás hacen bulto es verídica. Y de que el mundo del papel es un barullo enorme e incomprensible también. E inútil, también.

   ¿Esa es la idea que yo quiero que los pacientes y familiares tengan de mí y de lo que yo hago? ¿Cuántas horas no pasan hasta ser atendidos porque empezamos tarde, muchas veces con motivo pero la mayoría de las veces por necedad? ¿Por qué existen las listas de espera? ¿Por qué el usuario tiene que ir y venir como una peonza entre puertas y ventanas cuando la informática debería ahorrarles ese tiempo precioso y esa dificultad? ¿Por qué seguimos mirando hacia un lado? No lo sé. Lo único que sé de cierto es que esa imagen es real y que nosotros formamos parte de ese mito, y que ese mito, salvo honrosas excepciones, es verdad.

   La vida se nos va entre puertas y ventanas, esperas espúreas y excusas vacuas. Y llegamos a jugar con la Salud, con la Vida de los demás. Y eso no puede ser. Pero es. Y mientras no seamos críticos con nuestra actitud seguiremos siendo pasto de la inoperancia. Y del sentimiento de orgullo imbécil que nos causa ver nuestros propios grilletes de reo. No tenemos disculpa, pero tampoco hay que flagelarse. No. Sólo mover el culo.

   Pero parece que ésa es otra historia.