Antonio Campoy: gesto suave.

El día a día/ The days we're living

11410334_420172514841026_776731507_nPor fin pude conocer personalmente al creador del blog Vivo en la era pop tras años de seguimiento. Me gustaba su tono casi aséptico, la disección (por lo demás, imposible para mí) de canciones, discos, series o películas sin ese arrebato místico que atrapa a muchos críticos (y esto nos llevaría a un debate capcioso sobre la figura del crítico artístico como pivote del éxito o fracaso de una obra creativa); todo lo contrario, cercano, directo, lleno de referencias acertadas y de refinamientos sutiles que pueden pasar casi desapercibidos.

Antonio Campoy es uno de esos hombres encantadores que se hacen grandes en las distancias cortas. Y no hablo de su evidente atractivo, sino de una sonrisa que se reserva para el mundo real, la mirada brillante, a pesar de todo llena de alegría y de esperanza, su hablar delicado aunque no desacertado y tampoco condescendiente, la voz lo bastante grave para acariciar, y los gestos educados y adecuados que delatan, en su cordialidad, el acento del Norte que posee de nacimiento.

Antonio es de esos hombres a los que da gusto tenerlo cerca. Modesto como pocos pero no por ello sensiblero, guarda un aire de niño juguetón que se desvela poco a poco; su personalidad y sus gustos, su forma de ver el mundo y de comprenderlo se van abriendo poco a poco como una flor en un ambiente caldeado, y ese aroma da gusto disfrutarlo. Sí, Antonio Campoy es un hombre que aligera el mundo, porque parece darle un valor certero, el efecto justo y la sonrisa exacta. Acabo de descubrir porqué vende una sonrisa hermosa a tan alto precio.

Me gusta su cultura vasta, su manejo exquisito de lo pop, sus referencias exactas, su absoluta falta de engaño o de mentira. Antonio es un hombre que lleva el corazón en la mirada y, debido a eso, todo lo que toca lo llena de sinceridad.

Vivo en la era pop, en los tiempos en los que me enganché a él, tenían mucho de reflexión teñida de melancolía con aires pop, que me gustaba: la sinceridad sin ser plomiza, el grado justo de ligereza y la muy ajustada de relatividad. El blog ha cambiado como cambiamos todos, pero hay mucho de Antonio Campoy, ahora más escondido, en sus líneas. Y sigue haciendo que se me pase el tiempo entretenido (y aprendiendo).

Hay muchos componentes en la felicidad. Antonio Campoy está lleno de ellos; a su lado nos damos cuenta que en él todo tiene un componente de suavidad que llegamos a extrañar en el día a día.

Antonio Campoy tiene el gesto suave y la mirada hermosa, y está de cumpleaños estos días. Vaya hacia él mi felicitación y mi admiración, y también toda la suerte que merece y el amor del que disfruta. ¡Feliz Cumpleaños, Antonio!

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

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11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.

En tus ojos/ In your eyes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

1389302_885594204841493_590617694_nEn tus ojos lo veo todo. Las luces de la calle, su solead sonora, el repiqueteo de la lluvia en las aceras. Tu cuerpo echado a un lado, a mil metros de mí.

En tus ojos siento mis lágrimas, que parecen rebasar el balcón de mis pestañas. Pienso en ti, que duermes como si nada, cuerpo abandonado de toda dicha ajena al sueño, soñando seguro con algo lejano a mí.

Podría decir que me estoy volviendo loco. En realidad, muero de tristeza. Se me nota en la voz, se me escapan en los suspiros de boca abierta. Intento tocarte, pero estás tan lejos en esta cama enorme, que parece un planeta deshabitado. Nuestro lecho es un océano que separa dos mundos cuyas costas ya no se conocen, o se han aburrido de quererse.

En los ojos veo que ya no me quieres. O me quieres distinto. El paso del tiempo madura el amor y a veces también lo desgasta. Tus labios tienen un rictus algo amargo, que casa tan bien con esa pequeñas arruguillas en las sienes. Ya hay alguna hebra de plata en ese cabello de oro, y me doy cuenta, como revelado, que nos hemos hecho más mayores y que la vida pasa, como la noche y la lluvia y la tormenta de repente, anclándose en otras dimensiones, en otros planetas.

El reloj cambia minuto a minuto al tiempo. No importa. Los segundos parecen congelados en las sonrisas que ya no tenemos, y en las caricias que a veces nos damos mecánicamente, como cumpliendo un rito. Antes era un milagro, lo veía en tus ojos, cada beso, cada tacto, esa piel sentida y achispada, con olor a madera y a flores abiertas, desplegadas y únicas. Y en la risa y en el silencio. Ahora es pesado como un secreto, y el incienso del sacrificio inunda nuestro hogar: has cambiado de perfume y te has cortado el pelo. Ni la bella melena rubia cubre ahora la almohada, que te desnuda la nuca hermosa, la espalda de bramante, entretejida y fuerte como nuestro amor. O nuestro cariño. O el brillo de tus ojos y los míos.

Cierro mis ojos y veo los tuyos: el brillo de unas pupilas dilatadas por el alcohol y a veces por el deseo. Y tus dedos recorriendo una y otra vez la autopista de mi pecho, ensortijado a veces, a veces enredado en unas caricias que se quedaban a anidar en mi vello para siempre. Y la lengua graciosa y los labios suaves, desplegados como velas en la mar, y la fuerza que eleva los cuerpos y las llamas que purifican las intenciones y que reducen todo a la nada.

El amor, por ejemplo. Y el brillo de tus ojos.

En tus ojos veo que pronto te irás. O que me marcharé yo. No puedo dejar este lugar hermoso que hemos creado juntos; tus libros, mis películas, todo aquello que tiene un origen común. No puedo dejarte sin este lugar donde, una vez entre abrazos, me confesaste que era el único en el que serias feliz.

Feliz siempre, conmigo o sin mí.

Y me doy cuenta, así de repente, con un rayo que ha caído muy cerca, que se ha acabado. El cielo se desploma entero en la noche eterna, las paredes tiemblan y tú ni te inmutas, la boca entreabierta, algo seca, y los párpados cerrados; la luz argentina de la calle platea tu pelo de sátiro. Y casi me vuelvo loco, porque la verdad duele más que las acciones, los actos que desvelan las intenciones ocultas: el silencio ante un comentario; un nuevo corte de pelo, un perfume que alguien te regaló y que te ha encantado.

Veo en tus ojos cerrados todo esto. Son las tres de la mañana y no he conseguido conciliar el sueño, porque mi corazón se niega a capitular sus defensas en una batalla perdida mientras tú descansas ya en el triunfo del guerrero. El resultado de una guerra muda, casi sin discusiones, con ausencia de caricias y de ruegos, y que se estrella una y otra vez como las gotas de lluvia en la ventana, y en el duro asfalto.

No hay descanso para mi corazón adolorido. Pero lo he visto en tus ojos antes de quedarte dormido; lo noté en tu mudez de buenas noches, y cuando te pusiste boca abajo mirando a la pared. Ni siquiera una pequeña caricia, ni un te sigo queriendo, o un intentarlo de nuevo o un tal vez. En tus ojos ya está todo dicho y yo debo aceptar, pues no puedo luchar más.

Pero sigo despierto recordando el brillo en tus ojos, la desnudez de sentimientos y quizá el frío de tu corazón. Y mis dedos helados y esta noche que no acaba nunca.

Arriesgarse/ Taking Risks.

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11352343_156482694691611_83553776_nTodos los días, en cada hora de cada día, una decisión conlleva un compromiso, una acción, una reacción y un destino. Y miles de cosas me pasan por la cabeza: temores de todo tipo, de desagradar, y el peor, de equivocarme. A veces esas acciones son inconscientes, o llevadas a cabo a través de la autopista de la intuición. Otras, se sopesan tanto que todo sentimiento de frescura se alambica hasta desaparecer por completo, y esa acción carece de frescura pero procura teñirse de mayor seguridad. Pero en todas se esconde la posibilidad del error, de lo desagradable, de la pérdida.

Hay una tendencia, siendo yo el primero, de quedarnos varados en nuestra tranquilidad, jugando en las aguas serenas de lo conocido. En esos límites de acción, el error casi desaparece, las respuestas que se derivan de esas decisiones suelen ser ya conocidas y, por tanto, poseemos armas para afrontar la reacción que se produce. Yo el primero. Pues odio sentirme incómodo, carecer de armas para defenderme, enfrentarme a la critica ajena, y errar. No lo tolero, casi me resulta insoportable. Conducir, aparcar, escoger la marca adecuada de leche, intentar no derrochar, ser inventivo y simpático, sereno y vivaz; limpiar la casa o la ropa que me pongo, todas esas pequeñeces de las que está hecha la vida me impulsan a salir de mis límites conocidos y por tanto me obligan a coger riesgos. Imagínense trabajando en al UCI.

Cada decisión es un posible error. Cada decisión será criticada con lupa por mis compañeros, sometida a una disección dañina en esa lucha de egos de la que la Medicina no sólo no se libra sino que parece avivarla. Cada orden médica que decido impulsará la máquina de Enfermería y de Auxiliería y de Celaduría. Y sus miedos y los míos se encontrarán y se unirán o se repelerán sin remedio.

Hay múltiples factores que se combinan en los intercambios humanos a todos los niveles; en el profesional, cuando tomamos en nuestras manos la Salud, y por tanto la calidad de vida (y la Vida) de los pacientes, estos están imbricados en la misma profundidad de cada ser. Yo el primero. Cada guardia es una batalla constante entre la acción y la inacción, decidir lo correcto y hacer lo que se debe hacer. Cada guardia es una batalla campal de egos, de miedos y frustraciones. Cada guardia es un sin fin de riesgos que tomar y que vivir.

Al cansancio, al nerviosismo, a lo ignoto, se les añade la carga insoportable del error, de la burla, de la crítica, del miedo y, a veces, la de nuestra natural tendencia a la molicie y el abandono.

Cada guardia es para mí un trasvase de energía sin igual que me deja vacío, seco, lleno de un cansancio que me arrebata el sueño y por tanto el descanso; un examen continuo, que se repite una o dos veces (a veces más) por semana, que no distingue días señalados ni cumpleaños ni fiestas, y que borra toda posibilidad de estabilidad vital, ese supuesto ideal de vida que parece una línea recta pero que, en el fondo, es una carretera secundaria llena de derroteros absurdos y de baches.

En ese estado de furias interiores (me viene de repente la imagen platónica del Auriga y sus dos caballos, blanco y negro, en pugna constante por llevar el mando de la cuadriga, y por tanto, del conductor que intenta equilibrar esas fuerzas y esos egos de la mejor forma posible) cada vez tropiezo con la inestabilidad de muchos de mis compañeros, generalmente más jóvenes, que no están acostumbrados o no quieren enfrentarse a la dura realidad que significa ser un médico de guardia. En general esa actitud dubitativa o de huida no se ve en los demás estamentos sanitarios con la misma frecuencia. Pero es esa frecuencia en ascenso lo que me alarma.

Cada guardia se está transformando en una lucha continua frente a esa actitud de avestruz de las nuevas generaciones de médicos, algo coyuntural y generacional supongo, pues dejando aparte sus capacidades (que son enormes) muchos de ellos carecen, o no desean tener, esa oportunidad de decidir, ese vértigo de arriesgarse. Y claro que asusta, y claro que nos obliga a tomar decisiones cruciales, que conllevan la última responsabilidad y y el abismo del mayor de los errores. Arriesgarse, para esta nueva generación de médicos, les aterroriza, y por tanto no actúan, y por tanto su actitud es la de liberarse prontamente de una carga que les parece muy pesada (que ES muy pesada).

Es una generalización, y me arriesgo a ella pues cada vez es más frecuente que destaque el que trabaja, el que se arriesga, el que salta al vacío; de todas maneras, gracias a Dios hay magníficas excepciones con las que trabajar es casi un juego, y todo riesgo, una aventura única.

Pero esta actitud de huida, de escape me está minando, está acabando con las fuerzas que mi propio conflicto deja mermadas y que el trabajo en equipo veía reforzadas y hasta revitalizadas. Echo mucho de menos la complicidad, el saber que del otro lado del campo de juego está un compañero que, luchando sus propias batallas interiores, pone todavía en primer término el supremo acto de Servir, con todas las consecuencias que conlleva; que, pese a todo, es capaz de aprehender su responsabilidad diaria y arriesgarse.

Qué fácil es quedarnos encerrados en nuestro interior, o dedicarnos a aquello en lo que somos naturalmente diestros. Temo que yo no soy brillante en nada, y cada actividad a la que me dedico me produce vértigo y miedo. Como esquiar, por ejemplo, o entrar en un gimnasio, lleno de una población que parece salvaguardar las normas de un club exclusivo que no pueden ser reveladas al primer neófito que cruza sus puertas. Escribir es para mí un riesgo, pero también un gusto; trabajar cada día: sedar a un paciente, intubarlo, coger líneas arteriales o venosas, sopesar un tratamiento, repensar un cambio de actitud, y muchas veces decidir cuándo dejar de luchar o cuándo seguir adelante.

Arriesgarse tiende las cuerdas de nuestra vida, pero es la Vida, es aquello por lo que estamos aquí: enamorarnos, asearnos, vestirnos, enfermarnos. Todo en al vida conlleva una decisión, y por tanto un error o un acierto, y por tanto un riesgo. En ese estrés y en esa calma se halla el secreto de una vida sana, o al menos feliz. Y yo no tengo esa llave todavía, o se me han mezclado los mapas.

Trabajar así se hace difícil. A la precariedad laboral, al estar expuestos constantemente al ojo crítico de los demás, se añade el peso inabarcable del trabajo ajeno en soledad, un miedo que se alimenta de otro miedo y que genera situaciones incómodas donde la última palabra, la última acción, la última responsabilidad es mía. Y así no deberían ser las cosas.

Todos jugamos este juego del riesgo. Algunos cobran verdaderas fortunas por patear un balón, por actuar ante una cámara, por decidir qué leyes encajan mejor con la sociedad del mundo. Otros no tenemos esa suerte, ni ese reconocimiento. Y ahora tampoco, me temo, la propia colaboración entre iguales.

Qué difícil es vivir, por favor. Y lo que queda.

Oliver Sacks: En movimiento/ Oliver Sacks: On the Move.

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Oliver-Sacks-HBR-Cover2El Dr. Oliver Sacks ha sido un persona afortunada. No sé si él se vería de esta manera, pues un espíritu sabio y libre en línea generales no se reconoce como tal hasta que el largo viaje de la Vida se hace lo bastante transparente como para verse reflejado en las cosas que han ocurrido, en las reacciones que ha tenido, usualmente también en lo que ha hecho,  finalmente en el resumen de sentimientos que ha sentido y, por lo general, se asombra por un instante y después lo deja correr: todo esto y más está escrito en On The Move.

De los hechos y maravillas que el Dr. Sacks ha realizado durante su dilatada y fructífera vida, hay mucho publicado. Yo lo hubiese llamado, en la forma más respetuosa y cariñosa posible, Dr. Ollie o Dr. Maravillas quizá, por su asombrosa inteligencia, sus ojos luminosos, su aspecto de gigante de cuento y su corazón de oro. Y lo hubiese llamado así como médico, como persona, como amante de todo el mundo científico (desde el estudio de los elementos químicos hasta la biología, desde la física más elemental hasta los niveles cuánticos y subatómicos del universo) y del Arte (su amor por la música, su perpetua entrega a la literatura, su romántica visión de la pintura y el dibujo), por su prosa profusa, su voz grave y su andar de pato mareado y enérgico. No pretendo, en estas líneas, alcanzar tal estado de homenaje ni tales fronteras de elegía. Pero se los merece, por su fragilidad y su energía, por su forma de ser y su valentía.

On the Move es su historia, al menos el retrato apasionado y libre de su propia vida; un ejercicio de modestia sin límite y, sobre todo, de desnudez integral, que traspasa cualquier frontera de lo posible, mostrándose frágil, único y sobre todo, o más que nunca, verdaderamente libre. En sus páginas fluyen su vida familiar, sus años de formación, su vida muelle, su amor por el cuerpo masculino (que lo llevó al culturismo y a proezas de fuerza física increíbles en su época), sus adicciones, que las tuvo; sus accidentes, sus dudas, sus aciertos y sus errores; en esas páginas Oliver Sacks se desnuda como nunca, y se cubre como nunca de asombro y de ingenuidad, de ternura y de una pureza que traspasa los límites de las palabras y toca los corazones y las almas.Oliver Sacks

Oliver Stacks era un hombre puro corazón. Corazón con riendas tensas, pues temía ser desbocado; corazón que se desbordaba en la práctica de la Medicina; corazón dudoso; corazón inhibido; corazón angustiado y, finalmente, corazón liberado. Oliver Sacks, que se prohibió a sí mismo amar, fue un hombre que amó más allá de los límites del cuerpo, y que se halló liberado de todo pesar y de todo sentimiento de incapacidad al final del camino.

On the Move es la historia de un hombre que, temiendo una vida efímera y encallada, siempre estuvo en movimiento, en esa eterna búsqueda que a todos nos define y que nos lleva, dando tumbos en una dirección u otra, hasta que hallamos el verdadero camino, nuestro lugar en el mundo.

Oliver Sacks fue un hombre de despertares, de descubrimientos, de búsqueda. Buscó siempre el conocimiento, el porqué de las cosas, la explicación que une la fisiología con la conciencia, el puente que enlaza la vida consciente con la actividad molecular de estar vivo, despierto. Toda su vida médica estuvo dedicada a la investigación de la conciencia a pie de cama, en las trincheras como yo llamo a la actividad del servicio al paciente; quiso saber, y consiguió entender, con su vasto conocimiento de historia de la Medicina, que la Medicina no es un ente cristalizado, que lo que sabemos hoy no son más que señales de un camino mucho más vasto, que aquello que consideramos inmutable es en realidad una maraña más complicada (y a la vez más simple) de lo que pensamos, y que el milagro de la Vida está unido a los materiales de la tabla periódica tanto como a las estructuras cerebrales, a la historia de nuestro pasado y a la respuesta que creamos en el momento presente en el que nos encontramos.

En On the Move asistimos a ese darse cuenta, a ese hallazgo tan sencillo que hace que todo encaje: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que sentimos y lo que somos, incluso lo que padecemos y cómo lo hacemos. Un hombre dedicado más de cincuenta años al estudio de los efectos de la Enfermedad sobre el individuo, de los efectos de un tratamiento sobre la vida de un paciente; vivió sus propias enfermedades desde esta dicotomía tan suya, y nos dejó legajos de pensamiento y de sentimientos únicos en donde somos al mismo tiempo médicos y pacientes, sufridores y sanadores, pero nunca dejamos de ser individuos, es decir, seres humanos.

Oliver Sacks es un hombre de defectos; de gran corazón; de manías, de inhibiciones. Pero en On the Move nos muestra cómo cada una de las etapas vitales sólo sirven para la purificación del pensamiento, para la entrega total de cuerpo y alma a lo más grande que tiene un ser humano: el Servicio a los demás, y el permiso a perdonarse a sí mismo, es decir, a la capacidad de ser libres.

BN-IE922_bkrvsa_J_20150501120651Cada capitulo de On the Move está lleno de idas y venidas, de marchas atrás, de idas hacia adelante; parecen ideas sueltas que sin embargo llevan cosidas a su vera un hilo común, y es el del descubrimiento, modestísimo, de una vida grande, de un individuo único y voluntarioso, inteligente, brillante más bien, pero por sobre todo trabajador constante, que descubrió su fin último, su motivo de vida, una vez se liberó de todas las taras que lo ataban a lo mundano, una vez que tocó la toba eterna.

Oliver Sacks, el Dr. Sacks, había nacido para escribir. No para unir Ciencia y reflexión mundana, no para acercar la naturaleza íntima de la actividad médica y las Enfermedades que nos afectan al gran público, si no para ser un gran escritor. Y su lucha en contra, o al menos, no a favor de reconocerse como tal, lo llevó a infinidad de triunfos mundanos (por lo demás vividos con extrema cortesía y con una bonhomía inigualables), a reconocimientos y homenajes, pero sobre todo, le dio vía libre pare reconocerse merecedor de amar y de ser amado, de ser apreciado y de ser realmente lo que hubo soñado desde que era niño: un verdadero escritor.

No hay nada de ficción en la extensa obra de Oliver Sacks. Ni falta que le hace. Él narra la Vida, que ya está llena de desgracias y de humor repartidos a partes iguales. Lo que hace de On the Move la joya que me ha apasionado, es que es su vida, su propio periplo, el que contiene cada gota de pasión, de desconcierto, de descubrimiento y de alegría, de errores y de fracasos, de brillante inteligencia y de delicada cortesía, que lo hacen un gran hombre, un hombre digno de ser conocido, y por sobre todas las cosas, querido.

Escrito a las puertas mismas de la muerte, On the Move es un libro de esperanzas, de verdades encontradas y sobre todo, por encima de todo, de libertad. No lo sabemos, no lo imaginamos hasta la última página, hasta la última referencia escrita, hasta que descubrimos que, ya en el final de su vida, abre su corazón, abre su alma al amor y se abandona, como el niño que nunca ha dejado de ser, a la belleza de ser amado, de sentirse encandilado por ese pequeño milagro que a sus ojos se hace inmenso, y por la perplejidad de reconocer que ha conseguido, sin saberlo ni esperarlo, lo que siempre había anhelado ser: un gran escritor.

Siempre cambiante, Dr. Sacks. Siempre en movimiento, querido Ink, ahora más en la muerte. Y gracias por todo.

Todo en mí/ All in Me.

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485259_388629887834858_463158060_nSilencio.

Oigo un susurro rítmico, respiración algo agitada. Y labios que se humedecen. La saliva refresca mi boca reseca. Cada una de sus grietas, cada cosquilleo casi imperceptible de mi lengua sobre ellos.

Ojos.

Siento la luz que escapa de la lámpara. Un rayo atenuado me hiere las pupilas, que se contraen de repente con un chasquido. Y parpadeo. Y dejo de ver por un instante la sombra que me acompaña, el bulto forme que dirige cada uno de sus movimientos hacia mí.

Un principio.

Tiendo mis brazos para alcanzar su espalda. Y noto cada uno de los músculos tensarse y relajarse,  extender cada una de sus fibras, llenarse de esfuerzo para después descansar, intranquilas, en la piel achispada y suave.

Hay pequeños chispazos de electricidad entre mis dedos y su piel, algo húmeda por el sudor. Siento cómo me baña cada uno de los dedos, como penetro en su interior, el agua caliente de la transpiración, la perspicacia de la carne, ese juego escurridizo y viscoso de los humores del cuerpo.

Todo en mí se haya en alerta, como un secreto abierto. Cada poro, cada cabello; mis orejas sonrosadas y mis pies algo fríos, que froto una y mil veces, retorcidos por el secreto placer de la compañía y también de la soledad. La mía.

Y mis dedos recorren cada parcela de su cara. Se detienen en las cejas, dibujándolas.  Y en la punta de la nariz, graciosa como una broma a dos. También en el mentón delicado, y en ese cuello interminable.

Los sentidos como abanicos desplegados, llenos de electricidad y de certeza y de un calor frío. Procuro no parar un deseo que parece desbordarse de mí, latiendo desaforado y nublándome el pensamiento. Intento que el sentido no se deshaga en sentidos, y que toda conciencia deje de serlo al hundirme más y más en las caricias que le dan mis manos, en la presión de mi torso sobre le suyo, en la maraña de mis piernas y las suyas. Pero me cuesta.

Todo en mí está encendido. Me veo fulgurar como una hoguera, como un planeta. Y la tierra y el mar están aquí, a diez centímetros de mí, con la respiración agitada, llena de vaho que humedece mi rostro.

Calor.

La habitación está llena de humedad. Nuestro sudor se mezcla como se entrelazan los besos. Hundo mi cabeza en su pecho y el cosquilleo de cada cabello me produce risa. Y me río, me río con la boca abierta y las intenciones desnudas, como la penumbra que nos acompaña y la noche que llena la ventana. Y la felicidad que se engancha en cada abrazo y en cada beso.

Todo en mí es un descubrimiento. Siento que tiemblo y cada uno de mis músculos es un espasmo que busca perpetrar esa excitación, ese momento infinito donde todo es posible: la belleza, la urgencia, el placer, el abandono, la soledad y el silencio.

Todo en mí es un principio, una novedad. Su cuerpo es. El mío respira. Y la espalda se encorva para recibir aplausos y el cuello se humilla ante la vida. La que nos damos estando juntos, muy juntos, casi sin hablarnos; la que sentimos lejos, en otros cuerpos, en otros momentos de efímera ilusión.

Silencio.

Gemidos a veces que escapan mudos de mi garganta. Cierro los ojos y siento el maremoto de mis sentidos expuestos, todos y cada uno, desnudos, liberados, ajenos a todo lo que no sea su propio deseo, su único placer.

Y no me preocupa nada: ni el alquiler, ni la comida, ni lo que me pondré mañana. Sólo quiero estar así en pura perpetuidad. Desnudo de inhibiciones, lleno de anhelos y de apremios, sediento de besos y caricias y dedos y sentires. Y de deseos de perfección, de belleza, de penumbra y oscuridad y pura luz. La suya.

Todo en mí está aquí, ahora resoplando, ahora dormitando. La lámpara apagada, las cortinas descorridas, la ventana abierta, la noche asomada, las nubes desplegadas, la luna tímida.

Un principio de entera libertad.