André Riu: música personal/ André Riu: Unique Music.

Arte/ Art, Música/ Music

 

Santiago Alonso: entre latidos y corazonadas/ Santiago Alonso: heartbeats and poems.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Descifrando latidos es el último poemario publicado hasta ahora por Santiago Alonso. Un hombre que aúna atractivo con una mente alerta, en constante actividad creativa (actor, director de teatro y poeta, activista social e ingeniero informático) y un alma transparente, que fluye a través de sus dedos y puebla de sentimientos, sentidos, color y realidad cada uno de los poemas que engalanan este libro.

Descifrando latidos es un poemario. Por sus páginas planea todo lo que el autor, el poeta, quiere transmitirnos: su ideario de vida, sus sentimientos a flor de piel, las lecciones vitales que aprendemos, los olvidos y los dolores, con especial delicadeza y cierto sentido trascendente, que los hace únicos e imperecederos. Consta de dos partes que bien pudieran ser publicadas separadamente: Latidos, en el que vierte la sabiduría aprendida en las calles de ida y vuelta de la vida, y Corazonadas, donde se hallan los poemas en los que se retrata con gran sensibilidad y economía de lenguaje.

Santiago Alonso tiene ritmo, una rima musical que yo creía perdida en las modernidades del tiempo ido y que es un placer encontrar de nuevo; es incisivo y cariñoso, profundo y sin embargo volátil; sensual; retrata los sentimientos con sentidos y consigue trascender, en versos a veces extáticos y videntes, la mera carcasa humana: toda experiencia vital es una lección única que no nos exime del error, pero que nos hace más grandes en la fragilidad, más nosotros mismos en cada latido del corazón.

Lo que hay en Descifrando latidos es un corazón que late, al que no le importa equivocarse ni desnudarse. Está lleno de una voz aterciopelada, segura y profunda, que  nos habla a veces en susurros, y que nos regala la libertad: de amar, de ser amado; de olvidar y ser olvidado; de vencer nuestros miedos y seguir adelante; de abandonar el pasado y abrazar el presente, y que nos invita a vivir siempre y por encima de todo, por nosotros y con nosotros mismos, con el amor como santo y seña, bandera frágil pero única ondeando en el océano de la realidad.

Y me ha recordado lo importante que ha sido siempre la poesía en mi vida. Y que tenía algo abandonada. Sus versos claros, su musicalidad de seda y de caricia y su desnudez sin vergüenza: soplo de aire fresco en la cotidianidad que nos rodea, y en la que olvidamos, muchas veces, la belleza que se esconde en cada latido y la bondad que guía a cada corazonada.

Envía(me) algo de amor/ Send Me Some Lovin’.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   a Lili, que quería un cuento con un tritón morocho. Y a Cris, que le encantó la idea.

Send Me Some Lovin’. Sam Cooke.

   Bajo todos los días a la playa. Es una cala pequeña que casi nadie conoce. La casita que alquilo todos los años está ya muy desvencijada, pero tiene salida a la playa. Puedo aguantar el ruido de las tuberías y que funcione a ratos el aire acondicionado. Este año me he traído un ventilador. Porque la casita tiene salida a esta playa casi desierta de arena rubia llena de conchas de berberechos y almejas. Antes nos dejaban sacar algunas; total, aquí nadie viene a mariscar. Pero ahora está prohibido. Como muchas cosas. Somos una generación que prohibe; quizá en compensación a haberlo tenido casi todo. O eso nos han dicho. Puede que tengan razón. Ya no lo sé. Lo único que sé es que durante quince días el sol, la arena, el mar y yo jugamos a gustarnos sin casi estorbos.

   Con esto de las inmobiliarias y la construcción temí que estropearan mi pequeño paraíso. Aunque esperaba que el dueño le hiciese un arreglo. Pero por lo que me cobra creo que me está haciendo un favor. Se lo he dicho y me sonríe el señor Pedro, como si no tuviese nada más qué hacer. Es majo como las pesetas. Las rubias, no este sucedáneo que tenemos ahora, todo más caro y más hueco, ya nada tiene el valor que tenía antes. Antes del euro, claro, que tampoco soy un vejestorio. Quiero decir que apenas tengo treinta, que trabajo y doy gracias de rodillas por eso, y tengo mis vacaciones sin paga extra, que parece ahora que todos en este país cobramos catorce pagas al año, que va a ser que no. Pero vaya cosa con los funcionarios. Así en plural y en conjunto, que hay quien no lo merece, que se han quemado las pestañas o han tenido suerte por estar ahí, y mira ahora. Bueno, tampoco es que estén tan mal. Sólo tienen que aprender a vivir con la incertidumbre de cobrar lo que se trabaja. Y eso no se lo deseo a nadie. Yo ahorro como una hormiguita para estos quince días; porque en la oficina lo que no hago no cobro y estando de vacaciones no entra nada en la hucha; ya me llega que esté siempre vacía. Eso es duro. Todo parece difícil. Por eso me reservo esta quincena, que es la mejor del mundo, y como no me importa si llueve o hace sol, si las tormentas arrasan o hay huelga de controladores, pues tanto me da. Una vez tenía todo preparado para un viaje: tres días a Roma. Entradas sacadas por internet para no hacer colas; un pastón invertido. Y llegó el día y estos servidores de la patria se apoderaron del cielo de España como si fuese un kleenex, y todo a la papelera. Ya ni me molesté en llegar al aeropuerto. La cola llegaba al fin del mundo. Menuda gracia. Así que nada, aprendí la lección. Mi casita de la playa quince días y listo. Mi cala con su mar eterno en la orilla, y las mariscadoras con su mal carácter prohibiendo porque está de moda prohibir, y los pocos berberechos y las perezosas almejas están aquí bajo la arena haciéndome guiños invitadores. Qué mala baba.

   Pasé la primera semana en solitario. Bajo tempranito, que me gusta mucho el sol de la mañana. Mi piel algo crispada por la niebla se siente feliz con ese roce suave como un beso largo y sabroso. De esos que parecen no existir de tan raros; ahora tenemos prisa, lo queremos todo para ya; con lo que a mí me gusta tomarme mi tiempo y que me besen y besar lentico hasta que se seque la saliva de la lengua e irla a buscar a la boca deseada… En fin.

   Me gusta el sol de la mañana porque no pica. Y porque los médicos dicen que no hace daño. También decían que el pescado azul era insano y que el aceite de oliva era un veneno, y mira ahora. Pero bueno, en esto del sol parece que están de acuerdo al menos por ahora. En Australia, que de sol saben bastante (pero no tanto como nosotros, que llevamos miles de años en esta península única), se untan de protector solar hasta los pensamientos; debe ser por eso que son de risa fácil: porque están protegidos y felices. Tan rubios que centellean, oye. Tan rojos que dan ganas de comérselos como un buen bogavante cocido… Pues eso. Me levanto temprano, que mi reloj biológico me da una lata sólo comparable a los mosquitos y al calor; desayuno algo y me bajo con mi toalla, mi tableta, los cascos, el protector 300, una botella de agua, un par de piezas de fruta, un sombrero, unas gafas de sol y una silla todo así en una mano mientras que con la otra intento no caerme por la rampa de piedra empinada que separa la casita de la arena. Cuando hundo mis pies en esa suave tibieza se me pasa todo. Creo que es una estupidez, porque tardaría sólo diez segundos en buscar algo dentro, pero una vez que me instalo me gusta quedarme como una seta. Tengo esas manías como otros tienen las suyas.

   Y me quedo así al sol, como seguro que los lagartos hacen, apenas moviéndome de un lado y de otro, vuelta y vuelta como una costilleta. Y paso por todos los colores posibles: del blanco nuclear al rosado tenue; del rojo bandera al tostado suave, para acabar en un color claroscuro que me ilumina la cara y me saca las ojeras y me hace sentir salobre a veces y muy saludable.

   Por las mañanas no suele haber nadie. Los niños duermen hasta tarde sin colegio; los padres duermen los excesos de la noche anterior; y los abuelos se afanan en tener todo listo para la comida. Es decir, momento ideal de playa callada, llena de poesía marina, de brisa y de sol. Por la tarde alguno se aventura hasta aquí. No niños, me caen bien pero los quiero lejos cuando estoy en la playa; no sé cómo hacen, pero acaban con la quietud que busco. Que si gritan, que si se pelean, que si se meten al agua, que si juegan, que si lloran. Un no parar. Y casi siempre hay una madre hastiada (¿por qué los tienen, me pregunto?), un padre en estado catatónico por la falta de fútbol y de excusas para largarse de allí a fumar, tomarse unas cervezas o hablar de mujeres que nunca pasarán por sus manos; y algún abuelo con espíritu de tiempo ido que sabe de sobra lo que tiene que hacer pero que pasa de todo y le da rienda a los niños, que para mimarlos los ha puesto Dios en el mundo. Y así están las criaturas mal educadas, que no las soportan ni su sombra, para que después nos quejemos de cómo va el país.

   Esta cala tiene su encanto. Porque está casi sola y casi nadie sabe de su existencia. A veces llegan un par de chicas más y se echan sin preocupaciones sobre la arena cálida. Y se quitan todo y se abren como flores al contacto del agua. A veces me entra el pudor de que me vea alguien, pero nadie me conoce (espero) y allí mismo me quedo en cueros para notar sin artificio la magia de la playa en mi piel. Después me arrepiento, porque tengo arena en lugares inimaginables, y a veces alguien encuentra algún grano que me queda olvidado. Hay cosas peores, pero tampoco es plan. Cuando vienen chicas, habitualmente de a pares, todo son risas y un no parar de hablar; no suelen traer modelitos, porque allí no las ve nadie; son prácticas, como yo; no tanto como si son chicos, claro, que si vienen en pareja es fácil saber si son pareja: acaban siendo fotocopias uno del otro; cuando veo a gente así me pregunto hasta dónde puede alcanzar nuestro narcisismo. Quién sabe. Cuando son amigos suelen dejar sus cosas con poco cuidado, se quitan todo lo que les estorba y se tienden sin mirar donde mejor les venga; si son deportistas comienzan a correr o a jugar a la pelota; si son más tranquilos, sacan sus artilugios electrónicos y, aparte de hablar de chicas, poco más se dicen. Un año hubo dos que se hablaban por el teléfono y hasta jugaban una partida de no recuerdo qué. Fueron la compañía más silenciosa que he tenido en años, excepto cuando alguno cometía un error o perdía: desde entonces sé porqué existen los efectos especiales en el cine y porqué no voy al fútbol.

   Esta cala tiene su encanto. Y es su soledad. Y su belleza serena. Y los atardeceres más bellos que existen.

   Por la tarde, me duermo la siesta babando la toalla. Huele a mar. Y el rumor del oleaje es un arrullo que parece una canción de cuna y una caricia. Y la arena está llena de plumas y la brisa suave acaricia y besa y envuelve. Y pongo un parasol debajo del cual me paso las horas leyendo y soñando y suspirando y deseando que todo lo bueno que hay en la vida venga a tocar mi puerta algún día.

   Un año me traje compañía. Nunca más. Nada peor para una pareja que un viaje a ninguna parte. Se fue de aquí antes de una semana. Y fue mejor. El resto del tiempo me la pasé llorando por semejante elemento, como si valiese la pena. Aunque de aquélla me parecía maravilloso. Pero no lo era. O no lo suficiente. No le gustaba el calor, ni la arena, ni las conchas que le picaban los pies, ni la falta de aire acondicionado, ni el silencio lleno de oleaje de este paraíso. No teníamos casi nada en común. A veces estamos con alguien por no estar solos, o por parecer maduros y estables, o por no estar con nosotros mismos. Puede que me pasase todo eso cuando andábamos juntos. Sólo estábamos de acuerdo, y no siempre, en el catre. Así, durmió en le sofá hasta que se cansó y yo me pasé el resto del tiempo llorando mi orgullo y mi soledad. El tiempo se apiadó de mí y llovió todo el resto del tiempo; el mar se tiñó de gris y la arena de bronce, y comí más berberechos que nunca y almejas con fideos, porque si ya no venían a mariscar de normal, con aquel temporal de perros tenían más excusa. Cuando se acabaron los días se me secaron las lágrimas. Según me contaron, aquel año llovió hasta las ganas por esta zona: el recuerdo de las lágrimas que se me olvidó llorar cuando volví a mi vida de siempre.

   Por eso me gusta esta cala hermosa: porque casi nadie viene. Pero desde hace dos días, todas las tardes un hombre aparece como de la nada. Pasa por detrás de mí y, cuando se muestra a mi vista, sólo veo unas piernas morenas interminables con un andar de atleta, y una espalda para esconder un millar de besos, y un pelo negro ensortijado con la brisa y la sal. Sobre las seis o las siete de la tarde. Camina por la orilla hacia arriba y hacia abajo, y el mar parece que se aparta para dejarlo andar, hundiendo esos pies perfectos en la arena húmeda y tierna. Y su perfil de estatua parece triste, y callado exhala el aire que respira con una facilidad de aparición. De tan bello que es, se me escapan suspiros mudos. La primera vez que lo vi se me fueron los ojos y se me cayó la tableta; se llenó de arena,  y sólo cuando se fue me di cuenta y casi se estropea. Y qué haría yo sin libros, sin música, sin conexión al mundo. Ahora dependemos de un artilugio electrónico hasta para ser personas. En fin. La primera vez que le vi quise hablarle, pero su semblante me retrajo y me dediqué a observar su belleza, como su tristeza, ir y venir, y contemplar cómo el mar retrocedía a sus pasos, y al sol besar caído el rubor tostado de su piel. Su caminar elástico, sus hombros enormes, su pecho profundo. Y su silencio de tumba.

   Ahora sólo se me pasan las horas para verlo llegar. He asustado a tres niños que pretendían fundar un campamento aquí; y a sus padres les he dicho de todo para que los tengan castigados al menos una semana: el padre me miró con cara de agradecimiento, que así podría dormir la siesta en paz, y la madre de contrariedad: a ver quién los soporta ahora en casa. Para la próxima vamos a un hotel con piscina y se acaban estos numeritos, la oí refunfuñar por lo bajo. Por la noche rezaba para que nadie más viniese a estorbarnos en la paz que se establecía entre nosotros, el mar y el sol; y mis ruegos parecen que hacen efecto, que ni un alma se asoma cuando él llega. No sé si echa un sortilegio cada vez que aparece, que bisbisea no sé qué cosas con esos labios carnosos que nunca me agotaría de besar, porque es llegar él y nada se altera, nada salvo mi corazón, claro, pero él parece no oírlo. Menos mal.

   Y estamos juntos hasta la llegada del atardecer. A veces se distrae con las conchas de la arena, y cuando se sienta, una bendición me recorre por el abdomen y me llena de chiribitas las mejillas; al levantarse, parece un milagro, largo y eterno, con ese torso de estatua y esas piernas de corredor. Y me imagino sus abrazos, y me siento entre sus brazos con sabor a sal, y un calor parecido a una sonrisa me llena la boca y se me saltan las lágrimas de sólo placer. Y vuelve a caminar ese sendero acuoso, las olas mansitas besándole los pies como si fuesen mis propios labios, y el sol tatuándose en esa piel morena y elástica, como de cuero nuevo o de goma.Está triste y está solo. Y sus ojos parecen esperanzas llenas de luz, que se pierden el horizonte esperando a alguien o un no sé qué. Suele irse antes del atardecer, como si le recordase algo que le resulta doloroso o que no quiere afrontar. Y cuando se va deshace sus pasos y parece que no me ve, bisbiseando sus embrujos con esos labios de besos eternos y desaparece sin más tras de mí casi sin ruido y sin esperanzas. Y tardo en echar la vista atrás por si es una aparición y quiere chuparme la sangre o vaciarme el vientre o algo así. Y cuando lo hago, no hay nadie, salvo el rastro de su perfume marino, y las huellas de sus pies enormes entre la arena y el mar.

   Pero esta tarde es distinto. Sus andares de atleta son más lentos; su espalda más erguida; ese pecho de mundo y medio lleno de la caricia del sol, desnudo y radiante. Pasea poco a poco, sin prisas por ir a ninguna parte, y el mar le besa como yo le comería cada uno de sus dedos, y piensa con los ojos puestos en el mar insomne. Su camiseta se desprende de su bañador y cae en la orilla húmeda. Pero no la recoge. Sigue pensando en no sé quién, y pronuncia un nombre ininteligible para mí. Yo dejo los cascos que me pongo para parecer que no me entero de su presencia, y apago la tableta que me estorba su luz al atardecer. Y su espalda de estatua se queda quieta entre mis ojos y el ocaso, que llega rasgando el cielo con un lamento triste. Y el sol tiñe de rosa y oro y azul oscuro el cielo que nos cubre, y el mar adquiere un tono de palta al rozarle el cuerpo y las intenciones. Consigo oírlo por primera vez. Su voz oscura, profunda, como una caricia callada, como un secreto. Y el rumor de un ruego, el lamento de una esperanza vana.

   Y le entiendo.

   Espera algo del amor, como yo de la vida. Y yo sé que es él, pero él no se da cuenta de mi presencia.

   En una mano tiene algo. Parece redondeado, pulido. Y parece que brilla por un momento, cuando un rayo de sol se cuela en su muñeca. Como sintiéndolo, abre la palma. Es una piedra. Y se la queda mirando con esos ojos soñadores, el pelo hecho un revuelto de sol, mar y viento. Espera un momento justo, cuando las gaviotas retornan al nido y se recortan entre el horizonte encendido y nosotros. Sopesa la intención. Tensa ese cuerpo de mora. Y lanza la piedra lejos, muy lejos, hasta donde la vista se pierde y se hunde. Y suspira.

   Yo no respiro.

   Unos segundos después, parece que se da cuenta de su desnudez. Recoge la camisa empapada unos metros detrás de él. Y cuando se agacha, desde su altura parece que repara en mí. A mí casi me da algo. Casi me trago el corazón. Lleva la camiseta empapada e intenta secarla un poco. Mira para ella y sabe que no puede ponérsela: está llena de conchas, de algas, de arena. Me ofrecería a lavársela, le ofrecería una de repuesto, pero me gusta mucho su desnudez, y la libertad de esa piel le sienta mejor.

   Da unos pasos, otros más. Sé que se va. Conozco sus andares; me lo sé de memoria. Con los ojos cerrados dibujaría su sonrisa brillante, ese hoyuelo en la barbilla, los labios llenos de carne y la caída de las cejas morenas y hermosas. Con el sol ya casi hundido en el mar y las sombras llenándolo todo.

   Pero cuando pasa cerca de mí se detiene. Y hace que me ve. O hace que se acerca. Y en un suspiro su rostro de belleza aparece debajo del parasol. Y me sonríe. A mí. Y parece un universo que gira al revés. Y su blanca dentadura y sus ojos negros me saludan. Cabecea y el pelo revuelto le cae por los ojos. Los aparta con un ademán. Y sonríe de nuevo. Y la camiseta hecha un lío en una mano, y en la otra mi corazón.

   – Buenas tardes -me dice. Y el mundo deja de moverse por un instante-. ¿Podría decirme qué hora es?

   Y se sienta a mi lado como si nada. Y como si nada le contesto y le invito a cenar. Y acepta encantado. Y todo me sabe a mar.

Sondheim, Sondheim, dos veces y para siempre/ Sondheim, twice and forever.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Si hay algo que me deslumbra es la inteligencia sabia. Esa que logra sobrevolar al ego, al anisa de reconocimiento sin dejar de necesitarlo (algo, para mí, dificilísimo) y retratarse a sí misma con una intensidad única y un desapasionamiento feroz. Stephen Sondheim es un hombre que posee esa cualidad, y en sus dos libros de memorias artísticas (no, no es un libro de recuerdos, si no de análisis de su labor como letrista de teatro musical de Broadway) brilla sereno y, por lo mismo, atrapa.

   En Finishing the Hat y en Look, I Made a Hat, las letras de todas sus composiciones artísticas están presentes. Todas. En orden cronológico de estreno, dejando hacia el final aquellas que no han visto la luz por cualquier motivo, no siendo su propio criterio uno de los más débiles. Para alguien como yo, que desconozco profundamente el universo del teatro musical anglosajón (confieso que mis lagunas culturales son realmente sonrojantes), encontrarlo ha tenido ese efecto de descubrimiento de un mundo nuevo, o al menos de comprensión de un mundo ajeno del que apenas conocía aspectos superficiales. He oído muchas veces canciones que ha compuesto sin saberlo y, por supuesto, sin ser capaz de asociarlo a los musicales a los que pertenecen. De la película Dick Tracy, Madonna cantaba sus canciones, e incluso la hermosa y tenue canción de amor de Reds lleva su sello. ¿Cómo ignorarlo?

   Todo esto se encuentra en sus dos libros. Que no son de memorias. O al menos no memorias al uso. Es decir, son como sus musicales. Un compendio de inteligencia llevada al máximo, de brillantez interpretativa y lleno de secretos encantadores. A medida que leía, intentaba encontrar las canciones que los componían para apreciarlas mejor. En general, con los actores primigenios de los elencos originales. Simplemente para disfrutar de aquello que espectadores más afortunados pudieron gozar una vez en vivo…

   Saber que él fue el letrista de West Side Story o de Gipsy, y el compositor de  canciones maravillosas como I’m Still Here o Send in the Clowns, me ha dejado maravillado. Y el acercamiento hacia su propio trabajo, es decir hacia sí mismo en estos libros, no ha hecho si no afianzar mi admiración por su talento.

   Stephen Sondheim sabe que la edad nos hace venerables, para el público en general, para los premios y para los reconocimientos (don Camilo José Cela decía, por ejemplo, que el premio Nobel no es más que un reconocimiento a la supervivencia de un autor, y no le faltaba razón al cascarrabias de Iria Flavia). Revelándose más tímido de lo que se pudiese pensar a primera vista, conoce el relativo valor de ese aprecio (aunque lo agradece) puesto que ha vivido toda su vida navegando en aguas tempestuosas, entre acusaciones de frialdad cuando en realidad sólo es inteligencia aplicada a la música, observación detallada del ser humano y perfección obsesiva de música, letra, intención y, sobre todo, del retrato de unos personajes con los que intenta pintar  al ciudadano de a pie, lleno de matices, desnudo de juicios y cargado de ironía.

   Sondheim es irónico; juega con ese matiz tan apreciado por los ingleses (quizá por eso es idolatrado en el Reino Unido) y que es un arma de doble filo como todo lo que nos puede llevar a extremos (el humor muy irónico se hace cargante así como el humor muy absurdo, ridículo) de los cuales ha sabido salir, quizá por intuición o quizá por simple casualidad, bastante indemne en su largo periplo profesional. Esta cualidad hace que la revisión de su trabajo se parezca más a una disección minuciosa que a un conjunto de justificaciones (de hecho, no hay ninguna en los dos tomos que nos ocupan). Y su lenguaje, muy rico, nos permite sin embargo a los neófitos musicales entender el origen de una canción y de saborear su composición y sus retoques.

   Resulta curioso saber que, por ejemplo, su sinceridad es proverbial; no juega esa baza de la edad que muchos esgrimen. Si bien lo hace con un respeto que nos permite vislumbrar la persona que hay detrás del artista, o, mejor dicho, la persona de la que está hecha el artista. Es obsesivo, detallista, constante, cabezota, a veces ácido y a veces tierno y encantador: creo que hubiese sido un profesor maravilloso, de esos que de tan auténticos, los recordamos de por vida.

   Aunque su música, sus letras, lo hacen ya por él.

   Finishing the Hat y Look, I made a Hat están llenos de maravillas, pero no por las letras en sí mismas ni sus explicaciones, si no por los entresijos entre los que Stephen Sondheim va zurciendo el eco de su vida, colándose por el entramado como la luz vespertina por una celosía. Es un hombre puente, es un hombre constructor; un adelantado a su tiempo; un observador nato y, en la actualidad, un crítico veraz (porque es capaz de hacerlo consigo mismo sin ambages) y un hombre interesado por todo aquello que vale la pena en la vida.

   Y aunque la ironía, la inteligencia y la brillantez parece que coronan su labor artística, si la estudiamos bien (y ambos libros nos lo permiten gracias a él mismo) descubrimos en Stephen Sondheim un hombre melancólico, romántico, interesado y amoroso, que consigue ver, y que implica a su audiencia a encontrar, verdadera belleza en todo lo que nos rodea: desde un vodevil intrascendente hasta la historia de un carnicero demente que llora en cada asesinato la pérdida de su hija… Para eso se necesita talento y mucho arte.

   Sondheim, Sondheim. Dos veces y para siempre.

   Muchas gracias, maestro.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, Música/ Music

Viejos amigos/ Old Friends.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

   Todo pasa. El amor que creíamos infinito llega a su fin. La decepción juega en nuestra contra. Y la lluvia llega y la soledad también.

   Y como viejos amigos, cuando el amor acaba y estalla a mis pies el mundo que creía maravilloso, estamos sentados juntos; como viejos amigos que somos, oye mis cuitas como rosarios sin fin y asienta con la cabeza y me sonríe a veces y me dice siempre, siempre cuando yo le repito que nunca más: Lo volverás a hacer.

   Y lo hago. Me enamoro, me entrego, me acorazo, me olvido, y todo vuelve a empezar. El dolor de la pérdida, el riesgo del abandono, la llegada de la soledad.

   Y volvemos al café donde nos encontramos y escucha de nuevo mis letanías, mi constate hambre, una búsqueda que parece no tener sentido: la vida es tan extraña, la gente cambia, nada permanece. Menos nosotros dos, y el camarero que nos observa con cara de otra-vez-están-aquí.

   Como viejos amigos me escucha. Le pido consejos que sabe que no oiré, y me tranquiliza oír su voz siempre firme, como si nada perturbase su día a día, el color de sus mañanas.

   Hasta que, ya pasado tantos años que ni recuerdo, me toma de la mano y me dice que me quiere, que me quiere muchísimo, pero que no me lo había dicho antes porque la vida es extraña, la gente cambia, nada permanece, excepto nosotros dos. Y yo seguiría siendo el mismo mientras esperaba que me diera cuenta, así como si fuera tan fácil, que aquello que buscaba en todas esas camas, en todos esos abrazos, lo tenía desde el principio en sus brazos, en su quietud, en la serenidad del que escucha y del que dice lo que piensa sin temor a ser reprochado e incluso a ser escuchado.

   Pero hoy caí en la cuenta que la vida es extraña, que el amor es caprichoso como una semilla al viento, que la gente cambia, que nada permanece, menos nosotros, viejos amigos.

   El bar está por cerrar. El camarero lleno de polvo nos mira con cara cansada. Espera que despierte de una vez y que vea cuánto me ama con ese amor callado que habla día a día y que yo no escuchaba, porque la vida es extraña, nada permanece y la gente cambia, excepto nosotros.

   Viejos amigos que se cogen de la mano y salen a la lluvia y a la intemperie. Y que no volverán a hacer lo que acostumbran a hacer nunca más.

Jerry Herman: la alegría y la reinvindicación/ Jerry Herman: Joy and Vindication.

Arte/ Art, Música/ Music

   Es difícil encontrar en España este respeto al pasado, esta admiración ante aquellos que sobresalen por su talento, por su fuerza, por su constancia, por sus méritos propios.

   Es cierto que, de unos años a esta parte, al menos en el deporte se consigue algo de ese reconocimiento. Pero el respeto a todas de expresión de la calidad y la excelencia no existe en nuestro país. Ignoro la razón, pero no me cansaré nunca de buscarlo y de desarrollarlo. A través de esta ventanita o de todo aquello que conozca y consiga. Si vemos alrededor nos damos cuenta que los demás sí lo hacen y que logran no sólo hacerlos brillar sino que ellos mimos consiguen sentirse mejor al honrar con el cariño, y sobre todo, con la admiración, hacia aquello que los demás no podemos conseguir ni de lejos. Esas personas que  nos hacen vibran, disfrutar, reír, sufrir y aprender.

   Jerry Herman es un gran ejemplo de este cariño y de este saber y de este talento. Muchas, muchas de sus canciones las hemos oído, cantado, bailado y disfrutado por años sin saber que provenían de él y de sus musicales en Broadway. Sus canciones, a diferencia de otro grande como es Stephen Sodheim, están llenas de alegría, de color, de disfrute, pero además, de una intensa reivindicación por ser distinto, por sobresalir, por ser brillante.

   El mejor momento es ahora, siendo quienes somos, para conseguir ese sueño de la eternidad. Este pequeño homenaje pertenece a los premios Kennedy Center Honors del año 2010. Y nos sirve sin duda como introducción al maravilloso mundo de Jerry Herman.