Un rumor, un oleaje parecido a la razón dictaba mi intuición pero me reservaba del dolor o al menos de la sensación frustrante de no ser libre.
Libre para amarte por entero.
Algún día podré volar y seguir el sueño de tu nombre, perseguir libremente mis deseos y que mi razón carcelera se doblegue a ellos, como ellos lo han hecho a mis sueños.
Conocerte ha sido un sueño, un signo, un sino. Tenerte cerca entre los susurros del amor despertó mi piel, e hizo mella en mis sentidos, dormidos hasta que te conocí, callados por desconocimiento, sedientos y hasta enojados. Pero tus labios, y el frío de tus dedos, y el contacto casual de tu desnudez con la mía, suave y rabiosa a un mismo tiempo, cayeron en cascada sobre mi alma turbándolo todo: mi vida, mi corazón prisionero del deber y la realidad.
Pero un día me iré. Un día seré libre dejándolo todo atrás: las responsabilidades heredadas, los hechos que rebajan los sueños, la realidad que acosa a las personas hasta hacerlas copias borrosas de sí mismas, oscuras y tristes.
Hay que partir para vivir, y mi vida está en tus huellas, tras las cuales el amanecer se desborda deseoso y altanero. Nada de lo que pueda decir mi razón que me ata aquí, lejos de ti, puede hacer que deje de pensar en ti, de soñar contigo, de viajar contigo en las alas de la imaginación y los besos que nos dimos, que todavía nos damos cada vez que cierro los ojos con tu imagen encerrada en mi pecho.
Antes de conocerte todo era uniforme, gris y con un sentido plano. Seguía a la noche, cuyas sombras dibujaban el brillo de mis ojos; la luna en su cimitarra; las estrellas guarecidas tras nubes de lluvia. Antes de conocerte todo parecía predispuesto, y la inamovilidad, eterna. Sentía que me quedaba para morir, como se quedaron todos los que me precedieron, yaciendo sobre la tierra pensando en el fin del mundo, desconocedores de una vida de aventuras, de que un sueño lleno de energía puede alzarse contra todo y vencerlo. Antes de saber de ti, este mundo mundano era mi cárcel y mi escaso premio. Y mi única salida.
Hasta conocerte.
Y fue cuando supe. Cuando me di cuenta que mi intuición no me engañaba, que mi corazón latía por un motivo, y que nada tenía que ver con mi vida, si no con una libertad difícil, destructora y única: aquella que rompería las cadenas de mi pensamiento y me dejaría volar hasta tus brazos, saltado de sueño en sueño hasta aterrizar en la tierra sin fin de la vida, partiendo para vivir, cerrando los ojos al pasado, abriendo el corazón y la boca al amor y al futuro.
Algún día podré volar lejos de aquí siguiéndote, deseándote, amándote.
Partir para vivir, dejando todo atrás: la muerte de lo que me apresa, la sequía de la esperanza, la enfermedad de la soledad.
No pensé que llegaría este momento. Sentados uno frente al otro, en este café lleno de gente que va y viene, cada uno con sus vidas y sus preocupaciones. Y con las tuyas y las mías.
Cuando llegué ya me estabas esperando. No es costumbre y me sorprendí, debo admitirlo. Estabas ansioso y al verme se te pasó todo. Me sonreíste como sólo tú sabes, el mundo me dio una vuelta y volvió a dejarme aquí, de pie, a tu lado. Me dijiste tonto, anda, siéntate. Y yo me senté, claro. Recordando.
Recordando las veces que hemos estado así los dos muy juntos, embarullando confidencias, a veces diciendo naderías. Durmiendo espalda contra espalda; despertándonos con legañas en los ojos, con las señales del sueño en nuestras caras… ¿Cuántos años llevamos juntos? No lo sé, y no quiero contarlos. Son muchos, muchos, creo, y será mejor dejar el tiempo con sus cifras tal como están, es decir, en el olvido.
Y sin embargo, cada día que nos vemos en nuevo para mí. Tus ojos brillantes, tu pelo castaño un poco grisáceo por las sienes, y esa sonrisa de mundo y medio, que hace girar mi corazón y lo vuelve a su sitio como si recibiera una descarga eléctrica. Ni siquiera ese período que dejamos de vernos, tú allá y yo aquí, cambió en lo absoluto el cariño que nos tenemos; antes bien: hizo que el mío criase unas raíces muy profundas, quizá demasiado, porque me han llegado al alma, y desde aquélla, hasta que volviste, los días se me hicieron de chicle y se estiraban sin fin ni conciencia, en una constante extrañeza que casi cae en melancolía, y a punto estuve de ir a rescatarte y colocarte de nuevo a mi lado, que es donde has debido de estar desde el principio y de donde espero que nunca más vuelvas a salir.
Me tomaste de la mano y me hiciste sentar. Ya habías pedido por mí, lo mismo siempre: cortado doble tibio con leche desnatada y sacarina, la leche a un lado para regularla, el café humeante, una cucharilla de acero y la sacarina de a dos, con ese sabor metálico que de tan desagradable ya hasta lo extraño. Tú bebías una infusión, cualquier mezcla de hierbas te iba bien, y sin edulcorante alguno. Nunca me ha extrañado: eres todo dulzura, sobre todo cuando estás de buen humor. Como esta tarde cuando me llamaste. Y hasta ansioso parecías. Y yo.
No nos besamos. Porque te comería a besos. Y tenías mucho que contarme. Y yo quería decirte algo que tenía encerrado entre el corazón y la lengua desde hace mucho tiempo, desde antes de que te fueses y volvieses y todo empezase otra vez. Pero nos abrazamos, o más bien me abrazaste, y yo me derretí entre esos brazos preciosos, tras sentir el calor que irradiaba tu pecho abierto, los latidos de un corazón que era todo energía.
Y con tu energía hablaste y hablase sin parar. Tus manos también lo hacían, con una elocuencia casi divina. Y me mirabas y me sonreías, y a mí se me caían los ojos y el mundo giraba al revés cada vez que me tocabas y me hacías un guiño, y acercabas tu boca a la mía casi sellando un beso. Durante un segundo olvidaba qué responderte, absorto como estaba en la contemplación de tu rostro precioso, arrullado entre las notas de tu voz de cadencia oscura y suave.
Me dijiste muchas cosas, muchas. Tus ojos brillaban y sonreían, y alguna lágrima resbaló por los párpados y llegó a tu boca de fresa, húmeda por la infusión y seca por la excitación de las buenas noticas. Y yo que me moría de ganas de decirte mi mayor secreto, mi único secreto. El impulso que me llevaba a abrazarte en la noche, el aliento que hacía acercarme a tu rostro buscando tu mejilla y tu barbilla y tus labios. Pero no quería incomodarte pues estabas demasiado ansioso para que me tomaras en serio, y yo debía replegar mis ganas hasta que la efervescencia de tu temperamento me dejase sitio para respirar.
– Lo amo.
Me dijiste. Y el flujo de mis pensamientos se detuvo de repente. Sentí caer en un vacío y volver de la nada. Casi se me cae el café. Mi corazón se detuvo. Y las palabras anheladas se secaron en mi lengua. Se me nubló la vista y palidecí.
– ¿No te alegras por mí?
¿Cuántas veces habré oído esa pregunta? ¿Cuántas veces habrás llegado a decirme que amas a alguien que no sea yo?
Intenté reponerme lo más rápido que pude. Dejé el café, que estaba horrible de todas maneras, y tomé tus manos entre las mías. Tus ojos brillaban mas no bailaban como hacía un segundo. Tu rostro enmarcaba una ansiedad distinta, un deseo de ser gustado. Y esa expresión hizo que me tragase mi corazón en trozos gigantes, y cada una de las palabras que deseaba decirte, que quemaban mis arterias queriendo emerger por fin tras años de espera, dejaron su rastro en mis brazos y se agolparon en el fondo de mi mente, haciendo que me doliese la cabeza y cada uno de los músculos del cuerpo.
– Sabes que te quiero… Que te quiero bien. Y nada es más importante que tu felicidad.
Conseguí no mentirte y serte fiel. Te llevaste mis manos a tu boca y depositaste en ellas un beso cálido, lleno de ternura. La misma con la que yo te besaría la boca, y con mayor ansia y pasión…. Dejé que siguiese hablando mi mente mientras intentaba acallar mi corazón, que lloraba lágrimas de sangre, que aullaba con gritos de taquicardia. Pero no quería hacerte sentir incómodo con lo alegre que estabas, con lo esperanzado que te sentías, con lo atractivo que el amor nos hace sentir siempre.
Después de aquello recuerdo poca cosa más. Me enseñaste una foto. Hablaste de presentarnos, de las ilusiones que tenías, de lo bello que todo te parecía. Reparaste en el café, que estaba a medio beber.
– Es malo, ¿no?
Y tanto.
Yo asentí. Y seguiste envuelto en tu vida.
– Esta vez es en serio. Esta vez es de verdad.
Me dijiste al despedirnos. El frío en la cara pareció despejarme un poco. Asentí. Otra vez para siempre. Para siempre el amor callado que tengo, el sabor de un corazón que no halla descanso, el rumor del oleaje de un amor que rompe una y otra vez en la orilla de tu vida y del que pareces no enterarte para no sentirte incómodo.
Nos alejamos tú hacia arriba y yo hacia abajo, de vuelta al trabajo, a la vida diaria. Ni siquiera tuve oportunidad de decirte lo que siento por ti, de decírtelo desde el alma, con todo mi corazón… Quizá en otro momento, en otro lugar, en otra circunstancia. Quizá en otra vida, ¿quién sabe?
Pero al menos no te mentí. Y fui fiel a mí mismo. Porque sí, es cierto: te quiero, amor amor, te quiero bien.
No sabía qué te impulsaba a marcharte, porqué dejabas una vida que parecía preciosa a mi lado, qué razón te empujaba a buscar aventuras arriesgadas, probar una cosa o la otra, descubrir nuevos mundos, reales o imaginarios, lejos de mí.
Aún a veces me lo pregunto para no desvelar una verdad que puede que me haga más daño aún. Si eso fuese posible.
Te fuiste una mañana muy temprano. Creías que dormía, tumbado boca abajo con un brazo fuera de la cama. Pero me hacía el dormido con la cara hundida en las almohadas para que no supieras que lloraba tu huida, que sentía muy muy dentro tu pérdida, y que no deseaba, no toleraba tu adiós.
Porque para mí era un dolor, una pena.
Pero no te diste cuenta, y me besaste suave en la mejilla y susurraste un cualquier cosa a mi oído, demasiado entretenido en mis propios sentimientos para entenderte o para quererte.
Y te fuiste cerrando la puerta con un suave chasquido y un eco en mi corazón.
No tolerabas una vida llena de indecisiones, repleta de quizás, tal vez o espera un poco más. Había demasiada energía en ti para no sentirte un prisionero de mi día a día, menos brillante de lo que yo mismo había imaginado, y de mi propia frustración, al ser incapaz de ofrecerte toda la belleza que tu sed merecía. Nuestra vida se había convertido en un aburrimiento sincero, en una lucha continua en la que el presente nos ganaba la partida. Recuerdo cuánto tardamos en conseguir aquel sofá que tanto nos gustaba, o la cama inmensa donde encontrarnos era una sorpresa y una de las pocas alegrías que el eterno día nos regalaba. Sentir tu piel como nueva rodando por esa superficie blanca y tersa…El aroma a vainilla y canela de tu piel, tu pelo teñido con los colores del atardecer que entraba por la ventana abierta, y tu risa, esa risa que se quedaba en mi mente hasta mucho después, cuando el cansancio llegaba y jadeantes mirábamos hacia nuestros propios sentidos exhaustos.
Te fuiste buscando nuevas aventuras, nuevos horizontes. Paisajes amplios que permitieran desplegar tus sueños, que facilitasen el desarrollo de un talento indescriptible, que te dejasen sentirte tú sin limitaciones vulgares, sin lastres ni justificaciones huecas. Cuando llegamos a explicarnos cada uno de nuestros movimientos, cada uno de nuestros pasos, el mundo se reduce a una cárcel pequeñita, que nos corta la respiración, inhibe los sueños y marchita el amor. Y sé que te fuiste con tu amor raquítico, con una sequía en los ojos y en los labios. Lo sentí en ese beso fugaz que te sirvió de despedida, huyendo en la madrugada para evitar las palabras, palabras que nos aprisionan a veces y nos hacen flaquear otras.
Te fuiste y me dejaste. Y te lanzaste a ver el mundo. La belleza era tu meta; transmutarla tu sentido de vida. Yo no podía competir con eso. Yo no podía contribuir a ese vuelo ligero; y quedarme atrás, sin ti, fue el precio de una aventura que nunca quise aceptar y que ocurrió, porque las cosas tienen que pasar aunque no deseemos verlas, y el destino es más fuerte, mucho más fuerte que el amor. Al menos que el que tú me tenías.
Y pasó el tiempo. El tiempo que fluye en el día a día, que parece eterno y pegajoso, pero que se cuela de entre las manos sin darnos cuenta. Todo parece una eternidad, y sí lo es cuando estamos solos, cuando el lecho es demasiado amplio y níveo y el silencio demasiado espeso y pesado y la soledad, una compañera callada que alimenta con plomo al corazón.
Sin ti dejé de soñar y tuve que encontrar nuevas formas de justificarme. Sin ti cambié de trabajo, me lancé a la locura del quizá y del tal vez pues nada tenía que perder, y me volví huraño y sordo, y ciego a las propuestas de gentes que veían en mí una presa fácil, un truco apenas adolescente… El sol se burlaba de mí, y mi piel blanquísima alumbraba las calles en penumbras sabrosas en verano, húmedas y frías en invierno, añorando tu calor, soñando con tu compañía; imaginándote en el salón de casa, con la sonrisa de estampa y los brazos abiertos, dándome la bienvenida y protegiéndome de un mundo que parecía negárseme siempre.
Y pasó el tiempo. Y supe de ti. Vi tu éxito, tu búsqueda sagrada hecha realidad. Tu talento desbordado, tu sensibilidad en la flor de los labios de otros, la imagen de un mundo que era belleza a través de tus ojos. Me enviaste algunas cartas cortas, o que para mí siempre fueron exiguas, y algunas postales y fotos tomadas por ti, en las que te confundías con la belleza de fondo, en las que te hacías edificio, estatua, pavimento y paisajes lejanos. En todos ellos me hablabas con la mirada,en todos esos mensajes me recordabas lo bien que habías hecho, lo dulce y duro que era todo. La excitación y la camaradería, unos brazos cálidos, una sonrisa fugaz en el claroscuro de una hoguera… Y yo aquí, en el mar de un lecho gigante, envuelto en la arena lunar, siendo cada vez más yo y estando por eso cada vez más solo, amándote todavía, en la distancia y en la cercanía, en tu abandono y en el mío…
Pero ahora sé. Ahora lo entiendo. Ha tenido que pasar todo este hiato de tiempo indefinido, de soledad sonora, para que lograse comprender ese fuego que te abrasaba por dentro, para saber que el amor a veces no es suficiente, o no basta con amar al otro, si no a nosotros mismos. Ahora, cuando la vida parece que se ha asentado en mi día a día, soy capaz de entender tus ansias, de aprehender tus deseos, que te alejaban de mí. Y, aunque me sigue doliendo, esa comprensión lo hace asumible y tu ausencia soportable, y el ardor de mi corazón más cercano al tuyo, y mi amor, ese que nunca ha cesado, más íntimo, más cálido, más sereno.
Cuando todos los barcos hayan zarpado; cuando todos los caminos hayan sido recorridos; cuando toda la belleza que proviene del mundo sea vista; cuando todos los sentidos hayan sido saturados, cuando toda esperanza haya germinado y el mundo haya revelado todos sus secretos, vuelve a mí. Que te estaré esperando en mi mundo sereno, en mi vida sin dudas, en mi corazón que siente apasionado y tranquilo un amor de media tarde, diluido entre la siesta y el atardecer. Cuando cada recodo del camino que recorres te acerque cada vez más a casa, y descubras que todo lo que has admirado, todo lo bello y sensual ya estaba dentro de ti y en nuestro amor, vuelve a mí, que te estaré esperando con el corazón en la mano y el amor en los labios. Cuando todas las oportunidades se hayan agotado, cuando no haya estrellas que conocer ni océanos cuyas olas recorrer, vuelve a mí, a nuestro sofá maravilloso, a nuestra cama nívea ancha como un abrazo, abierta como un poema y quédate en nuestro hogar para siempre, para siempre lleno de recuerdos junto a mí.
Cuando el mundo agote toda su grandeza, cuando te canses de ir de aquí para allá buscando lo inexistente, cuando la nostalgia te golpee la memoria y te ablande el corazón, acuérdate de mí, búscame y llámame en el vacío… Que encontraré tu eco en la distancia, e iré a buscarte allí donde estés, porque mi amor por ti sólo ha crecido y se ha ramificado, y te reconoceré y te abrazaré por más que hayan pasado los años, y te ofreceré mi vida, que ahora es toda mía, y mi lecho níveo, que sigue siendo sólo nuestro, y seguiremos construyendo, allí donde el tiempo de una huida ha dejado suspendido, una vida maravillosa que te atraerá de nuevo a mí, para quedarte por siempre.
Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas.
No sé si era tu mirada, intensa y fija como un planeta; o sólo tu presencia cercana, que me hicieras caso y esas cosas: una sonrisa, un guiño cómplice, un pequeño golpecito en el hombro. Pero era cierto: todo dentro de mí cambiaba y sé que mi piel brillaba y mi risa sonora traspasaba el universo llegando de vuelta a mi corazón multiplicada y llena de energía; mis sentidos se agudizaban y todo lo que sentía estaba preñado de inmensidad, lo que me trastornaba un poco.
No sabía a qué se debía tanta ansiedad por verte, no imaginaba que me sentía único, diferente, tocado por una marea de sentimientos que me llenaban de raíz porque tú estabas cerca. Eras un catalizador de todo aquello que más anhelaba; me hacías partícipe de lo que hasta aquel momento pensaba que no me pertenecía.
Tu belleza me hacía a mí más bello; tu cercanía más cálido, y me creía el sueño de valor, repleto de una vanidad un poco tonta e irreal. Hacías de mí un hombre nuevo, transmutado en aquellas cualidades, en aquellas metas que siempre había anhelado y que desconocía.
Pero todo era un espejismo. Al final del día, cuando te despedías de mí con cierto alivio y me quedaba solo, el reflejo del espejo me revelaba la cruda verdad. Nada había en mí que mereciese no ya tu compañía, si no la de cualquiera. Me veía y no me gustaba lo que veía. Nada de esa perfección que sentía a tu lado estaba presente cuando no estabas cerca, o al menos estaba yo demasiado enamorado de ti para sentirme bello, valioso o afortunado cuando te alejabas de mí con un beso casto en la frente o un abrazo que apenas duraba unos segundos.
Estaba lleno de sentimientos opuestos. Aquellos que habitaban en mí cuando tu cercanía los sacaba a la luz, cuando creía que el amor todo lo transforma; y aquellos otros, más oscuros y menos reales, en los que me decía a mí mismo que no merecía tanta suerte o tantos mimos de la vida. Contigo y sin ti emergían de mi interior todas las contradicciones, las medias tintas, las vueltas de una vida desteñida que no era atractiva para nadie, y mucho menos para mí.
Quizá debía adelgazar; o coger más forma aquí y allí tras un comentario tuyo dicho al azar. Cuando hablabas al viento de cómo sería mi mirada sin gafas, corría al espejo a ver de cerca, con la vista de miope intensa, cómo eran mis ojos. Y los examinaba tan de cerca que se empañaba el espejo y mis propios ojos. Cuando quería que me abrazaras y no lo hacías, girabas la cabeza hacia un grupo que pasaba y me reclamabas más comportamiento o menos fruslerías. Y aquellos grupos eran hermosos, de risa tintineante, de bellas formas y facies atractivas; eran delgados y bien proporcionados, vestían de forma encantadora y estaban llenos de virtudes. De virtudes de lejanía, claro. Eso me angustiaba. Y me espiaba en un reflejo cualquiera: un coche, un cristal; buscaba ansioso una respuesta a ese comportamiento tan errático y que, dándomelo todo, lo que más me regalabas era ese dolor extraño que me llegaba de raíz y me trastornaba.
Tu voz, tus gestos, tu propio corazón. No lo sé. Me sentía bello y divertido, brillante y feliz cuando cedías a mis peticiones y juntos caminábamos por la alameda, o cuando de la nada llegabas con el regalo de un abrazo, el arrullo de un beso espontáneo y discreto. Bebía de esos regalos escasos con una sed enloquecida. Tu corazón, tus gestos, tu voz de ultratumba. Deseaba atisbar tu interior, deseaba poder descubrir qué hacía que me sintiera, a la vez, feo, poco apreciado y hasta triste; porqué aquella presencia ambigua hacía nacer en mí tantas preguntas, tantas inseguridades y tan opuestos sentidos y realidades.
Casi todo se puede modificar: una cicatriz, una caída de párpados, una cintura o un perfil. Pero la imagen que nos devuelve el espejo, a pesar de la superficie pulida de la que procede, nada la puede alterar a no ser un amor demasiado puro, demasiado ajeno al querer, al deseo, a la pasión. Porque yo sentía todo eso por ti y mi propia imagen se empequeñecía al compararme contigo o tus amigos; con cada comentario hiriente que recibía del aire que respirábamos, ante cada desaire que tu compañía me daba, mi mundo se aplanaba, se estrechaba y me hacía caminar por un sendero estrecho. Y sin embargo… Yo te seguía como un loco enfebrecido, como un enamorado. Y hacías de mí un juguete amargo, un pelele roto, un mundo de dudas y de sentimientos opuestos.
Se puede teñir el pelo y llevar lentillas de colores; nunca se es demasiado delgado o demasiado cincelado; siempre hay tiempo para la dieta o el ejercicio extenuante o para que alguien, cualquiera, se fije en nosotros y nos haga sonreír… Y sin embargo, me sentía triste y poco querido, por ti sin duda, y más por mí. Y, sin embargo, teniéndote sin tener, no era feliz; a tu lado compré un ticket vacío hacia la felicidad y me lo creí.
Qué pequeño se vuelve el mundo cuando dependemos de un solo ser para destacar, para vernos diferentes, para sentir que nadie es mejor que nosotros o que, al menos, estamos a la altura de las circunstancias que nos rodean… Qué imagen tan distorsionada de la vida, de nosotros mismos, podemos llegar a tener por anhelar sueños erróneos, por considerar un amor de puñados como un amor de plenitud, por tener miedo al abandono, al fracaso o a la soledad.
Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas. Ese algo era mi miedo y mis anhelos soñados preñados en ti. Y mi miedo hacía que nacieran sentimientos opuestos en mí, de dudas e inseguridades, de placidez y hueca plenitud, cuando buscaba anhelante tu compañía, cuando creía que tu cercanía me hacía más bello, más perfecto, más yo… Y estaba equivocado. Pero ya es tarde para eso, y para muchas cosas más.
Bello y feo; cálido y frío; gordo y delgado; fibroso o blando; rubio o moreno; alto o bajo: sentimientos opuestos que buscan darme la libertad. Y el primer paso es dármela a mí mismo y, después quizá, a tu amor de puñado que nunca me dará la felicidad.
Últimamente me fijo en muchas cosas. Pequeñeces, lo admito. Puede que siempre hayan estado allí y que no les prestase la atención debida. Pueden ser cosas mías. No lo sé.
Desde hace un tiempo te vengo observando de cerca. Sin llegar a obsesionarme, noto que tus costumbres han cambiado. Esa forma de vida en la que nos enrolamos sin notarlo, esa sucesión de actos mínimos que terminan asegurándonos una estabilidad única, esa tranquilidad de una conciencia que no tiene que pensar para poder seguir con vida. Has cambiado de corte de pelo, que te rejuvenece mucho; llevas la ropa más ajustada por el gimnasio al que has vuelto hace poco, seguro; y sonríes de esa manera tan tuya, sonora y vibrante, que ya no recordaba.
Llevas colonia. Un olor que te va. Te recorre la piel y se adhiere a todo lo que tocas. Menos a mí.
Te levantas más temprano. Sales a correr o a comprar cruasanes; traes el periódico ya medio leído y apenas tienes tiempo de sentarte a comer conmigo. Y no es que haya cambiado tanto mi rutina, creo, pero me descoloca no saber de ti, cuando antes lo sabía todo y nos sentábamos a charlar, entre el amor y el aburrimiento a veces, horas enteras, y lo más tonto quedaba al descubierto, y lo más importante transformado en besos y caricias.
Hace tiempo que no me besas. Que no me besas. Yo todavía te beso. Me acerco y froto mi nariz contra la tuya, busco tus labios y jugueteo con ellos brevemente, para no molestarte. Porque siento que te molestan mis besos como mi peso en la cama. Recuerdo que hace dos día insinuaste que estaba un poco fondón y de aquél que hacía vibrar las cuerdas de tu corazón, ni la sombra quedaba.
Últimamente eres un poco cruel. Y nunca lo has sido. Y no es que lo seas a propósito, porque una herida a conciencia es como un escalpelo: rápida, certera, sangrante. Y sin embargo esos comentarios dichos al azar, o como si no importasen, quedan resonando en el ambiente como una nota falsa, y mi memoria rencorosa los conserva con una maniática precisión.
Desde hace un tiempo no me abrazas cuando nos quedamos dormidos; hace ya unos meses que ni siquiera nos amamos en el lecho.
No te lo he dicho, pero hablas en sueños. No es nada nuevo, pero los susurros de antaño ahora cobran sílabas y conjugan verbos en los que no participo, y pronuncian nombres que no son los míos.
Te arreglas demasiado. Una coquetería que no era tuya parece haber surgido de alguna parte y se ha apoderado de ti. Y ocurre que tu belleza brilla ahora más que nunca, incluso si la comparo con los tiempos en los que conocernos y amarnos consumía nuestros días y nuestros planes. Te lo he dicho pero me contestas con evasivas. Procuro no empeñarme, pero siempre que lo intento sonríes como antaño para hacerme la corte y me dejas embobado con el brillo de esos ojos, con la luz de una risa que aún me enloquece y te marchas dejándome solo, en una casa cada vez más vacía, llena del eco de la puerta cerrada.
Últimamente me fijo en esas cosas pequeñitas, en una caricia que se queda a medio camino, en un ademán, un mohín indiscreto. Sales, entras, vuelves a salir. Me quedo mirándote y tú no me ves. Ya no cuento para ti, o no como solía hacerlo. Me has llamado exagerado, dramático, niño mimado y qué voy a saber. Y puede que tengas razón.
Pero últimamente me quedo mirándome al espejo. Intento reconocerme en ese reflejo; trato de encontrar aquel que era en éste que soy, y me asusta no verme en él. Aquél que era no tenía miedo del futuro, no se imaginaba una pérdida, un abandono. Aquél que era se creía invencible, inabarcable y completo por tenerte cerca, por saber que un amor como el tuyo le daba alas, le regalaba un sentido y una misión de vida. Ahora no.
Dicen que el amor cambia. Imperceptiblemente, injustificadamente. Se disfraza de eterno, pero nada es inmutable, todo evoluciona según la ley de las cosas. En el espejo está una persona que no se recuerda así; en el reflejo hay años vividos, hay recuerdos acumulados en un magma de pasado, sin un presente claro, sin ningún futuro en realidad. Dicen que el amor se torna en cariño, en costumbre tal vez, en mera compañía… Sí, en todo eso, todo eso que no recibo de ti.
Intento decirme que no tengo motivos concretos, que sólo son observaciones aisladas, conjeturas sin fundamento. Pero son muchas sumas las que se adicionan y siento que estás tomando un rumbo en el que no quieres que te acompañe, en el que me he transformado en fardo, en lastre, en una pareja fondona que no puede habituarse al ritmo de una vida nueva que está brotando a tu alrededor.
Últimamente te siento distante. Últimamente me siento solo. Me dices que sí, me dices que no. Caes en contradicciones airosas, en silencios graves. Y te escurres cuanto puedes y me abandonas todos los días un poco más.
Y me pregunto si tengo miedo de perderte, si pienso que puedo seguir con esta vida suspendida, si concibo una mañana en la que ya no estés junto a mí. No lo sé… Sólo sé que mis ojos se llenan de lágrimas de un tiempo a esta parte, cuando sales de una habitación, cuando te vas a hacer deporte, cuando dices que tienes trabajo atrasado y te encierras en el estudio tras puertas de cristal.
No sé si soy lo bastante fuerte. Ignoro si podré enfrentar tu adiós.
Me siento solo y herido. Me siento frustrado y cansado. Te extraño y te desdigo. Y en la soledad de la noche no puedo engañarme más y me digo que ya no me quieres, que el amor se perdió en las conveniencias del día a día, en los recovecos de la normalidad, el aburrimiento y el azar.
Tengo miedo de oírte decir que me dejas, que nuestra historia de amor se acabó.
Últimamente, en medio de esas pequeñas cositas que son la vida, me lo vas diciendo y yo lo voy notando. Y aunque intente cerrar los ojos, mi piel no me miente, mis sentidos no me engañan: tú ya no estás aquí… Y aunque siempre hay una esperanza, esa oportunidad tiene un nombre nuevo y una nueva aventura para tu corazón.
Últimamente te quiero más que siempre… Quizá porque ya no te tengo. O porque no quiero que te vayas. O porque me siento solo sin ti. O porque no deseo que nada cambie… O quizá porque nunca he dejado, día a día, de enamorarme de ti.