Hambriento/ Hunger.

El mar interior/ The sea inside

   Cuando me siento solo, y pasa a menudo, mi corazón gira hacia ti.

   Cuando el amor me estalla entre las manos, cierro los ojos y es tu rostro el que dibujo, con trazo fino los labios, con trazo medio el perfil, con trazo grueso las cejas y el sabor de la boca y  te tiño de rojo y te tiño de azul.

   Cuando me siento solo, y va y viene en este mar de días infinitos, tu recuerdo me llega hasta adentro y consigue despertar el latido que hiberna, el sentido que designa y las ganas locas, una tras otra, de tenerte cerca.

   Cuando me siento así, suspendido entre las horas que no pasan y la marea de tu recuerdo, me siento hambriento. Y busco desesperado cómo engullir tu nombre, y saborear cada uno de los besos que nos dimos, y deleitarme con las caricias redentoras que llegaban a mi piel desde la tuya, partiendo como carabelas hospitalarias hacia tu contenido.

   Tengo hambre de ti. Un sentido insaciable, que no descansa, que me quema por las noches, y hace que busque, hambriento, tu sombra, el despertar de tu calma, esa calma que me regalabas cuando, en una entrega desplomada, caías entre mis brazos.

   Al llegar el alba y abrir los ojos, el vacío hiere mis pupilas y te busco con un hambre loca, y a veces te hallo y es fiesta y alegría, y a veces sólo es espacio inerte y deseo cerrar los ojos para no despertar jamás, y perderme así en la entonación de buscarte sin descanso hasta dejar a tus pies todos mis sentidos y mi desvelos.

   Eres quien todo lo merece y por lo que vivo. El aire que me envuelve, el perfume que me posee, el deseo también y la serenidad a veces, y el cielo abierto y el cuerpo desparramado esperando más.

   Tengo hambre loca de ti. Y como no estás, vago hambriento, insomne, por el océano de mi vida, esperando tropezar contigo, hincar mi boca en tu piel y hallar el descanso y la saciedad dentro de tu cuerpo, a tu lado, a mi lado, más allá de por siempre, más allá de tu esencia y la mía entremezcladas en sueños.

   Pero como no estás, habito hambriento en mis anhelos, y hambriento sigo, día tras día, por ti.

Enamorados/ In Love.

El día a día/ The days we're living

   Caminando van lento bajo la luz de las farolas. La calle está desierta; el frío ha ahuyentado a la gente y ha atraído a la escarcha que cae suave sobre sus cabezas. Sólo se oyen sus pasos sobre el hielo de la acera como galleta crujiente.

   Sonríen.

   No se dicen nada. No se han dicho una palabra desde que van por la calle. No les hace falta. El silencio late lleno de palabras como un corazón; como un corazón los suyos laten al unísono, con un poco de ansiedad y un poco de vergüenza.

   Se quieren. Lo saben. Lo acaban de descubrir. Y sonríen. Y no se dicen nada. Y caminan bajo la luz de las farolas, en la calle desierta, en la noche escarchada, vacía de luna.

   En un claroscuro se acercan un poco más. Puede ser por el frío. Puede ser por la hora. Pero es por amor recién descubierto, y la dicha los atrae como un imán. Y ellos se dejan hacer.

   Sonríen.

   La noche en calma, el frío que aumenta. Sus manos unidas, sus hombros cercanos, sus torsos alineados, uno frente a otro. Se tocan sorprendidos. Se sorprenden animados. Y tiemblan. Un poco. Sólo un poquito.

   Sonríen mirándose a los ojos. Oscuros, profundos, llenos de un sentimiento tan nuevo que parece único; congelado en la noche helada. Ríen las pupilas, las pestañas brillan. Las miradas se suaviza un poco, y cierran los ojos.

   Bajo la luz de una farola, bautizados por aquel resplandor ambarino, acercan poco a poco sus rostros. El aire se hace denso entre ellos, aguantan la respiración, se tocan brevemente como tanteando el terreno. Y después se abandonan.

   Y se besan.

   En la noche oscura, llena de estrellas, bajo la luz de una farola, dos enamorados se besan por primera vez como si fuese la primera vez. Y el mundo desaparece para ellos, que son un mundo, y nada será igual.

Por primera vez…/ The first time…

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Esta mañana no quise despertarte. Dormías plácidamente enroscado sobre ti mismo como en una interrogación perpetua. El sol entraba suavecito, con esa dulzura que tiene en diciembre, dejando escapar un calor leve que apenas nos toca la piel.

   Apenas llegaba ruido de afuera. La calle parecía vacía, aunque ya no era tan temprano. El cielo estaba escarchado, como el borde de las ventanas, y el frío leve jugueteaba con el pelo de mi pecho. Me hacía cosquillas, como me hacía cosquillas tu espalda junto a la mía, y mi pecho junto a a tu espalda. Ese extenso mar de piel en donde verter cien millones de besos y en los que podría ver cien películas sin cansarme de su orografía.

   Era la primera vez que te veía dormir. Era la primera vez que tu rostro descansaba sobre mi almohada, tan cerca de mi corazón; la primera vez que tu pelo se mezclaba con el mío y sudábamos juntos y pasaban las horas juntos, en un desprendimiento físico y un agotamiento de próxima vez.

   Por primera vez veía tu rostro, las cejas tan bien dibujadas, esos párpados cerrados y la nariz recta y los labios bellamente cincelados en un rumor de oleaje. Nada me pareció más bello que tu presencia allí, en mi cama, en esta mañana de ensueño, en el que aún se veía la luna hecha un pincel en el horizonte, y las estrellas brillando en el sudor de tu piel y la mía.

   Respirabas lento, suave. Tan distinto de la noche, lleno de pasión y de ansia, y casi de melancolía.

   Por primera vez besé esos labios interrogantes y sentí que el mundo se diluía bajo mis pies y que tus brazos me sujetaban para no caer de rodillas dentro de tu corazón. En ese momento, en el que más fuimos uno, cogiste mi corazón tembloroso entre las manos  y lo mordiste con fruición, sin pedirme ningún permiso, y sin necesitarlo si quiera.

   Y la noche pasaba entre el océano blanco de mis sábanas…Por primera vez yacíamos juntos, y tu corazón latía tan cerca del mío que casi lloro de gozo, y tus manos rodeando el eje de mi cuerpo, haciéndome tierra y mar y aire y cielo a la vez… Por primera vez el amor duraba un ensueño más allá del tiempo. Lento entre tus brazos; rápido entre tus piernas; eterno en tu rostro…

   Por primera vez vi tu rostro lleno de gozo y la luna resplandecía en él, tras la blancura de las cortinas, tras el estallido de nuestras pieles… Y pensé reventar de amor allí mismo, entrelazados, y gozado de plena alegría con cada beso que me dabas, con cada abrazo, con cada arrullo.

   El cielo caído en la noche amanecía contigo dormido, rodeado de almohadas en un sueño níveo, con la boca discretamente abierta esperando un beso y las pestañas cerradas al sol suave de la mañana.

   Y  no quise despertarte porque era la primera vez que dormías entre mis brazos, porque era la primera vez que, yaciendo juntos, mi corazón temblaba de gozo por tenerte conmigo, y porque nunca me has parecido más dulce que esta mañana de cuento, ni más apasionado que esta tarde de arrullo, ni más feliz que esta noche en la que, de nuevo, bordeamos el ansia de un amor.

   Y jamás olvidaré esta mañana cuando vi por primera vez tu rostro lleno de sueño y lleno de mí, entre mis almohadas, entre el leve ruido de los cuerpos que se despiertan; ni cuando me encontré con la más luminosa de las sonrisas después de estirarte y de mirarme lleno de paz y con ganas de más…

   Por primera vez lleno de ti…

   Para no olvidarlo nunca.

Sorpresas y esperanzas/ Surprises and Hopes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine

   a Mikel Sanado.

   Hace un par de días, una tarde lluviosa y fría, me dirigía junto a un amigo y colega a jugar un poco al tenis. No describiré aquí lo patético que puede llegar a ser, tras 25 años sin darle a una raqueta (y no, la Wii no cuenta), intentar jugar a algo remotamente parecido al tenis, pero sí lo divertido que fue, lo mucho que me dolieron todos los músculos después, y el buen rato que pasamos tras años sin vernos.

   Casualmente ambos aparcamos en lugares contiguos. Mientras yo esperaba a que él saliese del coche, en la puerta del recinto un coche paró y su conductor bajó la ventanilla y me señaló. Soy muy miope y por lo tanto bastante despistado. El hombre del coche gritó no sé qué y yo le sonreí con esa cara de idiota que tengo cuando no entiendo nada y negué con al cabeza. Pensé que se refería a si había algún sitio libre en el aparcamiento (que no lo había). El hombre del coche aparcó el suyo a la entrada del gimnasio y yo dejé de verlo. En esto mi amigo se apeó de su propio vehículo y me miró sorprendido:

   – ¿No dijo tu nombre?

   Le dije que no le había entendido nada, pero que suponía, puesto que se dirigía al gimnasio, si allí había donde aparcar.

   Como llovía, fuimos corriendo hasta la entrada, donde debíamos dejar constancia de que íbamos usar la pista de tenis. De hecho lo hizo mi amigo, porque yo volví a ser interpelado por esa persona.

   Al acercarse a mí, me hizo de nuevo una pregunta:

   – Eres Juan, ¿verdad?

   Lo miré asombrado. Algo se activó en mi cabeza.

   – Pues sí.

   – ¡Lo sabía! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! He venido con Miguel a rehabilitación acuática, está muy bien desde que salimos del hospital hace un año… Ahora, eso sí, no se acuerda de nada de su tiempo en UCI, pero de todo lo demás…

   Hace tiempo me pasó algo similar en los pasillos del hospital*. Pero allí puedo actuar con más soltura, porque mi rol está claro. Aquí, con unas pintas que prefiero no describir, sin afeitar, totalmente relajado y alejado de mi función principal, me sentía uno más, así que ese buen hombre me cogió aún más desprevenido si cabe.

   En esas, tardé un poco más de lo normal en captar de quién me estaba hablando. Pero poco a poco en mi cabeza se hizo la luz. Y recordé ese rostro de padre preocupado, ciertas raíces vitales comunes, y un largo camino de casi dos años atrás. Estaba sorprendido de que me recordara, de que supiera aún mi nombre, y que me reconociera, a metros de distancia, con tanta claridad.

   Mi amigo esperaba callado, tan asombrado como yo, supongo, tras de nosotros.

   El buen hombre me tomó del brazo y me acercó hasta donde estaba un chiquillo luchando con ajustar su andador, porque las lesiones cerebrales que le habían quedado de secuela le impedían una coordinación motora adecuada. El empeño que el chaval ponía en la tarea, como si se le fuera la vida en ello, era encomiable. Durante un segundo sentí la urgencia de acercarme a ayudarlo, pero algo había en la resolución de sus gestos y en la inmovilidad del padre que ahogó ese deseo.

   – Ha pasado un año y medio y mira qué bien está.

   Me dijo con gran orgullo el padre de Miguel.

   – No se acuerda de nada de la UCI, ni siquiera que tuviese el pelo rapado…

   Mientras decía esto, con su mano acariciaba aquella cabeza llena de un precioso pelo negro lleno de rizos.

   – Pero sí se acuerda del resto…

   – Es normal que no se acuerden de nosotros. Entre la medicación y todo lo que les pasa, es mejor así.

   – Pero nosotros sí nos acordamos de todo.

   En ese momento, Miguel levantó la cabeza. Unos preciosos ojos castaños sonreían. Había conseguido ajustar su andador. Y se hicieron más brillantes cuando encontró la mirada de su padre. Una risa encantadora se escapó de aquella boca. Un pendiente de acero colgaba de su oreja izquierda. Y sus manos temblorosas reposaban en el manillar del andador. Cuando reparó en mí, su sonrisa se cerró un poco.

   – Mira, Miguel, tú no te acuerdas, pero él es uno de los que te cuidó cuando estabas muy malito en la UCI después del accidente… Él es Juan, que fue muy bueno con nosotros…

   Yo no sabía qué decir. En general, consigo rápidamente encajar el caso con el enfermo. En este caso, quizá por estar tan fuera de contexto, o porque veía por fin a uno de nuestros enfermos en un ambiente normal, o porque, además de todo, yo estaba realmente descentrado y emocionado, apenas pude recordar su caso. Rememoré su cama (la número 1) y parte de las pequeñas desgracias del día a día. Recordé que había subido en coma a la habitación, y que teníamos pocas esperanzas en su recuperación.

   Miguel tenía cerca dieciocho años cuando tuvo un accidente de tráfico. Como consecuencia de él, un traumatismo cráneo-encefálico había dañado parte de su cerebro y del cerebelo, y al menos mientras estuvo en la UCI, un coma que a su alta no era muy profundo pero que le impedía comunicarse con su entorno. Pero Miguel, casi dos años después, estaba allí, en un gimnasio, ajustando con dificultades su andador, para acudir a rehabilitación de la marcha, llena la boca de sonrisas y la mirada más pura que había visto en mucho tiempo… Y su padre acompañándolo y reconociéndome en medio de la calle, la lluvia y el tráfico.

   – Pues sí, Miguel, él es uno de los médicos que nos ayudaron a llegar hasta aquí.

   El chaval quiso levantarse, pero le dejé estar sentado. Y en vez de saludarlo con un apretón de manos, mi primer impulso fue acariciar esa cabeza llena de rizos morenos y sonreírle de vuelta. Miguel se echó a reír a su vez y me señaló el andador con cara consternada.

   – ¿No te gusta?

   Era obvio.

   – Sí, es más cómoda la silla de ruedas. Pero los neurólogos nos dijeron que había que caminar para mejorar la coordinación, y nadar, que es lo que vamos a hacer ahora, ¿verdad, Miguel?

   El chico ponía morritos.

   – ¡Oh! En la piscina se lo pasa bien. ¿Sabes? No tiembla tanto. Pero llegar hasta allí en el andador no le gusta mucho…

   Yo me eché a reír. Y mi risa reverberó en todo el gimnasio.

   – Me lo imagino.

   Pocos minutos después, nos despedimos. Yo seguía un poco sorprendido, aunque espero que el padre de Miguel no se diese mucha cuenta de eso.

   Mientras los veíamos dirigirse poco a poco a la piscina, pensé en las esperanzas que hay que albergar a veces; la dureza del presente a veces;  las sorpresas del Destino; las decisiones que se toman a veces y las que toma la Vida por nosotros, y nuestros compromisos posteriores. Si Miguel fuese un chico de treinta años quizá no estaría hoy así. Si fuese un hombre de sesenta, quizá no hubiese salido vivo del hospital. Hemos desarrollado una tecnología increíble que nos permite muchas veces sostener artificialmente la Vida; esta capacidad viene unida, empero, a una responsabilidad mayor, a encarar una serie de decisiones y de consecuencias que pueden comprometernos por siempre: moral como económicamente, social como individualmente.

   Yo no quiero ser una carga para nadie. No deseo que otras personas dejen su vida por mí, para cuidarme. Mientras crecemos, es ley de vida. Es normal pues nacemos desamparados, esperando que se nos sostenga para poder evolucionar, crecer y madurar. Pero después no. A veces, en la situación que estuvo Miguel, muchos enfermos se estancan y  su sufrimiento, y el de sus familiares, no tiene fin. Y no me refiero al dolor físico, al que gracias a Dios podemos hacer frente, si no a un dolor más sutil y profundo, como es el dolor personal, el daño moral, el advenimiento de un compromiso superior. Un bebé da trabajo; una persona adulta con severas lesiones traumáticas, también. Un niño no es consciente de su situación, pues la damos por sentada. Un adulto, sí. En esta balanza de querencias y deberes muchas veces me subo mientras trabajo y la altura de mis sentimientos, la profundidad de mi pensamiento, llegan a darme vértigo y me emocionan.

   Yo no deseo llegar a ese extremo. Si la vida me reserva una sorpresa así, mi única esperanza sería la de la muerte.

   Y sin embargo, esa tarde estaba contemplando la Vida. Miguel, con paso dificultoso y mucha dedicación, caminaba paso a paso un siglo de su vida para llegar a la rehabilitación, y su padre, paciente, junto a él, contando cada uno de esos pasos como un triunfo y cada día que pasaba, como una batalla ganada a la sombra del Fin.

   Los padres de Miguel, y Miguel un año y medio después, habían aceptado las sorpresas de la Vida y encaraban su futuro con esperanzas. Seguro que en ese camino ha habido y habrá noches de flaqueza, momentos de desazón, instantes en que deseamos abandonar toda lucha, encarar de otra manera nuestro presente. Y sin embargo estaban allí. Con una determinación obsesiva construyendo, poco a poco, un destino en el que todos estaban vivos y llenos de esperanzas.

   – Había dicho tu nombre, no me equivoqué.

   Me dijo mi amigo mientras, mojados, llegábamos a la pista cubierta. Yo suspiré.

   – Lo que digas. Pero algo has debido hacer bien para que él se acuerde, no ya de ti, sino de tu nombre, dos años después. Y con esta pinta, para variar. ¿No te dije que íbamos a jugar un rato al tenis?

   Y me dio un raquetazo en el culo que hizo hacerme reír.

   Desde el otro lado de la pista, en medio de un charco de agua, estaba esperando su saque. Lanzó un pelotazo a tal velocidad que me sorprendió (y no sé porqué, ya que mi amigo es muy fuerte; aquél no era mi día). En aquel instante mi única esperanza era responderle con un resto aunque fuese modesto sin tener que ir a recoger mi brazo al medio de la pista. Y lo hice. Aunque salió fuera del recinto y perdimos la pelota.

   – Te la debo.

   Le dije. Pero en realidad se lo decía a Miguel y a su padre.

   Mi amigo se echó a reír.

   – ¡Nah! Olvídalo. Eres un buen tío.

   Y seguimos jugando hasta que terminamos, cansados los dos una hora después, en medio de un temporal universal.

El mundo del papel/ Paper World.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine, Naturaleza/ Nature

   Hay dos mundos, imbricados y dependientes, simbióticos, que intentan parecerse pero son muy diferentes: el mundo del papel y el mundo real.

   ¿Qué es teoría? La necesidad que tiene la realidad de ser posible. ¿Qué es la realidad? La piedra de toque, el molino en el cual la teoría se torna posible. Sin el esqueleto que sustenta los acontecimientos, el mundo no puede ser y, sin embargo, los acontecimientos que nacen de ese mundo liman las aristas del esqueleto, moldean la estructura base y le permite adaptarse a los cambios que generan con el mínimo de problemas. O eso creemos.

   La burocracia, las ideas, los engranajes de la vida: eso es a lo que yo llamo el mundo del papel. Es ese universo teórico, en el que la realidad se cristaliza hasta hacerse tan pura, tan irreal, que es imposible si quiera reconocerla en el día a día. Es lo que anhelamos de perfección, es lo que deseamos que sea posible. Es un mundo precioso porque en él todo es posible. Tanto lo es, que podemos perdernos en sus entresijos, arriesgando nuestra estabilidad en el mundo real, aquel hecho de pruebas, de ensayos y errores, con sus leyes implacables, con sus frutos obsesionantes y profundos y, por lo mismo, absorbentes y desestabilizantes.

   Asistimos a un hiato imposible entre ambos mundos. Las personas que habitan el mundo del papel piensan que todo es como lo imaginan, mientras que los seres que conviven en el mundo real se asombran de este proceder y se olvidan de soñar, tan acostumbrados están a los vaivenes y frustraciones que trufan la vida diaria. Y no debería ser así.

   Desde hace unos meses habito en una extraña frontera entre los dos mundos. Unos se asombran y otros se alegran, pues piensan que puedo traer un poco de sentido común a las ensoñaciones burocráticas. El mundo del papel es duro, hay demasiada gente demasiado acomodada y demasiado embebida en su labor, demasiado desconectada de la realidad, y su peso es enorme y su gravidez, aplastante. Y sin embargo tiene una pasión contagiosa, un modo de ver quizá absolutista y severo por perfecto, y por lo tanto, inviable. Asisto, en esta orilla de dos mares, a veces sin palabras, a veces lleno de frustración, a una  batalla que no debería tener lugar, a un encuentro entre el desencanto y la obligación, entre lo que debe ser y lo que es, todo tan distinto, que puede llegar a ser muy confuso.

   El mundo del papel es atroz por enrevesado, repleto de leyes no escritas, con sus ambiciones y avaricias; como un reflejo, el mundo real no es mejor. Es más tangible, menos ilusionante, igual de severo e incongruente. Pero es real.

   Poco de la vida teórica se puede llevar a la práctica, porque la práctica es el resultado del choque de fuerzas telúricas de lo real contra las de lo posible, y nada en un encuentro semejante puede quedar incólume. La teoría, la base del mundo del papel, es siempre perfecta, impoluta, intachable. En el mundo real todo está lleno de manchas y de errores.

   La situación que vivimos es un gran ejemplo de todo esto. Existe un grado de frustración y de desilusión incontestable; en vez de preguntarse las razones de ello, nos pasamos el tiempo intentando tapar errores con más errores, perpetuando estas sensaciones y esta desazón creciente y eterna. Para curar una enfermedad debemos diagnosticarla, conocer sus síntomas: una teoría que nos sostenga, una experiencia que nos enseñe qué es lo mejor y qué es lo prescindible. Eso no lo estamos haciendo y así nos va.

   El mundo del papel es remilgoso, no quiere ensuciarse las manos; el mundo real responsabiliza a su esqueleto teórico de que no se sorprenda de su imperfección. Uno y otro se acusan sin darse cuenta que en ambos hay patrones que modificar, conductas que cambiar, y que en ambos, en la actitud responsable de ambos, están las soluciones que anhelamos con tanto fervor.

   La política, enfangada pero jamás resuelta no ya a pedir disculpas, si no a purgarse a sí misma, es nuestro espejo más elocuente. Porque todo es política, incluso el mundo de la Salud. El pasillo de la Salud perdida no existe para el mundo del papel, pero es real; esa inconsciencia hace que la realidad sea demasiado dura y termine estallándonos en la cara.

   Hemos tenido un gobierno pusilánime, lleno (al parecer) de buenas intenciones. Eso es papel mojado. El mundo del papel de aquel que va a cazar nubes quizá sea maravilloso, pero es irreal. Lo mismo pasa, lo mismo, con la dirección de la Salud, de la Educación, de la Economía. Debemos hacer una labor de reflexión profunda, real; debemos buscar ese punto de encuentro entre ambos mundos para poder sobrevivir, para vivir con dignidad.

   Ahora que habito en el mundo del papel se me reprocha constantemente que viva en el mundo real, pero creo que es necesario que lo haga. Porque el sentido común es vital, debe insuflar energía a la aparente perfección de lo teórico para poder transformase, sin grandes cambios ni agobios, en lo real. Estar en la Dirección implica responsabilidad y, sobre todo, tener los pies sobre la tierra. Quizá el principal problema del mundo del papel es que se encuentra lleno de cazadores de nubes: buenas intenciones, pero demasiado alejadas del mundo real para que lleguen a cristalizarse. Y esto se refleja en el mundo real con retrasos, impuntualidades, colapsos y errores.

   ¡Qué difícil es vivir así y qué maravilloso sería si así lo quisiésemos!

   Si sólo nos diésemos una oportunidad…

Cuando me enamore/ When I Fall in Love.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Cuando me enamore me faltará el aire. Eso creo. Hace tanto tiempo y me he equivocado tanto y tan profundo, que se me va a cortar el respiro y se me cerrará el estómago y adelgazaré, siendo incapaz de tragar nada, y viviré como los peces, inflamado de agallas.

   Cuando me enamore el mundo dejará de girar, porque he sufrido tanto, tanto, que nadie me creerá. Y me verán saltar de alegría y reír como un loco, locuaz y rebelde, escupiendo palabras como perlas y olvidando recuerdos como plomos.

   Cuando me enamore, y bien sabré cuándo, cerraré los ojos y miraré con el tacto y oiré esa voz, que será su voz, encallar en mi corazón para siempre. Cuando me enamore, y sabré bien cuándo, dejaré de correr porque habré llegado a mi hogar.

   Cesará el odio que guardo dentro. La ojeriza que le tengo a los demás que no son para mí; la inquina que guardo en mi propio interior y que sólo se dirige a mí. Se acabarán las pesadillas y empezarán los sueños, los reales vestidos de presente; y me dejaré querer como otros se abandonan a la imaginación y podré dormir en esa paz de la compañía y de la soledad llena de mundo, un mundo que tiene una piel que acariciar, una boca que besar y un pelo que revolver.

   Se iniciarán planes que ahora sólo se posponen; crecerá la hierba en el jardín, y verdearán los tilos delgados y los sauces dejados sin cuidados. Volveré a ser yo mismo porque dejaré de adolecer lo que no tengo, y viviré la plenitud de amar sin esperar nada a cambio, sin cambiar a nadie por mí.

   Porque cuando me enamore todo será distinto. Las nieblas ascenderán hasta la estratosfera; la luna brillará llena y plateada, y el sol en un atardecer sin fin recorrerá los caminos abandonados de mi piel con un sosiego nuevo, como si fuese un regalo perpetuo y una constante novedad.

   Cuando me enamore seré libre, libre de mí y mi sentimiento de opresión. Intentaré cambiar el mundo porque éste me cambiará a mí; y podré valorar la compañía como compañía y no imposición, como algarabía y no necesidad; sabré ganar amor libre y amor bueno; acallaré el egoísmo de la piel muda y velaré el sueño de lo amado con un desasimiento casi infantil.

   Cuando me enamore la tierra verterá lágrimas de lluvia, océanos enteros de vivas y alabanzas. Y aquel que amaré será libre por fin, cargado con todo un amor ligero como una pluma, porque nada le será pedido y todo lo tendrá a manos llenas. Porque por fin seré yo a manos llenas.

   No habrá medias tintas cuando me enamore. No habrá más oscuridad ni indiscreciones. Ni miedo ni malentendidos. Cuando me enamore todo será distinto, porque yo seré distinto, y todo cobrará sentido, porque yo seré libre de mis miedos y mis odios y de mi cárcel.

   Cuando me enamore de ti, enamorado quedaré, y será para siempre porque no habrá tiempo, si no pura eternidad.

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Esta noche/ Tonight.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Nada es más bello. Nada hay más que tú para mí.

   Cada cosa que miro, cada respiro, cada pestañeo te dibuja cerca de mi corazón, en ese hueco caliente que dejas cada vez que nos separamos, que enciendes cada vez que nos vemos.

   Y ahora estamos tú y yo juntos, encendiendo la noche cuajada de nubes, tocándonos y queriéndonos sin palabras, divina mudez.

   Esta noche la luna se esconde tímida de nuestro amor, y las estrellas brillan tras el velo de las nubes con un fulgor semejante al fin del mundo. Estando juntos el mundo no tiene fin y me apetece quedarme echado a tus pies, besando uno a uno tus dedos hasta los tobillos  y ascender, como la noche que llega, hasta tus labios.

   Estando separados el día se alarga eterno hasta que nos vemos, y todo lo que soy se resume en tu sonrisa y se apiada entre tus brazos hasta hacerme sentir el más puro e irreal de los hombres. Porque tú eres todo lo que yo he deseado nunca, todo lo que he encontrado, y me dignificas y me defines, desde mi pelo a mis dedos, desde mi boca hasta mi corazón.

   Sé que eres lo correcto, lo mejor de mi vida, porque el mundo se detiene  y el cielo brilla y los árboles tejen melodías con sus ramas de estambre; sé que eres mi vida, porque no la concibo contigo en la distancia, separado de mí.

   Esta noche, mientras dormimos entrelazados, sueño contigo y con el amor, el amor extraño que visita nuestros cuerpos y que nos hace amantes y marea líquida y deseos floridos. Esta noche, entre tus brazos, rozo las estrellas y las guardo entre las telas de tu corazón, en el que descubro mi propio latido como un tesoro sin igual.

   En esta noche te amo, en estos días un milagro parece sucederse de continuo, y aquello que nació como una tontería se ha hecho mundo, planeta y universo. Un universo con el sabor de tu nombre.