Cuando éramos felices (sin saberlo)/ When We Were Happy (Not Knowing It)

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   El tiempo pasa. Se deshace en miles de partículas que no pesan nada por separado, pero que todas juntas nos arrugan el rostro, nos atrofian las articulaciones y nos quitan el ánimo de pensar en el futuro.

   El tiempo deja de tener importancia cuando vivimos. Cuando las arterias brotan con pulso y cada pensamiento es un riesgo y una aventura, un ideal y una posibilidad.

   Y el tiempo deja de importar cuando sólo nos queda recordar.

   Quisimos hacer del amor un premio, una presea que se desea, por la que se lucha y que se obtiene. Pero qué elusivo es el amor. Se escapa de nuestras manos, se derrama por los hombros y llega al suelo, brotando de nosotros y enredándose con los demás.

   Y el corazón era nuestro aliado, y los sueños, y la desmesura de quien lo posee todo (o cree tenerlo). No había sed que no se apagase ni noche que no estuviese bordada de ganas y de estrellas. Las palabras salían cual manantial y bebíamos de todo aquello, del sudor y de las lágrimas, hasta quedar saciados.

   Cada día era un cuento nuevo; cada oportunidad, una invitación a lo imposible. No sabíamos que, al buscar el amor, era amor; ignorábamos que desearlo era poseerlo, y tenerlo, perderlo. Cada encuentro era una historia infinita, la música sonaba y la banda sonora de nuestra vida se engarzaba en nuestras pieles y quedaba grabada a fuego en la memoria. Como el tacto de la piel y el sabor aún no ajado de la esperanza.

   Eso era amor. Eso era libertad. Eso era tiempo en estado presente. Y eso era felicidad.

   No sé si me he dado cuenta tarde. El tiempo ha pasado y ese período congelado parece resquebrajarse ahora que me acerco a él. Y hasta parece que toco su esencia y respiro el aroma que escapa de esa imagen que anhelábamos inconmensurable y que era preciosa, única y perfecta en aquel momento, entre nuestros brazos, entre nuestras risas y entre los besos que dejamos de darnos y las palabras que no nos dijimos y el silencio que a veces nos embargaba y la dejadez también y el rumor del viento.

   Eso era amor. Eso era verdad. Eso era tiempo en movimiento.

   Cuando éramos felices nada importaba salvo el momento, las palabras, los gestos. Cuando éramos felices no sabíamos que lo estábamos siendo, y mucho se perdió por ese desconocimiento. Y por nuestras ansias equivocadas ahora, o por nuestra necedad, que quizá viene a ser lo mismo.

   Cuando éramos felices sin saberlo, el mundo fluía: en nuestras manos, en nuestro pecho y en nuestra inconsciencia. Y aquello era amor. Y era libertad. Y era vida en movimiento.

   Y era la pura felicidad.

Todo lo que queda atrás/ What has left behind.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

   Polvo sobre las cosas abandonadas que una vez significaron algo: poder, orgullo, firmeza, posesión.

   Fotos olvidadas, ropa que ya no nos queda o que ha pasado de moda. Y recuerdos que son lastre pero son vida.

  Llueve. Y me asomo a la ventana. La luna hecha un grabato en el cielo quiere dejarse ver, pero las nubes de algodón lo impiden. Y cae el agua despiadada como el tiempo sobre lo que queda atrás.

   Deseos, sentimientos, sentidos que una vez tuvieron sentido. Un día que fue y que ya no es. Un futuro que nunca llegó a ser lo que pensamos que sería.

   No sé quién es el responsable: el tiempo, el destino, yo mismo. El reflejo en la ventana no es el de hace veinte años. Ni siquiera el de hace una hora. Las fotografías hablan demasiado, y en esa cháchara continua pasa la vida y puedo ver, más que nunca, todo lo que queda detrás.

   Mi corazón ya no late. Es de piedra. Mis ojos ya no tienen lágrimas: menos mal que la lluvia cae por las ventanas. Ningún sueño se cumple por más que se desee, ningún sentimiento tiene sentido sin una red de realidad. Y esa realidad no ha sido nunca para mí.

   Una vez tuve un sueño de cómo sería mi vida. Y no es como la que hoy tengo. No estaba llena de recuerdos empolvados, ni de tiempo pasado, ni de canas ni de ojeras. En él no había puertas desvencijadas ni números rojos en el banco, ni una sombra por camino ni una soledad sonora.

   Todo lo que queda detrás no son más que deseos evaporados. Todo lo que queda detrás es lo que soñé una vez y jamás obtuve. Ni la sombra de un amor, ni la certeza de un querer.

   ¿Soñé alguna vez que la vida sería esto que me rodea? No lo creo.

   Y sin embargo todo lo que queda atrás es mi juventud gastada, mis ideales congelados y unos cuantos sueños quebrados.

   Apago la luz y dejo que siga la tormenta. Intentaré dormir más adelante, con el arrullo del agua que cae, imaginando que lava mi pasado y me bautiza de nuevo.

   Aunque todo lo que queda atrás jamás vuelve ni jamás será igual.

El mismo Hola, el mismo Adiós/ The Same Hello, the Same Goodbye.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Estoy en la puerta. La aldaba cuelga tranquila; pesada de hierro; pesada de corazón.

   Soy incapaz de emitir un sonido. Mi voz enmudecida grita tu nombre, pero no oyes. O te haces el sordo.

   El mismo Hola cada vez que lo intento. El golpe de la aldaba, tus pasos detrás de la puerta, un suspiro y te vas sin decir nada: el mismo Adiós de hace un año o de hace dos, ya no recuerdo cuándo.

   Y puede que no haya que decir. Nada que pensar. Todo pasó y todo dejó de pasar. Tú y yo repitiendo las mismas historias, las mismas frases, durmiendo la misma noche, soñando distintos sueños y rozando, acariciando y mintiendo.

   Pero me empeño cuando me entra la melancolía. Evoco tu aroma y como poseído camino hasta tu puerta. Y veo la aldaba de hierro, y toco a la puerta. Cada uno de sus llamados es un latido de mi corazón. Cada uno de tus pasos es una palabra que quiero decirte: hola, cómo estás, el mundo cambia y nosotros seguimos aquí…

   Pero la puerta no se abre. Y tú no estás. Tu corazón ya no está en mis manos, tu vida no me pertenece. Ya no hay nada que nos ate, salvo el mismo Hola en tu aldaba y el mismo Adiós en tu mudez.

   Debo irme, lo sé. Debo dejarte atrás para siempre. Lo sé. Lo sé.El corazón está vacío y tu paciencia atacada. Mi imaginación se colapsa pensando en lo que pudo haber sido y en lo lejos que hubiéramos ido juntos, despertándonos a la vez cada mañana, despidiéndonos cada noche, espalda contra espalda y aveces corazón con corazón.

   Estoy en la puerta. El mismo saludo, la misma despedida. Quizá hoy pueda soportarlo mejor que ayer. Quizá hoy sea la última vez que vea la aldaba solitaria y toque a tu puerta y diga el mismo Hola a través de la puerta, y a través de la puerta, oiga el mismo Adiós de tu mudez.

En el mundo real/ In The Real World.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Silencio. Sólo se oye el susurro de la respiración. Y el bamboleo suave del pecho subir y bajar. Y el roce de las sábanas. Y a veces el lento movimiento del dormido.

   Hace algo de frío. No hay calefacción. No la necesitaban hasta hace poco. El calor hacía sudar las ventanas; y las gotas caían sobre un cuello y sobre el otro, entre los labios abiertos y los brazos y las piernas. Y se acurrucan arrugando el edredón, y se acercan más y más, sintiendo en el sueño la caricia de la compañía y ese roce lento del placer saciado.

   El sol se asoma poco a poco. El amanecer es perezoso y atraviesa las rendijas de las cortinas como pidiendo disculpas. Aún no tiene fuerza suficiente como para rasgar el sueño de los amantes y calentar el día, pero la tendrá. Y puede que deshaga algo más que el sueño y el abrazo y la camaradería.

   Por eso se toma su tiempo. Y ellos también.

   Sin preguntas, sin dudas. Un encuentro y otro más. La vida de cada uno aparcada justo detrás de las palabras; jamás escondida pero sí suspendida: no puede haber mentiras en un abrazo febril, en una búsqueda que parecer haber llegado a su fin. Tampoco ninguna sombra ni ningún pasado: el tiempo se diluye en el amor sin calendarios, en las palabras no dichas, en los besos robados al sueño y al descanso.

   En el mundo real la vida se haya estacionada en el hueco que hay entre los dos amantes. Todavía es noche, todavía es una posibilidad. En el mundo real sólo los separan las sábanas y sus propias pieles, que se abren como flores, que se entregan como palomas mansas. Y no hay nada más.

   En el mundo real no hay soles, no hay mañanas. Ni hay finales ni hay porqués. Nada se dice y todo se sabe. El amor rueda indefenso y se atrapa indemne con la fuerza de un abrazo, con el sabor de un beso. Y se acuna, después de la locura y el éxtasis, regándolo con lágrimas de pura felicidad.

   Sin embargo, poco a poco el día avanza y el sol comienza a entrar desesperado por las ventanas. Indefensos, dormidos, serenos. Salvajes en el sentimiento, únicos y libres. Hasta que abran los ojos. Y dejen entrar el ritmo del reloj y de la vida en la habitación.

   Pero mientras tanto ellos están inmersos en un mundo libre, lleno de sueños que se tocan y de vidas que se saborean sin hartazgo. Mientras tanto, el mundo real los protege y los hace eternos.

   Hasta que despierten y todo vuelva a empezar.

Corazón de piedra/ Heart of Stone.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   Me gusta el mundo fragmentado: las obras de arte, los recuerdos engolfados en la memoria, las palabras a medio decir y las intenciones que vibran en el aire.

***

   A veces me noto a la defensiva. Y vivo tenso como una cuerda que va a emitir una nota. Y ésta es disonante. Y lo sé. Lo veo venir. Y no puedo parar. Como en un remolino que me engulle. Y, ya queriéndome poco, me quiero menos. Es como volver a empezar una y otra vez.

***

   Me duele no ser perfecto en un mundo que anhela la perfección. Me duele porque no se aprecia mi búsqueda de la calidad; del querer hacer por placer; aunar gusto y tarea, no importa que haya sido impuesto alguna vez. Me duele no ser reconocido.

***

   ¿Qué es un premio? ¿Qué es un homenaje? No lo sé. Un baño para el ego, quizá; un bálsamo para la mente instigadora que nos recuerda que  nunca somos lo suficiente.

***

   ¿Lo suficiente para qué?

***

   Ni decirlo ni ocultarlo, en un juego intermedio en el que aprecio mucho más que en en otros aspectos de mi personalidad, el alma galaica que me posee. El influjo de lo que nos rodea puede matizar nuestras acciones, nuestros quereres. Pero la genética acaba imponiéndose con el paso del tiempo: lo eterno perdura más de lo que creemos.

***

   ¿Y qué es lo eterno? El latido de un corazón, una sonrisa, una lágrima que escuece por la mejilla. Lo demás, una parafernalia que nos va sobrando con los años.

***

   Por eso engordamos con el tiempo que fluye: se nos cae de la cara lo que nos sobra de la vida y se nos acumula en la cintura, a medio camino de ninguna parte hasta que podamos ser libres.

***

   A veces me pregunto porqué no amo. Corazón de piedra. Late con cariño, pero no responde a una invitación más profunda, a la búsqueda de una caricia honda como un secreto. El amor, amor, se ha fugado de mi vida con sus alas de cera.

***

   Corazón de hielo. Congelado, detenido. Ahogado en silencio.

***

   Corazón de piedra que no busca a nada ni a nadie. Y que no sabe qué hacer.

Entre la lluvia y tú./ The Rain and You.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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   Llueve.

   Repiquetea en los cristales.

   Las gotas se deslizan como caricias sobre la piel.

   Tu piel.

   Tu espalda libre.

   Y mis dedos como labios besándote.

   Apenas puedo abrir los ojos. El sueño del cansancio me conquista.

   Y el amor saciado.

   Dos en la carretera del deseo, recorriendo kilómetros de amor.

   Y la chimenea encendida, puro fuego que abraza la leña consumiéndose ambos en el ardor.

   Como tú y yo.

   Y un guiño me saluda rojo y azul, como tu vida.

   Y me quedo mirando ese punto de luz, ojos que me miran con la intensidad de la primera vez.

   Como tus ojos cada vez que nos vemos.

   Y resoplo. Y extiendo mi brazo buscándote en el mar de las sábanas.

   Y aquí estás. Hecho un ovillo, a mi lado y fuera de mí, siendo tú.

   La lluvia afuera lo empapa todo. Como tú adentro todo lo humedeces: mi mirada, mi boca, mi cuerpo desnudo.

   Lleno de ti.

   Entre la lluvia y tú la noche vaga serena. Y el sonido de las gotas al repicar en la ventana y el sonido de tu respiración profunda acunan mi sueño, me relajan y me hacen sentir feliz.

  Así. Simplemente.

   Qué felicidad.

Aprendiendo (a disculparse)/ Learning To Say I’m Sorry.

Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Si hay algo que nos cuesta, al menos a mí, es reconocer que desconocemos un tópico o que cometemos errores. Vivimos en el mundo español en donde está mal visto equivocarse o admitir que somos falibles. EN el mundo anglosajón, cuya lucha por la excelencia es bien conocida, sin embargo el hecho de admitir que algo se ignora o que se ha fallado no es motivo de vergüenza ajena, si no de admiración y de afán de superación.

   Lejos de mí pretender laureles cada vez que meta la pata, pero el sacrifico público cuando un error hace aparición debería erradicarse. El fallo nos acerca a la Excelencia lo mismo que la perfección (o la creencia de que somos infalibles) nos aleja de ella.

   Y se me dirá que la Excelencia es Perfección. Pues no. Excelencia significa evolución continua, detección de errores, de fallos potenciales o reales y perfeccionamiento de los procesos y los mecanismos que nos llevan a una ejecución más fiable. Como se ve, hay una diferencia abismal entre ambos conceptos.

   Como todo en la vida humana, hay muchos factores en juego. El orgullo profesional, ese inquino vecino de al lado, es lo que más daño hace a las relaciones laborales (vamos a aparcar por ahora las personales), al menos como lo entendemos los ibéricos. Hay otros que tienen un papel de importancia variable, pero el miedo a lo que piensen los demás de nosotros, a que se burlen de nosotros o a que simplemente critiquen, puede llevarnos a que creemos barreras mentales y de actuación que intenten protegernos de la maledicencia profesional.

   Es un gran error y el mayor de los obstáculos. Más en una carrera como la mía, en la que jugamos con probabilidades, en la que el bien no es en blanco y negro y el saber es demasiado fluido para que lo poseamos con una certeza tan apabullante como para sentar cátedra sobre ello. Es difícil imaginar en nuestro país un catedrático ajeno a la pompa y a la autoafirmación; puede que ese teatro cuele intenciones al comienzo, pero con el paso del tiempo la máscara cae y el verdadero rostro de la mediocridad sale a la luz. Creo que se puede valorar el verdadero saber de una persona en su grado de inocencia, en su grado de sencillez, en su forma de seguir preguntándose y en la seguridad con la que afirma, por lo demás como si estuviese recitando la lista de la compra: No sé.

   Eso es un gran regalo y un bien muy escaso.

   Durante la guardia nuestra secretaria me comunicó que una familia quería entrevistarse conmigo para discutir el caso de su familiar. Ella me tenía lista una copia del informe de cierre de historia que yo había redactado (la enferma había muerto durante su estancia en la UCI.) Menos mal, porque así por nombres no suelo conectar con los casos que tenemos a diario.

   Apenas estuvo 48 horas ingresada. Un caso de parada cardio-respiratoria mientras estaba ingresada en el hospital por un cuadro abdominal y de daño cerebral masivo por la falta de oxígeno. Un caso extremo por la agudeza de los acontecimientos. Además, la enferma tenía una relación inusual con su familia más cercana: desconocían que llevase tiempo ingresada en el hospital y nos costó ese tiempo encontrarlos y hacerlos venir para transmitirles las malas nuevas. Nunca es fácil transmitir malas noticias: que una mujer joven haya fallecido por daño cerebral tras una parada cardio-respiratoria es tanto más traumático cuando ni sus padres ni su hermana sabían de antemano si quiera que estuviese enferma.

   Yo no fui el responsable de transmitir las malas noticias, puesto que entregué la guardia mucho antes de que ellos llegaran a la UCI a saber de la paciente. Fue una compañera quien se encargó, a regañadientes eso sí, de hacerlo.

   Eso es empezar mal, desde luego. No  es una tarea fácil, sobre todo entrando de guardia. Lo mismo me había pasado en la guardia que dejaba, en la que comenzamos el proceso de búsqueda de los familiares en cuestión. Pero asumí en mi momento el papel de transmisor de las noticias porque era mi deber. Si me hubiese resistido, seguro que hubiese actuado como mi compañera al día siguiente.

   Y no es que lo hiciera mal. Para nada. Cumplió con su deber. Pero lo hizo de mala gana y un tanto ásperamente. Hasta se olvidó de pedir el permiso para el estudio pos-mortem que tenemos por rutina ante casos en los que desconocemos las causas de un óbito. Eso yo lo ignoraba cuando cerré el informe definitivo (lo di por sentado) aunque tampoco es de alta relevancia.

   Pero para la familia afectada sí lo fue.

   Así, me vi ayer con la noticia de que deseaban entrevistarse conmigo dos meses después. Tenían mi nombre porque yo había firmado el informe, nada más. Debo reconocer que una petición así me sorprendió, pero no vi nada de malo en aceptar entrevistarme con ellos. Les di una cita para las diez de la mañana, justo después de dejar la guardia.

   Pero a eso de las ocho de la mañana, mientras reposaba en uno de los sillones que tenemos para descansar durante la guardia, una mujer y un señor ya mayor comenzaron a merodear el pasillo donde están nuestras dependencias. Intrigado, me levanté aún con la manta que uso para correr el frío nocturno literalmente pegada a mí.

   Les asusté, creo, mas no era mi intención. El señor mayor era claramente el padre de la mujer que me abordó diciendo mi nombre. Inmediatamente me di cuenta que eran los familiares de la cita. De la forma más rápida y evidente que pude, tiré la manta a un lado y me alisé el pijama y el pelo. La chica obviamente se dio cuenta y me pidió disculpas por la hora y por haberme asaltado así.

   – ¿Está de guardia?

   La respuesta era obvia.

   Los hice sentar en nuestra mesa de reuniones y procedimos a la entrevista.

   Llevaban dos meses preocupados, preguntándose muchas cosas, intentando reconstruir esa semana en blanco para ellos que había sellado el destino de nuestra paciente, hermana de la chica e hija de señor que la acompañaba. Les entendí perfectamente. Formaba parte de un proceso de duelo por el que todos solemos pasar.

   Les intenté ayudar en lo que pude, con el escaso conocimiento que tenía del caso en cuanto a riqueza de detalles y ellos parecieron entenderlo. Cuando parecía que todo iba encauzado, la chica me aclaró que formaba parte del estamento del servicio de salud aunque no era profesional sanitario y me hizo la acotación sobre la ausencia de petición del estudio necrópsico. Ellos no lo pidieron porque se encontraban bloqueados por los acontecimientos pero pensaba (con toda la razón) que era nuestro deber ofrecer la posibilidad de una autopsia para poder conocer mejor los hechos que debieron desencadenar los hechos tan tristes que habían vivido.

   Tuve que pedir disculpas por ese fallo y por otro: ser desconocedor de que no se había pedido. Yo lo di por supuesto y mi deber como la persona que cierra la historia es comprobar que todo está en su lugar.

   Aceptaron gustosamente mis disculpas. No sé si se lo esperaban, pero desde luego les relajó mucho. Entre las explicaciones que buenamente pude verter sobre lo que suponía que había ocurrido con los datos que tenía del caso y mis disculpas por nuestro fallo (por lo demás, de escasa importancia sobre el asunto pero de alto valor ético para ellos) sentí que había llegado a un estado de comprensión no fácil de alcanzar entre los familiares y el médico que informa. Al despedirnos lo pude apreciar no sólo en sus palabras si no también en sus gestos: una sonrisa triste y un apretón de manos enérgico y decidido.

   Esto apenas ocurre en España. Hay un hiato todavía insalvable entre la actividad médica y la actitud familiar. Y no hablo aquí del extremo que vivimos en la actualidad que estriba en la de exprimir los errores médicos para beneficios económicos en su mayoría, si no en el de la petición serena de información, el intercambio de pareceres, la solicitud de ambas partes y la sinceridad adecuada entre los hechos, lo que puede ocurrir y los sentimientos que tienen lugar en esos momentos breves de encuentro cercano entre familiares y médicos.

   En este caso, dos meses después y por insatisfacción y curiosidad y, como después supe, algo más, ya sólo por sentarme a escucharles, por responder a ciertas preguntas desde mis posibilidades y por haber pedido disculpas por ese error, la ansiedad que les traía y cierta incomodidad se diluyeron y un  baño de tranquilidad pareció llenarles.

   Sólo por pedir perdón… ¿Quién lo diría?

   Al mediodía, cuando me disponía a marcharme a casa, volví a ver a la chica, pero esta vez venía acompañada de su madre. La señora estaba igual de ansiosa que ella por la mañana. Me pidió que le dijese lo mismo que a ellos. Y aunque la señora preguntó cosas de su cosecha, básicamente le expliqué lo mismo y, ahora yo más relajado, volví a expresar mis disculpas ante el error de no pedir la necropsia. Estudié sus expresiones: seguían asombrándose de que un médico expresara sus errores y los aceptara.

   Cuando me despedía de ellas, cansadísimo de la jornada, la madre me detuvo de nuevo en el pasillo.

   -¿No sufrió, verdad?

   Sus ojos lo decían todo. Su hija, de vida un poco difícil, había encontrado la muerte sola, en un recinto hospitalario con apenas cuarenta años.

   Esa mirada pudo conmigo y con mi cansancio. En otro momento le contestaría cualquier cosa para dejarla tranquila y a mí libre para volver a mi casa. Pero estaba aprendiendo a disculparme y ellos eran mis maestros. No podía irme sin apagar ese último rescoldo de remordimientos.

   – No, no se enteró de nada. De verdad. Murió plácidamente.

   La mirada llorosa y cansada se relajó y la mano que sujetaba mi brazo también. Les sonreía a ambas y me despedí en el pasillo, dejándolas al cuidado de nuestra secretaría, que se encargaría del resto del papeleo con el que liamos todas las cosas.

   Con qué poco hacemos un bien. Y cuánto nos cuesta ese gesto.

   Aún tengo mucho que aprender y sigue molestándome que sea tan imperfecto. Pero de algo estoy muy seguro, no seré el mejor de los galenos y desde luego mi orgullo laboral me molesta cada vez menos, pero al menos estoy en el camino de una excelencia que aún no se aprecia en nuestro país, pero que a mí me llena completamente.