La Navidad de Ricky/ Ricky’s Christmas.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   Freixenet, con la que hemos celebrado tantas alegrías, busca estas Navidades llegar más cerca de nuestros corazones lanzando una campaña para poder elegir qué anuncio hecho con la creatividad de cualquiera de nosotros, puede formar parte de su siempre esperada felicitación navideña.

   Ricky Merino es un joven comunicador que vive el día a día de nuestra sociedad, dura e imparable, y que intenta abrirse paso con valentía y mucho corazón, en el siempre difícil mundo de la Creatividad. Y lo hace concursando con un spot navideño para la campaña de Freixenet 2012 que pido desde aquí sea visto y sea votado, si os gusta tanto como a mí.

   Muchos merecen una oportunidad para vivir sus sueños, y Ricky Merino es uno de ellos. Es tal cual se muestra en el vídeo: encantador, bullanguero, tierno, educado y dedicado, un ejemplo real de las jóvenes generaciones que están sufriendo, quizá más que nadie, en estos tiempos tan duros. Y que es capaz de ver hacia el futuro con una sonrisa y, sobre todo o más que todo, con un soplo de esperanza.

   Así es la Navidad de Ricky: lista para brillar. Y así esperamos que sea a través de nuestro apoyo, si llega hasta el final en esta carrera junto a Freixenet.

   ¡Ah! Por cierto: Muchas Gracias de su parte. Y de la mía, sin duda.

En la ciudad/ At the City.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   Llueve.

   La ciudad es un caos así. Sirenas, todos de mal humor, y los torpes al volante y los más listos conduciendo.

   Pozas de agua que empapan al transeúnte. Y paraguas chorreantes y todo mojado: la ropa, los zapatos, el ánimo y el corazón.

   Hasta que llego a casa.

   Llueve. Y estás en la ventana viendo cómo cae sobre las aceras, cómo acaricia los cristales.

   La chimenea encendida y un aroma a roble y a hogar tibio y esponjoso. Lleno de sonrisas.

   Entro. Te giras. Me sonríes. Y te acercas.

   Nos tomamos de la mano sin decir nada y me acercas al fuego. Revuelves mi cabello y el agua se evapora con el contacto de tu piel, sedosa y ambarina, por la que apenas pasa el tiempo, que nunca es mucho tiempo.

   Y no hay ruido, no hay malos humores, no hay prisas, no hay explicaciones.

   Sólo el arrullo de las cosas menudas. Que tienen tu nombre y el mío. Y una chimenea encendida y el reflejo de la ciudad en los ventanales mojados.

   En la ciudad estás tú. Y yo lo tengo todo.

   Qué felicidad.

Noviembre/ November.

El día a día/ The days we're living

St. Elmo’s Fire.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Quince años tenía y ellos estaban allí, y David Foster con su música, y muchos sueños por soñar y dejar atrás.

No hay día como hoy/ Not Day But Today.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Caminan de la mano.

   Se miran.

   Y a veces se hablan.

   Prefieren besarse.

   El viento los sigue de cerca. Y el remolino de hojas doradas tapizan la alfombra por donde su amor pasa.

   Se sonríen.

   Sólo están ellos dos. Hoy.

   Solos. De la mano. Callados.

   No hay día como hoy. Porque están juntos.

   El destino es incontrolable. Nadie sabe qué pasará mañana. Y aunque confían en sus almas, la historia se reescribe en cada latido de sus corazones que laten al unísono.

   No sueñan. Van de la mano. Y el día lleno de ocaso, y el otoño con ellos.

   No hay mañana, porque no hay día como hoy. Juntos casi sin decirse nada. Sonriendo. De la mano.

   Y se miran. Y se dicen tantas cosas con los labios llenos de sonrisas. Y el tiempo se detiene en las pupilas, en los hoyuelos de sus mejillas, en el susurro de cada respiración.

   No hay día como hoy.

   Nadie sabe del futuro. No se preocupan de lo que será. No tienen tiempo. Están demasiado ocupados siendo lo que son, viviendo el hoy, celebrando la alegría de estar juntos. Caminando bajo una lluvia de hojas secas, surcando el camino del amor.

   No hay día como hoy.

   Puro presente. Pura felicidad.

En el mundo real/ In The Real World.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Silencio. Sólo se oye el susurro de la respiración. Y el bamboleo suave del pecho subir y bajar. Y el roce de las sábanas. Y a veces el lento movimiento del dormido.

   Hace algo de frío. No hay calefacción. No la necesitaban hasta hace poco. El calor hacía sudar las ventanas; y las gotas caían sobre un cuello y sobre el otro, entre los labios abiertos y los brazos y las piernas. Y se acurrucan arrugando el edredón, y se acercan más y más, sintiendo en el sueño la caricia de la compañía y ese roce lento del placer saciado.

   El sol se asoma poco a poco. El amanecer es perezoso y atraviesa las rendijas de las cortinas como pidiendo disculpas. Aún no tiene fuerza suficiente como para rasgar el sueño de los amantes y calentar el día, pero la tendrá. Y puede que deshaga algo más que el sueño y el abrazo y la camaradería.

   Por eso se toma su tiempo. Y ellos también.

   Sin preguntas, sin dudas. Un encuentro y otro más. La vida de cada uno aparcada justo detrás de las palabras; jamás escondida pero sí suspendida: no puede haber mentiras en un abrazo febril, en una búsqueda que parecer haber llegado a su fin. Tampoco ninguna sombra ni ningún pasado: el tiempo se diluye en el amor sin calendarios, en las palabras no dichas, en los besos robados al sueño y al descanso.

   En el mundo real la vida se haya estacionada en el hueco que hay entre los dos amantes. Todavía es noche, todavía es una posibilidad. En el mundo real sólo los separan las sábanas y sus propias pieles, que se abren como flores, que se entregan como palomas mansas. Y no hay nada más.

   En el mundo real no hay soles, no hay mañanas. Ni hay finales ni hay porqués. Nada se dice y todo se sabe. El amor rueda indefenso y se atrapa indemne con la fuerza de un abrazo, con el sabor de un beso. Y se acuna, después de la locura y el éxtasis, regándolo con lágrimas de pura felicidad.

   Sin embargo, poco a poco el día avanza y el sol comienza a entrar desesperado por las ventanas. Indefensos, dormidos, serenos. Salvajes en el sentimiento, únicos y libres. Hasta que abran los ojos. Y dejen entrar el ritmo del reloj y de la vida en la habitación.

   Pero mientras tanto ellos están inmersos en un mundo libre, lleno de sueños que se tocan y de vidas que se saborean sin hartazgo. Mientras tanto, el mundo real los protege y los hace eternos.

   Hasta que despierten y todo vuelva a empezar.

E=mc2 o Ciencia y Creencias/ Science and Beliefs

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   De una entrada del fascinante y entretenido blog El Pakozoico que sigo con ahínco, prendió mi interés un comentario hecho por Françesc Gascó en el que se definía, como muchos científicos aún hoy día, un hombre de Ciencia, de pruebas y hechos irrefutables con experimentos repetidos hasta la saciedad con idénticos resultados, asegurando haber sufrido una metamorfosis (por lo demás muy característica de todos aquellos que nos dedicamos a alguna rama del saber científico) que lo había llevado del pequeño niño que vivía imbuido en creencias hasta el paleontólogo riguroso que es hoy.

   Siempre es incómodo emplear el término creencias en el ambiente científico. Y sin embargo está muy impregnado de él. No es muy popular oír a un científico emplear palabras como corazonada o intuición. Y sin embargo la Ciencia está llena de esas actitudes que la mayoría intenta ocultar.

   No quiero decir que Françesc esté equivocado. Todo lo contrario. Creo que está en el camino correcto. El que lo va a llevar al lugar que todo científico veraz disfruta, y es al del equilibrio delicado entre el lenguaje del corazón y el del cerebro, ese diálogo maravilloso que se establece entre el alma sabedora y la mente sedienta de conocimiento.

   En Medicina hablamos de Literatura cuando mencionamos la ingente bibliografía que nos rodea. Y nos basamos en ella para explicar nuestros procedimientos y para sintetizar nuestros protocolos de actuación. Es la forma correcta de trabajar. Pero sin querer llegamos a olvidarnos que vemos pacientes y nos aferramos a esos decálogos de actuación que son revisados más o menos regularmente, porque nos sirven a la vez de guía y de red de seguridad. Si algo va mal siempre nos referimos a la Literatura científica y la probabilidad (porque Medicina es una ciencia probabilística dentro de una base de hechos más o menos constantes) de que la respuesta errónea ocurra sin llegar a pensar que quizá la probabilidad de que haya ocurrido se base más en el individuo que estamos tratando que en el cuerpo científico en el que nos basamos para atenderlo.

  Cuando ya llevamos una cierta cantidad de tiempo en este negocio nos damos cuenta que esa literatura tiene un ritmo cíclico, es una marea de conocimiento que vuelve sobre sus pasos una y otra vez: lo que se ha desechado vuelve a retomarse y lo que una vez se consideró pionero deja de serlo…, hasta la siguiente revisión. Precisamente como es un cuerpo de conocimiento en constante cambio, nuestra tendencia a creer y fosilizar ese conocimiento hace que nos aferremos a él con un ansia que hace fácil perder los límites de una actuación más cercana al paciente, más personalizada.

   En toda rama de la Ciencia pasa lo mismo. Acabamos abrazándola con un ardor de creencia y ella nos vomita una y otra vez su constante cambio, su única inestabilidad. Creemos que algo no puede ocurrir y llega alguien, siguiendo una corazonada, un sueño, un pálpito dentro de su quehacer diario, y demuestra que todo es posible. Y si todo es posible, la creencia fosilizada que caracteriza nuestra actitud, pasando un objeto de fe a otro, también es errónea.

   No soy un científico al uso. Quizá me queda grande esa palabra. Me impregno de conocimiento, pero dejo que mi intuición forme parte del equipo de deliberación de mi mente; invito a mi alma que susurra a establecer un diálogo con mi cerebro que grita para encontrar un camino que me lleve, a velocidad luz, si no a la consecución del problema, al menos a hallarme cerca de él.

   Hay más estadios en la Ciencia: de creer fosilizadamente en su inamovilidad (por ejemplo, de la física newtoniana o del psicoanálisis freudiano) a su aparente desorden e influenciabilidad (la cuántica con el principio de Heisenberg a la cabeza o las posturas del comportamiento jungianos) todos los pasos que nos llevan a liberarnos de sus grilletes, igual que hicimos con los de la religión canonizada (de la vertiente que sea), nos garantizan un pasaporte a la evolución y  a la verdadera libertad científica y, más íntimamente, humana.

   La discusión sobre Dios, por ejemplo, no tiene sentido: no se puede negar algo de lo que apenas sabemos nada. Ese hecho no lo hace improbable, lo hace indemostrable, que es otra cosa. Hasta que alguien lo consiga (o no). Hemos sido testigos a lo largo de la historia de la Ciencia de tantos casos similares: la luz como partícula y como onda, la partición del átomo, la antimateria… Y seguimos empeñados muchos de nosotros en parecernos a los religiosos de libro, cada uno con su libro en la mano, y su intolerancia.

   Un verdadero científico confía en su instinto; un religioso real sabe de corazón que es falible. La intolerancia de la masa intermedia es la que contamina el camino de muchos y  a veces lo hace imposible. Pero, en el fondo, nada hay imposible para el alma valiente que quiere saber y evolucionar y que sabe que Ciencia y Creencias van de la mano hasta hacerse uno, como todo lo que nos ocupa en la vida.