¿Con ánimos para Navidad?/ Are you in Christmas’ mood?

El día a día/ The days we're living

All I Want For Christmas Is You, Mariah Carey.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

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En la frontera/ On the wire.

El mar interior/ The sea inside

Bird On A Wire, Leonard Cohen.

La Vida se caracteriza, como la Naturaleza, en preferir cataclismos renovadores del alma, catarsis destructoras, tormento y calma posterior y empezar de cero otra vez que remendar situaciones que no tienen remedio o posturas inacabadas o problemas llenos de dudas. La Vida no se lamenta por lo ocurrido, no mira atrás, no deja ningún plan inacabado. Eso choca con el corazón humano, con los sueños humanos, con su  orgullo y su humilde despertar.

Frente a la muerte y la resurrección no somos más que motas de polvo que vagan sin sentido en el amnios de la Vida. En ese lago, en ese océano, vivimos nuestra realidad como la única posible (y quizá sea así), y su fin, lento pero inexorable, nos llena de titubeos y de dolores que, en el fondo, a nadie importa, y a esa Vida, a ese océano, a esa palma que nos sostiene, menos que a nadie.

Quizá sea necesaria esa ruptura, esa solución de continuidad para despertar a nuevos estados de conocimiento, nuestros y de lo que nos rodea, y esas heridas llamadas Enfermedad, Desesperanza, Pérdidas, Engaños, Decepciones no sean sino herramientas, filosas y peligrosas como un escalpelo, como un terremoto o un remolino, que nos llevan a la destrucción y  a la construcción inmediata de nosotros mismos.

Allí donde nosotros preferimos una corrección, un discreto corte, un atajo, la Vida deshace lo creado, y con esa desfachatez de la abundancia, empieza de cero, de cero bajo cero, sin remordimientos ni ensoñaciones falsas.

Hay un momento en cada vida, variable para cualquiera, en la que las circunstancias que nos rodean nos llevan, cegados y perdidos, al límite del abismo, a la frontera de nosotros mismos. Y vaya que da vértigo. Y aunque recemos malamente, aunque desviemos nuestra vista a Dios, al Infinito, a la Naturaleza, sólo un silencio de ultratumba refiere el eco de nuestro lamento, y la Oscuridad que nos rodea entonces es más densa que la carne y más dolorosa también. Y la ruptura llega, el salto se da, la caída libre se produce, la revolución de los astros comienza, el dolor todo lo llena, y en ese viaje a la verdadera libertad, dejamos nuestra vida atrás, lamentando lo perdido, enojados con el Destino y cegados al porvenir.

En la frontera la vida se ve con otros ojos y se palpa de distinta manera. Todo es informe, todo es inasible y resbaladizo. Tal es la presión que nos invade, que somos incapaces de mantener el equilibrio que ese borde nos exige, somos infelices porque nadie sobrevive a esa lucha, y hay que dejarlo todo atrás. Todo. Hasta ser quienes somos. Para ganar la libertad. Una libertad que no pedimos, que no queremos, pero que se nos ofrece porque sí y sin remedio.

La Vida no tiene remedio. Ocurre y ya está. Y en ese juego de finalidades perpetuas, de constante cambio, nuestro cambio es como arena en el río, que estorba hasta que desaparece, haciéndose una con la masa líquida y eternamente cambiante: Heráclito hablaba de la Naturaleza de la Vida, pero en realidad sólo retrataba el verdadero destino del hombre.

Y en esa frontera se encuentra hoy mi vida. Y ese vértigo me marea. Me ahoga. Me paraliza. Y me hace temblar. Y me hará caer hasta hacerme desaparecer y renacer, renacer siendo otro, otro hombre desmemoriado para empezar el eterno ciclo otra vez. Sin nadie al que asir mi mano, sin nadie al que pedir ayuda. Solo. Triste. Abandonado. Pero decidido…., porque no hay vuelta atrás.

Cariño, ¡qué frío hace afuera!/ Baby, it’s cold outside.

Música/ Music

Hacia atrás, hacia adelante/ Looking back, looking forward.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.

Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.

Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que necesitábamos canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, Coriorretinitis por Citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.

Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.

Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.

Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir a su lado. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verlo; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avatares de una vida en común tan prolongada.

Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.

– Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…

No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.

En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.

Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.

Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.

Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.

– ¿Quieres que lo haga yo?

Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.

– Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…

Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.

Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.

– No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.

Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.

La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.

Blue Christmas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ya viene Navidad, y aunque blanca y roja, dorada y verde por siempre sea, Navidad es azul y gris y plata cuando los recuerdos se mezclan con el presente y nada es lo que debió haber sido ni lo que es.

Breve Encuentro/ Brief Encounter

Arte/ Art

El Poder de la Atracción, el Aroma del Deseo, el Sueño de un Encuentro, por más breve que pueda ser. Lo que puede ser y no será. Lo que puede ser y quizá ocurra. Dos miradas que se cruzan, dos deseos que se reconocen, dos corazones que laten, en un instante breve como la Eternidad, a la vez.

Gracias a Iñaki Bañares, con esa sagacidad y ese instinto que lo caracteriza, por descubrir esta joya que narra un Breve Encuentro: Nuit Blanche.

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