El señor del fuego/ The Lord of Fire.

El mar interior/ The sea inside

  

   Llegados a un punto de la vida en que nada nos atrae, los planes de futuro parecen deshacerse en polvo, las ilusiones oxidadas en medio del jardín y la soledad aceptada como algo inherente y propio de la condición humana, cuesta mucho seguir hacia adelante.

   Desde el precipicio de las cosas no obtenidas y la infravaloración de todo aquello que se ha hecho (¿realmente se ha conseguido algo?), pues visto en perspectiva lo que tenía mucho valor se revela inútil y lo que se despreciaba simplemente se ha perdido en los entresijos de la vida vivida, las energías por conseguir un reconocimiento o al menos una magra porción de honores se disipan traslúcidas en el viento de la mediana edad cercana.

   Aunque haya ejemplos que nos inciten a un desarrollo posterior, que nos den ánimos con su prosperidad longeva; la carencia de estímulo afectivo, personal o familiar, la inconsistencia laborar, la precariedad monetaria, que sólo nos obliga a vivir al día sin seguro ni ahorros de supervivencia; un trabajo mediocre, pero trabajo a fin de cuentas; y la soledad, quizá más ansiada de lo que nunca hemos querido reconocer, nos llevan a meditaciones oscuras que empañan por doquier los brillantes destellos del alma humana.

   Cuando todo parece un error: las decisiones tomadas, aquellas que deben aceptarse; las circunstancias vitales alejadas de una perfección que se sabe inalcanzable; y sobre todo la certeza de no amar a nadie por encima de esos sueños juveniles, el mundo parece detenerse de repente, la apatía campa a sus anchas y la falta de firmeza en creencias y en voluntades nos hunde más aún en los precipicios de la indiferencia y la Nada.

   En momentos así, encrucijadas que llevan a ninguna parte, pesados con el fardo del tiempo perdido y huido, cansados de una soledad que parece perpetuarse pues nadie consigue acercarse al corazón frío y al deseo insensible, el señor del fuego aparece y, con él, el último rayo de esperanza, el último guiño de un sol moribundo pero aún con fuerzas.

   En momentos así, recoger todo aquello que nos liga a un pasado que afecta tanto al presente; recolectar los miles de recuerdos, los cientos de errores que se cometieron y que aún reverberan en la conciencia; los deseos desplomados en el suelo y las esperanzas desperdigadas, y encender un fuego pequeño, pero de un simbolismo enorme, una vela, una chimenea, una hoguera en el jardín, nos regala ese sentimiento purificador, ese ritual de renovación, esperanza y olvido.

   Porque esta noche es el día del olvido. Esta noche mágica, en la que el sol brilla con su máximo esplendor y fuerza y todo lo ilumina, las sombras alargadas y los recovecos más ocultos; somos capaces de vernos a nosotros mismos en nuestro peso real, con nuestra verdadera importancia, eliminar todo lo superfluo y empezar, a veces imperceptiblemente, de  nuevo. Con el fuego purificador, en el que sacrificamos hasta las cenizas todo aquello que nos ata a una vida que mina nuestro futuro, que nos encalla en el devenir del día a día superfluo, conseguimos transmutarnos, transformarnos, acercarnos, quizá imperceptiblemente, pero de forma real, a aquel ser que realmente somos. No el que soñamos, no el que esperamos ser, sino la perfección de lo que ya somos.

   Todos somos el señor del fuego. Y hacia él nos dirigimos, en esta noche mágica, para aniquilar todo lo inútil y dar la bienvenida, purificados y renovados, a lo que está por venir.

   Hasta que aprendamos la lección verdadera. O hasta que quedemos en libertad.

   Todo queda expuesto al poder de las llamas en la noche mágica de San Juan.

Verano/ Summer.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Las notas de Chopin/ Notes about Chopin.

Arte/ Art, Música/ Music

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Riña de gatos/ Much Ado About Nothing.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   A Riña de gatos.Madrid, 1936, la novela de Eduardo Mendoza que ha ganado el premio Planeta este año, me resistía. Curioso, porque novela a la que miro con ojeriza acaba regalándome sorpresas agradables. La mayoría, al menos. Y no se debía a su autor, del que confieso no haber leído nada hasta el momento; ni siquiera por haber sido galardonada con premio semejante, si no por cómo ha sido publicitada, algo que en mi opinión merma mucho las enormes posibilidades de este relato y me reafirma en el pensar que los españoles somos grandes creadores, pero nos vendemos fatal. Es lo único que nos diferencia de Italia: ellos saben cuánto cuesta y cómo exportarlo; nosotros nos conformamos con lo más arduo (hacerlo) y después dejamos todo a la deriva.

   Pues eso, de Riña de gatos me tiraba para atrás su temática, la eterna y ya gastada Guerra Civil Española. Todo lo que ese período pudiera tener de romántico, de único, de explotable desde el punto de vista creativo se ha visto derruido en estos últimos años por un maniqueísmo político ruborizante  y engreído. Nadie puede erigirse en dueño de la Cultura, ni de la Moral, ni de la Historia, y sin embargo en nuestro tiempo parece ser que es así. No me alarmaría tanto si la campaña propagandística no fuese tan apabullante, tan vergonzosa y sonora. Porque estamos en los tiempos de la cultura publicitaria, del pensamiento común, del esfuerzo mínimo, y cualquier idea revestida de novedad prende en el sentir humano con una facilidad que casi raya en el tontería. Y eso es lo que me molesta y me estorba con la Guerra Civil Española: demasiada producción cultural amarillista, caciquista y maniquea ha transformado un período emocionante y complejo, tierra fértil para el desarrollo de historias inteligentes, con poso y reflexión, en una época pesada, aburrida, cargada de tópicos cada cual más ridículo y una vana entronización del tiempo perdido que no va ni con ese tiempo convulso ni con el actual. Sólo los grandes artistas, aquellos cuyo talento no está posado sobre la propaganda o la cambiante moda, han hecho verdaderas obras de arte con este período de tiempo histórico de trasfondo: hace años que no hay nada que valga la pena reflejando esos años de tribulación y locura, y hasta hace nada, toda la producción cultural española parecía necesitar de esa excusa para sustentar los últimos estertores ideológicos de una sociedad difícil de cambiar, pero que ha aprendido a evolucionar a la fuerza.

   Pues todo esto y mucho más está plasmado en Riña de gatos. Hacía ya mucho tiempo que no gozaba con una novela tan celosamente escrita, llena de palabras maravillosas que hacen del español uno de los idiomas más bellos del mundo. La tinta de Eduardo Mendoza está llena de ironía, divertimento, sutileza y de una profunda observación del ser humano; es rica, plena, juega al trampantojo y mueve a la reflexión y a la taimada paciencia.

   No es una novela más sobre la Guerra Civil. Riña de gatos es el retrato de Madrid, de la convulsa y rústica, desdeñosa y sin embargo bella Madrid de 1936. Y es un himno al Arte español (más concretamente del Siglo de Oro y de Velázquez) y es un retrato veraz de cómo son los españoles y de cómo era España en una época de desorden que aboca en el caos y el caos en la transformación de un mundo.

   Riña de gatos. Madrid, 1936 nos es una novela de personajes. A Eduardo Mendoza la historia de Mr. Whitelands y sus improbables amoríos fugaces, con el arte, las mujeres y la sociedad, parece servirle sólo de juego disuasorio, de excusa para hacer lo que en realidad busca: el retrato de un mundo que fue y ya no existe y cuyos ecos resuenan entre nosotros con la misma sutileza que las costumbres palaciegas del Siglo de Oro conviven en nuestra alma cada vez que visitamos el Museo del Prado. Riña de gatos es como Las Meninas, de quien, creo, le debe todo: lo importante es lo que se ve, no lo que pinta. La vértebra de esta novela histórica es la Historia, la Sociedad, el Tópico, lo Utópico, lo Serio y lo Burlesco de la España de 1936: los avatares de sus protagonistas, en realidad, nos dan igual; casi podría decir que no nos importan: son una riña de gatos en el seno convulso de un momento histórico concreto en donde todo puede estallar y cambiar por completo.

   Es un retrato fiel de lo español, carente de apasionamiento pero cargado de humor y de profundos pensamientos. Todos los personajes reales que pululan en la novela piensan y actúan en términos de fin de mundo, en partículas de catástrofe. Esto da pie a reflexiones acertadas, emocionadas (porque es un español quien las piensa y las comprende), carentes de peso ideológico pero no de una pátina de nostalgia, como las imágenes de las fotos antiguas que amarillean de sepia sin borrar del todo los límites que retratan, que las hacen cercanas y comprensibles y, en muchas ocasiones, hasta simpáticas. A través del Arte, Eduardo Mendoza nos explica un mundo (o al menos la parte del mundo que su propia experiencia le ha regalado), que es España, y el Madrid más castizo y encantador de 1936. No es una ciudad oscura, cercada de peligros y carente de alegrías: todo lo contrario. Sin ser ajena a lo que le rodea y a lo que seguro está por venir, la ciudad es un hervidero de gentes de todo pelaje y condición, de fiestas, protestas, juergas nocturnas, sueños alcanzados o rotos, de generosidades y charlas intrascendentes, de comidillas de sociedad, de ideales en gestación y abierta, siempre abierta a lo extranjero para hacerlo sentir propio, suyo: exactamente lo que, 75 años después, aún es hoy. A través del Arte del día a día, Eduardo Mendoza retrata un instante del tiempo en donde todo puede ocurrir, la gestación de un hecho está en marcha, y la vida, si es vida, se vive al día y al límite.

   Riña de gatos. Madrid, 1936 es un fresco de Historia cuyo andamiaje, cuyos personajes ficticios no nos interesan, un poco como en Las Meninas no nos importa que sea el de los reyes el retrato que Velázquez está pintando, pero cuyo corazón, que es Madrid, late con brío y y con esperanza a pesar de las sombríos augurios que la rodean y del oscuro futuro que está por llegar. Un poco el símbolo de nuestros tiempos de hoy.

Silencio, se lee/ Silence, I’m reading.

El día a día/ The days we're living

Ayer, cuando nos amábamos /Yesterday, When We Were In Love.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Estamos echados juntos en la hierba. El sol se cubre de nubes algodonosas y densas, jugando al escondite en esta tarde de verano. Como ayer, cuando nos amábamos.

   Echados ambos, juntos nos tocamos los hombros, y con los brazos dibujamos una trenza que acaba unida en nuestras manos. Como ayer, cuando nos amábamos.

   El mundo no es el que una vez fue. Ya nada lo es. Y quién lo diría, viéndonos juntos, sobre la hierba, como un día, la primera tarde que retozamos juntos, en verano también, y jugábamos al escondite entre olas  nacaradas y tu risa y la mía.

   Y sin embargo seguimos juntos, tú y yo, como ayer, cuando nos amábamos sin sentido del tiempo, con una apasionamiento que hacía palidecer a las estrellas, jadeantes y nerviosos, apurados y dichosos, en una carrera a por el tiempo, comiéndonos a bocados, pesándonos en besos brutos, agotándonos y negando un mañana que deseábamos, que parecía quizá, no llegar nunca.

   Ayer, cuando nos amábamos.

   Hoy seguimos juntos. Tan reales, tan nosotros mismos, tan unidos. Y el amor se vive con una serenidad llena de brío; con una calma que atempera una pasión que no se agota, filón eterno; aprovechando cada instante, cada recodo de piel y cada zona de sombra, acercándonos y alejándonos con parsimonia, despegando los labios poco a poco, bebiendo nuestro sudor, haciendo del tiempo no un contrario, si no un aliado que todo lo regala. Qué diferente a ayer, cuando nos amábamos con un brío irracional, con una sapiencia desaprensiva e insensata. Y sin embargo bella, como todo lo salvaje.

   Porque éramos un puro nervio, sentidos a flor de piel. Cabalgábamos sobre la primavera, uno sobre el otro en un remolino de piernas, brazos y besos; descansando en el cansancio de la espera y recuperando el resuello indolentes e inconscientes del paso del tiempo, que todo lo transforma, que todo lo moldea. Todo era tan real, aumentado, desmesurado y fugaz. El amor, la compañía, las promesas grandilocuentes, el arrebol de una caricia, la levedad de un beso al amanecer. Todo era para nosotros, que abríamos los brazos y del puro sentimiento del hartazgo llorábamos con el corazón cuando la pasión se agotaba, cuando la mañana llegaba y nos separábamos apenas por unas horas, abismo probable si no hubiese la promesa de un después.

   ¡Qué exagerados éramos ayer, cuando nos amábamos!

   Pero la primavera pasa. Y el verano también. No sé cuándo dejó de preocuparnos el paso del tiempo; cuándo se convirtió en nuestro aliado y cuándo la distancia que nos separaba nos unió en realidad y nos hizo un favor y nos regaló un respiro que insufló energía a un sentimiento agotador y único. Ignoro cuándo nuestra pasión y nuestro aliento se convirtieron en algo tan espléndido como esta tarde de verano, en la que el sol juega al escondite tras las nubes y nosotros, uno y dos, nos tocamos el hombro y trenzamos nuestros brazos en un nudo de pura eternidad. Lo desconozco. Pero qué bello milagro, qué regalo y qué sorpresa.

   Y quién nos lo hubiera dicho ayer, cuando nos amábamos.

   El mundo es nuevo cada día. El tiempo pasa pero se detiene en el aroma de tu cuerpo junto al mío; en las mañanas de frío y lluvia, en las noches en las que un catarro nos visita y a veces algo más. El mundo se renueva y nosotros, y nuestro amor, con él.

   De aquellas pasiones inabarcables han nacido pasiones ponderadas, en el que el peso de nuestros cuerpos se divide al infinito y nos regala un placer atemporal y muy nuestro.

   Nuestro. Palabra que desconocíamos, vocablo que merendábamos ayer, cuando nos amábamos con ciega infatuación, con ciertas dificultades y un poco de temor.

   Un temor que la palabra nuestro ha borrado para siempre.

   Estamos echados sobre la verde hierba del verano. Hoy juguetean entre las sombras de los árboles nuevas bocas, nuevos abrazos, nuevas historias que deben crecer y madurar, que deben regalar las sorpresas y las caricias, los dolores y las decepciones de una vida que se vive, siempre en una sola vez, de forma apasionada, exagerada y agridulce, como hicimos ayer, cuando nos amábamos.Y está bien que así sea. Y qué bien que así esté.

   No los conocemos. Creo que no conocemos a nadie. Este aislamiento no es buscado pero nos hace únicos, irrepetibles. Oímos risas y juegos, algunos gritos y palabrotas, algún lamento en la lejanía, una lágrima que cae por dolor, una decepción, y el temblor del descubrimiento de un beso, una caricia y de algo más… Ayer éramos nosotros. Hoy somos nosotros y ellos. Y la tarde pasa sobre nosotros con una dulce caricia. La que nos damos, la que nos ofrecemos. Tu rostro, el mío, suavizados por el sol y que recuerdan, que reviven cada minuto, cada conjunto de idas y venidas que una vida vivida deja y regala y que terminan construyendo un único corazón, un lazo perpetuo y sin fin.

   Hoy como ayer, al amarnos como nos amábamos, el cielo se detiene, el mundo deja de girar y el amor, sólo el amor, nos rodea.

Últimamente/ Lately.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Últimamente me fijo en muchas cosas. Pequeñeces, lo admito. Puede que siempre hayan estado allí y que no les prestase la atención debida. Pueden ser cosas mías. No lo sé.

   Desde hace un tiempo te vengo observando de cerca. Sin llegar a obsesionarme, noto que tus costumbres han cambiado. Esa forma de vida en la que nos enrolamos sin notarlo, esa sucesión de actos mínimos que terminan asegurándonos una estabilidad única, esa tranquilidad de una conciencia que no tiene que pensar para poder seguir con vida. Has cambiado de corte de pelo, que te rejuvenece mucho; llevas la ropa más ajustada por el gimnasio al que has vuelto hace poco, seguro; y sonríes de esa manera tan tuya, sonora y vibrante, que ya no recordaba.

   Llevas colonia. Un olor que te va. Te recorre la piel y se adhiere a todo lo que tocas. Menos a mí.

   Te levantas más temprano. Sales a correr o a comprar cruasanes; traes el periódico ya medio leído y apenas tienes tiempo de sentarte a comer conmigo. Y no es que haya cambiado tanto mi rutina, creo, pero me descoloca no saber de ti, cuando antes lo sabía todo y nos sentábamos a charlar, entre el amor y el aburrimiento a veces, horas enteras, y lo más tonto quedaba al descubierto, y lo más importante transformado en besos y caricias.

   Hace tiempo que no me besas. Que no me besas. Yo todavía te beso. Me acerco y froto mi nariz contra la tuya, busco tus labios y jugueteo con ellos brevemente, para no molestarte. Porque siento que te molestan mis besos como mi peso en la cama. Recuerdo que hace dos día insinuaste que estaba un poco fondón y de aquél que hacía vibrar las cuerdas de tu corazón, ni la sombra quedaba.

   Últimamente eres un poco cruel. Y nunca lo has sido. Y no es que lo seas a propósito, porque una herida a conciencia es como un escalpelo: rápida, certera, sangrante. Y sin embargo esos comentarios dichos al azar, o como si no importasen, quedan resonando en el ambiente como una nota falsa, y mi memoria rencorosa los conserva con una maniática precisión.

   Desde hace un tiempo no me abrazas cuando nos quedamos dormidos; hace ya unos meses que ni siquiera nos amamos en el lecho.

   No te lo he dicho, pero hablas en sueños. No es nada nuevo, pero los susurros de antaño ahora cobran sílabas y conjugan verbos en los que no participo, y pronuncian nombres que no son los míos.

   Te arreglas demasiado. Una coquetería que no era tuya parece haber surgido de alguna parte y se ha apoderado de ti. Y ocurre que tu belleza brilla ahora más que nunca, incluso si la comparo con los tiempos en los que conocernos y amarnos consumía nuestros días y nuestros planes. Te lo he dicho pero me contestas con evasivas. Procuro no empeñarme, pero siempre que lo intento sonríes como antaño para hacerme la corte y me dejas embobado con el brillo de esos ojos, con la luz de una risa que aún me enloquece y te marchas dejándome solo, en una casa cada vez más vacía, llena del eco de la puerta cerrada.

   Últimamente me fijo en esas cosas pequeñitas, en una caricia que se queda a medio camino, en un ademán, un mohín indiscreto. Sales, entras, vuelves a salir. Me quedo mirándote y tú no me ves. Ya no cuento para ti, o no como solía hacerlo. Me has llamado exagerado, dramático, niño mimado y qué voy a saber. Y puede que tengas razón.

   Pero últimamente me quedo mirándome al espejo. Intento reconocerme en ese reflejo; trato de encontrar aquel que era en éste que soy, y me asusta no verme en él. Aquél que era no tenía miedo del futuro, no se imaginaba una pérdida, un abandono. Aquél que era se creía invencible, inabarcable y completo por tenerte cerca, por saber que un amor como el tuyo le daba alas, le regalaba un sentido y una misión de vida. Ahora no.

   Dicen que el amor cambia. Imperceptiblemente, injustificadamente. Se disfraza de eterno, pero nada es inmutable, todo evoluciona según la ley de las cosas. En el espejo está una persona que no se recuerda así; en el reflejo hay años vividos, hay recuerdos acumulados en un magma de pasado, sin un presente claro, sin ningún futuro en realidad. Dicen que el amor se torna en cariño, en costumbre tal vez, en mera compañía… Sí, en todo eso, todo eso que no recibo de ti.

   Intento decirme que no tengo motivos concretos, que sólo son observaciones aisladas, conjeturas sin fundamento. Pero son muchas sumas las que se adicionan y siento que estás tomando un rumbo en el que no quieres que te acompañe, en el que me he transformado en fardo, en lastre, en una pareja fondona que no puede habituarse al ritmo de una vida nueva que está brotando a tu alrededor.

   Últimamente te siento distante. Últimamente me siento solo. Me dices que sí, me dices que no. Caes en contradicciones airosas, en silencios graves. Y te escurres cuanto puedes y me abandonas todos los días un poco más.

   Y me pregunto si tengo miedo de perderte, si pienso que puedo seguir con esta vida suspendida, si concibo una mañana en la que ya no estés junto a mí. No lo sé… Sólo sé que mis ojos se llenan de lágrimas de un tiempo a esta parte, cuando sales de una habitación, cuando te vas a hacer deporte, cuando dices que tienes trabajo atrasado y te encierras en el estudio tras puertas de cristal.

   No sé si soy lo bastante fuerte. Ignoro si podré enfrentar tu adiós.

   Me siento solo y herido. Me siento frustrado y cansado. Te extraño y te desdigo. Y en la soledad de la noche no puedo engañarme más y me digo que ya no me quieres, que el amor se perdió en las conveniencias del día a día, en los recovecos de la normalidad, el aburrimiento y el azar.

   Tengo miedo de oírte decir que me dejas, que nuestra historia de amor se acabó.

   Últimamente, en medio de esas pequeñas cositas que son la vida, me lo vas diciendo y yo lo voy notando. Y aunque intente cerrar los ojos, mi piel no me miente, mis sentidos no me engañan: tú ya no estás aquí… Y aunque siempre hay una esperanza, esa oportunidad tiene un nombre nuevo y una nueva aventura para tu corazón.

   Últimamente te quiero más que siempre… Quizá porque ya no te tengo. O porque no quiero que te vayas. O porque me siento solo sin ti. O porque no deseo que nada cambie… O quizá porque nunca he dejado, día a día, de enamorarme de ti.