El amor es algo extraño/ Love is just so weird.

Música/ Music

La espera/ Waiting.

El mar interior/ The sea inside

    a Teresa, que deseaba un cuento de vida suspendida.   

   Allí está. No sé su nombre. No la conozco. Pero llevo rato observándola. Atrapa toda mi atención allí de pie, parada como un paréntesis entre la vida que pasa y su mirada, nítida, fija en un punto imposible, lejos del horizonte.

   Pasa el tiempo. Y ella sigue allí. Nada parece turbarla, absorta como está en sus pensamientos. Si me acercase seguro que podría ver cómo laten sus pupilas; cómo, tras la aparente tranquilidad, su corazón desbordado llora por su boca cerrada. Porque sólo un alma herida, un corazón dolido puede estar así, de pie e inmóvil, mientras la vida pasa, atrapada en una espera que parece interminable, entre los sollozos que no sobrepasan sus ojos y los lamentos que no salen de esos labios color de rosa y carne.

   Es una mujer carnal. De melena abundante, peinada y brillante. Ojos de almendra grandes como planetas, labios carnosos, pecho desbordado, sonrisa triste. Se mueve y parece que arrastra un manto de estrellas, y cuando cierra sus párpados, simula que la noche cae de repente. Nada hay en ella de extraordinario, mas todo es casi perfecto, lleno de esa belleza de lo lejano y lo triste. Porque es una mujer triste que espera, callada, la llegada de un coche, o de una llamada, o una sonrisa o quizá sólo una caricia.

   Me gustaría acercarme y hablarle, pero temo que se diluya en la niebla cansina que está envolviéndonos. Me gustaría preguntarle qué le ocurre y si pudiera ayudarle. Pero sus ojos perdidos me impiden hacerlo; sus manos de mármol parecen sujetarse en el vacío y nada hay más poderoso que un silencio buscado, que una soledad ganada a pulso.

   Una mujer que espera es una mujer sola. Una mujer que espera sola es una mujer cansada de luchar, entregada al destino como a los brazos amantes. Una mujer que espera sola y cansada es un alma rota, que lucha quizá por curarse, o que deja que todo pase a su alrededor para sanar con la luz de lo nuevo, de lo que está por llegar. Una mujer que no tiene destino es una mujer triste. Una mujer triste es una mujer que acepta, y aceptar es la espera callada, la espera sin nombre, la espera que, tras mucho luchar, trae una silenciosa esperanza y un nuevo amor, muy nuevo, que nace de lo profundo de su ser y le regala la paz.

   Han encendido las farolas de la calle. La luz baña a esa mujer desconocida como en un nuevo bautismo. Su luz ambarina arranca destellos castaños de esa melena preciosa, que parece cubrirle parte del rostro. A veces se mueve para desentumecerse; como si recordara que tiene brazos y piernas y que estos se cansan de la postura a la que el corazón les obliga, ahora que la mente parece haberse quedado atrás.

   Mira hacia la calle como asombrada; a veces parece que otea buscando algo o a alguien, y se gira cuando un susurro llega a sus oídos. Pero no hay nadie, nadie aún. El tiempo pasa y yo sigo observándola y ella no me ve. Y entre los dos parece que se desliza un puente que nos une pero que también nos separa.

   La espera es un compás que dibuja semicírculos continuos, que se besan y se separan una y otra vez. La espera nos llena de incertidumbre al comienzo; nos regala cierta paz, la paz de una entrega, cuando comprendemos su esencia, que no es otra que el silencio y la aceptación. Todo urge, todo parece que sigue gravitando menos ella. Ella que, callada, envuelta en su manto de ámbar y de silencio, parece recordar un amor olvidado que le hizo mucho daño, o una decepción que la enfangó en un tiempo ya perdido. Todo apremia, menos su mirada, que se posa lánguida en el atardecer huidizo, con sus manos pálidas envolviendo su pelo de cascada y secando una lágrima furtiva que se cuela a pesar de sus esfuerzos.

   Una mujer sola es una mujer que piensa. Y una mujer que piensa es una mujer que siente. Y siente en la espera, suspendida entre el paréntesis de un tiempo muerto que parece visitarla de nuevo.

   Parece frágil, con su leve contoneo, con sus labios entreabiertos y resecos. Y de repente me avergüenzo de verla; su desnuda intimidad llega hasta mi piel y me habla en ecos de una vida pasada y perdida, me grita un sentimiento que parece haberla ahogado y que ya no importa ahora. El sol cae por el horizonte rodando como una fruta madura y ella continúa impertérrita, hablándome sin decir palabras y sin verme, de una vida de agobios y de lucha, de una búsqueda constante y de un continuo fluir. Así es la vida de todos, sin antifaz y llena de cicatrices. Pero en ella todo parece bello, hasta su tristeza, o quizá por su serena tristeza, su eterno esperar.

   Tras el sol, ella agita su melena. Se suaviza los labios de carne prieta y se revisa el ligero maquillaje que resta tras el tiempo ido. Intenta sonreír y creo que lo logra. Se ajusta el abrigo, se anuda un pañuelo en ese cuello de besos olvidados. Su mirada es otra o quizá ha sido siempre la misma. Comienza poco a poco a caminar. Sus últimos pasos los da a la sombra de la farola, que parece perder el fulgor que de ella emanaba. La tarde muere como el puente que nos une. El tiempo corre como el amor que se pierde y como las esperanzas que se rompen y los sueños que se incumplen. Así es la vida, creo. La vida de ella. Y la mía.

   Ella espera, callada y quizá algo esperanzada. Y puede que yo también.

¿Cómo sabré?/ How Will I Know?

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been, Música/ Music

   Ser adolescente en los ochenta fue maravilloso. Lo mismo dirían aquellos que lo fueron en los noventa o en los dos mil. Ni qué decir tiene los setenteros o los sesenteros. No lo dudo. Pero los ochenta tuvieron más relación con los setenta y los sesenta que con sus décadas sucesoras y quizá sea eso lo que los hicieron únicos.

   Entiendo poco de música. Sólo oigo lo que me gusta. Supongo que más o menos como todo el mundo. Crecí en el trópico. Mi madre, una gran radiófila, sintonizaba todas las tardes la estación Radio Ideal, por la que desfilaban sin apenas interrupciones la música romántica más importante desde los años cincuenta; de suerte que crecí mecido en las notas de los boleros, las bachatas, la música melódica, los cantantes españoles e italianos de aquellas décadas prodigiosas, y la música pop anglosajona. Tengo una memoria de pez para recordar nombres de grupos o de canciones, pero no olvido una melodía o una canción. Así, esas sesiones de radio vespertinas sembraron en mí una necesidad de música de fondo: he estudiado con música, he dibujado con música; con música limpio mi casa y con música escribo. Y estoy más que dispuesto a implantar, cuando pueda, música en el ambiente laboral: todo es mucho más fácil y nos llena de una energía fascinante que lo hace más llevadero, casi mágico.

   Por eso guardo con especial cariño mi primer recuerdo consciente de enganche musical. He sido un niño que creció alrededor de personas mayores que él. Dos, tres, cuatro, cinco años y a veces más. A los once años oía Supertramp y Aute y Silvio Rodríguez  (aparte de lo mencionado antes) y los Bee Gees y ABBA, claro, y Air Supply.  Pero la primera vez que me dije a mí mismo que quería un disco, un LP como se llamaban entonces, fue con quince años, y fue Whitney Houston la cantante elegida. Recuerdo haber visto un vídeo en la tele (aunque en Caracas ya había televisión por satélite, con la MTV como abanderada, en mi casa eso no se estilaba), en un programa de vídeos musicales que conducía Musiuíto, una mujer guapísima y muy joven, vestida de blanco, delgada y esbelta como una palmera, cantando sobre el amor más grande de todos:

   Y me dije a mí mismo que quería su disco. Quién me lo iba a decir, pero Whitney Houston pasó a formar parte de la banda sonora de mi vida. Aquel disco lo devoré por completo. En Europa se estilaba que los LP trajeran consigo las letras de las canciones, pero en América eso no era tan frecuente. Y éste no fue la excepción. Pero por aquel entonces, con quince años tenía el convencimiento de que podía hacer de todo, y me dispuse a aprender inglés. Y aunque tuve que esperar un año más para ponerme con lo del idioma nuevo, en ese período de tiempo tuve a bien graduarme de bachiller, aprobar los exámenes de ingreso en la universidad y perfilar mis estudios de medicina. Todo a la vez:

   Y mientras a mí me pasaban estas cosas normales en un chico de esa edad, Whitney Houston subió como la espuma. Era una belleza elegante y espigada, y poseía una voz poderosa y dulce, cosa que no es fácil de encontrar. Arropada por grandes profesionales y por ese regalo divino de su voz, prepararon rápidamente su segundo disco con Arista, que sería una de las discográficas de mi adolescencia, y se anotaron, para mí, quizá el mayor éxito de su carrera (exceptuando El Guardaespaldas, que es otra cosa), y en el que la cantante quería bailar, bailar como fuese con alguien que la quisiese:

   Fue un gran triunfo. Casi todos los sencillos de aquel extraordinario disco fueron un éxito. Para ese momento yo esperaba con grandes ansias a que saliese. Cuando oí la primera canción en Radio Ideal supe que tenía que comprar ese segundo LP. Tenía dieciséis años, estaba en la universidad, y por las noches iba tres veces a la semana a la academia de idiomas Berlitz School, para aprender inglés. Y aunque no tenía mesada o cosa parecida pues recibía el dinero que necesitaba de mis padres diariamente, estos accedieron a que comprara el segundo disco de Whitney Houston, titulado simplemente Whitney. A mi madre la fascinaba con su belleza y elegancia y a mi padre, cantante de voz aterciopelada él mismo, con el poder de su voz.

   Aquel disco de maravillas traía una grata sorpresa en su interior: ¡las letras! Y aquello no pudo ser mejor regalo. Avanzaba con el inglés y podía practicar con mi cantante favorita y sus canciones; quizá por primera vez era capaz de seguir una melodía anglosajona sin equivocarme y entendiéndolo completamente. Casi creí tenerlo todo por aquellos años:

   En el año 1988 llegó a nuestra casa el Betamax. Y no era uno cualquiera: el primero con sonido estéreo, con su barra de sonidos en la cabecera de su traje plateado; gracias a eso, perimitía verter las imágenes en sonidos en un cassette de música normal, que de aquella los había de 60 y de 90 minutos, si se lo conectaba a un equipo estereofónico, que recibí como regalo por haber terminado el colegio y entrado en la universidad. Aunque por aquella época a todos mis amigos se les había regalado un coche para poder desplazarse a través de los cientos de kilómetros que debíamos recorrer para asistir a clases, yo no tenía ni de lejos edad para sacarme el carnet de conducir, así que tuve que conformarme (y yo encantado) con un equipo de música extraordinario (al que al año siguiente se le añadió ¡un compact disc!)  y el Betamax estéreo y un viaje de verano a Madrid y Barcelona, aparte de Santiago de Compostela, claro. Qué decir tiene que no extrañaba el coche para nada, aunque tuviese (como hacía) que levantarme a las 4:30 de la mañana para coger el autobús que me llevase a clases cada día.

   Pues gracias a ese Betamax, pude grabar la entrega de premios Grammy de 1988. Y la recuerdo vívidamente: Whitney Houston abrió la ceremonia llena de energía, y desfilaron por ella Michael Jackson con su Man in the mirror, Belinda Carlyle, Suzanne Vega y su Luka, Liza Minelli y Celia Cruz, entre muchos otros artistas extraordinarios. Aquel año fue fabuloso, y tuve grabada esa cinta en un cassette de 90 minutos muchos años después, hasta hace poco realmente, ya demasiado vieja y gastada como para que fuese útil.

   Con el transcurrir del tiempo, perdí esa ansia de seguidor que tenía en mis primeros años de adolescente. No necesitaba oírlo todo ni leerlo todo de los artistas que me gustaban. Y, con el tiempo y el desarrollo de estructuras de comunicación como la red, se me hizo innecesario. Aún así y todo, Whitney Houston siguió cosechando éxitos, siguió deslumbrándonos. Pareció tenerlo todo y puede que lo tuviese, y fue feliz a ratos, como en el fondo todos lo somos.

   Con motivo de su reaparición, minada esa voz de ángeles por los hábitos que vamos adquiriendo con los años, la casualidad hizo que estuviese unos días en San Francisco cuando Oprah Winfrey la entrevistó en exclusiva. La entrevista, larga, estuvo dividida en dos programas. No salí de mi hotel en las horas en que la emitieron. Y aunque estaba guapa y con ganas de relucir y de resurgir, había perdido aquel don fascinante, había descuidado ese regalo del cielo. Y sin embargo seguía siendo ella, la bella Whitney Houston que había conquistado mi corazón a los quince años. En esa entrevista habló de todo sin tapujos; contó su historia. Todo el que se confiesa defiende su punto de vista sobre la vida, eso está claro. Y sin embargo no importaba. Lo verdaderamente importante es que allí estaba ella, dispuesta no ya a cantar (no podía, pero había llegado a un estatus en que aquello era irrelevante) si no a seguir con vida. Pero sólo fue la última chispa de luz en un horizonte en tinieblas. Y es una pena. Otra más.

   Hoy ha muerto Whitney Houston, sin duda la voz de la música norteamericana de este tiempo. Ignoro si tuvo una vida fácil, si se rodeó de todo lo que quería; no sabría decir si fue feliz. Exactamente como nos ocurre a todos. Y sin embargo, sé que hoy como ayer, ella como yo y todos los seres humanos que habitamos en este planeta, se seguirá preguntando, cada día que pase, si podrá alguna vez saber, y cómo será saber, lo que la Vida nos depara:

Un puente sobre aguas turbulentas/ Bridge over troubled water.

Música/ Music

1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

De la mano/ Hand by Hand.

El día a día/ The days we're living, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Ayer paseaba por la calle. Atravesaba un jardincillo lleno de verdor y con árboles lanceolados y desnudos por el invierno. Hacía frío y un viento molesto soplaba testarudo.

   Me arrebujé en el abrigo. La enorme bufanda cubría mi cuello y parte de la cara. Sentía la piel tensa por el frío. Pero, a pesar del tiempo, se estaba bien por aquella calle verde, abrazado por el susurro de las ramas al chocar unas con otras y lleno del eterno baile de las hojas secas.

   Pensando en mis cosas, imbuido en mi propio mundo, algo anestesiado por problemas que no lo eran y preocupaciones inmerecidas, casi tropiezo con una pareja que, riendo, llevaba de la mano a un crío pequeñito. Sus zancadas de enano, todavía algo inestables, eran el motivo de las risas. La pareja se acercaba al pequeño, que lleno de razón seguía empeñado en caminar. Tan cabezota como el viento que arreciaba, el chiquillo iba de aquí para allá con un desequilibrio controladísimo, riéndose de sí mismo y de la felicidad que generaba en sus dos acompañantes.

   Los tres me sacaron de mi abstracción. Los estuve observando unos minutos, ralentizando el paso para no dejarlos atrás. La pareja reía desenfada con esa sonrisa que llena la boca y el corazón. En cuanto al niño, todo él era una sonrisa y parecía brillar siendo el centro de atracción. De la pareja, vistos desde atrás, poco podía decir. Uno era más alto y el otro decididamente bajo. Uno llevaba el pelo largo sujeto a una cola y el otro el cabello muy corto, a cepillo. Sus formas redondeadas, más suaves de lo esperado y cierto ademán llamaron mi atención. La pareja iba de la mano. Una manita dentro de otra. Una piel sonrosada por el frío protegida por la otra, más grande y enguatada. Dos abrigos negros anodinos, dos pares de botas con borreguito. Y risas, muchas risas. Y una voz.

   La pareja que paseaba con el chavalín hablaba de sus cosas cuando el niño no monopolizaba su atención. Y en todo el rato que estuve por esa calle antes de virar hacia la derecha, no pararon de demostrarse cariño. Se acercaban y se tocaban los hombros y las cinturas, con un fru-frú de material sintético y oscuro. Y las manos juntas, sin separarse nunca. A veces parecían mirarse y se sonreían. A veces parecía que se daban calor. A veces se separaban porque el niño se entrometía, con las manos unidas por sobre su cabecita peluda. Y caminaban sin descanso a través del jardín verde y susurrante, de ramas desnudas y hojas caídas.

   Finalmente los adelanté cuando el pequeño se entretuvo con una piedra del camino. Aprovechando el momento y aún de la mano, se acercaron y durante un segundo eterno, se dieron un beso lleno de cariño, con una cierta reminiscencia de pasión, pero delicado y fugaz, como novios nuevos. Y en ese momento me di cuenta que eran dos chicas que caminaban de la mano esa tarde por el parque, que eran pareja y que, decididamente, el chiquitín se parecía mucho a la bajita sin guantes. Al pasar a su altura volvieron a darse un beso y pude ver el brillo de una mirada, el ligero rubor de la alegría y cierto tono de costumbre y de misterio que sólo se teje entre dos personas que se aman, se comprenden y se aceptan.

   Cuántos recuerdos renacieron…

   Unos metros más adelante, cuando ya no se oían sus risas ni mi mirada miope podía apreciar más detalles de aquella escena privada, mi corazón comenzó a recordar. Mis pisadas eran las únicas que se oían en aquella calle desierta. Yo no tenía sonrisas que compartir ni misterios que descubrir; el sonido de mis pasos no traían consigo el reverbero de otros a su lado; nadie disfrutó conmigo el verdor del parquecillo, ni encaró conmigo el viento frío ni disfrutó conmigo la vida que latía en aquella familia que había dejado atrás.

   Suspiré. Sacando una mano del abrigo, extendí el brazo y la abrí buscando un peso, un contacto, un calor humano… Pero no había nadie.

   De la mano la vida parece mejor. De la mano parece que todo y a todos se puede hacer frente.

   Quizá.

   Pero yo no pude pasear ayer de la mano con nadie. Ni tampoco hoy. Y quién sabe si mañana.

Mi vida rueda: pequeñas maravillas/ My life goes filming: amazing shorts.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

La genialidad de Roberto Pérez Toledo, director de la película Seis puntos sobre Emma, en el difícil arte del corto cinematográfico.

Manguitos.

Los gritones.