Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
Música/ Music
Ayer, cuando nos amábamos /Yesterday, When We Were In Love.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Estamos echados juntos en la hierba. El sol se cubre de nubes algodonosas y densas, jugando al escondite en esta tarde de verano. Como ayer, cuando nos amábamos.
Echados ambos, juntos nos tocamos los hombros, y con los brazos dibujamos una trenza que acaba unida en nuestras manos. Como ayer, cuando nos amábamos.
El mundo no es el que una vez fue. Ya nada lo es. Y quién lo diría, viéndonos juntos, sobre la hierba, como un día, la primera tarde que retozamos juntos, en verano también, y jugábamos al escondite entre olas nacaradas y tu risa y la mía.
Y sin embargo seguimos juntos, tú y yo, como ayer, cuando nos amábamos sin sentido del tiempo, con una apasionamiento que hacía palidecer a las estrellas, jadeantes y nerviosos, apurados y dichosos, en una carrera a por el tiempo, comiéndonos a bocados, pesándonos en besos brutos, agotándonos y negando un mañana que deseábamos, que parecía quizá, no llegar nunca.
Ayer, cuando nos amábamos.
Hoy seguimos juntos. Tan reales, tan nosotros mismos, tan unidos. Y el amor se vive con una serenidad llena de brío; con una calma que atempera una pasión que no se agota, filón eterno; aprovechando cada instante, cada recodo de piel y cada zona de sombra, acercándonos y alejándonos con parsimonia, despegando los labios poco a poco, bebiendo nuestro sudor, haciendo del tiempo no un contrario, si no un aliado que todo lo regala. Qué diferente a ayer, cuando nos amábamos con un brío irracional, con una sapiencia desaprensiva e insensata. Y sin embargo bella, como todo lo salvaje.
Porque éramos un puro nervio, sentidos a flor de piel. Cabalgábamos sobre la primavera, uno sobre el otro en un remolino de piernas, brazos y besos; descansando en el cansancio de la espera y recuperando el resuello indolentes e inconscientes del paso del tiempo, que todo lo transforma, que todo lo moldea. Todo era tan real, aumentado, desmesurado y fugaz. El amor, la compañía, las promesas grandilocuentes, el arrebol de una caricia, la levedad de un beso al amanecer. Todo era para nosotros, que abríamos los brazos y del puro sentimiento del hartazgo llorábamos con el corazón cuando la pasión se agotaba, cuando la mañana llegaba y nos separábamos apenas por unas horas, abismo probable si no hubiese la promesa de un después.
¡Qué exagerados éramos ayer, cuando nos amábamos!
Pero la primavera pasa. Y el verano también. No sé cuándo dejó de preocuparnos el paso del tiempo; cuándo se convirtió en nuestro aliado y cuándo la distancia que nos separaba nos unió en realidad y nos hizo un favor y nos regaló un respiro que insufló energía a un sentimiento agotador y único. Ignoro cuándo nuestra pasión y nuestro aliento se convirtieron en algo tan espléndido como esta tarde de verano, en la que el sol juega al escondite tras las nubes y nosotros, uno y dos, nos tocamos el hombro y trenzamos nuestros brazos en un nudo de pura eternidad. Lo desconozco. Pero qué bello milagro, qué regalo y qué sorpresa.
Y quién nos lo hubiera dicho ayer, cuando nos amábamos.
El mundo es nuevo cada día. El tiempo pasa pero se detiene en el aroma de tu cuerpo junto al mío; en las mañanas de frío y lluvia, en las noches en las que un catarro nos visita y a veces algo más. El mundo se renueva y nosotros, y nuestro amor, con él.
De aquellas pasiones inabarcables han nacido pasiones ponderadas, en el que el peso de nuestros cuerpos se divide al infinito y nos regala un placer atemporal y muy nuestro.
Nuestro. Palabra que desconocíamos, vocablo que merendábamos ayer, cuando nos amábamos con ciega infatuación, con ciertas dificultades y un poco de temor.
Un temor que la palabra nuestro ha borrado para siempre.
Estamos echados sobre la verde hierba del verano. Hoy juguetean entre las sombras de los árboles nuevas bocas, nuevos abrazos, nuevas historias que deben crecer y madurar, que deben regalar las sorpresas y las caricias, los dolores y las decepciones de una vida que se vive, siempre en una sola vez, de forma apasionada, exagerada y agridulce, como hicimos ayer, cuando nos amábamos.Y está bien que así sea. Y qué bien que así esté.
No los conocemos. Creo que no conocemos a nadie. Este aislamiento no es buscado pero nos hace únicos, irrepetibles. Oímos risas y juegos, algunos gritos y palabrotas, algún lamento en la lejanía, una lágrima que cae por dolor, una decepción, y el temblor del descubrimiento de un beso, una caricia y de algo más… Ayer éramos nosotros. Hoy somos nosotros y ellos. Y la tarde pasa sobre nosotros con una dulce caricia. La que nos damos, la que nos ofrecemos. Tu rostro, el mío, suavizados por el sol y que recuerdan, que reviven cada minuto, cada conjunto de idas y venidas que una vida vivida deja y regala y que terminan construyendo un único corazón, un lazo perpetuo y sin fin.
Hoy como ayer, al amarnos como nos amábamos, el cielo se detiene, el mundo deja de girar y el amor, sólo el amor, nos rodea.
Últimamente/ Lately.
El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Últimamente me fijo en muchas cosas. Pequeñeces, lo admito. Puede que siempre hayan estado allí y que no les prestase la atención debida. Pueden ser cosas mías. No lo sé.
Desde hace un tiempo te vengo observando de cerca. Sin llegar a obsesionarme, noto que tus costumbres han cambiado. Esa forma de vida en la que nos enrolamos sin notarlo, esa sucesión de actos mínimos que terminan asegurándonos una estabilidad única, esa tranquilidad de una conciencia que no tiene que pensar para poder seguir con vida. Has cambiado de corte de pelo, que te rejuvenece mucho; llevas la ropa más ajustada por el gimnasio al que has vuelto hace poco, seguro; y sonríes de esa manera tan tuya, sonora y vibrante, que ya no recordaba.
Llevas colonia. Un olor que te va. Te recorre la piel y se adhiere a todo lo que tocas. Menos a mí.
Te levantas más temprano. Sales a correr o a comprar cruasanes; traes el periódico ya medio leído y apenas tienes tiempo de sentarte a comer conmigo. Y no es que haya cambiado tanto mi rutina, creo, pero me descoloca no saber de ti, cuando antes lo sabía todo y nos sentábamos a charlar, entre el amor y el aburrimiento a veces, horas enteras, y lo más tonto quedaba al descubierto, y lo más importante transformado en besos y caricias.
Hace tiempo que no me besas. Que no me besas. Yo todavía te beso. Me acerco y froto mi nariz contra la tuya, busco tus labios y jugueteo con ellos brevemente, para no molestarte. Porque siento que te molestan mis besos como mi peso en la cama. Recuerdo que hace dos día insinuaste que estaba un poco fondón y de aquél que hacía vibrar las cuerdas de tu corazón, ni la sombra quedaba.
Últimamente eres un poco cruel. Y nunca lo has sido. Y no es que lo seas a propósito, porque una herida a conciencia es como un escalpelo: rápida, certera, sangrante. Y sin embargo esos comentarios dichos al azar, o como si no importasen, quedan resonando en el ambiente como una nota falsa, y mi memoria rencorosa los conserva con una maniática precisión.
Desde hace un tiempo no me abrazas cuando nos quedamos dormidos; hace ya unos meses que ni siquiera nos amamos en el lecho.
No te lo he dicho, pero hablas en sueños. No es nada nuevo, pero los susurros de antaño ahora cobran sílabas y conjugan verbos en los que no participo, y pronuncian nombres que no son los míos.
Te arreglas demasiado. Una coquetería que no era tuya parece haber surgido de alguna parte y se ha apoderado de ti. Y ocurre que tu belleza brilla ahora más que nunca, incluso si la comparo con los tiempos en los que conocernos y amarnos consumía nuestros días y nuestros planes. Te lo he dicho pero me contestas con evasivas. Procuro no empeñarme, pero siempre que lo intento sonríes como antaño para hacerme la corte y me dejas embobado con el brillo de esos ojos, con la luz de una risa que aún me enloquece y te marchas dejándome solo, en una casa cada vez más vacía, llena del eco de la puerta cerrada.
Últimamente me fijo en esas cosas pequeñitas, en una caricia que se queda a medio camino, en un ademán, un mohín indiscreto. Sales, entras, vuelves a salir. Me quedo mirándote y tú no me ves. Ya no cuento para ti, o no como solía hacerlo. Me has llamado exagerado, dramático, niño mimado y qué voy a saber. Y puede que tengas razón.
Pero últimamente me quedo mirándome al espejo. Intento reconocerme en ese reflejo; trato de encontrar aquel que era en éste que soy, y me asusta no verme en él. Aquél que era no tenía miedo del futuro, no se imaginaba una pérdida, un abandono. Aquél que era se creía invencible, inabarcable y completo por tenerte cerca, por saber que un amor como el tuyo le daba alas, le regalaba un sentido y una misión de vida. Ahora no.
Dicen que el amor cambia. Imperceptiblemente, injustificadamente. Se disfraza de eterno, pero nada es inmutable, todo evoluciona según la ley de las cosas. En el espejo está una persona que no se recuerda así; en el reflejo hay años vividos, hay recuerdos acumulados en un magma de pasado, sin un presente claro, sin ningún futuro en realidad. Dicen que el amor se torna en cariño, en costumbre tal vez, en mera compañía… Sí, en todo eso, todo eso que no recibo de ti.
Intento decirme que no tengo motivos concretos, que sólo son observaciones aisladas, conjeturas sin fundamento. Pero son muchas sumas las que se adicionan y siento que estás tomando un rumbo en el que no quieres que te acompañe, en el que me he transformado en fardo, en lastre, en una pareja fondona que no puede habituarse al ritmo de una vida nueva que está brotando a tu alrededor.
Últimamente te siento distante. Últimamente me siento solo. Me dices que sí, me dices que no. Caes en contradicciones airosas, en silencios graves. Y te escurres cuanto puedes y me abandonas todos los días un poco más.
Y me pregunto si tengo miedo de perderte, si pienso que puedo seguir con esta vida suspendida, si concibo una mañana en la que ya no estés junto a mí. No lo sé… Sólo sé que mis ojos se llenan de lágrimas de un tiempo a esta parte, cuando sales de una habitación, cuando te vas a hacer deporte, cuando dices que tienes trabajo atrasado y te encierras en el estudio tras puertas de cristal.
No sé si soy lo bastante fuerte. Ignoro si podré enfrentar tu adiós.
Me siento solo y herido. Me siento frustrado y cansado. Te extraño y te desdigo. Y en la soledad de la noche no puedo engañarme más y me digo que ya no me quieres, que el amor se perdió en las conveniencias del día a día, en los recovecos de la normalidad, el aburrimiento y el azar.
Tengo miedo de oírte decir que me dejas, que nuestra historia de amor se acabó.
Últimamente, en medio de esas pequeñas cositas que son la vida, me lo vas diciendo y yo lo voy notando. Y aunque intente cerrar los ojos, mi piel no me miente, mis sentidos no me engañan: tú ya no estás aquí… Y aunque siempre hay una esperanza, esa oportunidad tiene un nombre nuevo y una nueva aventura para tu corazón.
Últimamente te quiero más que siempre… Quizá porque ya no te tengo. O porque no quiero que te vayas. O porque me siento solo sin ti. O porque no deseo que nada cambie… O quizá porque nunca he dejado, día a día, de enamorarme de ti.
Strauss & Berliner Philharmoniker: Arabella.
Arte/ Art, Música/ MusicLos vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
En una habitación/ In a Room.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music
Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.
La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.
O quizá no.
Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.
Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.
¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.
Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.
Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.
Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.
La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.
Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.
Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.
Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.
En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.
Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.
Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.
Durmiendo/ Sleeping.
El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicLullaby. Brahms.
La luna apenas se ve por la ventana.
Mayo llega a su fin y los días largos, lánguidos, se pierden en el horizonte vestido de azul.
Qué bella es la primavera de mayo, cuando lenta cambia hacia el verano, con sus días de calor soporífero, con esa sensación de lo que no termina nunca. Pero el último atardecer de mayo, que da la bienvenida a los días de junio, suele llegar con sigilo, encumbrándose con tranquilidad sobre el sol llameante; tan tranquilo, que apenas con los ojos podemos ver un tenue rayo, el planeo sutil de un día que acaba para no volver jamás.
Estás dormido. Lo sé. Resoplas cuando duermes. Esos labios carnosos se resecan a veces y a veces los humedeces de inconsciencia.
Me gusta verte dormir. Así eres todo mío. En el sueño somos uno, y el mismo corazón late, los mismos pulmones se llenan de aire y los mismos párpados cierran unas pupilas cansadas y en paz.
Duermes boca abajo. Con la cabeza ladeada. No la veo, escondida entre almohadas, pero no hace falta. Me sé de memoria la sombra que las pestañas dejan en tus mejillas, la discreta impresión que tu barba dibuja sobre las sábanas, y esa boca carnosa apenas cerrada por la que exhalas el aire que yo respiro.
Tu cuerpo está relajado. Lleno de vigor del dormido, lánguido se desploma cuan largo eres. No hay músculo que conserve ese tono a la defensiva, son todo piel y tacto, suave y placentero a la vez.
Nada hay más dulce que verte dormir. Como una vela encendida o la lluvia que comienza a caer tras los cristales, iluminas mi vida, humedeces mis ojos y reblandeces mi corazón. No puedo ser severo contigo; no paro de reír a tu lado. Tal es el efecto de tu vida en la mía. Y sin embargo no cambio por nada estos momentos en los que, juntos, viajamos por caminos separados y yo me quedo en el puerto del despierto mientras tú te alejas en la barca del olvido.
Qué bello eres. Libre de toda necesidad de gustar, desprendido todo interés humano, yaces volcado sobre ti mismo, a veces sobre mí, navegando con el vaivén de las horas, con total despreocupación y sin ninguna necesidad más que de silencio…
¿Oyes? Comienza una tormenta. Lejana. Un relámpago inunda la noche de cristal. Intenta quebrar la paz que entra por la ventana, y sólo es agua que nos regala, en un refresco momentáneo, una excusa para acercarme más a ti, buscando tu calor.
Recuerdo que la primera vez que estuvimos juntos, dormido tú después de un amor que no se agotaba nunca, me acerqué hasta tu oreja pequeña y te susurré si estabas despierto. Me lanzaste un manotazo y me gruñiste que ésa era tu intención. Yo me eché a reír. Levantaste la cabeza y me miraste con cara rara. Pero sonreíste un segundo, lo que duraron tus ojos abiertos, y te volviste a plegar sobre ti mismo como una interrogante que aún hoy me intriga.
Querido mío… Me gusta verte dormir. Que me hagas hueco entre tu cuerpo, encajando con una precisión que todavía hoy me asombra.
¿Oyes? Llueve. La última lluvia de mayo. El último suspiro de nube de esta primavera.
Me acurruco poco a poco junto a ti. Siento la blandura de tu piel, el firme tacto de tu cuerpo a mi lado. La lluvia cae sobre los cristales, el viento levanta el encaje de la noche, y algún rayo parece dibujarse a lo lejos.
Yo qué sé… Mis párpados pesan cada vez más, y giro imperceptiblemente mi cabeza para verte por última vez en esta noche de mayo.
Cuánto te quiero…
Promesas rotas/ Broken Vow.
El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Dime su nombre, quisiera saberlo.
No hay un motivo. O quizá sí.
Ponerle cara, saberlo real, tenerlo cerca.
Dímelo, por favor. Para saber cómo ha terminado lo nuestro y porqué.
No quiero hacerme fuerte ante ti. Me conoces demasiado bien. Y yo a ti. Es que quiero comprender qué tiene él que yo no; cómo es su voz y sus caricias.
Porque él te acaricia y te susurra cositas divertidas. Él te toma de la mano y te invita a un universo nuevo que no te aburre. Que no te aburre como éste que ambos construimos.
No soy masoquista. No me gusta sufrir. Pero me estás haciendo daño. Y al menos quisiera comprender, necesito aprehender, los motivos por los que él ha entrado en tu vida para arrebatarte de la mía; cómo ha sido posible que haya cerrado mis ojos y mi corazón a cada una de las negativas, a cada una de tus excusas y a nuestra falta de tacto.
No… No te culpo. ¿Qué ganaría con eso? Nada: ya te vas. Puede que sienta remordimientos conmigo por no haber sabido actuar antes, por no corregir a tiempo nuestro amor, por haber estado distraído y haberme confiado, por haberte dejado ir.
Ya sé, ya sé que somos un mundo. Pero nosotros teníamos un mundo que ya no existe. Y no es fácil ver alrededor todos estos trozos que me hacen daño. No tengo la voluntad suficiente para limpiarlos, porque aún te amo.
Sí… Lo he dicho. He dicho las palabras que él te dice y que yo he callado por tanto tiempo.
Y no. No es por sentirme culpable: te amo. Te quiero como la primera vez. A pesar de los desastres y del desgaste del día a día, aquello que prendió en mí sigue estando inalterable en mi corazón. Porque para apagar este amor hace falta algo más que palabras amargas y algún desconsuelo, hace falta que te vayas de mi lado y que tu espacio se vacíe en silencio y soledad.
¿Cómo te mira? Dímelo, por favor. ¿Y cómo te besa? ¿Se parece a mí…?
Déjalo, déjalo. No quiero hacerte sufrir más. A pesar que parte de mí le gustaría ver cómo tus ojos rezuman en llanto y cómo te remuerde la conciencia… Pero no. No me hagas caso. Sabes que no soy cruel, al menos no por naturaleza. Soy aplomado, aburrido, asentado. Doy todo por hecho y el amor, y en el amor, no hay esfuerzo suficiente, no hay día o noche sin cuidados.
Cierro los ojos y te veo y sonrío. Y nos veo y sonrío. Y oigo esa risa tuya que es como una cascada y tus ojos brillantes al atardecer, nuestras pieles traslúcidas, tu sudor y el mío… ¡Oh! Cómo me gusta abrazarte… Sentirte en mí, a través de mí; oler tu perfume; sentir la blandura de tu piel callada, sedienta, pausada…
No te preocupes. De verdad. Te dejo ir en paz…
Sí, ya sé que te preocupas por mí. Yo también. Por mí y por ti.
¿Recuerdas aquella capillita de La Lanzada? El aroma del mar, el viento rabioso entraba a espuertas, y los santos salados rezaban oraciones que nosotros adivinamos. Entramos juntos como novios nerviosos, con sonrisas pequeñas. Traspasamos su umbral y nos llenamos de paz. Una paz que habitaba en aquel silencio, en aquel altar vacío lleno del ulular de la brisa del mar. Nos acercamos. Los santos nos sonreían con esa beatitud inhumana. Creamos esas estatuas para que sean aquello que nunca seremos capaces de ser los hombres. Una ventanita iluminaba el centro del altar y allí nos detuvimos. Nos vimos a los ojos. En aquella beatitud todo era apasionante: tu rostro, tu sonrisa, tu cuerpo lleno de belleza, tus manos en las mías. Y allí pronunciamos nuestras promesas de amor, nuestros sueños por cumplir. En aquella capillita, en donde la ley humana nos impide ser lo que éramos uno para el otro, pronunciando nuestros nombres nos unimos, y la pasión llenó aquellas paredes benditas con un placer carnal y un placer crepuscular que me hizo llorar en la penumbra y besar tu sombra para siempre.
Jamás pensé que romperíamos esas promesas, que dejaríamos pasar unos votos de amor que quizá nunca debieron pronunciarse. Pero dices que nada es para siempre… Y puede ser.
Dime su nombre. Háblame de él. ¿Cómo es? ¿Es alto y feo? ¿Es bajo y regordete? No lo sé, cualquier cosa… ¿Te ama como te amo yo?
Qué tontería…
Perdóname… Sé que tienes prisa. He visto que ya no te quedan cosas en casa. Y ahora te vas…
¡Espera! Espera un instante nada más… Déjame abrazarte por última vez. Déjame creer que aún la vida no se ha detenido y que la ilusión del amor aún habita entre nosotros. Y sentir tus labios crujientes y tu piel de adiós…
Daría mi vida por haber cumplido aquellas promesas, daría mi vida para que tú hubieses sido feliz a mi lado. Y aunque ahora sólo nos rodeen promesas rotas, hay una que está todavía con vida y que late en mis manos y se llena de mi corazón… Anda, tienes la puerta abierta. Vete ya, vete sin miedo. No diré nada, no saldré en la noche a clamar tu nombre, no lloraré en las esquinas una ilusión perdida, no dejaré que la última de las promesas que nos hicimos se pierda, como las demás, en las brumas del tiempo.
Sé feliz. Se feliz con él. Que te besa y te desea, que te dice que te ama y te acaricia, que te brinda su apoyo y su calor, que duerme a tu lado y te hace reír.
Sé feliz. Y nunca mires atrás. Porque me encontrarás allí, rodeado de promesas rotas, amándote todavía, a pesar de la soledad y de la amargura, por un tiempo eterno.