




A veces lo pienso, y puede que siempre sea la última Navidad.


De la película Fievel y el nuevo mundo (1986) una de las baladas más hermosas que se hayan compuesto para el cine de animación (sin ser de Alan Menken & Howard Ashman): Somewhere Out There.
Dos hermanos que se extrañan y se buscan en las intricadas aguas de la emigración y la separación fortuita. Las aventuras de Fievel, buscando a su familia, resumían el duro trance que la ruptura de la conocido y la sorpresa de lo nuevo ha sembrado en cada una de las personas que, por una razón u otra, han tenido que dejar su lugar de origen.

De un tiempo a esta parte escucho, entre asombrado y algo apenado, que vamos absorbiendo esa tendencia anglosajona (heredada, transformada por el tiempo, de los latinos y los griegos, y aún más allá en el interior de la Historia) de buscar héroes, personas a las que imitar, en las que buscar inspiración y que admiramos por encima del sentido común.
Estoy un tanto cansado de oír que necesitamos héroes, figuras referenciales, que nos inspiren a tomar una actitud u otra, que justifiquen nuestras ansias y anhelos, para usarlos de patrones transformadores de nuestro edificio vital y adquirir, de esa forma, una estructura de comportamiento, una meta y un logro.
En esto veo un gran error. Para alguien que ha carecido toda la vida de punto de referencia externa, esa obsesión por encontrar patrones de conducta y de inspiración me resulta alarmante. No tanto por sí mismos, si no por la excesiva importancia que se le está prestando, pasando de ser puntos de referencia coral a faro que guía el camino de una persona.
Decir que cada individuo en un mundo parece ahora más necesario que nunca. Admirar la cualidad que distingue a alguien de los demás es saludable y necesario; querer aprehenderla dejando nuestra personalidad a un lado es lo peligroso. Nos llenamos la boca de que necesitamos más personas-símbolo en vez de más personas-personas, sencillas y simplemente humanas. No porque haya más individuos discapacitados yo como unidad y la sociedad como conjunto, nos vemos obligados a cambiar. Por más que una estrella o alguien famoso (es que ahora todos son «celebridades» o «estrellas»… ¿de qué?) se identifique con una identidad de género, con un problema de dependencia, o con una actitud socialmente admirable, no va a hacer que desaparezcan las circunstancias vitales que rodean a nuestra sociedad; no la hace más relajada o abierta o flexible. La casa no se arregla por el tejado. No necesitamos más héroes de película, necesitamos héroes del día a día, personas normales que sonrían al ofrecer un servicio, que saluden de mañanas, que dejen su asiento al necesitado, que vivan su vida diaria con unos principios que equivalen a una estructura educacional que se adquiere en el hogar (no en el colegio), que se gana con el pulso diario.
De nada me sirve saber que éste o aquél es homosexual, transexual, pansexual, fluido, negado, independentistas, rojo, azul, negro o blanco. Mi vida es mejor porque ellos elevan, conmigo, la estructura del mundo; hacen que las fronteras de lo excelso sean más alcanzables; engrandecen en su pequeño aporte las gracias humanas; pero no las dignifican más, no las idealizan. Eso es añadir una carga de responsabilidad que esas personas-símbolos no merecen y que muchas veces son incapaces de sobrellevar. Y llegan las decepciones y los ídolos de pies de barro (todos lo somos). Porque colgar las esperanzas y las ilusiones a estos supuestos héroes no es más que trasvasar la costumbre cristiana de confiar en santos; somos politeístas de las virtudes (y pecados), y exigimos a esas pobres personas una rectitud, una falta de flexibilidad, ajenas a la naturaleza humana; esas personas, si bien les adula tal anhelo llevado a riesgos de fe, no están preparadas (y muchas veces ni lo desean) para semejante carga.
No necesitamos más héroes, no necesitamos símbolos de comportamiento. Sólo con el trabajo interior, la educación recibida en casa, y aquella que nos granjeamos cuando empezamos a tener consciencia de criterio, seremos capaces de construir un mundo mejor, donde el ejemplo sea práctico y transmisible, sin idealismos huecos, sin individuos idealizados que ni merecen semejante trato ni requieren tanta atención.
A fin y al cabo el trabajo es individual, el resultado multitudinario, contagioso y esperanzador. Porque siempre seremos nosotros mismos en ese baile de espejos; no corramos el riesgo de perdernos en imitaciones baratas de esos ídolos, ni busquemos la encarnación de una virtudes que desearíamos tener en ellos, olvidando cultivarlas en nosotros mismos.
Ya lo cantaba David Bowie: todos somos héroes, aunque sea por una noche.
Que esa labor no termine nunca y cristalice para siempre en nosotros, y brille en cada acto, en cada sonrisa, en cada condescendencia con los demás. Porque podemos ser héroes sin necesidad de otros héroes, por una noche, y por la eternidad de nuestra vida.

Calles de fuego es una película estrenada en 1984, sita en otro tiempo y lugar, bebe de las raíces de los años 1950 y los propios 1980. Era extravagante, con un reparto muy guapo (y algunas estrellas que salieron de ella) y la idea de que una fantasía callejera mezclada con música rock llevaría a los chicos a las calles a cambiar el mundo, o al menos a hacerlo algo más divertido.
Esas esperanzas que impregnaban la década de los 1980.
Y que curiosamente han llegado hasta hoy.
La sala de cine, con el mejor sonido Dolby del momento, esas imágenes y esa música poderosa, la belleza arrebatadora de sus dos protagonistas, los amigos buenos, el malo malísimo, la ropa de cuero, losa coches de los años 50, las motos, el juego de luces y la locura textil de la década de origen hicieron de este pastiche una película que ha permanecido en la memoria colectiva de todos lo que éramos adolescentes (o pre-adolescentes) en esa época maravillosa donde la música era un lazo de unión que no atragantaba todavía y donde las hombreras gobernaban el mundo (ojo, que ya están aquí) y el cardado y el corte de pelo asimétrico y los punks eran poco más que la representación del Inferno con su aspecto agresivo a la vez que tierno de animal herido y desubicado.
En contra de lo que se piensa, la década de los 80 no fue una época fácil, pero fue luminosa para la música, el cine, el arte en general, medios que hacían que la vida se aligerara y amansaban el espíritu roto de una juventud que enfrentaba la desgracia del paro de más del 25% y la peste de la heroína y del VIH como podía, generalmente escudados en sus Walkman, sus cintas de 60, 90 y 120 minutos, sus Donkey-Kong, sus máquinas traga-perras llenas de Tetris y Pac-man y Marcianos y la eterna ilusión que ser joven era aquello, disfrutar de una buena canción, de una buena película, mientras bailaban con sus zapatillas Reebok blancas y los vaqueros Levis’ 501 arremangados en los tobillos, escapando del frío con cazadoras de jean repletas de chapas y los cuellos y las frentes adornadas con bandanas multicolores.
Después de más de 30 años todo sigue más o menos igual. Todo parece nuevo porque los ojos que ven la realidad no conocen lo que una vez hubo pasado. Se visten igual, están igual de perdidos, sus luchas se mezclan con la teatralidad del mundo, repleto de dirigentes ineptos que les ofrecen grotescos reflejos de sí mismos; y tienen sobre sí la losa de la sobre-información y de su accesibilidad; navegan en un mar de tendencias múltiples (ya no hay una creatividad uniforme que defina al siglo) sin puntos de anclaje, y deben enfrentarse a su meta de auto-definición en un terreno de arenas movedizas.
Pero no todo es malo. Son gente más abierta (no son perfectos), intentan ver lo que les rodea con naturalidad, que es un punto más allá de la aceptación; se enfrentan a problemas similares con el mismo espíritu hambriento (bueno, algo más atemperado, que el medio es menos hostil) y descubrirán lo que significa ser joven: atravesar el mar de la vida con las armas de las artes y de las ciencias y crear un mundo propio, inclusivo, abierto, único y por tanto irremplazable y perecedero. Descubrirán que ser joven es haber vivido y que todo queda atrás, a la espera de que la siguiente generación atraviese sus calles de fuego en búsqueda de la ansiada felicidad. Una felicidad que es eso: vivir cada día como nos es regalado, con los dos pies en el presente y el corazón en la mirada.

En vísperas de Todos los Santos, Don Juan Tenorio encuentra su redención gracias a su Ángel de amor.
En el musical Don Juan Tenorio, basado en la obra homónima de Zorilla, pone música a esos versos universales, quedando aquí reflejado uno de los monólogos más famosos del drama.
Siguiendo la tradición: Don Juan Tenorio para todos.
Acto IV: Don Juan consigue encontrarse con Doña Inés a pesar de la oposición del padre de ella.
| DON JUAN Que os hallabais bajo mi amparo segura, y el aura del campo pura libre por fin respirabais. ¡Cálmate, pues, vida mía! Reposa aquí, y un momento olvida de tu convento la triste cárcel sombría. ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor? Esta aura que vaga llena de los sencillos olores de las campesinas flores que brota esa orilla amena; esa agua limpia y serena que atraviesa sin temor la barca del pescador que espera cantando al día, ¿no es cierto, paloma mía, que están respirando amor? Esa armonía que el viento recoge entre esos millares de floridos olivares, que agita con manso aliento; ese dulcísimo acento con que trina el ruiseñor de sus copas morador llamando al cercano día, ¿no es verdad, gacela mía, que están respirando amor? Y estas palabras que están filtrando insensiblemente tu corazón ya pendiente de los labios de don Juan, y cuyas ideas van inflamando en su interior un fuego germinador no encendido todavía, ¿no es verdad, estrella mía, que están respirando amor? Y esas dos líquidas perlas que se desprenden tranquilas de tus radiantes pupilas convidándome a beberlas, evaporarse, a no verlas, de sí mismas al calor; y ese encendido color que en tu semblante no había, ¿no es verdad, hermosa mía, que están respirando amor? ¡Oh! Sí, bellísima Inés espejo y luz de mis ojos; escucharme sin enojos, como lo haces, amor es: mira aquí a tus plantas, pues, todo el altivo rigor de este corazón traidor que rendirse no creía, adorando, vida mía, la esclavitud de tu amor. |
DOÑA INÉS Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!, que no podré resistir mucho tiempo sin morir tan nunca sentido afán. ¡Ah! Callad por compasión, que oyéndoos me parece que mi cerebro enloquece se arde mi corazón. ¡Ah! Me habéis dado a beber un filtro infernal, sin duda, que a rendiros os ayuda la virtud de la mujer. Tal vez poseéis, don Juan, un misterioso amuleto que a vos me atrae en secreto como irresistible imán. Tal vez Satán puso en vos: su vista fascinadora, su palabra seductora, y el amor que negó a Dios. ¿Y qué he de hacer ¡ay de mí! sino caer en vuestros brazos, si el corazón en pedazos me vais robando de aquí? No, don Juan, en poder mío resistirte no está ya: yo voy a ti como va sorbido al mar ese río. Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro. |
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| DON JUAN ¿Alma mía! Esa palabra cambia de modo mi ser, que alcanzo que puede hacer hasta que el Edén se me abra. No es, doña Inés, Satanás quien pone este amor en mí; es Dios, que quiere por ti ganarme para Él quizás. No, el amor que hoy se atesora en mi corazón mortal no es un amor terrenal como el que sentí hasta ahora; no es esa chispa fugaz que cualquier ráfaga apaga; es incendio que se traga cuanto ve, inmenso, voraz. Desecha, pues, tu inquietud, bellísima doña Inés, porque me siento a tus pies capaz aún de la virtud. Sí, iré mi orgullo a postrar ante el buen Comendador, y o habrá de darme tu amor, o me tendrá que matar. |
DOÑA INÉS ¡Don Juan de mi corazón! |
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| DON JUAN ¡Silencio! ¿Habéis escuchado…? |
DOÑA INÉS ¿Qué? |
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| DON JUAN (Mirando por el balcón.) Sí, una barca ha atracado debajo de ese balcón. Un hombre embozado de ella salta… Brígida, al momento pasad a ese otro aposento, perdonad, Inés bella, si solo me importa estar. |
DOÑA INÉS ¿Tardarás? |
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| DON JUAN Poco ha de ser. |
DOÑA INÉS A mi padre hemos de ver. |
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| DON JUAN Sí, en cuanto empiece a clarear. Adiós. |