E=mc2 o Ciencia y Creencias/ Science and Beliefs

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   De una entrada del fascinante y entretenido blog El Pakozoico que sigo con ahínco, prendió mi interés un comentario hecho por Françesc Gascó en el que se definía, como muchos científicos aún hoy día, un hombre de Ciencia, de pruebas y hechos irrefutables con experimentos repetidos hasta la saciedad con idénticos resultados, asegurando haber sufrido una metamorfosis (por lo demás muy característica de todos aquellos que nos dedicamos a alguna rama del saber científico) que lo había llevado del pequeño niño que vivía imbuido en creencias hasta el paleontólogo riguroso que es hoy.

   Siempre es incómodo emplear el término creencias en el ambiente científico. Y sin embargo está muy impregnado de él. No es muy popular oír a un científico emplear palabras como corazonada o intuición. Y sin embargo la Ciencia está llena de esas actitudes que la mayoría intenta ocultar.

   No quiero decir que Françesc esté equivocado. Todo lo contrario. Creo que está en el camino correcto. El que lo va a llevar al lugar que todo científico veraz disfruta, y es al del equilibrio delicado entre el lenguaje del corazón y el del cerebro, ese diálogo maravilloso que se establece entre el alma sabedora y la mente sedienta de conocimiento.

   En Medicina hablamos de Literatura cuando mencionamos la ingente bibliografía que nos rodea. Y nos basamos en ella para explicar nuestros procedimientos y para sintetizar nuestros protocolos de actuación. Es la forma correcta de trabajar. Pero sin querer llegamos a olvidarnos que vemos pacientes y nos aferramos a esos decálogos de actuación que son revisados más o menos regularmente, porque nos sirven a la vez de guía y de red de seguridad. Si algo va mal siempre nos referimos a la Literatura científica y la probabilidad (porque Medicina es una ciencia probabilística dentro de una base de hechos más o menos constantes) de que la respuesta errónea ocurra sin llegar a pensar que quizá la probabilidad de que haya ocurrido se base más en el individuo que estamos tratando que en el cuerpo científico en el que nos basamos para atenderlo.

  Cuando ya llevamos una cierta cantidad de tiempo en este negocio nos damos cuenta que esa literatura tiene un ritmo cíclico, es una marea de conocimiento que vuelve sobre sus pasos una y otra vez: lo que se ha desechado vuelve a retomarse y lo que una vez se consideró pionero deja de serlo…, hasta la siguiente revisión. Precisamente como es un cuerpo de conocimiento en constante cambio, nuestra tendencia a creer y fosilizar ese conocimiento hace que nos aferremos a él con un ansia que hace fácil perder los límites de una actuación más cercana al paciente, más personalizada.

   En toda rama de la Ciencia pasa lo mismo. Acabamos abrazándola con un ardor de creencia y ella nos vomita una y otra vez su constante cambio, su única inestabilidad. Creemos que algo no puede ocurrir y llega alguien, siguiendo una corazonada, un sueño, un pálpito dentro de su quehacer diario, y demuestra que todo es posible. Y si todo es posible, la creencia fosilizada que caracteriza nuestra actitud, pasando un objeto de fe a otro, también es errónea.

   No soy un científico al uso. Quizá me queda grande esa palabra. Me impregno de conocimiento, pero dejo que mi intuición forme parte del equipo de deliberación de mi mente; invito a mi alma que susurra a establecer un diálogo con mi cerebro que grita para encontrar un camino que me lleve, a velocidad luz, si no a la consecución del problema, al menos a hallarme cerca de él.

   Hay más estadios en la Ciencia: de creer fosilizadamente en su inamovilidad (por ejemplo, de la física newtoniana o del psicoanálisis freudiano) a su aparente desorden e influenciabilidad (la cuántica con el principio de Heisenberg a la cabeza o las posturas del comportamiento jungianos) todos los pasos que nos llevan a liberarnos de sus grilletes, igual que hicimos con los de la religión canonizada (de la vertiente que sea), nos garantizan un pasaporte a la evolución y  a la verdadera libertad científica y, más íntimamente, humana.

   La discusión sobre Dios, por ejemplo, no tiene sentido: no se puede negar algo de lo que apenas sabemos nada. Ese hecho no lo hace improbable, lo hace indemostrable, que es otra cosa. Hasta que alguien lo consiga (o no). Hemos sido testigos a lo largo de la historia de la Ciencia de tantos casos similares: la luz como partícula y como onda, la partición del átomo, la antimateria… Y seguimos empeñados muchos de nosotros en parecernos a los religiosos de libro, cada uno con su libro en la mano, y su intolerancia.

   Un verdadero científico confía en su instinto; un religioso real sabe de corazón que es falible. La intolerancia de la masa intermedia es la que contamina el camino de muchos y  a veces lo hace imposible. Pero, en el fondo, nada hay imposible para el alma valiente que quiere saber y evolucionar y que sabe que Ciencia y Creencias van de la mano hasta hacerse uno, como todo lo que nos ocupa en la vida.

Diez años/ Ten years.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

 Diez.

   Dedos.

   Cien.

   Brazos.

   Mil.

   Besos.

   Tú y yo.

   Diez años juntos.

   La historia que viene y va. Cuando temblaba al verte. Cuando me abrasaba besarte.

   Mil palabras de amor.

   Cien amaneceres enredados.

   Yo y tú.

   Diez años de amor.

   Un día y otro más.

   Y seguimos aquí. Juntos.

   Un día y  otro más.

   No somos los mismos. Ni el amor es igual.

   Diez años juntos.

   Y muchos más.

No para mí/ But Not For Me.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

   Se componen canciones de amor, se recitan bellos poemas. Pero no para mí.

   El cielo cuajado de estrellas, guiñando sus ojos eternos, protege a los amantes. Pero no me protege a mí.

   Las manos se unen en una caricia. Que no es para mí.

   Las espaldas se arquean buscando un calor que no es para mí.

   Y los labios sonríen y se humedecen y reparten besos de amor. Que no son para mí.

   El amor busca sus vías, atraviesa todo océano y toda lluvia gris para llegar al corazón deseado. Como me pasó a mí.

   Y sentí el arrebato de una marcha alocada, que llenó de plumas mi pecho sediento. Y cada paso era un escalón al cielo.

   Estar cerca, hablar de cerca, rozar una parcela de piel y quizá un mechón de su pelo. Hablar sin decir gran cosa por el simple placer de oír ese timbre divino. Y perder el sueño soñando despierto y correr sin detenerse y saltar al vacío del amor sin seguros ni redes.

   Hasta que me tomó de la mano y me llevó a un apartado. La luna brillaba lejana, pálida y discreta. Sus ojos oscuros, su nariz recta, y esos labios llenos de los besos que deseaba darle y el aroma de su perfume exhalando suspiros en su piel.

   – No, no te quiero así.

   Dijo.

   Y los poetas componen versos de amor. Y el violín suena y también la flauta. El río reverbera, acuoso y lleno. Y el viento hace levitar los corazones. Todo parece ser más liviano y todos tienen a su lado alguien que les hace feliz. O al menos es lo que creen.

   He ahí la felicidad, dicen.

   Pero no para mí.

En el desván/ The Attic.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En esto de clarear el ambiente, un nuevo año que comienza, que el otoño representa la renovación del año que se va quedando atrás, mudar de piel como los árboles de hojas, y que iban siendo horas de limpiar el espacio del desván, ayer me arrojé a la arriesgada tarea de subir y comenzar a clasificar aquello que debería definitivamente irse de mi vida y qué quedarse.

   Sobra decir que la mayoría de las cosas acabarán yéndose: han cumplido una función y es hora de dejarlos atrás. Como los recuerdos, los objetos del tiempo pasado ocupan un espacio y un peso en la vida y, llegado el momento, deben dejar sitio a algo nuevo o, como cada vez prefiero, un espacio libre (que no vacío).

   No me lo esperaba (hay demasiados aparatos electrónicos que desechar, viejos televisores, ropa apolillada o que ya no tiene más uso que el de avivar un recuerdo lleno de tactos o un aroma a lo que pasó y no vuelve más) y sin embargo fui tropezando aquí y allí con objetos pequeños, sin importancia real, que me recordaron de repente quién era yo por esos años, aquel que perdí de vista y que forma parte de ese ser al que continúo llamando yo mismo y que casi no reconozco.

   Parece mentira, pero conforme pasan los años gano kilaje corporal y pierdo peso de memoria. Los objetos acumulados en el desván nos recuerdan quiénes fuimos o porqué fuimos de una forma determinada, las opciones que elegimos y lo fugaz que es el paso del tiempo: todo lo olvidamos y todo se deja atrás.

   Ayer, mientras comenzaba una labor que va a llevar días, entre polvo y telarañas, mi memoria jugó conmigo y me retrató, con sensaciones y sentimientos evocados, cómo una vez fui y olvidé que era.

   Por ejemplo, mi estupenda caligrafía. Y lo detallista que era para todo. Encontré unas cintas de audio, tan bien escritas y guardadas con tanto cariño, cintas de 60 y de 90 minutos, y el walkman que iba conmigo a todas partes, golpeado por la vida y que, en un arranque de morriña, guardé estropeado junto con las cintas. Las melodías que hay guardadas en ellas y que ya casi ni escucho…

   En otra caja aún sobrevivían mis cuadernos de apuntes de primero de carrera, cuando tenía dieciséis años y creía en un futuro agraciado del que obtendría todos mis sueños… A lápiz y  a bolígrafo, bioquímica, química orgánica y y los secretos de la vida microscópica que nos hacen lo que somos, comenzaban a descubrirse; si alguien hoy los viese jamás pensaría que esa caligrafía fuese la mía: abandoné el arte del buen escribir como muchas otras cosas sin excusas reales, porque nada justifica el abandono de la memoria a la que nos entregamos cuando jugamos en serio, o lo que pudiese ser en serio, ese juego de la vida que nos engaña, precisamente porque ningún juego ha de deberse tomar seriamente.

   Carpetas hechas a collage con aquellas cosas que me llamaban la atención: obras de arte, anuncios, carteles de películas, carátulas de elepés, la música que oía por aquellos años, cuando era demasiado joven para el mundo en el que me desenvolvía, jugando unas cartas que me venían quizá un poco grandes y padeciendo una ceguera de sentido común algo tierna y embarazosa a partes iguales.

   No fui feliz en esos años. Pero quién sabe si lo soy ahora.

   El primer ordenador con su impresora. Epson modelo Apex, traída de los EEUU sin ñ en el teclado, que por cierto pesaba un montón. El primer lector de cedés, la cadena musical que tenía dos lectores de cintas y permitía grabar de una cinta a otra (eso sí que fue un gran avance técnico). Cuando visitaba en Simago la planta de música y de objetos de papelería, y en la esquina siguiente, entraba en Follas Novas para aspirar el olor de los libros y curiosear las novedades editoriales y hojear por encima los textos sobre Nueva Era que tanto me interesaban. Hay cajas enteras llenas de esos libros que encierran tanta sabiduría y vacío a la vez, exactamente como la propia vida.

   Y ropa, alguna que todavía hoy pudiese valer. Lo que quiere decir que estaba muy gordo o ahora muy delgado, cosa que pongo en duda.

   Y fotos, con cortes de pelo redondeados, muy Llongueras, atentados contra el buen gusto sin duda, y mis gafas culo de vaso antes de que existieran para mí las lentes de contacto blandas (de aquélla estaba condenado a las lentillas duras y esa-tortura-no-estaba-hecha-para-mí).

  Entre el polvo y los recuerdos, ayer me pasé la mitad del tiempo en una bruma de tiempo ido y de estornudos. En el desván todo es posible. No sé porqué los científicos siguen buscando cómo viajar en el tiempo, con lo fácil que es dejarnos ir de la mano de los recuerdos y de las cosas vacuas que vamos amontonando, con el paso de los años, en los rincones polvorientos del desván.

   Lápices de colores y carboncillos, con bocetos que parecían apuntar algo de talento; escritos apasionados que seguro hoy no se librarían de mi propia censura y que tanta importancia llegaron a tener para mí; una forma de ver el mundo no muy diferente a la de hoy, más apasionada quizá, más ciega, pero no menos real que la actual.

   ¿A quién se le ocurre escuchar a Aute a los once años? ¿Y a Silvio Rodríguez? ¿Y a Supertramp? De Roberto Carlos a Whitney Houston, de Air Supply a 4:40 (de aquélla aún no se llamaba: Juan Luis Guerra y 4:40), de Juan Pardo y María José la de los Pajaritos a A Roda, de Emanuel a Eros Ramazotti , de Lionel Richie a Phil Collins, de V a El pájaro espino, de La bella y la bestia a Moonlighting, de La guerra de las galaxias a Dirty dancing, de Los ángeles de Charlie a Magnum PI… En fin…

   Aún me queda mucho por hacer y mucho que revivir. No me molesta ese encuentro conmigo mismo, al contrario, me da una perspectiva diferente y me sirve de plataforma para decirle adiós. Porque todo se va, todo se mezcla en las líneas del tiempo ido y todo se transforma, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.

   En el desván la vida se acumula y pasa, amontonada, llenando el corazón.

Aprendiendo (a disculparse)/ Learning To Say I’m Sorry.

Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Si hay algo que nos cuesta, al menos a mí, es reconocer que desconocemos un tópico o que cometemos errores. Vivimos en el mundo español en donde está mal visto equivocarse o admitir que somos falibles. EN el mundo anglosajón, cuya lucha por la excelencia es bien conocida, sin embargo el hecho de admitir que algo se ignora o que se ha fallado no es motivo de vergüenza ajena, si no de admiración y de afán de superación.

   Lejos de mí pretender laureles cada vez que meta la pata, pero el sacrifico público cuando un error hace aparición debería erradicarse. El fallo nos acerca a la Excelencia lo mismo que la perfección (o la creencia de que somos infalibles) nos aleja de ella.

   Y se me dirá que la Excelencia es Perfección. Pues no. Excelencia significa evolución continua, detección de errores, de fallos potenciales o reales y perfeccionamiento de los procesos y los mecanismos que nos llevan a una ejecución más fiable. Como se ve, hay una diferencia abismal entre ambos conceptos.

   Como todo en la vida humana, hay muchos factores en juego. El orgullo profesional, ese inquino vecino de al lado, es lo que más daño hace a las relaciones laborales (vamos a aparcar por ahora las personales), al menos como lo entendemos los ibéricos. Hay otros que tienen un papel de importancia variable, pero el miedo a lo que piensen los demás de nosotros, a que se burlen de nosotros o a que simplemente critiquen, puede llevarnos a que creemos barreras mentales y de actuación que intenten protegernos de la maledicencia profesional.

   Es un gran error y el mayor de los obstáculos. Más en una carrera como la mía, en la que jugamos con probabilidades, en la que el bien no es en blanco y negro y el saber es demasiado fluido para que lo poseamos con una certeza tan apabullante como para sentar cátedra sobre ello. Es difícil imaginar en nuestro país un catedrático ajeno a la pompa y a la autoafirmación; puede que ese teatro cuele intenciones al comienzo, pero con el paso del tiempo la máscara cae y el verdadero rostro de la mediocridad sale a la luz. Creo que se puede valorar el verdadero saber de una persona en su grado de inocencia, en su grado de sencillez, en su forma de seguir preguntándose y en la seguridad con la que afirma, por lo demás como si estuviese recitando la lista de la compra: No sé.

   Eso es un gran regalo y un bien muy escaso.

   Durante la guardia nuestra secretaria me comunicó que una familia quería entrevistarse conmigo para discutir el caso de su familiar. Ella me tenía lista una copia del informe de cierre de historia que yo había redactado (la enferma había muerto durante su estancia en la UCI.) Menos mal, porque así por nombres no suelo conectar con los casos que tenemos a diario.

   Apenas estuvo 48 horas ingresada. Un caso de parada cardio-respiratoria mientras estaba ingresada en el hospital por un cuadro abdominal y de daño cerebral masivo por la falta de oxígeno. Un caso extremo por la agudeza de los acontecimientos. Además, la enferma tenía una relación inusual con su familia más cercana: desconocían que llevase tiempo ingresada en el hospital y nos costó ese tiempo encontrarlos y hacerlos venir para transmitirles las malas nuevas. Nunca es fácil transmitir malas noticias: que una mujer joven haya fallecido por daño cerebral tras una parada cardio-respiratoria es tanto más traumático cuando ni sus padres ni su hermana sabían de antemano si quiera que estuviese enferma.

   Yo no fui el responsable de transmitir las malas noticias, puesto que entregué la guardia mucho antes de que ellos llegaran a la UCI a saber de la paciente. Fue una compañera quien se encargó, a regañadientes eso sí, de hacerlo.

   Eso es empezar mal, desde luego. No  es una tarea fácil, sobre todo entrando de guardia. Lo mismo me había pasado en la guardia que dejaba, en la que comenzamos el proceso de búsqueda de los familiares en cuestión. Pero asumí en mi momento el papel de transmisor de las noticias porque era mi deber. Si me hubiese resistido, seguro que hubiese actuado como mi compañera al día siguiente.

   Y no es que lo hiciera mal. Para nada. Cumplió con su deber. Pero lo hizo de mala gana y un tanto ásperamente. Hasta se olvidó de pedir el permiso para el estudio pos-mortem que tenemos por rutina ante casos en los que desconocemos las causas de un óbito. Eso yo lo ignoraba cuando cerré el informe definitivo (lo di por sentado) aunque tampoco es de alta relevancia.

   Pero para la familia afectada sí lo fue.

   Así, me vi ayer con la noticia de que deseaban entrevistarse conmigo dos meses después. Tenían mi nombre porque yo había firmado el informe, nada más. Debo reconocer que una petición así me sorprendió, pero no vi nada de malo en aceptar entrevistarme con ellos. Les di una cita para las diez de la mañana, justo después de dejar la guardia.

   Pero a eso de las ocho de la mañana, mientras reposaba en uno de los sillones que tenemos para descansar durante la guardia, una mujer y un señor ya mayor comenzaron a merodear el pasillo donde están nuestras dependencias. Intrigado, me levanté aún con la manta que uso para correr el frío nocturno literalmente pegada a mí.

   Les asusté, creo, mas no era mi intención. El señor mayor era claramente el padre de la mujer que me abordó diciendo mi nombre. Inmediatamente me di cuenta que eran los familiares de la cita. De la forma más rápida y evidente que pude, tiré la manta a un lado y me alisé el pijama y el pelo. La chica obviamente se dio cuenta y me pidió disculpas por la hora y por haberme asaltado así.

   – ¿Está de guardia?

   La respuesta era obvia.

   Los hice sentar en nuestra mesa de reuniones y procedimos a la entrevista.

   Llevaban dos meses preocupados, preguntándose muchas cosas, intentando reconstruir esa semana en blanco para ellos que había sellado el destino de nuestra paciente, hermana de la chica e hija de señor que la acompañaba. Les entendí perfectamente. Formaba parte de un proceso de duelo por el que todos solemos pasar.

   Les intenté ayudar en lo que pude, con el escaso conocimiento que tenía del caso en cuanto a riqueza de detalles y ellos parecieron entenderlo. Cuando parecía que todo iba encauzado, la chica me aclaró que formaba parte del estamento del servicio de salud aunque no era profesional sanitario y me hizo la acotación sobre la ausencia de petición del estudio necrópsico. Ellos no lo pidieron porque se encontraban bloqueados por los acontecimientos pero pensaba (con toda la razón) que era nuestro deber ofrecer la posibilidad de una autopsia para poder conocer mejor los hechos que debieron desencadenar los hechos tan tristes que habían vivido.

   Tuve que pedir disculpas por ese fallo y por otro: ser desconocedor de que no se había pedido. Yo lo di por supuesto y mi deber como la persona que cierra la historia es comprobar que todo está en su lugar.

   Aceptaron gustosamente mis disculpas. No sé si se lo esperaban, pero desde luego les relajó mucho. Entre las explicaciones que buenamente pude verter sobre lo que suponía que había ocurrido con los datos que tenía del caso y mis disculpas por nuestro fallo (por lo demás, de escasa importancia sobre el asunto pero de alto valor ético para ellos) sentí que había llegado a un estado de comprensión no fácil de alcanzar entre los familiares y el médico que informa. Al despedirnos lo pude apreciar no sólo en sus palabras si no también en sus gestos: una sonrisa triste y un apretón de manos enérgico y decidido.

   Esto apenas ocurre en España. Hay un hiato todavía insalvable entre la actividad médica y la actitud familiar. Y no hablo aquí del extremo que vivimos en la actualidad que estriba en la de exprimir los errores médicos para beneficios económicos en su mayoría, si no en el de la petición serena de información, el intercambio de pareceres, la solicitud de ambas partes y la sinceridad adecuada entre los hechos, lo que puede ocurrir y los sentimientos que tienen lugar en esos momentos breves de encuentro cercano entre familiares y médicos.

   En este caso, dos meses después y por insatisfacción y curiosidad y, como después supe, algo más, ya sólo por sentarme a escucharles, por responder a ciertas preguntas desde mis posibilidades y por haber pedido disculpas por ese error, la ansiedad que les traía y cierta incomodidad se diluyeron y un  baño de tranquilidad pareció llenarles.

   Sólo por pedir perdón… ¿Quién lo diría?

   Al mediodía, cuando me disponía a marcharme a casa, volví a ver a la chica, pero esta vez venía acompañada de su madre. La señora estaba igual de ansiosa que ella por la mañana. Me pidió que le dijese lo mismo que a ellos. Y aunque la señora preguntó cosas de su cosecha, básicamente le expliqué lo mismo y, ahora yo más relajado, volví a expresar mis disculpas ante el error de no pedir la necropsia. Estudié sus expresiones: seguían asombrándose de que un médico expresara sus errores y los aceptara.

   Cuando me despedía de ellas, cansadísimo de la jornada, la madre me detuvo de nuevo en el pasillo.

   -¿No sufrió, verdad?

   Sus ojos lo decían todo. Su hija, de vida un poco difícil, había encontrado la muerte sola, en un recinto hospitalario con apenas cuarenta años.

   Esa mirada pudo conmigo y con mi cansancio. En otro momento le contestaría cualquier cosa para dejarla tranquila y a mí libre para volver a mi casa. Pero estaba aprendiendo a disculparme y ellos eran mis maestros. No podía irme sin apagar ese último rescoldo de remordimientos.

   – No, no se enteró de nada. De verdad. Murió plácidamente.

   La mirada llorosa y cansada se relajó y la mano que sujetaba mi brazo también. Les sonreía a ambas y me despedí en el pasillo, dejándolas al cuidado de nuestra secretaría, que se encargaría del resto del papeleo con el que liamos todas las cosas.

   Con qué poco hacemos un bien. Y cuánto nos cuesta ese gesto.

   Aún tengo mucho que aprender y sigue molestándome que sea tan imperfecto. Pero de algo estoy muy seguro, no seré el mejor de los galenos y desde luego mi orgullo laboral me molesta cada vez menos, pero al menos estoy en el camino de una excelencia que aún no se aprecia en nuestro país, pero que a mí me llena completamente.

Y si…/If…

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

a C.H.A.

   Si pudiera decirte lo que no te dije por falta de tiempo.

   Si el tiempo se detuviese ese instante en que nos vimos.

   Si al verte hubiese sabido abrazarte mejor, consolarte mejor, hacerte sentir que te quería.

   Si hubieses sentido el amor que te tenía a pesar de que no te lo decía.

   Si te hubiese dicho que te admiraba, que te quería, que deseaba protegerte de todo lo malo que hay fuera, de todo lo oscuro que escondemos.

   Si no te hubiese desprotegido yéndome inconsciente, quizá aún estarías junto a mí.

   Quizá aún nos reiríamos con risa floja y cansada.

   Quizá aún me regañarías por lo bajo, o dejarías de preguntarme para no cansarme, o me dejarías dormir para no molestarme.

   Si hubiese sabido que te irías así, de repente, qué no hubiese intentado.

   Si hubiese sabido que ya no nos quedaba tiempo, hubiese hecho tiempo para estar contigo.

   Pero ya está todo hecho, ya está todo dicho, ya está todo sentido, ya está todo ido.

   Y aunque me queda mucho por darte, mucho por quererte, mucho por consolarte, ya no estás, y sólo un pensamiento me viene a la mente: Y si…

   Y si estuvieses aquí todo seguiría igual: los malentendidos, las medias verdades, el cariño sincero, el silencio que habla mil idiomas, la caricia muda y ese cuidado que nos dimos, tú de pequeño, yo de mayor, y uno de esos raros regalos de la vida: el estar siempre juntos, siempre, hasta en la distancia de la muerte.

   Si todo fuese imperfecto la vida, nuestra vida, hubiese sido otra.

   Pero ha sido la que fue y siempre resonará en el recuerdo sin tener que mirar atrás.

   Y si fuese otra, no sería lo que fue. Y fue perfecta, porque estuvimos juntos, como fuese, revueltos y separados, unidos en la distancia, en la admiración, en el cariño.

   Y en la vida y en la muerte.

   Por siempre.

¿Qué clase de tonto soy?/ What kind of fool am I?

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

¿Qué clase de hombre soy? Que no sabe del amor, que le cuesta decidirse, decir que sí, decir que no; lamentarse; angustiarse; relajarse; amar.

¿Qué juego juego conmigo y con los demás? ¿Qué sé yo del amor? Si viajo con una máscara que cubre mis defectos y mi inapetencia, que le importa un sentido lo mismo que un papel vacío y que besa unos labios con inapetencia y desgana.

¿Qué clase de tonto soy? Que no se ha enamorado nunca.

¿Seré el único al que le ocurre algo así? ¿Qué tipo de hombre soy, una concha vacía, un corazón que no late ni se integra ni se entrega ni se defiende ni se abandona?

Soy un payaso que nada sabe del amor. Que nada sabe de la vida, porque la vida es amor y todo está relacionado.

¿Por qué no puedo amar como cualquier otro hombre? ¿Por qué lo racionalizo todo, la sensualidad también y el abandono?

No lo sé…

Sólo sé que soy así. Me asomo al espejo y veo unos ojos que brillan sin sentido y una sonrisa que parece una mueca. Una máscara de arcilla que juega al juego de la evasiva y un corazón que, de tanto que no late, parece un juguete roto esperando a ser reparado.

¿Por qué no puedo ser un tonto al que le da lo mismo, amar hasta el tuétano, ser querido, ser mordido, ser abrazado, ser deseado y ser olvidado?

No lo sé.

¿Qué clase de hombre soy? Un tonto incapaz de enamorares, de abandonarse a otro corazón, de ser herido y curado, de ser soñado y abrazado. Frigidez de sentimientos, carencia absoluta de tactos.

¿Qué clase de tonto soy?

No lo sé…

Sólo sé que desde que te fuiste el mundo se ha detenido para mí. El tiempo pasa sobre todos y sobre mí. Y, como cualquier otro hombre, me despierto y me levanto, me aseo e ingiero mis alimentos, me acuesto e intento dormir sin soñar.

Estos labios que ya no quieren besar. Estos brazos que se han olvidado de abrazar. Esta vida que se ha olvidado de vivir y que se sabe incapaz, inmóvil e insensible a una caricia, a un beso, a un amor.

¿Qué clase de hombre soy?

No lo sé…

Sólo sé que tonto soy. Y que nada queda atrás.