El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.

Entre Nochebuena y Reyes/ All about Christmas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Hay algo importante que late al lado de todos los motivos por los que celebramos Navidad. Y son los regalos. Los regalos como símbolo: la capacidad de dar, de ceder, de regalar, de celebrar la presencia de aquellos que hacen de nuestra vida un teatro infinito y una divina locura.

   Hoy miles de personas rasgan papel, abren envoltorios, disfrutan o se desilusionan con las sorpresas que contienen esos paquetes en los que a veces envolvemos un sueño y otras una obligación. La Navidad es un símbolo que recoge en el fondo el maravilloso don de dar, de regalar: desde una sonrisa hasta el más sofisticado aparato electrónico, el hecho de dar, de compartir hace de este período el más bello y triste de todos los que vivimos a lo largo del año.

   Hace un año reflexionaba sobre lo que había ocurrido en el 2010. Ayer, durante la guardia de la Noche de Reyes, mientras conversaba con el equipo de guardia e intercambiábamos comida en un pequeño ágape hecho de cariño y de ganas, algo me llevó a hacer lo mismo. Por supuesto y más importante, gozaba de Salud. Y mis familiares más cercanos también, aunque algo más abollada y renqueante. Eso es digno de celebrar con la mayor de las fiestas, desde luego. Pero además el año que se fue me regaló muchas cosas, demasiadas quizá, no merecidas sin duda, y algunas renuncias que sólo con el tiempo adquieren forma y estructura y parecen encajar en el fino entramado de los días que vivimos.

   He recibido un nuevo trabajo, perentorio e inestable como cualquier otro, en el momento en el que interiormente pensaba en cambiar mi vida en ciertos aspectos. Una frontera que desconocía, una forma de trabajar en Medicina que no sabía que podía ser posible. Tal hallazgo y tal regalo me llegó de sorpresa e intenté amoldarme a él de la mejor forma posible en el corto espacio de tiempo del que dispuse. No lo hice mal pero tampoco bien, y mi escasa plasticidad para aceptar cambios bruscos no ha contribuido a ello. Y sin embargo me siento algo más útil, tengo nuevas ideas, creo que lo que hago, al menos en parte, puede ser posible. Y eso me ha dado una fuerza pequeña pero continua, que me hacía falta.

   Durante el año perdí a personas que apreciaba y sin embargo gané en libertad. Siempre quebradiza, siempre huidiza, pero ahí está. Si miro hacia atrás veo locuras hechas, tonterías que no deberían haber ocurrido, pero también encuentros extraordinarios, fogonazos que me abren los ojos y me dan más luz. Todas las personas que he conocido y que han entrado a formar parte de mi vida han aportado calidad y cierta estabilidad y una riqueza que es difícil traducir en palabras, pero que está ahí. Las personas que habitan en el pasado, aquellas que han querido abandonar la travesía común, y aquellas que se han adherido a ella, han hecho de mi vida, de mi personalidad y mi forma de pensar, una nueva tierra; han servido de catalizadores en este estudio y en este descubrimiento continuo que es ser yo mismo.

   He recuperado una amistad perdida en el tiempo, resquebrajada y curada; he sido un imbécil y he permitido que mi orgullo se entrometa en lo que siento; y sin embargo he sido capaz de sobreponerme a todo eso y ahora, en el lugar en el que siempre ha debido estar, ha retornado como si nunca se hubiese ido, y prefiero no ver las cicatrices que la vida nos ha dado, y mirarle a los ojos y disfrutar de su sereno vivir, de su sabiduría lenta y profunda como un surco de tierra que lleva escondida una promesa, un futuro encantador.

   Entre Nochebuena y Reyes la vida se suspende; recordamos lo que más nos duele, nos rodeamos de lo más querido. Yo quiero mucho y anhelo mucho y pierdo mucho, pero la Vida está ahí, siempre a mi lado, para recordarme lo bendecido que soy, la inmensa suerte que tengo incluso en la zozobra de los días que vivimos, y que siempre, siempre las cosas pasan, todo pasa y quedamos nosotros fuertes, tambaleantes pero erguidos y con una sonrisa entristecida pero única en el rostro.

   Por eso entre Nochebuena y Reyes he querido rendir homenaje a todo lo que la Vida me da; la suerte de trabajar, por más inestable que éste sea; la inmensidad de una vida saludable rodeado de seres que son un mundo en sí mismos, generosos y únicos, con sus peculiaridades y sus problemas, sus misterios y sus realidades.

   En este año que se ha ido he perdido de vista mi propia ciudad, que es una joya de maravillas, pero he podido viajar por Madrid, por Bilbao, por Barcelona, por Santander, por Oporto, por Berlín. Y por cada una de los lugares del mundo que me atraen gracias a la imaginación. Los mejores museos, las obras de arte más impactantes; la arquitectura excelente, los mejores platos, todo lo he saboreado gracias a esa capacidad generosa que nos regala la mente cuando cerramos los ojos.

   Y en este año que concluye, cada uno de los pacientes que han pasado por mis ojos me ha regalado la oportunidad de ayudarles, de comprenderles, de aceptarles. Y con cada uno a mí mismo, cuan difícil y a veces doloroso que esto sea.

   Entre Nochebuena y Reyes celebramos el don de dar. Y también, implícitamente, el de agradecer… Y yo sólo puedo dar las gracias por lo bella que es la Vida conmigo, que me da sus dificultades y sus momentos de paz para que pueda descubrir esa luz que está en mi interior y disfrutarla.

   Un año más.

Nada como el hogar/ Home, Sweet Home.

Lo que he visto/ What I've seen, Lugares que he visto/ Places I haven been

Luz de invierno/ Winter’s Light.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Naturaleza/ Nature

   

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   Me gusta la luz caída, aguda, llena de sombras alargadas y sinuosas de los días de invierno.

   Los colores relucen con un brillo especial; parecen más vivos; más reales. El día transcurre sereno en su brevedad, y el aire es más fino y delgado; casi se puede sentir como el rayo de sol al atardecer, que tiñe de violeta y rosa el horizonte.

   Me gusta la luz del invierno, que se despereza lenta y desaparece tímida a las seis de la tarde. Los días van creciendo lentamente, despertando a la primavera que comienza a prometer en el interior de la tierra, entre las ramas de los árboles.

   La luz del inverno es generosa y suave, a veces caprichosa, pero siempre amable, regalando un poquito de calor y una transmutación de colores y sobras maravillosa. Lejos de la verticalidad del verano y sus ensoñaciones engañosas, la luz de invierno nos revela las coas tal cual son, en su verdadera esencia y con su natural belleza y melancolía. Atrás queda la luz naranja del otoño con su sinfonía de rosas, naranjas y ocres, y aún queda muy por delante la profusión de verdes, el alargamiento de las sombras, la asombrosa belleza de los pétalos abiertos tras la tibia caricia del viento.

   El invierno llega para enseñarnos el ciclo de las cosas que pasan, y que todo pasa cuando las vemos tal cual son, sin disfraces de ningún tipo. No promete nada y lo da todo.

   La luz de invierno llega y pasará, como todo, en este baile eterno que es la Vida.

Adiós al otoño/ Farewell to Fall.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Lugares que he visto/ Places I haven been

Entre las Ciencias y las Humanidades/ Sciences and the Humanities.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En la biografía de Walter Isaacson una cosa queda clara desde el principio: Steve Jobs fue un hombre peculiar, como todos aquellos que sobresalen, cualquiera sea su escala, en la sociedad; pero sobre todo lo era por su particular postura personal. Era un hombre en el punto de encuentro entre Ciencias y Humanidades.

   Viniendo de una educación mixta, tuve la suerte de hacer un bachillerato en las que ninguna de las dos ramas prevalecía. En mis cuadernos garabateaba fórmulas matemáticas e imágenes bidimensionales de los secretos de la tierra junto con pinceladas, pasajes y poemas que retrataban al mundo y su belleza. Por esa época ya él estaba inmerso en el mundo de los ordenadores, en el tranvía que va del silicio al milagro del iPad. Y yo luchaba por entender el lenguaje binario y me maravillaba con la Commodore, por ejemplo, como antes había jugado hasta la saciedad con el Atari. No soy de lejos ni tan listo ni tan emprendedor como este visionario del siglo XX; tampoco soy un seguidor acérrimo, un admirador ilusionado e ilusionable que le ha perseguido como fanático e idolatrado como a un mini dios.

   Esas cosas parecían agradarle al Sr. Jobs. Esa y otras muchas. No fue, empero, un hombre perfecto, o sólo lo fue en que supo amoldarse, a veces a regañadientes, a su presente y supo adelantarse, con una capacidad teatral que hunde sus raíces en su infancia o incluso antes de nacer, a todo aquello que era necesario o que podría ser necesario en el mundo que se adentró en el siglo XXI. Fue un creador de necesidades, o un visionario. Con un pie en el futuro y otro en el presente, acicateaba su imaginación y restallaba su látigo personal hasta límites insospechados. No fue un hombre fácil ni aspiraba a serlo. Fue más plástico de lo que pensamos y más rígido también; fue un gurú y un hombre binario, es decir de extremos, y con la capacidad de concentración de un rayo láser.

   Steve Jobs fue todo eso sin duda, pero sobre todo, ha sido uno de los pocos hombres de nuestra historia reciente que supo anteponer siempre, siempre la Belleza y el Arte frente a la Tecnología, o amoldar la Tecnología al Arte. Con la industrialización y las ganancias rápidas, dejamos de lado que el aspecto de un objeto va más allá de su funcionalidad. Sacrificamos la Belleza por la producción en masa y a ese pecado lo llamamos Funcionalidad. Y sin embargo Steve Jobs perteneció a esa raza de hombres que sabía de antemano que la Belleza es la más grande seductora de todas; que la Tecnología, atractivísima, sólo podía subyugarnos cuando se vestía con los ropajes de lo bello, y ése fue su secreto: enhebrar los hilos de las Ciencias y las Humanidades en productos maravillosos y útiles, pero por encima de todo bellos.

   Yo trabajo con productos de Apple. Yo empleo productos de Apple. Y les saco seguramente un 10% de rendimiento, porque son bellos y simples, porque su simplicidad (que esconde una ardua labor por detrás) me permite divertirme con ellos, hacen mi vida más fácil, más dependiente también, y más hermosa. En mi escritorio un iMac lo llena todo sin ningún cable que estorbe, y parece algo creado con la sustancia de la que están hechos los sueños.

   No sé qué imagen tendría Steve Jobs de mí si me conociese: no estaba pendiente de ninguna de sus presentaciones, no hacía cábalas sobre sus productos, no me interesaba su estilo de vida, desconocía la evolución plástica de sus ordenadores; tampoco sus peripecias laborales me eran conocidas, sólo su talento creador me atraía, la belleza y suntuosidad de lo que Apple era capaz de crear subyugaba mis ansias de perfección y comodidad. A través del libro de Walter Isaacson conocemos de forma un tanto fría (o más bien como un norteamericano disecciona una biografía) sus fantasmas, sus incongruencias, sus fracasos, sus actitudes, sus aptitudes, sus éxitos y sus obsesiones. Yo no soy ni más brillante, ni más egocéntrico, ni más esteta que él, pero creo que esa búsqueda por unir Ciencia y Arte lo hacía único; esa convivencia entre los límites de los dos mundos, haciéndola posible con un tesón (o una testarudez, según se mire) especial, hacen que me identifique mucho más con sus logros que con sus fracasos, con su tenacidad más que con sus peculiaridades vitales.

   Todos queremos dejar algo para la posteridad. Pero es el viaje lo que importa. Él lo ha demostrado. No es necesario que existan gurús, que se erijan nuevos líderes carismáticos: sólo personas que entiendan que las Humanidades son algo más que estudios interminables escritos en el viento y que las Ciencias no son la clave del éxito de una empresa, si no la sabia combinación de ambas. Ambas ramas del Saber, imbricadas como siempre han debido estar, son capaces de llevar una manzana al infinito y más allá. Y a la Humanidad también.

Sorpresas y esperanzas/ Surprises and Hopes.

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   a Mikel Sanado.

   Hace un par de días, una tarde lluviosa y fría, me dirigía junto a un amigo y colega a jugar un poco al tenis. No describiré aquí lo patético que puede llegar a ser, tras 25 años sin darle a una raqueta (y no, la Wii no cuenta), intentar jugar a algo remotamente parecido al tenis, pero sí lo divertido que fue, lo mucho que me dolieron todos los músculos después, y el buen rato que pasamos tras años sin vernos.

   Casualmente ambos aparcamos en lugares contiguos. Mientras yo esperaba a que él saliese del coche, en la puerta del recinto un coche paró y su conductor bajó la ventanilla y me señaló. Soy muy miope y por lo tanto bastante despistado. El hombre del coche gritó no sé qué y yo le sonreí con esa cara de idiota que tengo cuando no entiendo nada y negué con al cabeza. Pensé que se refería a si había algún sitio libre en el aparcamiento (que no lo había). El hombre del coche aparcó el suyo a la entrada del gimnasio y yo dejé de verlo. En esto mi amigo se apeó de su propio vehículo y me miró sorprendido:

   – ¿No dijo tu nombre?

   Le dije que no le había entendido nada, pero que suponía, puesto que se dirigía al gimnasio, si allí había donde aparcar.

   Como llovía, fuimos corriendo hasta la entrada, donde debíamos dejar constancia de que íbamos usar la pista de tenis. De hecho lo hizo mi amigo, porque yo volví a ser interpelado por esa persona.

   Al acercarse a mí, me hizo de nuevo una pregunta:

   – Eres Juan, ¿verdad?

   Lo miré asombrado. Algo se activó en mi cabeza.

   – Pues sí.

   – ¡Lo sabía! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! He venido con Miguel a rehabilitación acuática, está muy bien desde que salimos del hospital hace un año… Ahora, eso sí, no se acuerda de nada de su tiempo en UCI, pero de todo lo demás…

   Hace tiempo me pasó algo similar en los pasillos del hospital*. Pero allí puedo actuar con más soltura, porque mi rol está claro. Aquí, con unas pintas que prefiero no describir, sin afeitar, totalmente relajado y alejado de mi función principal, me sentía uno más, así que ese buen hombre me cogió aún más desprevenido si cabe.

   En esas, tardé un poco más de lo normal en captar de quién me estaba hablando. Pero poco a poco en mi cabeza se hizo la luz. Y recordé ese rostro de padre preocupado, ciertas raíces vitales comunes, y un largo camino de casi dos años atrás. Estaba sorprendido de que me recordara, de que supiera aún mi nombre, y que me reconociera, a metros de distancia, con tanta claridad.

   Mi amigo esperaba callado, tan asombrado como yo, supongo, tras de nosotros.

   El buen hombre me tomó del brazo y me acercó hasta donde estaba un chiquillo luchando con ajustar su andador, porque las lesiones cerebrales que le habían quedado de secuela le impedían una coordinación motora adecuada. El empeño que el chaval ponía en la tarea, como si se le fuera la vida en ello, era encomiable. Durante un segundo sentí la urgencia de acercarme a ayudarlo, pero algo había en la resolución de sus gestos y en la inmovilidad del padre que ahogó ese deseo.

   – Ha pasado un año y medio y mira qué bien está.

   Me dijo con gran orgullo el padre de Miguel.

   – No se acuerda de nada de la UCI, ni siquiera que tuviese el pelo rapado…

   Mientras decía esto, con su mano acariciaba aquella cabeza llena de un precioso pelo negro lleno de rizos.

   – Pero sí se acuerda del resto…

   – Es normal que no se acuerden de nosotros. Entre la medicación y todo lo que les pasa, es mejor así.

   – Pero nosotros sí nos acordamos de todo.

   En ese momento, Miguel levantó la cabeza. Unos preciosos ojos castaños sonreían. Había conseguido ajustar su andador. Y se hicieron más brillantes cuando encontró la mirada de su padre. Una risa encantadora se escapó de aquella boca. Un pendiente de acero colgaba de su oreja izquierda. Y sus manos temblorosas reposaban en el manillar del andador. Cuando reparó en mí, su sonrisa se cerró un poco.

   – Mira, Miguel, tú no te acuerdas, pero él es uno de los que te cuidó cuando estabas muy malito en la UCI después del accidente… Él es Juan, que fue muy bueno con nosotros…

   Yo no sabía qué decir. En general, consigo rápidamente encajar el caso con el enfermo. En este caso, quizá por estar tan fuera de contexto, o porque veía por fin a uno de nuestros enfermos en un ambiente normal, o porque, además de todo, yo estaba realmente descentrado y emocionado, apenas pude recordar su caso. Rememoré su cama (la número 1) y parte de las pequeñas desgracias del día a día. Recordé que había subido en coma a la habitación, y que teníamos pocas esperanzas en su recuperación.

   Miguel tenía cerca dieciocho años cuando tuvo un accidente de tráfico. Como consecuencia de él, un traumatismo cráneo-encefálico había dañado parte de su cerebro y del cerebelo, y al menos mientras estuvo en la UCI, un coma que a su alta no era muy profundo pero que le impedía comunicarse con su entorno. Pero Miguel, casi dos años después, estaba allí, en un gimnasio, ajustando con dificultades su andador, para acudir a rehabilitación de la marcha, llena la boca de sonrisas y la mirada más pura que había visto en mucho tiempo… Y su padre acompañándolo y reconociéndome en medio de la calle, la lluvia y el tráfico.

   – Pues sí, Miguel, él es uno de los médicos que nos ayudaron a llegar hasta aquí.

   El chaval quiso levantarse, pero le dejé estar sentado. Y en vez de saludarlo con un apretón de manos, mi primer impulso fue acariciar esa cabeza llena de rizos morenos y sonreírle de vuelta. Miguel se echó a reír a su vez y me señaló el andador con cara consternada.

   – ¿No te gusta?

   Era obvio.

   – Sí, es más cómoda la silla de ruedas. Pero los neurólogos nos dijeron que había que caminar para mejorar la coordinación, y nadar, que es lo que vamos a hacer ahora, ¿verdad, Miguel?

   El chico ponía morritos.

   – ¡Oh! En la piscina se lo pasa bien. ¿Sabes? No tiembla tanto. Pero llegar hasta allí en el andador no le gusta mucho…

   Yo me eché a reír. Y mi risa reverberó en todo el gimnasio.

   – Me lo imagino.

   Pocos minutos después, nos despedimos. Yo seguía un poco sorprendido, aunque espero que el padre de Miguel no se diese mucha cuenta de eso.

   Mientras los veíamos dirigirse poco a poco a la piscina, pensé en las esperanzas que hay que albergar a veces; la dureza del presente a veces;  las sorpresas del Destino; las decisiones que se toman a veces y las que toma la Vida por nosotros, y nuestros compromisos posteriores. Si Miguel fuese un chico de treinta años quizá no estaría hoy así. Si fuese un hombre de sesenta, quizá no hubiese salido vivo del hospital. Hemos desarrollado una tecnología increíble que nos permite muchas veces sostener artificialmente la Vida; esta capacidad viene unida, empero, a una responsabilidad mayor, a encarar una serie de decisiones y de consecuencias que pueden comprometernos por siempre: moral como económicamente, social como individualmente.

   Yo no quiero ser una carga para nadie. No deseo que otras personas dejen su vida por mí, para cuidarme. Mientras crecemos, es ley de vida. Es normal pues nacemos desamparados, esperando que se nos sostenga para poder evolucionar, crecer y madurar. Pero después no. A veces, en la situación que estuvo Miguel, muchos enfermos se estancan y  su sufrimiento, y el de sus familiares, no tiene fin. Y no me refiero al dolor físico, al que gracias a Dios podemos hacer frente, si no a un dolor más sutil y profundo, como es el dolor personal, el daño moral, el advenimiento de un compromiso superior. Un bebé da trabajo; una persona adulta con severas lesiones traumáticas, también. Un niño no es consciente de su situación, pues la damos por sentada. Un adulto, sí. En esta balanza de querencias y deberes muchas veces me subo mientras trabajo y la altura de mis sentimientos, la profundidad de mi pensamiento, llegan a darme vértigo y me emocionan.

   Yo no deseo llegar a ese extremo. Si la vida me reserva una sorpresa así, mi única esperanza sería la de la muerte.

   Y sin embargo, esa tarde estaba contemplando la Vida. Miguel, con paso dificultoso y mucha dedicación, caminaba paso a paso un siglo de su vida para llegar a la rehabilitación, y su padre, paciente, junto a él, contando cada uno de esos pasos como un triunfo y cada día que pasaba, como una batalla ganada a la sombra del Fin.

   Los padres de Miguel, y Miguel un año y medio después, habían aceptado las sorpresas de la Vida y encaraban su futuro con esperanzas. Seguro que en ese camino ha habido y habrá noches de flaqueza, momentos de desazón, instantes en que deseamos abandonar toda lucha, encarar de otra manera nuestro presente. Y sin embargo estaban allí. Con una determinación obsesiva construyendo, poco a poco, un destino en el que todos estaban vivos y llenos de esperanzas.

   – Había dicho tu nombre, no me equivoqué.

   Me dijo mi amigo mientras, mojados, llegábamos a la pista cubierta. Yo suspiré.

   – Lo que digas. Pero algo has debido hacer bien para que él se acuerde, no ya de ti, sino de tu nombre, dos años después. Y con esta pinta, para variar. ¿No te dije que íbamos a jugar un rato al tenis?

   Y me dio un raquetazo en el culo que hizo hacerme reír.

   Desde el otro lado de la pista, en medio de un charco de agua, estaba esperando su saque. Lanzó un pelotazo a tal velocidad que me sorprendió (y no sé porqué, ya que mi amigo es muy fuerte; aquél no era mi día). En aquel instante mi única esperanza era responderle con un resto aunque fuese modesto sin tener que ir a recoger mi brazo al medio de la pista. Y lo hice. Aunque salió fuera del recinto y perdimos la pelota.

   – Te la debo.

   Le dije. Pero en realidad se lo decía a Miguel y a su padre.

   Mi amigo se echó a reír.

   – ¡Nah! Olvídalo. Eres un buen tío.

   Y seguimos jugando hasta que terminamos, cansados los dos una hora después, en medio de un temporal universal.