El mundo del papel/ Paper World.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine, Naturaleza/ Nature

   Hay dos mundos, imbricados y dependientes, simbióticos, que intentan parecerse pero son muy diferentes: el mundo del papel y el mundo real.

   ¿Qué es teoría? La necesidad que tiene la realidad de ser posible. ¿Qué es la realidad? La piedra de toque, el molino en el cual la teoría se torna posible. Sin el esqueleto que sustenta los acontecimientos, el mundo no puede ser y, sin embargo, los acontecimientos que nacen de ese mundo liman las aristas del esqueleto, moldean la estructura base y le permite adaptarse a los cambios que generan con el mínimo de problemas. O eso creemos.

   La burocracia, las ideas, los engranajes de la vida: eso es a lo que yo llamo el mundo del papel. Es ese universo teórico, en el que la realidad se cristaliza hasta hacerse tan pura, tan irreal, que es imposible si quiera reconocerla en el día a día. Es lo que anhelamos de perfección, es lo que deseamos que sea posible. Es un mundo precioso porque en él todo es posible. Tanto lo es, que podemos perdernos en sus entresijos, arriesgando nuestra estabilidad en el mundo real, aquel hecho de pruebas, de ensayos y errores, con sus leyes implacables, con sus frutos obsesionantes y profundos y, por lo mismo, absorbentes y desestabilizantes.

   Asistimos a un hiato imposible entre ambos mundos. Las personas que habitan el mundo del papel piensan que todo es como lo imaginan, mientras que los seres que conviven en el mundo real se asombran de este proceder y se olvidan de soñar, tan acostumbrados están a los vaivenes y frustraciones que trufan la vida diaria. Y no debería ser así.

   Desde hace unos meses habito en una extraña frontera entre los dos mundos. Unos se asombran y otros se alegran, pues piensan que puedo traer un poco de sentido común a las ensoñaciones burocráticas. El mundo del papel es duro, hay demasiada gente demasiado acomodada y demasiado embebida en su labor, demasiado desconectada de la realidad, y su peso es enorme y su gravidez, aplastante. Y sin embargo tiene una pasión contagiosa, un modo de ver quizá absolutista y severo por perfecto, y por lo tanto, inviable. Asisto, en esta orilla de dos mares, a veces sin palabras, a veces lleno de frustración, a una  batalla que no debería tener lugar, a un encuentro entre el desencanto y la obligación, entre lo que debe ser y lo que es, todo tan distinto, que puede llegar a ser muy confuso.

   El mundo del papel es atroz por enrevesado, repleto de leyes no escritas, con sus ambiciones y avaricias; como un reflejo, el mundo real no es mejor. Es más tangible, menos ilusionante, igual de severo e incongruente. Pero es real.

   Poco de la vida teórica se puede llevar a la práctica, porque la práctica es el resultado del choque de fuerzas telúricas de lo real contra las de lo posible, y nada en un encuentro semejante puede quedar incólume. La teoría, la base del mundo del papel, es siempre perfecta, impoluta, intachable. En el mundo real todo está lleno de manchas y de errores.

   La situación que vivimos es un gran ejemplo de todo esto. Existe un grado de frustración y de desilusión incontestable; en vez de preguntarse las razones de ello, nos pasamos el tiempo intentando tapar errores con más errores, perpetuando estas sensaciones y esta desazón creciente y eterna. Para curar una enfermedad debemos diagnosticarla, conocer sus síntomas: una teoría que nos sostenga, una experiencia que nos enseñe qué es lo mejor y qué es lo prescindible. Eso no lo estamos haciendo y así nos va.

   El mundo del papel es remilgoso, no quiere ensuciarse las manos; el mundo real responsabiliza a su esqueleto teórico de que no se sorprenda de su imperfección. Uno y otro se acusan sin darse cuenta que en ambos hay patrones que modificar, conductas que cambiar, y que en ambos, en la actitud responsable de ambos, están las soluciones que anhelamos con tanto fervor.

   La política, enfangada pero jamás resuelta no ya a pedir disculpas, si no a purgarse a sí misma, es nuestro espejo más elocuente. Porque todo es política, incluso el mundo de la Salud. El pasillo de la Salud perdida no existe para el mundo del papel, pero es real; esa inconsciencia hace que la realidad sea demasiado dura y termine estallándonos en la cara.

   Hemos tenido un gobierno pusilánime, lleno (al parecer) de buenas intenciones. Eso es papel mojado. El mundo del papel de aquel que va a cazar nubes quizá sea maravilloso, pero es irreal. Lo mismo pasa, lo mismo, con la dirección de la Salud, de la Educación, de la Economía. Debemos hacer una labor de reflexión profunda, real; debemos buscar ese punto de encuentro entre ambos mundos para poder sobrevivir, para vivir con dignidad.

   Ahora que habito en el mundo del papel se me reprocha constantemente que viva en el mundo real, pero creo que es necesario que lo haga. Porque el sentido común es vital, debe insuflar energía a la aparente perfección de lo teórico para poder transformase, sin grandes cambios ni agobios, en lo real. Estar en la Dirección implica responsabilidad y, sobre todo, tener los pies sobre la tierra. Quizá el principal problema del mundo del papel es que se encuentra lleno de cazadores de nubes: buenas intenciones, pero demasiado alejadas del mundo real para que lleguen a cristalizarse. Y esto se refleja en el mundo real con retrasos, impuntualidades, colapsos y errores.

   ¡Qué difícil es vivir así y qué maravilloso sería si así lo quisiésemos!

   Si sólo nos diésemos una oportunidad…

Mundos de color/ A Colorful Worlds*

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

*por Otto Más.

Historia enjaulada/ History in Jail.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

La última lucha, el último suspiro por conservar la Belleza que destruimos sin sentido, las reformas que cambian  mundos y modifican realidades.

Cuando perdemos el norte de quiénes somos la revolución es inútil, a veces hueca, siempre dolorosa.

Y los restos de lo que dejamos atrás nos recuerdan quiénes fuimos. Y encerramos tras cristales blindados los últimos recuerdos de lo que fue y no volverá.

Historia enjaulada como recuerdos idos. Lucha de una memoria por seguir latiendo en el presente. Y nada, nada, volverá a ser lo que fue. Y menos nosotros mismos.

Berlín o el Fénix/ Berlin or Phoenix.

Lo que he visto/ What I've seen, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Hay ciudades más bellas que Berlín. Las hay más antiguas, más caóticas, más nervudas.

   Europa está llena de capitales llenas de personalidad, aunque todas se parecen en esencia y eso es maravilloso. Europa tiene focos de atención indudables: desde Madrid a París, de Roma a Londres. América late vibrante de Buenos Aires a México, de San Francisco a Chicago. Pero en ambos continentes hay, quizá, dos ciudades que se hermanan en su espíritu, en su perpetuo estado de vibración, en su confrontación constante con la realidad.

   Nueva York es, desgraciadamente desde hace poco, recipiente de la historia contemporánea. Los atentados más desastrosos de la humanidad se perpetraron allí, como evento único, claro, que Irlanda, España y otros países que han sufrido una sangría mayor, por continua, tendrían mucho que decir en esto; y eso hace que por sus calles la vida lata al unísono con la Historia, más que el reflejo de un tiempo pasado, un albor que ya es ocaso. Y en Berlín pasa otro tanto.

   Ciudad arrasada, dividida, ultrajada por sus propios errores, y por la ambición ajena, se alzó en todo el siglo XX como símbolo vivo, como tea inflamada del horror pero también de la perseverancia, de la constancia y del renacer. Alza y caída, ruinosa existencia, vergonzoso traspiés, seguro levantamiento, unificación y evolución a la apertura y a la universalidad, Berlín nos regala en cada una de sus calles ese espíritu de historia vivida y presente, esa vibración neoyorquina de estado mental, que la hace para mí única y atractiva, imán en el que convergen, como los radios de una rueda, lo que hubo de malo y lo que hay de mejor del hombre y de su entorno.

   Todo es inmenso en Berlín. Sin una colina en kilómetros a la redonda, se extiende desparramada, llena de parques y de reconstrucciones, con un espíritu juguetón pero al mismo tiempo concienzudo y perseverante, y con una libertad sin miedos que no deja de ser admirable.

   Menos bella que Múnich, por ejemplo, joya de una Baviera llena de luz y verdor; Berlín se erige sin embargo en el corazón de Alemania y, por ende y por mucho más, en el de nuestra Europa unida de esta manera tan peculiar como juntan los políticos las cosas, con sus terrazas con calefactores y preciosas mantas rojas, con sus tabernas y sus constantes construcciones, con un choque de estilos arquitectónicos que sería extraño en otra ciudad salvo en ésta; con su gusto por el recuerdo sin aspavientos ni rencores (algo que en España quizá debiéramos revisar más detenidamente) pues el interés del grupo siempre es más importante que el del individuo (puesto que repercute directamente en él); sus calles hechas un lío, sus espacios enormes llenos de hierba y poca luz; y una vida nocturna agitada, vibrante y llena d e contrastes, entre lo retro y la vanguardia más acusada, la belleza traspasa sus límites y se convierte en un estado mental que la hermana sin duda con Nueva York, cuya belleza es cuestionable, pero cuyo atractivo es innegable.

   Lo que diferencia para mí Nueva York de Berlín es que en esta última sería capaz de vivir, mientras que en Manhattan me resultaría demasiado difícil, pues no es una ciudad amable. Nueva York es una ciudad para visitar, para cargarse de energía y de novedad, pero no para desplegar con serenidad las alas de lo cotidiano. Berlín, sin embargo, siendo tan similar, tiene esa cotidianidad, esa facilidad de las capitales europeas, que nos regalan cierta libertad a la hora de ser nosotros mismos además que miembros de una ciudad.

   La revolución arquitectónica, la constante perseverancia en no olvidar pero no detenerse, los pasos que huelen a historia y a errores, pero también a renacimiento y alegría, nos invaden por sus calles enormes, por sus edificios imponentes y sus parques llenos de berlineses, menos sonrientes que los muniqueses (abiertos y de corazón generoso), pero igual de amables y de ocupados… Todo llama la atención en Berlín, hasta los tópicos que se cumplen a medias (como suele ser lo habitual), pues también tienen sus huelgas, sus protestas, sus servicios a medio funcionar, sus constantes renovaciones y sus polos opuestos.

   Los alemanes en Berlín, esa raza de gigantes rubios tozudos y emprendedores, no dejan de ser, como nosotros, europeos (es decir, muy parecidos, pero con sus diferencias) y eso se nota en su risa, en su entrega al divertimento, y en un espíritu más alegre de lo que nos permite imaginar su entrega al trabajo y a aquello que se debe hacer. Y eso los ha hecho únicos a la hora de enfrentar las brutalidades de la historia, y únicos a la hora de superarlas.

   Berlín es un símbolo del ave Fénix. Y lo sabe y lo celebra, sin azoramientos ni orgullos mal entendidos. Y eso es de admirar. Como muchas otras más. Europa es una maravilla: horas son de que nos demos cuenta y disfrutemos con ello.

Empollones enamorados/ Nerds in Love.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

Un blog original, lleno de ideas brillantes: Nerds in Love.

 

 

 

Belleza atrapada/ Beauty in jail.

Lo que he visto/ What I've seen, Lugares que he visto/ Places I haven been

 

En algún lugar/ Somewhere.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Música/ Music