Oscuras reflexiones/ Dark thoughts.

Arte/ Art, Literatura/Literature

 Reflection (Mulan). Vanessa Mae.

   A veces es necesario ese hiato entre los acontecimientos que nos pasan y nuestra propia vida para detenernos a pensar. El silogismo que se construye en la mente de una persona acostumbrada a actuar es rápido, casi instintivo, aparentemente superficial y se erige como una respuesta inmediata a la acción que lo origina. El tiempo que fluye impide, en esos instantes indescriptibles y fugaces, un razonamiento justo sobre la pirueta más adecuada o la mejor salida para lo que está sucediendo; el tiempo que fluye sólo es presente en la vida que se vive, y por eso no deja espacio para la duda, pero sí para el error y los destrozos que nos rodean. El hombre que titubea mientras vive, yerra; el hombre que vive su presente, yerra; a la postre, vivimos rodeados de ruinas que nos enseñan una lección que se disfraza inútil pero imperecedera. Habitualmente la vida nos niega una segunda oportunidad una vez aprendidas las lecciones que nos enseña; sólo el ser más inteligente o el más sensible logran extraer las enseñanzas correctas y consiguen erigir un edificio vital hermoso y acorde con el río de la vida. No me he jactado nunca de haber conseguido una proeza semejante.

   En todo esto veo derroche. Allí donde los seres humanos nos afanaríamos en retocar, rehacer, perfilar, la vida simplemente lo desecha todo y vuelve a empezar desde cero; quizá esa sensualidad de las cosas perdidas encierre un valor propio que somos incapaces de descifrar todavía. Tal vez nuestro propio empeño en ser superiores a la vida nos impida extraer las lecciones adecuadas a tan caudalosa costumbre natural. Aún no lo sé.

   Respondemos por instinto, o con lo que puede pasar por instinto. Entre capas y capas de querencias, aquí y allá podemos llegar a vislumbrar alguna chispa de verdadera intuición, libre de toda pulsión, sana y única, y que nos recuerda el posible origen divino que nos atribuimos. Por lo demás, me cuesta mucho despegar mis anhelos de mis acciones, mis errores de mis virtudes, para poder analizarlos con el peso suficiente y la serenidad adecuada; por lo que he cometido tantos errores a lo largo de mi vida, que aún hoy me asombro de haber llegado adonde estoy y poder contarlo, por añadidura.

   A través del tiempo que ha pasado, tras cuarenta años de un silencio rumiado con continuos titubeos, con constantes salidas de tono, sólo ahora consigo vislumbrar una explicación coherente, cierto orden en las cosas, que logran justificarme (sí, lo admito) o cuando menos atenúan quién era yo por aquellos años en los que veía desfilar mi vida sin un objetivo claro y sin esperanzas de ningún tipo.  Escribir en el libro de contar la vida no me trae más paz de la que ya gozo, pero al menos me deja un sosiego contemplativo que me gustaría aprovechar para abocar por fin esos momentos que prefiguran un destino y que no logramos vislumbrar, ni por asomo, mientras estamos envueltos en el frenesí de los días que se viven.

   No en vano intento extraer de los días de Uxía algo que valga la pena: el aprendizaje más correcto, la lección eterna. Mi propia experiencia me indica que sólo para mí esa explicación (de serlo) es válida; cada quien debe bucear en sus propios océanos las razones que nos llevan a ser quienes somos y a actuar de la manera en que lo hacemos. La tragedia de la vida, si lo es, consiste en ese barroquismo, en esa constante pérdida. La vida es un ciclo en continuo movimiento; una función eterna, siempre la misma, con las mismas líneas, los mismos desencuentros, las mismas dudas, pero con decorados y actores tan variados, que consigue vendernos su cualidad de única, de exclusiva novedad. No me molesto hoy como seguro hubiera hecho antaño: veo en ese disfraz el mejor arma de defensa, quizá la única excusa que me sirve para definir mi propia existencia. A fin y al cabo todos vivimos para nosotros mismos: nacemos solos, solos morimos; las comparsas que nos acompañan encarnan un ruido de fondo de intercambiable fluidez: todos ocupamos, a su debido tiempo, esos mismos puestos y todos desaparecemos, cuando dejamos de ser útiles, haciendo mutis por el foro, de ese teatro que es la vida de los Otros. Mientras tanto, nuestro monólogo es lo único que nos ocupa y nos absorbe de tal forma que llegamos a olvidar todo lo que nos rodea, o dado el caso, llegamos a usar todo cuanto nos rodea con el único fin de alcanzar nuestro objetivo: el de seguir con vida.

   Dicho de esta manera la vida parece atroz. Lo es en lo que respecta a nuestras necesidades, o a lo que pensamos que son nuestras necesidades. Una de las pocas ventajas que tiene la vejez es esa desnudez de lo superfluo, esa falta de toda necesidad de imperecedero, ese nihilismo de lo inútil que nos facilita el renunciamiento, ese puro fantasma tan atractivo para la juventud pero que involucra tantas abdicaciones de nuestra razón, tantos desdenes, que rápidamente se deja de lado como un pasatiempo que ya no está de moda. Nada es más difícil que desisitir cuando algo nos atrae encarecidamente; antes bien lo contrario, gastamos toda nuestra energía en alcanzar primero, y en devorar después, ese objeto anhelado y quizá querido. Querer: palabra que encierra en esas pocas letras nuestra noción de amor y de deseo, de posesión y sed, de ansia, consumo y abandono. Querer, que no amar…

El Puente de las Urracas.

Un lugar para Eric/ A Place for Eric.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

La nueva novela de Eric Arvin es una sorpresa.

Woke Up in a Strange Place es un relato sobre un viaje, y como tal, lleno de sorpresas, descubrimientos y lecciones que aprender. Es un libro iniciático y poético, embellecido por una prosa fluida y sonora, de resultas que parece un largo poema en donde todas las escenas se mezclan y bailan una coreografía dictada por el amor, el aprendizaje y la libertad.

Todo escritor alberga dentro de sí un mundo único, lleno de reverberancias, de ecos de todo aquello que sueña o conoce y que atesora a lo largo de su vida. Woke Up in a Strange Place resume el maravilloso universo de Eric Arvin y nos enseña todo aquello que el autor ha aprendido a lo largo de su muy difícil vida, y nos regala un rayo de esperanza y de gracioso libertinaje a la vez. Es un libro que nos descubre aquello que puede estar detrás del negro olvido de la muerte, aquello que puede ser (y quién sabe no será) un viaje maravilloso que empieza, como el relato, en el mismo final.

Joe es el protagonista de este libro lleno de poesía. Un personaje desestructurado cuya única misión es buscarse, conseguirse y amarse por completo. Sólo personas de la talla de Eric Arvin son capaces de darse cuenta que el amor hacia nosotros mismos, el completo, transigente, irrevocable e infinito amor hacia lo que somos, cómo somos y hemos hecho, es la llave a la liberación y a la felicidad. Woke Up in a Strange Place nos descubre un mundo onírico, con nubes de algodón de azúcar, océanos de libertad, praderas infinitas de cielos color malva; personajes alados, animales humanos, neblinas torturadas, cantos engañosos, libertinos parajes en la que todos los sexos se reconocen y se disfrutan, y personajes todos que se redimen, todos, en el simple acto de aceptarse a sí mismos, de entenderse y de quererse.

Es un libro optimista pero no dulce; es un libro firme pero fluido, lleno de una prosa maravillosa, rítmica, que navega dulcemente entre los meandros de sentimientos torturados, olvidos que se recuerdan y recuerdos que cobran vida. Leer Woke Up in a Strange Place es una experiencia onírica y sensorial, como hundir la cabeza bajo el agua y sacarla llena de energía y de gozo. Eric Arvin nos regala la posible felicidad, no sin pruebas, nunca tras atajos, y nos transforma a todos sus lectores en ese Joe que, con una confianza de cachorro, va uniendo uno a uno los trozos de su vida, y descubriendo que la vida es maravillosa en uno y otro lado, como lo es este relato de desde la primera línea a la última.

Eric Arvin busca su lugar. Y seguro lo conseguirá.

 

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The new novel of Eric Arvin is a surprise.

Woke Up in a Strange Place is a story of a journey, and like so, plenty of surprises, discoveries and lessons to learn.

It is an initiatory tale, filled with a beautiful and poetic prose, so we are immersed in an ocean of scenes full of a choreographed dance dictated by Freedom and Love.

Any writer lodges within himself an unique world built with echoes of what he dreamed and he learned throughout  life. Woke Up in a Strange Place summarizes the wonderful universe of Eric Arvin and inside it we find everything the author has learned throughout his very difficult life in the form of a  ray of hope and graceful libertinism. It is a book that discovers us what might be behind the black curtain of death, a wonderful trip that begins, like the story, at the very end of the road. Joe is the main character of this poetic story. A unstructured character whose unique mission is to look for and to obtain the real truth, the real love: that one we have to give to ourselves.

Only people of the stature of Eric Arvin are able to realize that love towards ourselves, the complete, irrevocable and infinite love towards which we are, how we are and what we have done, is the key to liberation and happiness. Woke Up in a Strange Place discovers an oniric world, a world fills with clouds of sugar, oceans of freedom, infinite mallow prairies; winged characters; animal-humans; tortured fogs, deceptive songs; libertine places in which all the sexes are accepted and enjoyed, and redeemed characters, all, in the simple act to accept themselves as themselves, understood and loved.

It is an optimistic but nonsweet book; it is a firm but fluid story; written with a wonderful and musical prose, that sails sweetly between meanders of tortured feelings, remembrances relived and lost memories recovered. To read Woke Up in a Strange Place is an oniric and sensorial experience, like sinking the head under the water and removing it full of energy and joy. Eric Arvin gives happiness to us, not without challenges, never after short cuts, and transforms all of us into Joe, the character that, with a puppy confidence, ties one by one the pieces of his life, and discovers that Life is wonderful in both sides of the spectrum, as we do with this novel.

Eric Arvin is looking for his place in Literature. And he will obtain it for sure.

Cualquiera puede silbar/ Anyone can Whistle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

Anyone can Whistle. John Barrowman.

Hay memorias poderosas, que impactan sólo al verlas. Las hay volátiles, tan raudas que se posan brevemente sobre las cosas olvidándolas luego, como si fuesen mariposas. Y las hay ávidas, tanto, que llegan a devorarse a sí mismas.

La mía, para distinguir, es evocadora, libertaria, a veces anodina, a veces demasiado profunda y siempre está presente cuando desea, no cuando la necesito. O cuando yo creo que no la necesito, más bien.

Mi memoria tiene personalidad propia. Hace lo que quiere. Aunque tengo la suerte de que no suele equivocarse, cosa que me tranquiliza. Yerro cuando no confío en ella y es un recuerdo constante de que debo plegarme más a mis instintos, a mi intuición, porque ella lo impregna todo.

Es una máquina perforadora. Aquello que le interesa le queda grabado a fuego, como una cicatriz. Y no necesita grandes estímulos para evocarlos. Apenas una palabra, una canción, un aroma es necesario para que evoque un recuerdo y, derivado de él, construya un edificio lleno de detalles únicos y propios: voces, frases, colores, vestimentas, sabores y sentimientos. Con el detonante adecuado ningún detalle escapa a mi memoria y por eso es única, traviesa y, a veces, hasta se lleva buena fama.

Esto, como cualquier otra cosa en la vida, acarrea ciertos problemas: por mí mismo soy incapaz de acordarme de nada. Quiero decir, que no consigo gobernarla con tiento. Tiene cuarenta años conmigo y sigue haciendo lo que le viene en gana. Siempre necesita de un estímulo. Mi memoria es un laberinto que se hace traslúcido una vez se dice la palabra mágica, y esa palabra es evocación. Por eso mi memoria es una gran constructora de recuerdos rememorados, porque es una artista de la Evocación.

No veo en ello nada de extraordinario, pues si todo el mundo puede silbar, no es raro que yo lo haga también. Si puedo construir un recuerdo hasta el mínimo detalle, otros también lo harán. Sin embargo no deja de sorprenderme a veces, y a veces también irritarme, la extremada facilidad de mi memoria para construir mundos perdidos, sensaciones olvidadas, aromas desvanecidos y, sobre todo o por encima de todo, sentimientos sentidos.

Cansado un poco de la novedad literaria (suelo ir un tanto retrasado en cuanto a actualidad), en estos días me he dedicado a la relectura. Me gusta en exceso quizá; un defecto como otro cualquiera. Me apetece sobremanera evocar, con la lectura de  libros que me han dejado buen sabor, esos sentimientos, esas sensaciones; descubrir ideas nuevas, nuevas imágenes que la lectura inicial no me había revelado, y entender mejor a esos autores tan apreciados que llegaron en su día a sembrar en mí ese mar de recuerdos que salen a mi encuentro cada vez que abro sus tapas y me sumerjo en su lectura.

Mi país inventado, de Isabel Allende, fue uno de ellos. Curioso, porque es en sí mismo un ejercicio del recuerdo. A su manera divertida, profunda e hiperbólica. Ese libro fue el regalo de una mujer a la que tenía (y tengo) en altísima estima. Susana González Prado es quizá la persona que más ha marcado mi formación médica. Y no es porque me parezca a ella en mi quehacer diario (quién me diera), si no porque su personalidad, su actitud, su templanza y saber hacer alumbraron un período un tanto oscuro de mi vida; su paciencia infinita, que perdía ante mi torpeza; su sabiduría y su forma de ver la Medicina, con mucho de entusiasmo pero a la vez de escepticismo, me maravillaron. Ella, antes de irse de nuestro lado, me regaló ese libro. Porque supo que había leído a Paula, un relato que la marcó mucho, como me había pasado a mí. Y lo supo porque yo le enseñé un pequeño recuerdo que conservo de esa lectura, de los sentimientos que ese libro sembró en mi interior años antes de dedicarme a la Medicina Intensiva, y eso la llevó a dármelo.

Pero Susana González Prado me regaló Mi país inventado, que antes ella había leído, con una sorpresa en su interior: además de una dedicatoria escrita con esa letra de niña encantada, dejó una acuarela en sus hojas. Preciosa, llena de los colores del atardecer. No quiso que abriese el paquete en su presencia, aunque por descontado sabía que era un libro. Y era porque en su interior había escrito y pintado algo más importante que aquellas letras impresas.

Cuando he vuelto a abrir en estos días el libro, me encontré con su dibujo y su dedicatoria, y todo volvió a mí. Aquellos años torpes, su presencia serena, su saber estar. Todas esas cualidades que ardía en deseos de tener pero que sabía de sobras no iba a poseer nunca. Porque ella las tenía. Y mientras releía, su sonrisa iluminaba, en mi recuerdo, cada una de sus páginas.

Mi país inventado me llevó a releer Paula. En él encontré otra vez toda la angustia, todo el dolor, todo el humor, toda la esperanza, toda la desazón y toda la voluntad que hallé la primera vez que leí ese relato maravilloso, la transmutación de un dolor que nunca se disipa, pero que cambia de forma haciéndose más llevadero. Y mi memoria juguetona halló un nuevo estímulo al encontrar, escondida entre las hojas de Paula, una tarjeta hecha a mano, escrita con una letra de mujer menuda pero de alma muy grande como la de Susana González Prado: esa letra, esa tarjeta y esa dedicatoria eran de la autora del libro, de la propia Isabel Allende.

¡Años allí escondida! Y mi memoria evocó aquella tarde de enero en la que escribí una carta de una docena de folios por ambas caras dirigida a esa mujer, a esa autora maravillosa que había creado por el dolor, la pérdida y el reencuentro un libro que daba vida de nuevo a una hija muerta. Que había removido mis entrañas página a página, construyendo un mundo entre paréntesis, una voluntad que se transmuta, y sembrado una esperanza que aún sigue viva, a pesar de los años y del abandono de mi propia vida.

Aquella carta la escribí como en un hipogeo. Era un error, pues no sabía cómo enviársela. San Francisco quedaba a media vida de donde yo residía, y por supuesto desconocía cualquier seña de la autora. Una vez terminado aquel fajo de palabras manuscritas (¡pobre Isabel Allende, teniendo que leer cada una de esas páginas!) me asaltó la duda, claro. E inmediatamente pensé en la editorial. Otra carta dirigida a ellos para que, por favor, reenviaran la mía a su destinataria… Qué sueños llegamos a tener… Pero yo vivía en ese mundo de literatura donde quizá todo fuese posible…

Meses después, ya olvidada esa pequeña locura, recibí una carta sin remitente conciso, pero venida de Sausalito, California. La abrí, porque de aquella no había esa paranoia falsa que tenemos hoy en día y que es un invento malintencionado de los políticos, como en su momento lo fue la guerra fría, para mantener a la población que piensa bajo el control del miedo. Y ¡oh, sorpresa!, una tarjeta hecha a mano y manuscrita salió de aquel sobre… Isabel Allende me enviaba aquella tarjeta, escrita de su puño y letra y hecha por sus propias manos pensando en mí… Qué alegría para un lector perdido en la grandeza del mundo y qué detalle por su parte… Quizá todo sí fuera posible…

Ver esa tarjeta de nuevo, después de tantos años escondida en aquellas páginas, despertó en mí sensaciones adormecidas por el tiempo transcurrido, hizo que mi memoria juguetona construyese un tiempo y un lugar y un sueño que seguía muy vivo, pero muy latente, en mi interior. Esa memoria que se desplaza cuando más le conviene y que más me valdría seguir siempre…

Esa tarjeta guarda en su interior un sueño que compartí con la escritora y al que ella me animaba narrándome su propia experiencia, su propio despertar. La vida es una vaina, sin duda, pero siempre nos da la oportunidad de volver a empezar. Para ella esa oportunidad tenía una fecha eterna: el 8 de enero, y firmaba esa tarjeta con la esperanza de que yo encontrase, como ella, ese estímulo para conseguir mis sueños: mi propio 8 de enero.

La vida me ha dado muchas vueltas, como a todos. Pero en mi caso siempre he tenido la sensación de haber sido arrastrado por una fuerza centrípeta, de desgaste más que de creación. Quizá sea sólo un error de apreciación. Porque mi memoria libertina corre por mi mente inundando mi espíritu con infinidad de imágenes, con un torrente de sensaciones, y me ha regalado, en estos días, quizá un motivo poderoso para seguir adelante. El recuerdo de Susana González Prado, con su pelo castaño atado en una coleta, su sonrisa tímida, su serena percepción de la Medicina, sigue en mí casi como la primera vez que la vi. El recuerdo de Isabel Allende, legándome una esperanza posible dentro de la locura de la vida, sigue ahí impresa en esa tarjeta que ya amarillea por el paso del tiempo. Ellas me han enseñado que sí, todo es posible.

Y si yo puedo silbar, no me extraña que todos también puedan. Y si ellas consiguieron ser fieles a sí mismas, encontrándose en el camino, seguro que yo también podré. Ay, memoria libertina…, qué suerte que aún sigas aquí…

Retrato en sepia/ Portrait in Sepia.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Hay algo mágico en la pluma de Isabel Allende. Quizá sea esa fogosa imaginación que tiene, esa mediúmnica capacidad de metamorfosear aquello que ha vivido y que le rodea, extrayendo de esa alquimia algo más preciado que unos recuerdos; quizá sea su destreza para diseñar personajes fascinantes, cuya vida de novela navega entre lo imposible y lo real, y cuyas pasiones (siempre entregadas) los desgarran y los justifican.

Fruto de su época, Isabel Allende es quizá una de las últimas grandes voces del movimiento latinoamericano. Lo es en su libertad, pues su propio periplo vital no ha podido ser más extraño a la labor literaria, y sin embargo se ha entregado a ella con un fervor que sólo una mujer latinoamericana conoce y puede dar. Lo es en su temática, mucho más política de lo que parece, pues es un grito por la libertad de vivir, de dejar existir, con sus aciertos y errores, con sus miedos y sus sinsabores y la belleza del momento; y lo es en su concepción, demasiada alejada de Latinoamérica para que en sus creaciones no planee siempre un velo de melancolía que aquellas obras nacidas en su seno no tienen ni de lejos.

Ignoro si Retrato en sepia nació de una idea global que arranca con La casa de los espíritus. Conociendo la carrera vital de la escritora (que nos regala en esa bello retrato de una persona, de un tiempo superpuesto y de un lugar único que es Paula, y en la recreación de Mi país inventado) me hace pensar que no. Sin embargo, en el arco vital que parte desde su transformación como escritora profesional (La casa de los espíritus) hasta Retrato en sepia, su talento y su experiencia hacen que transforme una novela-río en una novela-océano llena de originales giros, de personajes fascinantes y de mujeres, siempre mujeres, únicas. La trilogía en la que se ha transformado la historia que narra La casa de los espíritus haciéndola pasar por el alambique de Hija de la fortuna y que culmina en Retrato en sepia, permite ser leída de forma independiente pues su magia estriba en que sólo al final del último libro, que es Retrato en sepia (y que, paradójicamente, está ubicado por cronología en el centro de los otros dos), veamos que esas historias tiene todas un lazo común: el lazo de la sangre, de la historia contada y de su autora, que se arroja a una aventura de retratar mundos y personajes con la alegría de una adolescente enamorada.

Si bien Hija de la fortuna nos resulta un tanto excéntrica, pues está ubicada en un tiempo y lugar extraños para la carrera literaria de la autora, una vez conocida la ciudad en la que toma cuerpo esta novela (San Francisco a finales del S. XIX) nos damos cuenta de lo certero de su relato, de lo idóneo de su concepción. Retrato en sepia recupera ese terreno conocido y ese gusto por la exhuberancia y la rima perpetuamente inacabada de América Latina, esa esencia que enamora a todo aquél que pisa alguna vez sus tierras, y del que ella es una embajadora excepcional. Retrato en sepia es un viaje de retorno para seguir hacia adelante. Es una vuelta a las raíces de Chile con los ojos extrañados del viajero lejano, que ha vuelto pese al paso del tiempo, o quizá por el paso del tiempo, con otra mirada y otra concepción del mundo.

Todo fluye en Retrato en sepia: la acción, los personajes. Y todo encaja: es un libro que se lee con brío y con alegría, y que regala, con la mayor generosidad posible, el enlace final que une esas tres historias tan diferentes y únicas con una cadena que refulge como el oro en paño y que termina explicando un mundo singular y unos personajes maravillosos, salidos de la vida y del aliento de esta autora de calidad excepcional y que consigue, en momentos como éste, una cima difícil de igualar.

 

El Auriga/ The Charioteer.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

El Auriga (1953), novela de Mary Renault, nos cuenta una historia de amor homsexual en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Pero El Auriga no es sólo una historia de amor, porque no lo es al uso; es una historia de psicología de personajes y un retrato muy vívido de la sociedad británica primero, y de la sociedad homosexual después, durante ese convulso período de la Historia de la humanidad.

Laurie (Spud) Odell es el protagonista, un hombre joven, herido durante la batalla de Dunquerke, que se ve forzado a malvivir con su herida y el ambiente hospitalario y militar en el que se encuentra confinado. Entre compañeros igual de lisiados (sea físicamente, sea psicológicamente), Laurie encuentra consuelo en la figura de un objetor de conciencia, cuáquero, cuya inocencia, juventud (Laurie apenas tiene veintipocos años, lo que nos regala una imagen de la breve duración de la vida en la que el mundo estaba envuelto en esos años) y condición de outsider le atrae irresistiblemente. Sin embargo, por casualidades del destino, Laurie tropieza con el objeto de deseo de su adolescencia, su héroe romántico: Ralph Lanyon, con quien se reencuentra tras una historia sin final abandonada en los años previos a la guerra, donde todo parecía dispuesto y ordenado e inevitable.

A partir de este triángulo, Mary Renault nos regala una historia en la que la psicología de los personajes, y fundamentalmente de Laurie, claro, pesa sobre la narración, por lo demás brillante. Respirando el espíritu de la época en la que fue escrito, busca en esas explicaciones científicas lo que el corazón siente y a lo que se desboca, usando la imagen de el auriga de Sócrates como símbolo. En sus páginas vemos debatirse el espíritu, el corazón y los deseos de Spud de una forma quizá desgarradora, desgarradora por el freno que el personaje intenta impregnar a sus deseos, por el ambiente represivo de una sociedad que no tolera a aquellos que no son similares y por los propios ideales del protagonista, que a veces se alejan tanto de la realidad, que su terquedad para con ellos nos hace sonreír y nos recuerda que, pese a todo lo que ha vivido, Laurie no deja de ser un niño.

Por sus páginas desfilan los distintos ambientes de la sociedad británica: el ambiente de los colegios británicos, ciertas pinceladas universitarias; la opresiva convivencia con la guerra; el mundo paralelo que, tras las cortinas cerradas, la sociedad homosexual erige para conocerse, criticarse, odiarse y, quizá amarse en secreto. A su vez nos detalla el ambiente de la guerra, la rigidez o la torpeza militar, los deseos y miedos sufridos en los hospitales, y las profundas heridas corporales y espirituales que un conflicto bélico siempre deja entre los seres que lo viven.

Lo que veinte años después desembocaría en una joya literaria (El muchacho persa) en El Auriga vemos ciertos brotes y ciertos brillos: la delicadeza del amor entre hombres; la constante lucha entre lo que deseamos y lo que creemos nuestro deber; la torpeza de seguir sueños que no son más que nebulosas informes; el trato rudo, histriónico y casi histérico entre los componentes de una sociedad del mismo pelaje; esa constante lucha de nadar entre el fango o alzarse en vuelo hacia la eternidad; rescatar de lo más profundo de ese pugilato entre lo que somos y lo que nos impide ser lo más valioso, lo más duradero, aquello que es atemporal y eterno pese a lo que se nos inculca o se nos enseña; y el miedo primero, y la libertad después, de amar y ser amado simplemente por lo que se es, por lo que se puede dar, y se le da, al Otro que nos sorprende y nos acompaña.

Todo eso que veremos después en El muchacho persa aquí está expresado quizá con un lenguaje más frío que no logra, sin embargo, esconder su poesía, y también más críptico: la sociedad de 1953 no era más tolerante hacia el amor homosexual de lo que fue en los años 70, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. Lejos de la poesía de Maurice, contagiado quizá un tanto por el espíritu del psicoanálisis (empero más cerca de Jung que de Freud), pero a la vez mucho más valiente, por haber sido escrito por una mujer y por haber sido publicado dentro de su contemporaneidad (aunque Maurice, de E. M. Foster, fue escrita cuarenta años antes que El Auriga, fue publicada veinte años después, tras la muerte de su autor), El Auriga nos ofrece un retrato verosímil, soslayado pero penetrante de la sociedad homosexual británica durante la Segunda Guerra Mundial, sus miedos y sus comportamientos; y el debate interior, a veces desgarrador, entre lo que sentimos, lo que creemos sentir, lo que nos conviene y lo que nos haría feliz, en una historia de amor entre dos hombres íntegros que se desean porque se conocen y que se aman en silencio y en el que, paradójicamente, nunca se emplea la palabra amor.

La vida de una mujer es difícil de narrar. O su espíritu es extremo, convirtiéndola así en heroína y por lo tanto alejándola de la realidad del común de las mujeres; o bien es opaca y sumisa, disfrazándola de decorado, de mueble. La vida de una mujer, y más de una mujer homosexual, es encubierta, callada, labrada con las fuerzas de la naturaleza, que habla en obras más que en palabras. Es difícil retratar la vida de una mujer sin caer en el escándalo (o lo que la sociedad aún considera escandaloso) o en la grosería. Lo mismo podría aplicarse para la vida de un hombre, de cualquier hombre, y más si es homosexual. El Auriga es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando se escribe con gran profundidad y buen gusto, cuando sabemos que los sentimientos son los mismos no importa en qué cuerpo habiten, y cuando se busca por encima de todo la integridad y la libertad.

De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Medicina/ Medicine

Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.

Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.

Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.

Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.

En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.

Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.

Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.

En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.

Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.

Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.

Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.

– ¿Ése? ¿Con esa pinta?

Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.

– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?

Claro, ¿quién más iba a ser?

Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.

Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre  la Decepción también y sobre el Dolor.

Feliz comienzo de Año para todos.

Telón: después de todo/ Telón: After All.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Después de todo este tiempo pasado con Alejandro, Miguel y el resto de la panda de Historias de Chueca, TELÓN se erige como el cierre de una historia estrambótica y tierna, delicadamente escatológica y maravillosamente real.

Telón está lleno de Chueca y, sin embargo, traspasa a Chueca, va más allá. Todos sus personajes se concentran en ella, se integran en ella, crecen en ella y, como nos pasa a los seres humanos, trascienden sus límites para tocar, con mucho humor pero sobre todo, o más que todo, con melancolía, los corazones de sus lectores.

Como Telón es Historias de Chueca, hay situaciones hilarantes y surrealistas dentro de ese casco urbano que todo lo contiene; hay dolor, también, y decepciones, y muchas sorpresas. Los personajes que han integrado la trilogía se encuentran aquí y completan el círculo invisible que los ha unido desde el principio. Telón es la historia de Alejandro, pero también es la de Stephan, ese niño maravilla, y la de JuanGa, que sigue deleitándonos con sus modelos inusuales y sus salidas de tono, tan maravillosas; y sobre todo la de Javier, un personaje que entra en el tejido de Telón para revelarse, en cada página, su corazón, su centro.

Lo más hermoso de Telón es su evolución. Pues hasta los personajes que integran Historias de Chueca evolucionan, se replantean aspectos de su vida; y buscan, buscan hasta la extenuación y con tanta fe, que al final todo lo consiguen. En Telón brilla la esperanza, la sensación de que todo es posible, y todo, de la mejor manera posible. Nada queda al azar en ese aparente mundo loco que Abel Arana ha creado, quizá porque, como él mismo dice, en el libro se integra la historia de todo aquel que ha vivido en Chueca alguna vez, esa historia de todos y de nadie en particular.

Telón va más allá de Historias de Chueca y revoluciona el mundo de MÁS con mayor calado. Las historias dentro del libro se suceden una detrás de otra, pero esta vez la melancolía del deseo se deja traslucir más, se desnuda en realidad, liberándose de la fantasía, de los juegos, de los sueños que la adornan, mostrándose tan pura y tan enigmática como es en realidad. Todos tenemos esa trastienda; todos guardamos en el patio de atrás deseos errados, truncados u olvidados, que nos hacen ser lo que somos y cómo somos y que terminan definiéndonos por encima de nuestra mente, unido como está al verdadero corazón que nos guía.

Y eso es lo que Abel Arana ha hecho con Telón: escribir con corazón. Alejandro es más él mismo; Stephan crece hasta conseguir ser, en esa libertad plena en la que vive, lo que desea (con una aguda perspicacia); Javier llega y revoluciona los astros; y el resto de la pandilla, tan cercana como nunca, sonríe desde su propio viaje y se mantiene tan enlazada como sólo el verdadero cariño puede unir.

No hay nada de Historias de Chueca que el lector no halle en Telón. Pero hay mucho más: una trimidensionalidad y un entendimiento único y un final arrebatador, en el que el amor triunfa por encima de las mil dificultades a las que lo abocamos, a través del Destino y de la Esperanza.

Telón nos regala, en sus páginas, un trocito de vida vivida. Telón nos enseña en sus páginas que, después de todo, un final no es más que un nuevo comienzo, un nuevo amanecer.

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