El Auriga/ The Charioteer.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

El Auriga (1953), novela de Mary Renault, nos cuenta una historia de amor homsexual en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Pero El Auriga no es sólo una historia de amor, porque no lo es al uso; es una historia de psicología de personajes y un retrato muy vívido de la sociedad británica primero, y de la sociedad homosexual después, durante ese convulso período de la Historia de la humanidad.

Laurie (Spud) Odell es el protagonista, un hombre joven, herido durante la batalla de Dunquerke, que se ve forzado a malvivir con su herida y el ambiente hospitalario y militar en el que se encuentra confinado. Entre compañeros igual de lisiados (sea físicamente, sea psicológicamente), Laurie encuentra consuelo en la figura de un objetor de conciencia, cuáquero, cuya inocencia, juventud (Laurie apenas tiene veintipocos años, lo que nos regala una imagen de la breve duración de la vida en la que el mundo estaba envuelto en esos años) y condición de outsider le atrae irresistiblemente. Sin embargo, por casualidades del destino, Laurie tropieza con el objeto de deseo de su adolescencia, su héroe romántico: Ralph Lanyon, con quien se reencuentra tras una historia sin final abandonada en los años previos a la guerra, donde todo parecía dispuesto y ordenado e inevitable.

A partir de este triángulo, Mary Renault nos regala una historia en la que la psicología de los personajes, y fundamentalmente de Laurie, claro, pesa sobre la narración, por lo demás brillante. Respirando el espíritu de la época en la que fue escrito, busca en esas explicaciones científicas lo que el corazón siente y a lo que se desboca, usando la imagen de el auriga de Sócrates como símbolo. En sus páginas vemos debatirse el espíritu, el corazón y los deseos de Spud de una forma quizá desgarradora, desgarradora por el freno que el personaje intenta impregnar a sus deseos, por el ambiente represivo de una sociedad que no tolera a aquellos que no son similares y por los propios ideales del protagonista, que a veces se alejan tanto de la realidad, que su terquedad para con ellos nos hace sonreír y nos recuerda que, pese a todo lo que ha vivido, Laurie no deja de ser un niño.

Por sus páginas desfilan los distintos ambientes de la sociedad británica: el ambiente de los colegios británicos, ciertas pinceladas universitarias; la opresiva convivencia con la guerra; el mundo paralelo que, tras las cortinas cerradas, la sociedad homosexual erige para conocerse, criticarse, odiarse y, quizá amarse en secreto. A su vez nos detalla el ambiente de la guerra, la rigidez o la torpeza militar, los deseos y miedos sufridos en los hospitales, y las profundas heridas corporales y espirituales que un conflicto bélico siempre deja entre los seres que lo viven.

Lo que veinte años después desembocaría en una joya literaria (El muchacho persa) en El Auriga vemos ciertos brotes y ciertos brillos: la delicadeza del amor entre hombres; la constante lucha entre lo que deseamos y lo que creemos nuestro deber; la torpeza de seguir sueños que no son más que nebulosas informes; el trato rudo, histriónico y casi histérico entre los componentes de una sociedad del mismo pelaje; esa constante lucha de nadar entre el fango o alzarse en vuelo hacia la eternidad; rescatar de lo más profundo de ese pugilato entre lo que somos y lo que nos impide ser lo más valioso, lo más duradero, aquello que es atemporal y eterno pese a lo que se nos inculca o se nos enseña; y el miedo primero, y la libertad después, de amar y ser amado simplemente por lo que se es, por lo que se puede dar, y se le da, al Otro que nos sorprende y nos acompaña.

Todo eso que veremos después en El muchacho persa aquí está expresado quizá con un lenguaje más frío que no logra, sin embargo, esconder su poesía, y también más críptico: la sociedad de 1953 no era más tolerante hacia el amor homosexual de lo que fue en los años 70, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. Lejos de la poesía de Maurice, contagiado quizá un tanto por el espíritu del psicoanálisis (empero más cerca de Jung que de Freud), pero a la vez mucho más valiente, por haber sido escrito por una mujer y por haber sido publicado dentro de su contemporaneidad (aunque Maurice, de E. M. Foster, fue escrita cuarenta años antes que El Auriga, fue publicada veinte años después, tras la muerte de su autor), El Auriga nos ofrece un retrato verosímil, soslayado pero penetrante de la sociedad homosexual británica durante la Segunda Guerra Mundial, sus miedos y sus comportamientos; y el debate interior, a veces desgarrador, entre lo que sentimos, lo que creemos sentir, lo que nos conviene y lo que nos haría feliz, en una historia de amor entre dos hombres íntegros que se desean porque se conocen y que se aman en silencio y en el que, paradójicamente, nunca se emplea la palabra amor.

La vida de una mujer es difícil de narrar. O su espíritu es extremo, convirtiéndola así en heroína y por lo tanto alejándola de la realidad del común de las mujeres; o bien es opaca y sumisa, disfrazándola de decorado, de mueble. La vida de una mujer, y más de una mujer homosexual, es encubierta, callada, labrada con las fuerzas de la naturaleza, que habla en obras más que en palabras. Es difícil retratar la vida de una mujer sin caer en el escándalo (o lo que la sociedad aún considera escandaloso) o en la grosería. Lo mismo podría aplicarse para la vida de un hombre, de cualquier hombre, y más si es homosexual. El Auriga es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando se escribe con gran profundidad y buen gusto, cuando sabemos que los sentimientos son los mismos no importa en qué cuerpo habiten, y cuando se busca por encima de todo la integridad y la libertad.

De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Medicina/ Medicine

Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.

Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.

Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.

Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.

En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.

Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.

Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.

En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.

Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.

Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.

Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.

– ¿Ése? ¿Con esa pinta?

Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.

– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?

Claro, ¿quién más iba a ser?

Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.

Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre  la Decepción también y sobre el Dolor.

Feliz comienzo de Año para todos.

Telón: después de todo/ Telón: After All.

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Después de todo este tiempo pasado con Alejandro, Miguel y el resto de la panda de Historias de Chueca, TELÓN se erige como el cierre de una historia estrambótica y tierna, delicadamente escatológica y maravillosamente real.

Telón está lleno de Chueca y, sin embargo, traspasa a Chueca, va más allá. Todos sus personajes se concentran en ella, se integran en ella, crecen en ella y, como nos pasa a los seres humanos, trascienden sus límites para tocar, con mucho humor pero sobre todo, o más que todo, con melancolía, los corazones de sus lectores.

Como Telón es Historias de Chueca, hay situaciones hilarantes y surrealistas dentro de ese casco urbano que todo lo contiene; hay dolor, también, y decepciones, y muchas sorpresas. Los personajes que han integrado la trilogía se encuentran aquí y completan el círculo invisible que los ha unido desde el principio. Telón es la historia de Alejandro, pero también es la de Stephan, ese niño maravilla, y la de JuanGa, que sigue deleitándonos con sus modelos inusuales y sus salidas de tono, tan maravillosas; y sobre todo la de Javier, un personaje que entra en el tejido de Telón para revelarse, en cada página, su corazón, su centro.

Lo más hermoso de Telón es su evolución. Pues hasta los personajes que integran Historias de Chueca evolucionan, se replantean aspectos de su vida; y buscan, buscan hasta la extenuación y con tanta fe, que al final todo lo consiguen. En Telón brilla la esperanza, la sensación de que todo es posible, y todo, de la mejor manera posible. Nada queda al azar en ese aparente mundo loco que Abel Arana ha creado, quizá porque, como él mismo dice, en el libro se integra la historia de todo aquel que ha vivido en Chueca alguna vez, esa historia de todos y de nadie en particular.

Telón va más allá de Historias de Chueca y revoluciona el mundo de MÁS con mayor calado. Las historias dentro del libro se suceden una detrás de otra, pero esta vez la melancolía del deseo se deja traslucir más, se desnuda en realidad, liberándose de la fantasía, de los juegos, de los sueños que la adornan, mostrándose tan pura y tan enigmática como es en realidad. Todos tenemos esa trastienda; todos guardamos en el patio de atrás deseos errados, truncados u olvidados, que nos hacen ser lo que somos y cómo somos y que terminan definiéndonos por encima de nuestra mente, unido como está al verdadero corazón que nos guía.

Y eso es lo que Abel Arana ha hecho con Telón: escribir con corazón. Alejandro es más él mismo; Stephan crece hasta conseguir ser, en esa libertad plena en la que vive, lo que desea (con una aguda perspicacia); Javier llega y revoluciona los astros; y el resto de la pandilla, tan cercana como nunca, sonríe desde su propio viaje y se mantiene tan enlazada como sólo el verdadero cariño puede unir.

No hay nada de Historias de Chueca que el lector no halle en Telón. Pero hay mucho más: una trimidensionalidad y un entendimiento único y un final arrebatador, en el que el amor triunfa por encima de las mil dificultades a las que lo abocamos, a través del Destino y de la Esperanza.

Telón nos regala, en sus páginas, un trocito de vida vivida. Telón nos enseña en sus páginas que, después de todo, un final no es más que un nuevo comienzo, un nuevo amanecer.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Ricky Martin: un camino y sus encrucijadas/ Ricky Martin: a road and a crossroad.

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Enrique Martin Morales (1971), Ricky Martin para todo el resto del planeta, el cantante que movió los cimientos de todos los europeos y asiáticos antes de conquistar a los norteamericanos del norte (lo siento, pero México es tan grande, que podía ser en sí mismo un continente, pero forma parte de Norteamérica), ha publicado un libro de memorias llamado, cómo no, YO. Y no es tanto una autobiografía, o al menos no es una autobiografía al uso, sino un fresco de sentimientos que nacen, crecen y maduran a lo largo de su vida y que consigue plasmar en las hojas de un libro que se lee fácilmente, pero que está lleno de mucho trabajo, de mucho sufrimiento y de mucha fe. Y no es una biografía: no contiene nombre ni lugares exóticos ni chismes callados ni indiscretas salidas de tono, sino una hoja de ruta, un camino lleno de encrucijadas que el cantante, a lo largo de sus 39 años de vida, ha cursado una y otra vez, cayendo y volviéndose a erguir, lleno de errores y de brillantes aciertos, de banalidades y de hipocresía, de engaños (de esos engaños que más duelen: los que nos hacemos a nosotros mismos) y de pasión, pero por sobre todas las cosas, de una compasión sincera, y de un amor transparente, que salta a la vista y llega al corazón a medida que las páginas van cayendo una tras otra ante nuestros ojos.

Decir que Ricky Martin nos abre su corazón y que lo deja en nuestras manos es un tópico, pero también puede serlo la historia que narra y su lucha, y no es por eso menos interesante ni menos real. Todo lo contrario. Cuando hablamos de la vida humana, y más si es un artista de éxito, la imaginamos llena de facilidades (todas después de alcanzarlo, claro), una línea recta que nos demuestra que, para llegar a ser alguien, sólo hay que seguir la senda de ladrillos amarillos como si nos condujera hasta Oz. Nada más equivocado. Al menos no en su caso. En YO, Ricky Martin es más Enrique Martin Morales (o Kiki, como lo conocen) que nunca; de hecho, es quizá la primera vez que es él mismo en su totalidad. No hay ningún aspecto de su alma que no muestre, no hay ninguna cara que se deje olvidada, porque el camino que lo ha llevado hasta hoy ha sido tan arduo, tan duro y tan solitario, que después de esa intensa lucha, no queda más que la desnudez de la verdad. Y sólo hay belleza en esa verdad.

No en vano Paulo Coelho aparece en la contraportada del libro: es un relato de lucha con el guerrero interior, con la vida que es batalla continua porque queremos que así sea, y es un libro de triunfo y equilibrio, senderos y encrucijadas por las que él también ha pasado con el mismo resultado y las mismas heridas. Heridas que todos compartimos; guerras que todos libramos; miedos que todos tenemos; precipicios en los que todos caemos; y esperanzas que todos tenemos de alcanzar por fin la aceptación final y la calma.

Conocía la existencia de este libro. Más que por supuesto, conocía ya a Ricky Martin. Nadie que haya crecido en Latinoamérica en la década de 1980 ignora la existencia de Menudo y de sus integrantes. De muchos de ellos, al menos. Pertenecemos a la misma generación, aunque con caminos harto diferentes, y por lo mismo, con innumerables puntos en común. Pero no tenía intención de leerlo. Sí, tenía ideas preconcebidas al respecto. Y no porque me disguste el personaje: nada más lejos de la verdad. Todo lo contrario: siempre me ha parecido encantador y, en las entrevistas, muy cercano. Cercano como yo, con una especie de barrera transparente que establecía cierto límite que lo hacía aún más atractivo. Y de espíritu adictivo. Pero me temía que ese libro no fuese más que un rosario de encuentros estelares, de lugares más que conocidos y prefabricados, en el que todo se resumiría en esa línea recta que lleva de un niño que sueña a cristalizar esos sueños y más allá; recorridos interplanetarios en jet privado y champán y perfumes; vaporosos encuentros apasionados y aplausos, miserias y nuevos aplausos, letras y rimas y música y más música… Sí, puedo llegar a ser así de prosaico.

Pero fue la entrevista que concedió a Oprah Winfrey, (que pude ver gracias al a veces irritante YouTube), la que hizo que buscase rápidamente el libro y lo leyese. Todo lo que dijo en esa entrevista, su tono de voz (que siempre me ha parecido atractiva y serena al mismo tiempo) y sobre todo, cómo lo dijo, fue lo que me llevó a leerlo. No el programa en sí: son amigos y eso se nota. Quitando la búsqueda (y la consecución) tan de Oprah Winfrey de la lágrima fácil, los programas de esta mujer, todo un prodigio televisivo, tienen la facultad de llegar al corazón. Y eso se nota cuando entrevista a estrellas de cine o a cantantes de éxito o a todas aquellas personas que sobresalen en cualquier campo de la actividad humana. Este programa con Ricky Martin no fue la excepción. Enrique Martin Morales fue más Ricky Martin que nunca y ya sólo con su mirada y su voz y lo que dijo en él, hizo que fuese corriendo a comprar su libro. Si eso es no tener encanto, nada lo es.

YO podría estar mejor escrito, pero no es literatura lo que esconde. YO, de Ricky Martin, lo que esconde es una batalla esplendorosa por ser uno mismo, un ejemplo que tendría a bien en imitar en muchos aspectos de mi propia vida. En sus páginas hay mucho miedo por no hacer daño, mucho deseo de agradar a los demás y mucha ansia por no saber decir que no a tiempo: parece que me hablase a mí mismo a través de sus líneas. Y vemos en YO que Kiki es positivo, alegre y bochinchero, pero menos de lo que creemos, menos en realidad de lo que él mismo piensa. Vemos a un hombre que se preocupa por los demás, quizá demasiado; que tiene sueños enormes, quizá irrealizables (¿pero quién le puede negar nada a alguien que lo ha conseguido casi todo con su solo esfuerzo y su corazón?); y que, más allá de los supuestos errores, ha sabido levantar un universo, una personalidad, una persona tan fulgurante como sensible y sincera, ahora consigo mismo tanto como con los de su entorno, un entorno que se ha transformado en todo un mundo, un mundo que tuvo a sus pies.

YO es el mapa de una lucha; la hoja de ruta de un niño perdido que encuentra por fin (no sin grandes sufrimientos) su logro más anhelado y soñado: la paz. Por eso es casi un cuento de hadas: porque nos narra un horror y un sufrimiento, tan vívido, tan real, que sólo puede tener un final feliz. O al menos tan feliz como la felicidad nos está regalada a los seres humanos. No es un libro para agradar, no es un libro para caer simpático, es un libro que se justifica a sí mismo de forma quizá innecesaria, pero que también vive por sí mismo y que fluye, dentro de ese camino escondido que todos tenemos bajo nuestros pies, entre las señales equívocas, las voces susurrantes y las cien encrucijadas que intentan desviarnos de la única vía que tenemos para gozar de la verdadera calma, de la auténtica felicidad: ser nosotros mismos.

Matar a un ruiseñor/ To Kill A Mockingbird.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Matar a un ruiseñor, escrita por Harper Lee, es un sueño. Un sueño si se lee con once años, porque nadie ha sabido retratar al padre perfecto mejor que ella, y nadie ha sabido encarnar mejor ese personaje que Gregory Peck.

Con una prosa suave, propia de una mujer del Sur de los Estados Unidos, y sin embargo directa y afiladísima, retrata el ambiente de los años de la Gran Depresión, el racismo, la pobreza, la falta de educación y la estrechez de miras de la que todo se deriva, sin despertar asombro pero sembrando en el ánimo del lector profundos sentimientos y hondas reflexiones. Por eso es una obra magnífica. Y porque nos acerca al universo atemporal y único de una familia especial vista desde los ojos de Scout Finch, la narradora de casi seis años, Jem Finch y, por supuesto, el verdadero artífice del libro, el verdadero ruiseñor de esta novela, el padre, Atticus Finch.

Porque Matar a un ruiseñor nos muestra todo el dolor, los sufrimientos, las fobias y la estrecheces de los norteamericanos de esa época y de la actual; nos enseña cómo una niña muy lista crece y se da cuenta del mundo y de lo que puede haber de grotesco y soberbio en él; pero también nos regala, quizá con una claridad tan meridiana como intencionada, el mejor retrato parental que he leído hasta ahora; tanto, tanto que, una vez terminada la historia, flotó en mi interior el deseo de tener cerca de mí la figura de un padre como Atticus Finch.

No importa: la versión cinematográfica que vi unos cuatro años más tarde, en la época en la que el Betamax y el VHS refulgían en el horizonte (y el Walkman, claro), me regaló esa imagen maravillosa, ese retrato que aún conservaba en mi interior de Atticus Finch, en las formas y maneras de Gregory Peck. Y él, como actor, ya había hecho muchas cosas y muchas más haría después de ésta, desde el Klimanjaro hasta Roma, pero para mí, por encima de todas las cosas, pasaría a mis recuerdos particulares, a mis sueños eternos, como el retrato del mejor padre del mundo: Atticus Finch.

Matar un ruiseñor es una historia maravillosa, que sigue inspirando las conciencias ciudadanas de todo aquel que se acerca a esta obrita maestra. Y su autora no necesitó mucho más que demostrar con respecto a su talento o su mundo interior: el cuerpo literario de la mayoría de los grandes autores no pasa más que de ruidos disonantes en medio de sinfonías maravillosas. Harper Lee nos ahorró, después de esta joya, con su silencio eterno (roto este último año pasado), muchos dolores de cabeza y más de una decepción, de seguro.

Y a mí, particularmente, la idea cenital de que, si bien Atticus Finch es el mejor padre del mundo, tampoco a mí me ha ido tan mal con el que tuve, después de todo.

Tiempo/ Time.

El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read

Eclesiastés 3: 1-8
Hay un tiempo para cada cosa
y todo lo que hacemos bajo el sol tiene su tiempo.
Hay un tiempo para nacer y otro para morir;
uno para plantar y otro para recoger.
Hay un tiempo para herir y otro para curar;
uno para destruir y otro para edificar.
Hay un tiempo para llorar y otro para reír;
uno para gemir y otro para bailar.
Hay un tiempo para lanzar piedras y otro para recogerlas;
uno para abrazarse y otro para separarse.
Hay un tiempo para ganar y otro para perder;
uno para retener y otro para desechar.
Hay un tiempo para rasgar y otro para coser;
uno para callar y otro para hablar;
hay un tiempo para amar y otro para olvidar;
uno para no comprenderse y otro para hacer la paz.

 

Eclesiastes 3: 1-8

1 For everything there is a season, and a time for every matter under heaven: 2 a time to be born, and a time to die; a time to plant, and a time to pluck up what is planted; 3 a time to wound, and a time to heal; a time to break down, and a time to build up; 4 a time to weep, and a time to laugh; a time to mourn, and a time to dance; 5 a time to cast away stones, and a time to gather stones together; a time to embrace, and a time to refrain from embracing; 6 a time to seek, and a time to lose; a time to keep, and a time to cast away; 7 a time to rend, and a time to sew; a time to keep silence, and a time to speak; 8 a time to love, and a time to forget; a time for misunderstanding, and a time for peace…

 

Una tarde singular/ A different afternoon.

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A Hugo y Oskitar.

Dentro del amplio espectro de los días de nuestra vida, que se funden en negro si intentamos rememorarlos alguna vez, aquí y allá surgen momentos que brillan como destellos, que son fugaces realmente, pero que nos dejan tal recuerdo, que revivirlos no cuesta gran trabajo: palabras, gestos, sonidos, olores y colores, en un conjunto que nos regala alegría, cierta melancolía y, a veces, una vaga tristeza teñida de añoranza por lo que se tuvo una vez y ya no se tiene.

Uno de esos instantes, que son encuentros con lo maravilloso, me pasó hace unos días, cuando pude conocer personalmente a dos personas extraordinarias, amenas, cultas y divertidas como son Carlos Hugo Asperilla y Óscar Moreno García. Se me dirá que es fácil conectar con alguien con el que ya se mantiene cierto contacto, con el que se comparte cierto interés. Puede ser. Pero no. Al menos no en mi caso. Soy una persona excepcionalmente tímida, que se sorprende a sí mismo si se encuentra cómodo, pero que suele tardar un tiempo en encontrar su propio tempo con los demás. Esto no me pasó con ellos; de hecho, todo lo contrario, y es por eso que ese encuentro, en el que compartimos anécdotas, puntos de vista, críticas y risas, se convirtió para mí en una tarde singular, en uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria para siempre.

Carlos Hugo Asperilla me encontró hablando por teléfono. Me agobió un poco mi falta de educación, pues corté como puede a la persona con la que estaba hablando y a él lo hice esperar unos segundos con el teléfono en la mano. Inmediatamente me llamó la atención su persona, como lo imaginaba, pero con una trimidensionalidad algo inesperada. Y no sólo por su fortaleza física, si no por su mirada penetrante, su pelo corto, su inmediata sonrisa. Carlos Hugo es carne; dueño de una estabilidad pausada, de un saber estar, que transmite en cada gesto, en cada palabra. Me hizo reír al instante, cuando me aclaró que era más de lo que hasta ahora debería pensar yo que era en realidad. Se equivocaba, y se lo dije riendo, porque me pareció una aclaración encantadora e innecesaria, al menos conmigo. Pero eso hizo que me sintiera aún más cómodo de lo que ya me sentía a su lado, y mientras caminábamos, la conversación fluyó sin dificultad, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo miraba a veces y me sorprendía. De evidente atractivo, su inteligencia y su agudeza rivalizan con su belleza física, alcanzando altos niveles. Y cuando nos encontramos con personas así, es una gozada. La conversación, los gestos, las anécdotas, las sonrisas y los silencios tienen un valor añadido, un peso que no es de este mundo. Con esa mirada fija y penetrante, me pareció un hombre muy seguro de sí mismo, muy vivido pero a la vez un tanto tímido, y con más dulzura de lo que su imagen deja entrever. Todo en Carlos Hugo me pareció atractivo; todo: sus grandes ojos, que todo lo escudriñan; su inteligencia, que todo lo analiza; su pecho de planeta y medio y sus brazos que parecen envolver en un sólo abrazo el aire del universo. Pero también su voz, dulce y profunda, y sus palabras, sus actos y sus intenciones. Su química con Óscar Moreno García; la luz de su sonrisa al verlo llegar; y su modestia a la hora de hablar de su talento, cuya literatura me llevó a lugares a los que no quería ir y de los que emergí, gracias a su magia, siendo un poquito más tolerante y más crítico con el mundo que nos rodea. Rosas Blancas para Wolf es un libro que nos enseña que la Historia nunca muere sino que se repite, se repite porque somos incapaces de aprender sus lecciones.

Óscar Moreno García llegó un poco después. Su aspecto menudo esconde un espíritu tan fuerte como su cuerpo todo músculo y fibra; sus ojos chispeantes, su sonrisa constante, su conversación animosa pero calmada, salpicada de silencios y de brillantes reflexiones, me revelaron un hombre profundo y sereno como el mar en calma; lleno de esa energía líquida que transforma mundos y personas, y cuya juventud sólo está llena de hermosas promesas que ya son realidades. Su vida, llena de las dificultades de todo ser humano, se caracteriza por su generosidad, por su fortaleza y por su constante sentido de lo correcto, y se adereza de una constante evolución que me deja asombrado. Quién pudiera tener, a esa edad, no sólo la agilidad física y la energía que transforma actitudes e intenciones, sino también esa agudeza, esa mirada dulce y bondadosa, y una generosidad real que nace del corazón. Óscar Moreno García es un hombre atractivo, cuya belleza se reparte por completo en su pequeña estatura, pero que se hace gigante en cada momento que se comparte con él y en cada día que pasa.

La evidente complicidad que ambos amigos comparten es un juego divertido. Se saben, se conocen y se quieren, y es una gozada ver desplegado ese tejido de cariño, dulzura y entendimiento. Ambos sonríen a la vida; ambos, con puntos en común derivados de experiencias tan distintas, me enseñaron lo bonito que es el ser humano, extendieron delante de mí el abanico de cualidades que todos podríamos desarrollar si nos diéramos el tiempo suficiente y la paciencia suficiente y  el cariño suficiente para ello.

La sapiencia de Óscar Moreno García es encantadora. Tan joven y tan sereno. La sapiencia de Carlos Hugo Asperilla proviene del poso de la experiencia, de la observación de la vida. Y ambos son tan divertidos y locuaces, tan atractivos, que me sentía envuelto en un aura de contemplación animada y de divertimento continuo. Y me sentía a veces poca cosa; a veces un observador y  a veces una pieza del juego; el tiempo fugaz y el instante eterno. Y nos reímos y criticamos y comentamos y volvimos a reír y nos enzarzamos en una conversación animada y leve, tan leve como la propia vida, y tan llena de destellos, que transformaron un encuentro en la terraza de un café, en una tarde singular que querré recordar por siempre.