Miedo/ Fear.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Cualquier profesión conlleva riesgos, con algunas salvedades: considero profesión cualquier ocupación en la vida, y no sólo remunerada: ser padres, ser hijos, también lo son, y de las más difíciles que conozco; y todas las profesiones, sin excepción, poseen riesgos comunes que nos afectan a todos por igual: el vértigo del fracaso, la crítica visceral, la envidia o la vileza que anidan en las profesiones humanas; por eso a veces me da risa la importancia que muchos de nosotros llegamos a dar a determinadas actividades públicas, excesivamente bien remuneradas, simplemente porque son públicas y más susceptibles de ser criticadas a veces con una ferocidad que carece de explicación lógica en un mundo desarrollado.

Ser médico (y hablo aquí como profesional de la Salud, no sólo compuesto por el gremio médico) para mí tiene unos cuantos. Hoy me gustaría tocar el palo del Miedo.

¿Qué teme un médico? Supongo que depende del individuo. En mi caso, cometer errores innecesarios; ser excesivamente prudente o pasarme de listo; ciertas técnicas con las que no me siento seguro; y, sobre todo, no estar a la altura de las circunstancias, no dar lo mejor de mí en cada caso con el que me enfrento.

Hace unas semanas ingresamos a una paciente de más de cuarenta años; paciente que forma parte de esa generación posterior a la malhadada generación perdida por los abusos de drogas por vía parenteral (ADVP), pero que aún sufre consecuencias de las desgracias que dicho hábito acarrea a los seres humanos. Quiero decir con esto que esta paciente, aún joven, presentaba un estatus viral coral (y desgraciadamente frecuente en el perfil español): VIH positivo, así como Hepatitis B y Hepatitis C positivo. A lo que se sumaba el tratamiento sustitutivo con metadona para mantener a raya las necesidades más urgentes y destructivas que la habían llevado a ese estado actual.

Durante la guardia en que ingresamos a esta paciente, yo compartía trabajo con un médico residente. Joven, deportista, fuerte y responsable: vamos, un catálogo de la vida sana. Sin ver a la enferma, sólo con esos antecedentes, el residente se asustó. En él crecía una mezcla de sentimientos contrapuestos: por un lado, la aversión al hábito que había llevado a la paciente a ese estado (la gran mayoría de ex-drogadictos a tratamiento con metadona tienen un perfil de comportamiento tan peculiar que raya en lo insoportable) y, sobre todo, el riesgo que la actuación que la paciente requería de nosotros pudiera llevarlo a infectarse con cualquiera de los virus de los que ella era portadora.

Su reacción me hizo pensar. Hace tiempo que he abandonado la idea de decirle a los demás qué deben pensar o qué deben hacer en cuanto al trabajo: cada quien necesita aprender sus propias lecciones, y los consejos gratuitos acaban siempre en saco roto; yo he sido igual, y me reconozco en ello. El residente reflejó sus dudas cuando me preguntó si debíamos cogerle vías a través de nuestras técnicas, que conllevan un pequeño porcentaje de error, y por lo tanto, de riesgo de contagio. Con toda la calma que tenía en ese momento (cuando no se duda sobre lo que se debe hacer, quedamos revestidos de una absoluta seguridad que casi es un estado suspendido de paz interior), le dije que teníamos que hacer nuestro trabajo estuviese como estuviese el enfermo.

Obedeció a regañadientes y se dispuso a cumplir su tarea. Lo hizo a medias; perdió el escaso control que tenía (la paciente tampoco contribuía a ello), algo que nunca nos debe pasar, o al menos nunca debemos reflejarlo en nuestra actitud ante el resto del equipo y del paciente. Podemos estarnos cayendo con el miedo o la rabia o la indefensión, pero nada debe reflejarse en nuestro rostro y, más que todo, en nuestra voz. Hablando de exigencias profesionales, creo que seríamos buenos actores de escena. Al menos algunos. Pues el residente perdió la calma y le pudo el miedo a contagiarse más que su labor como profesional de la Salud.

Me di cuenta inmediatamente, pero sólo actué cuando él estuvo dispuesto a abandonar. Viéndolo alejarse no puede reprimir cierta desazón por su comportamiento, a todas luces inadecuado; pero a la vez tampoco pude suprimir un reconocimiento más profundo de un mecanismo de defensa contra el miedo que él, quizá ignorante, estaba poniendo en marcha.

Lo que tenía que hacer sobre la enferma me llevó cinco minutos y no, no me pinché a mí mismo, y no, no tuve dificultad ninguna, como preveía. Y sí, tomé las precauciones básicas y alguna más, como emplear doble guante a la hora de hacer las técnicas de acceso vascular que requería la paciente. Eso fue todo: cinco minutos y el tratamiento puesto en marcha, y dedicarse a otra cosa. A otra cosa, como pensar.

El miedo expresado por el residente (y nunca reconocido) hacia la posibilidad de ser infectado lo alcanzó de lleno, y quería deshacerse de ese problema que le causaba tantos inconvenientes lo más pronto posible. No lo culpo: es un riesgo que debemos correr. Pero debió asumirlo, como se aceptan situaciones de índole diferente pero de importancia similar. Pude decirle lo que pensaba de su actitud, pero al final preferí recordarle que no debía perder los nervios ante un paciente, por más agitado que éste esté o más difícil que éste sea, porque nuestra labor es resolver problemas y no empeorar los que ya existen. Me miró sin comprenderme, pero al menos cabeceó para darme de lado. Yo no insistí.

Respeto su miedo. Es natural que lo tenga; es sensato que lo tenga. Pero el Miedo no debe interponerse entre nuestra actividad profesional y el restablecimiento del estado de Salud de un paciente. Son personas normales, con ciertas características psicológicas que pueden ser agotadoras, pero que también desean sentir una sonrisa y un apretón de manos. Son personas que se sienten marginadas por sus locuras juveniles y que deben encarar un futuro incierto, que genera un miedo aún mayor al no saber cómo se encontrarán al día siguiente. La relación médico-paciente, en esos casos especiales, se compone de capas y capas de miedo que separan ambos roles pero que los equipara en sus extremos más alejados.

La respuesta del residente a su miedo fue intentar hacer su trabajo, y al no serle fácil la primera vez, abandonar y alejarse lo más pronto posible de ese cuerpo de ansiedad y de falta de control aparente. Yo lo vi y le sonreí, dispuesto a hacer su labor en menor tiempo (suerte que tuve) y demostrarle que una caricia, una palabra amable pero firme y una actitud calmada, hacen más en este tipo de pacientes que la efectividad aséptica de una profesión hueca.

No lo conseguí, desgraciadamente. Pero así es la vida. Sin embargo, ese episodio me ha servido para darme cuenta que mis miedos en Medicina sólo residen en ser incapaz de estar a la altura de las circunstancias más que al riesgo vital que conllevan. Me di cuenta que  nunca he interpuesto mi propia salud a la de los pacientes, mi propia comodidad ante el doliente; pero que, sin embargo, mi miedo a no ser capaz de hacer correctamente bien mi trabajo también me limita, si bien de forma diferente, a como le afectaba al residente.

Nunca he pensado en que pudiese contagiarme de algo irreversible, aunque esa posibilidad es cierta y menos remota de lo que nos gustaría. Sin embargo, no estar a la altura de lo que se exige de mí ha llegado a pulverizar mis noches y a disfrazar mi insomnio. Hasta ahora nada ha ocurrido; estoy limpio. Pero ese riesgo está presente, está para el residente y para mí, aunque eso es lo que menos me preocupa. Sólo busco ser buen servidor, que es algo más que ser buen médico, y responder con las armas adecuadas a las situaciones que se me plantean.

Quizá con el tiempo las prioridades de este residente se centren en lo que es importante: los enfermos, tengan las circunstancias que estos tengan, por más que a veces sea complicado hallar justificaciones para ellos. Pero no puedo prohibirle tener Miedo: en aspectos diferentes pero de origen similar, yo mismo lucho día a día con mis demonios interiores.

Tengo miedo en mi trabajo, un miedo que preserva parte de mi integridad como persona, aunque esté en el polo opuesto de un residente que está aprendiendo. Ambas posiciones son válidas, mientras la integridad de los pacientes se conserve. Y esa integridad, y ese bienestar, esa búsqueda de la perfección en el servicio, es lo que todavía me quita el sueño 10 años después, y lo que aún me mantiene con ganas de ir a trabajar todos los días.

No es fácil convivir con nuestros temores y enfrentarlos día a día, sobre todo cuando interaccionarnos en un medio hostil, que dificulta aún más la simple labor de atender al Otro que nos necesita y de aceptarlo tal cual es. No es fácil, pero sí necesario: una lección que se moldea y se corrige cada día.

Espero que este residente vaya paulatinamente transformando ese miedo en algo útil para todos los enfermos no importa su raza, constitución y género. Espero que este residente, en algún momento, vaya a encontrarse en una situación similar y sepa que, aunque no nos guste y sepamos todos los riesgos, los asumamos y sublimemos, y nos dediquemos a lo que siempre hemos querido hacer, que es el Servicio integral y completo a los demás necesitados. Y, en cuanto a mí, la idea central de que quizá las cosas que haga puede que no sean perfectas, pero que con un poco de interés y de ilusión todo es posible, hasta esa huidiza Perfección.

Té para dos/ Tea for two.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

A P.S.

Después de mucho tiempo pensándolo, quisiera decirte algo.

No, no te preocupes. No tienes por qué; bueno, o eso creo.

Estoy bien, sí… Me late el corazón, y ni se me ocurre dejar de respirar (creo que no pudiera aunque quisiera) y sí, aún tengo dos brazos y dos piernas y un montón de dedos, y dos tetillas inútiles. Con mis ojos veo todavía la belleza de tus ojos y oigo el latir de tu risa de ala mientras te abates sobre mí besándome al amanecer. Puedo sentir tu presencia aún cuando estés a cien kilómetros de aquí; y mi soledad aún se mitiga con un solo pensamiento sobre ti, con un sueño despierto entre tus brazos.

He estado pensando mucho sobre esto, y eso que no, no es nada malo. O eso creo… ¿Quieres dejar que te explique? Bueno, no es que necesite una excusa, porque desde que te conozco todo ha quedado explicado, desnudo de ciencia y de razón. Nunca me había pasado antes, con sólo pasar a mi lado adherir el universo entero a través de tu aroma y del sonido de tu voz, tan suave y oscura al mismo tiempo. Cuando llegaste a mí el mundo se detuvo y cobraste toda la importancia que hasta es momento sólo gastaba conmigo mismo. Desde que nos encontramos me he vuelto generoso con la vida, porque quiero que la vida esté llena de belleza y de alegría, y quiero que todos compartan conmigo, por el módico precio de la felicidad simple, la felicidad que me has regalado, que me has descubierto y que me lleva a cavilar, ya ves, durante mucho tiempo, algo que me cuesta decirte, porque no me dejas.

¿Ahora qué ocurre? ¿Acaso no confías en mí? ¿Te acuerdas nuestro primer fin de semana juntos? ¡Qué miedo! Compartir la misma cama, el mismo baño (sí, te creo, creo que tener baños separados extiende la tranquilidad unos cuantos años más), el desayuno y las mañanas, y las comidas y las tardes y las noches guarecidas y encandiladas de estrellas… Angustia inútil, lo sé. Lo supe antes que tú, cuando tus ojos se despertaron en los míos, que ya estaban somnolientos de tanto que te soñaron; lo supe al acariciarme en el umbral del hotel, cuando no encontraba las llaves del coche porque las habías escondido en tu pantalón; lo supe porque me reí al enterarme en vez de decirte de todo por la travesura, que es lo que merecías…  Y es que tú me dabas más de lo que yo merecía, y por eso supe que valías el universo que se extendía en ese fin de semana, y que ya nada sería igual en mi vida, porque habías aniquilado cualquier deseo de que eso fuese posible.

Pues yo sí me acuerdo de los detalles, mira por dónde; recuerdo el calor de tu piel pegada a la mía, y de la sonrisa entretelada a mediodía, y me acuerdo que apenas vimos el puerto abierto al mar… Y cómo buscabas alargar el tiempo en la ducha, con el agua tibia rebotando en nuestras espaldas, entremetidas en los rincones desahogados de nuestros abrazos; y las lentas sobremesas, mientras callados nos acariciábamos las manos suaves y aún tersas de conocimiento…

Sí, quiero decirte algo. Más bien proponerte algo… Que no, no empieces otra vez, con lo bien que estabas en silencio… Lo sé: me gusta tanto tu voz que hasta tus silencios me parecen llenos de maravillas. Por eso, me gustaría que me dejases decirte… Sí, yo también te quiero… Vale ya, ¿no?

Si es muy simple lo que quiero decirte… ¿Quieres un poco de té? Sí, conmigo. Té para dos… ¿Te he dicho alguna vez la tortura que siento cuando te alejas de mí? ¿Te he mencionado si quiera de pasada, lo mal que duermo cuando te vas a tu casa, y lo lenta que es la noche, lo oscura, lo incierta, cuando tu cuerpo no se apoya en el mío? ¿No te has dado cuenta lo bella que es mi vida cuando estamos juntos, cómo me sonríe la mirada y la boca abierta de gozo que se me queda en la cara? Estemos donde estemos, todo vale la pena porque tú estás en mi vida; de la mañana a la noche, la madrugada fría, el ocaso febril teñido de naranja y azul, la sábanas mojadas y el desayuno con zumo vencido y leche cortada como yogurt… Todo vale la pena cuando estamos juntos, porque somos felices juntos, somos uno solo siendo dos, y aunque me caiga y me levante, tu sonrisa me atrapa y aunque tú te vayas de viaje una y otra vez, lejos de mí, saberte en mi pensamiento, en mi corazón, lo hace apetecible, llevadero, tierno y único, único porque lo compartimos, porque es de los dos.

Quisiera fundar un hogar contigo, crear una intimidad eterna. Quisiera ver la evolución del mundo, sentir la rotación terrestre, y pintar los húmedos otoños y las tormentosas primaveras con el color de tus ojos; quisiera conquistar los mares de los años que corren, y en la singladura extender como un hechizo una vida en común como un tapiz impermeable y único, tejido con tu piel y la mía, embebido por el sudor de nuestras pieles y por el sueño de nuestras mentes; desearía andar los caminos trillados del día a día, descubriendo a tu lado la maravilla de lo simple, la sutileza de lo que siempre está ahí, y sentirte aquí, junto a mí, bailando la sinfonía de los años que pasan y de las flores que se abren y se cierran entre el orto y el ocaso. Quisiera quedarme en tu regazo hasta que se vuelva mullido como una almohada cómoda; y sentir las arrugas de la piel y la sedosa plata de tu cabello enredado con el mío, y saber que seguirá atrayéndome como el primer día, porque la felicidad hará que sea siempre ese primer día, cuando nos sonreímos sin saber de qué iba la cosa y sin esperar nada de lo que hemos llegado a conseguir.

Quisiera tenerte a mi lado y compartir sueños, temores y alegrías; tener un hijo, quizá, o quizá tres perros, y una playa secreta, y sí, un cielo en común…

¿Y qué me dices? ¿Te apetece? ¿Te apetece tomar té conmigo, dos personas para un té, de cualquier sabor, de cualquier color? ¿Te apetece ser feliz, feliz de verdad, junto a mí?

Encrucijadas/ Crossroads.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ramón Collado

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El sonido del silencio/ The Sound of Silence.

El mar interior/ The sea inside

Cuando no se tiene nada bueno que decir, lo mejor es estar callado. Y lo afirma alguien a quien le cuesta cerrar la boca. El silencio es un estado embriagador, que nos engulle sin darnos cuenta, nos atrapa y envenena con su tacto suave, con su aroma a cerrado y olvido, y su extrema facilidad. Nada hay más sibilino que el silencio. Cuando callamos, todos los significados cobran sentido, y los sentidos se embotan cansados de jugar ese juego de sombras que no llevan a ninguna parte. El silencio es un muro, una habitación sin ventanas, una avenida sin fin. Recorremos las distancias eternas con la máscara de una intención, cuando es la ausencia de actividad, la falta de finalidad la que nos engulle y atrapa. Y nada nos seduce más que la inmovilidad; nada nos atrae más, una vez caído en el precipicio del callado, que el aroma del silencio, que el sonido del silencio.

El silencio es vacío. Vacío lleno con sueños inútiles y palabras innecesarias que mueren al llegar a los labios. Nos incomunicamos sin usarlas, y nos acostumbramos a ese estado inamovible, casi etéreo, que no nos damos cuenta de nuestra propia situación de ingravidez hasta que ya es tarde. El silencioso y el comunicador incansable, extremos que se unen, acaban en la soledad más absoluta, que es aquella que no sabe qué decir, qué hacer o qué esperar. Uno envuelto en la cacofonía del ruido ensordecedor; el otro, envuelto en el manto sin peso de lo callado y olvidado.

El sonido del silencio está fundido de olvido. Olvido y Silencio van de la mano, siameses que se reconocen en las miradas, en los gestos más pequeños. El sonido del silencio está vacío. Vacío y Silencio caminan juntos, por el sendero sin nombre de lo que ya no existe. El sonido del silencio rebosa inapetencia, incapacidad e indiferencia. Y es desasosiego, y apremio, y culpa, y abandono.

Y sin embargo, cuando no tenemos nada que decir es mejor callar. Aunque el riesgo de habituarnos al silencio ronde nuestras fronteras y nos seduzca con sus halagos y sus bellezas. Aunque nos quedemos tan vacíos de palabras que el mismo silencio nos parezca un murmullo atronador.

Mis pies se han acercado al borde de ese precipicio lleno de ecos y soledades. Están dispuestos a saltar. Y yo tras ellos. Pues poco hay, en el fondo, que arriesgar.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Un joven maestro/ A Young Master.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

– ¿Tendrías una cama? Acabo de operar a un chico de treinta años, es el segundo trasplante renal que pierde y… Me gustaría que lo vigilaseis es la Unidad. Ha tenido tan mala suerte y ahora, ya ves…
Pocas veces un cirujano tan bregado como el que tenía delante se preocupa así de un paciente. Quiero decir, que se implique tanto y se empeñe. Después de años dedicados a esta profesión, llegamos a saber a veces quién requiere más energía en los cuidados y quiénes no. Es una forma de ahorro de intenciones y de tamizar las verdaderas urgencias de los casos más leves.
Me iba a costar mucho hacer una cama para ese paciente. Con medios limitados de cuidados de enfermería y auxiliería, nuestros enfermos, que aún requieren medidas especiales o esmeradas, más bien, se vuelven totalmente dependientes de los familiares, que de repente se ven en la necesidad de cuidar de un enfermo que acaba de salir de una unidad de cuidados críticos, y eso no es fácil de digerir.
Es un lamento continuado, pero cierto, que el personal de las plantas hospitalarias es escaso, muy dedicado a veces, pero recortado, y se sienten desbordados por tanta responsabilidad. Tienen razón. Y no es por falta de profesionales, sino por una simple cuestión económica (que no es tan simple, o que no queremos que lo sea, todo depende de quién mire.) Así que procuramos que nuestros pacientes vayan en el mejor estado posible para seguir su tratamiento en las plantas de asistencia hospitalaria con el mínimo de riesgos para ellos, el menor peso familiar posible y de carga de enfermería.

Mientras decidía qué hacer, fui hasta el Despertar (área en el que se colocan a los pacientes que salen inmediatamente de quirófano) para conocer al enfermo: Óscar.
Cuando llegué pregunté por él y me señalaron la cama. Una vez a sus pies, me encontré con un chaval aún adormilado, con mascarilla de oxígeno, y la mano sujeta a otra, tan delicada como la suya propia, y que me sonrió porque le sonreí cuando me acerqué a ellos.
Lo llamé por su nombre: Óscar… Y Óscar abrió los ojos. Dos preciosos ojos verdes y castaño, enormes y algo cansados, pero con un brillo tranquilo y de cierto aburrimiento, como si pensase entre los vapores de la anestesia: Otro más…
Y sí, yo era otro más.
Le expliqué con la mayor dulzura que pude su situación grave y la necesidad de seguir el postoperatorio en la UCI. Expuse la posibilidades que se abrían ante él, las malas siempre primero para impactar, y las buenas después, para descansar de la presión; la necesidad de antibióticos, de colocar un nuevo catéter para diálisis y quizá el empleo de una diálisis continua.
Este hombre de casi treinta años abrió sus ojos por completo en ese momento. Desde los nueve ha estado encerrado entre hospitales, atado a máquinas de diálisis porque sus riñones se dañaron sin remedio; ha sufrido dos trasplantes renales que ha perdido (el último, el año anterior, regalo de su madre), y múltiples, pero múltiples complicaciones, una de las cuales ahora podría llevarle a la UCI.
– ¿Otro catéter? ¿Diálisis continua?
– Sí… La diálisis continua sigue el concepto de lavadora de la diálisis convencional, pero es un aparato más pequeño y lo hace sin parar. Te ayudará a recuperarte más rápido y a nosotros a llevarte mejor.
Suspiró, volviendo a cerrar esos enormes ojos.
– Si tiene que ser así…
Su pareja, con el pelo largo y lacio, moreno como la noche, me sonrió mientras le acariciaba la mano. Se llamaba María.
– Ya estamos acostumbrados, doctor. Pero esa máquina es nueva para nosotros…
Les volví a sonreír, sintiendo tal empatía por ese chico y su chica, que en ese mismo instante decidí que lo iba a ingresar. Moví cielo y tierra por encontrar una cama en ese hospital atestado de enfermos, forcé un alta y conseguí mi objetivo un par de horas después.
Mientras el trabajo burocrático evolucionaba (y nadie se imagina cuán molesto puede ser), me sumergí en la historia clínica de Óscar, que se resumía en un ir y venir de hospitales y medicaciones y cirugías, un sin fin de complicaciones (Óscar es uno de esos enfermos con tan mala suerte, que les pasa de todo), un mar de preocupaciones, y finalmente dos trasplantes de riñón, uno durante su niñez y otro de adulto, que no fructificaron como debieran. El sino de este enfermo.
La residente que compartía guardia conmigo, una mujer aguerrida, tozuda, energética y muy sensible al cuidado del Enfermo (no en vano ha sido enfermera antes que médico) me preguntó qué tenía de especial para que yo hiciese todo ese trabajo por él. Sabía que merecía un control estricto, pero por lo que le había contado, Óscar parecía que había salido bien de la cirugía. Y el caso es que era cierto.
– Esos ojos, esa aceptación, esa serenidad entregada… Este chico merece que lo cuiden, y nadie mejor que nosotros.
Mi residente aún no se acostumbra a mi manera poco ortodoxa de acercarme a la Medicina. Ni ella ni casi nadie, incluyéndome yo mismo. Intuitiva, enigmática, poco clara pero resuelta y resolutiva; una continua interrogante. Lo curioso es que ella sabía, como yo, que podía ir mal y qué podía ir mal. Pero nada de eso usé como justificante, porque era lo que menos me importaba en esos momentos. Sólo tiraba de mí el paciente: Óscar.
Conseguimos finalmente traerlo a la Unidad. Y fue al verlo, la actitud que desplegaba, la tranquilidad que tenía a pesar de las molestias y de toda una vida enfermo; la facilidad de dejarse hacer; y esa paciencia de quien se sabe entregado al destino… Y esos ojos enormes, brillantes a pesar del cansacio, y ni una queja, ni una sola queja… Cuando ella comprendió por qué había luchado tanto para ingresarlo.
Óscar es un ejemplo para todos nosotros los Sanos. A pesar de su evidente incapacidad, ha luchado contra su destino abrazándolo, y ha conseguido, con gran trabajo, una vida encantadora: vive con María en un pisito que están pagando desde hace tres años, ha terminado una carrera y trabaja de ella; su madre vive cerca para echarles una mano siempre que lo necesitan; y esa eterna paciencia, esa sabia entrega a la Enfermedad limitante que no le aprisiona a pesar de que le coharta una y otra vez la libertad.
Óscar es un hombre que sabe reír en medio de sus desgracias y consigue salir de ellas, cada vez más mermado, pero con la ilusión casi intacta. Y esa ilusión se ve en sus enormes ojos verdes y en esa sonrisa entregada con la que me recibía cada vez que me acercaba a su cama.
– ¿No descansa usted, doctor?
Reí, siguiendo su sonrisa.
– Estás harto de que te dé la brasa, ¿no?
– No… Es que estoy muy cansado, ayer no fue un buen día. Nunca me había sentido tan mal.
– Pero, ¿te encuentras mejor?
– Como nunca…
Y de nuevo la sonrisa.
– Doctor… Discúlpeme, pero qué raro es usted.
En ese momento todos reímos: las enfermeras, las auxiliares, mi residente, yo mismo. Y Óscar el primero.
– ¿Ves? -me dijo la residente- Que no es el único.
Le dejamos el tratamiento que necesitaba. Por su juventud, Óscar llevaba aquella máxima gravedad con una potencia de potro recién nacido. Eso nos tranquilizó un poco. Y su mirada, y su sonrisa, y su cansancio.
– No sé si podrás dormir bien aquí, pero procuraremos no hacer mucho ruido, ¿vale?
– Descuide, estoy tan cansado, que seguro dormiré como una piedra.
Y casi inmediatamente después, oímos su respiración regular y profunda, y su pecho taladrado de cicatrices danzar el rítmico baile del sueño.
Cuando nos alejamos de allí, mi residente se acercó y me susurró al oído algo que me hizo sonreír. La miré a los ojos y asentí con la cabeza.
Óscar es un maestro, un joven maestro para nosotros, que damos la Salud por sentada, la vida por regalada, y que nos preocupamos y quejamos continuamente por las tonterías con las que rodeamos nuestra existencia. Óscar ha sabido navegar entre las aguas turbulentas de la Enfermedad, plagada de complicaciones además, y ha sabido labrarse una vida digna dentro del hábito de la resignación, de la sabiduría de la entrega y de la sana alegría de las cosas pequeñas, esas pequeñas cosas que nos regalan sonrisas, cariño y, sobre todo, esperanza.
– Menuda llamada de atención, ¿verdad? – me dijo mi residente.
– Sí… Por eso Óscar tenía que estar con nosotros. Tenía que agradecerle lo que me ha recordado esta tarde, todo lo que me ha regalado. Y se merece la Salud más que nada en este mundo, ¿no crees?
– Mira que eres raro, chico…
Y ambos nos fuimos riendo, llenos de vida, por el pasillo de la Salud perdida, pensando en Óscar, y en María, y en todos aquellos que luchan con denuedo por llenar sus vidas de dignidad, paciencia y amor, y que no cejan hasta conseguirlo.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside