De aspavientos y otras reacciones/ About reactions and far away.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Existen cursos para dar malas noticias. Dentro del programa formativo para ser Coordinador de Trasplantes (que soy, como todos los que formamos parte de la UCI) existe un apartado en el que enseñan con clases prácticas y vídeos (inmortalizado en la película Todo sobre mi madre de Pedro Almódovar; salvando las distancias, claro) la mejor forma de adentrar a la familia en la información más crítica de sus vidas como puente a la petición de la Donación de Órganos. No son cursos fáciles, porque las malas noticas nunca lo son; y de hecho, son casi un horror, porque se registran en vídeo… De todas maneras, incluso sabiendo que nos graban y siendo objetivo, creo que es necesario hacer este tipo de entrenamiento como ayuda a la práctica diaria, aunque nada supere a la experiencia. Lo sé por experiencia.

Nadie quiere dar malas noticias. Nadie quiere decir que un paciente está muy grave, que puede que le quede poco; que morirá pronto; que ya está muerto. Sin embargo, debemos decirlo. Todo enfermo que ingresa en la UCI es, por definición, un paciente grave. Y, aunque el abismo formativo puede ser insuperable a veces, contadas son las ocasiones en que un familiar no entiende cuán grave está un paciente para que amerite cuidados críticos. Dicho de otra forma: somos portavoces de malas noticias. Y creo que debemos ser así. Habitualmente prefiero ponerme en el peor de los casos para atontar las esperanzas (a veces vanas, pero esperanzas) que se tienen sembradas en el amor, en el miedo y en la afrenta a veces; prefiero explicar todo lo que puede pasar y me reservo para el final lo positivo. ¿Por qué? Porque todos podemos ver venir lo bueno, y siempre nos sujetamos a un clavo ardiendo.

Que los familiares sólo oyen lo que quieren oír es un hecho contrastado. Después de tanto tiempo ya no me sorprende: así es la vida. Todo puede ser explicado a través de la postura psicológica de los mecanismos de defensa, los fantasmas interiores y su expresión plástica en ansias, miedos, arrebatos, inhibiciones y torturas. Ya que ser familiar de un enfermo ingresado en UCI no es fácil, debe asemejarse más a una experiencia mística del esperar o de exigir o de sufrir o de contenerse a través de las horas que pasan. Durante días o semanas. A veces durante meses. Para no alcanzar nunca la orilla. El Pasillo de la Salud Perdida no es un terreno fácil, es un desierto sin agua que beber o un océano sin tierra que pisar; y es un ejercicio titánico de simple Soledad. No sólo sufre el enfermo; también, desde su perspectiva, el familiar, y mientras mantenemos para el protagonista todos los cuidados, reconozco que a veces desoímos las necesidades de esos actores de reparto que sólo están ahí para contener una noticia, para esperar un acontecimiento,y para ganar o perder.

Dentro de la coreografía que se establece entre médico y familiar a la hora de dar una noticia, existen muchas capas superpuestas, muchos meandros casi inabarcables. Se establece un mecanismo de acción-reacción, basado más en las respuestas del familiar que de la propia naturaleza de la información. Quizá el médico parta, en este enfrentamiento, con ciertas ventajas: conoce la información de primera mano (información susceptible de ser manipulada), entiende los datos, comprehende las circunstancias, y, debido al juego de la vida, ha sido familiar y paciente, y a veces todo al mismo tiempo. Los familiares luchan desde campos más yermos, pero lo hacen con batallas de guerrilla, dispuestos a desbrozar la información recibida, a disecarla, y a merendársela como les apetezca; por lo demás, tienen ese derecho, aunque sólo hasta cierto punto. Deberíamos darnos cuenta que no es fácil entender, sin una formación más o menos cualificada, ciertos aspectos médicos en los que la lógica matemática no se cumple: somos seres humanos, no máquinas, por más que nuestra propaganda científica nos haya hecho vernos de esa forma. La estadísitca no es más que una ciencia de la entelequia, como la economía; y aunque un hecho científicamente real deba repetirse innumerables veces, en la raza humana siempre habrá el caso que se desmarque del resto, porque a todos nos gusta ser únicos, no podemos negarlo. Esto parece sencillo de aceptar, pero no lo es. Esta lucha se establece en los primeros momentos de la Residencia, cuando nos damos cuenta que fallamos, que caemos, que nos equivocamos y que, a veces, el enfermo y la Enfermedad van como quieren ir, sin que podamos hacer nada por ellos (también es cierto que nosotros no lo ponemos fácil, pero esa es otra historia.)

En este enmarañado tejido de emociones a flor de piel, de batallas por el poder de la información y, por ende, del futuro del enfermo, comunicar malas noticias se ha erigido en una situación harto incómoda. No porque nos cueste decir la verdad, todo lo contrario: como familiares, nos resulta casi imposible aceptar unos hechos que se nos han escapado de las manos. Y, aunque la variedad es casi infinita según nuestro nivel de miedo, de aceptación y de secretos lazos con el paciente, la reacción que desarrollamos ante un médico, la mayoría de las veces cansado hasta el tuétano, es crucial para un buen entendimiento posterior e, incluso, para el establecimiento de un rapport adecuado y, mira por dónde, sano.

Ayer , dentro de una serie encadenada de respuestas dignas de mención, pasó algo de esto. Una familiar, hija de un paciente ya mayor (muy mayor), entró a ver a su padre, que se hayaba sedado, intubado y conectado al respirador artificial.  Si hubiese escuchado si quiera un poco de la explicación que pudiera haberle dado, se hubiera dado cuenta que el abuelo estaba muy grave pero que parecía responder lentamente al tratamiento, pero no fue posible. Presa de un arrebato diametralmente opuesto al éxtasis místico, se dejó caer cómodamente en el suelo de la UCI, gritando desesperada por su padre y rogando a voz en grito que le dejasen quedarse junto a su lecho para velar su curación. Un cuadro. Aquella mujer restregándose por el suelo, sin lágrimas pero con mucho llanto gritado, vociferando tonterías en medio de una unidad atestada de enfermos graves cuyos familiares, la mayoría con respuestas normales de preocupación sigilosa por sus seres queridos, la miraban asombrados.

Presa de una ira pocas veces reprimida ante esta clase de aspavientos hechos de cara a la galería, hipocresía que no admito, levanté en peso a esa mujer, la reprendí por ese comportamiento inadecuado, la senté en una silla de ruedas y la lancé al pasillo de la Salud Perdida a que le abanicaran sus sofocos, indignos de una unidad de curación y de muerte. Una de sus hermanas se me acercó entonces (mis ataques furibundos de ira sólo duran cinco minutos) y me dijo que la disculpara, pero que ya le habían dado una pastilla. No sé cuál fue la naturaleza de tal píldora, pero si era para calmarla, el efecto fue el contrario. Poco después me enteré que estuvo abanicándose, cómodamente instalada en la silla de ruedas, mientras el tiempo pasaba beatífico delante de sus narices: no tenía público que admirarse su amor furibundo por su padre ni su arrebato de responsabilidad única.

Detesto la hipocresía. No la tolero. Prefiero la noticia cruda, el enfrentamiento directo, que ese tejido de cobardías, infantilismos y golpes de pecho que no llevan a ninguna parte. La reacción natural ante una mala noticia es la contención, o el llanto incontrolado pero personal; según lo agudo del problema, algún grito desgarrador, algunas preguntas dirigidas a Dios pero que caen en el vacío. En momentos así, no hay palabras que calmen el ahogo de la tristeza, y no creo que deba haberlas. Todo lo contrario: el duelo es necesario para llegar a la libertad de la aceptación; sólo si se alarga inútilmente se convierte en peligroso; es necesario un tiempo, y ese tiempo siempre es eterno. Los aspavientos, las alharacas, los rasgados de vestiduras, los golpes contra las paredes…, no son desahogo sino teatro. Teatro que requiere de un público atento y cauto, habitualmente el resto de familiares, y que intentan hacer del médico peón partícipe y festivalero. En modo alguno creo que haya tantos trastornos psiquiátricos como la venta de medicación psicotrópica nos hace creer; este tipo de respuesta manipuladora, exagerada e inaceptable, sólo está hecha par acaparar la atención hacia un dolor, un vacío y un miedo que no son del paciente, sino del familiar estrella de la noche. Y esa es una actitud dañina para el resto de familiares y para la propia persona que despliega ese histrionismo límite. Pero cada quien vive de acuerdo a las leyes con las que desea vivir, y no podemos hacer nada más que impedir que nos salpique el día día. No digo yo hacer corretear ese histrionismo sobre una silla de ruedas en un pasillo inundado por gritos, para nada; pero quizá sí cerrando las puertas a los alaridos y dedicándonos a hacer nuestra labor con mayor o menor acierto.

No se quiere más por gritar más; no se quiere más porque se demuestre una desesperación exagerada. Normalmente atrapa mi atención el espíritu que permanece callado, cabizbajo y que intenta asimilar las consecuencias de lo que oye: ese alma que profundiza en un trabajo duro consigo mismo es quien merece mi atención y a quien presto mi mano. Mantener la calma con frialdad no es fácil, y se establece en el extremo opuesto al histrionismo aspaventoso: como todos los polos, estos se unen, reconociéndose. Pero los ojos que sufren arrebatados, que intentan asimilar callados, o con las preguntas justas y siempre certeras, que procuran crecer y aceptar y seguir y continuar con vida, son los que merecen los máximos cuidados y el mimo más exquisito: son los supervivientes del Pasillo de la Salud Perdida.

Sé lo que es decir malas noticas. Sé hablar de la muerte. Sé lo que es esperar hasta el cansancio por un resultado, en la puerta de un quirófano, en la sala de biopsias, en la habitación en la que un suero va cayendo, gota a gota, inyectando el veneno de la quimioterapia sobre una piel ya cansada. Sé lo que es enfrentarse a consecuencias inhumanas y sé cuán duro tomar una decisión es y cuánta exigencia, cuántas reservas personales drena y agota hasta el cansancio último.

Recuerdo el día que supe que mi padre tenía cáncer. Fuera de la sala de pruebas, mi madre esperaba angustiada, sabedora de que algo no iba bien. Mis compañeros dejaron que yo le diese la noticia. Pensé, en un segundo, todas las formas habituales para decírselo; todas las circunvoluciones pasaron por mi cabeza, todas las armas profesionales que ya casi no ponía en práctica con mis propios pacientes… Cuando llegué a su lado, las lágrimas de ignorancia y de espera anegaban sus ojos. Mi mente se detuvo. Y entonces hablé:

– Papá tiene cáncer.

Así se lo dije. Sin adornos, sin paños calientes. Aquella mujer, que por mucho había pasado, lloró callada y cabeceó una y otra vez. Era un junco afónico que temblaba por el viento. Pero no se rompió en aquella sala, si no que se plegó al Destino que se abría a sus pies.

– Bien. Bien. Ahora, ¿qué tenemos que hacer?

La abracé y la trnaquilicé sin palabras.

– Eso es mañana. Por hoy ya basta.

Me miró sin verme, supongo, y asintió sin ganas. Con todo, no habrían pasado ni cinco minutos.

Hoy mi padre lleva cinco años libre de enfermedad tras muchas vicisitudes, pruebas y dificultades; juntos lucharon contra todo ello, y siguen juntos, como el primer día. Y gracias a ello, yo encontré mi voz en el arte de transmitir noticias: ser siempre sincero y directo y cariñoso, pero nunca condescendiente, siempre firme. En lo malo, siempre en lo malo, pero también en lo bueno, siempre en lo mejor.

Té para dos/ Tea for two.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

A P.S.

Después de mucho tiempo pensándolo, quisiera decirte algo.

No, no te preocupes. No tienes por qué; bueno, o eso creo.

Estoy bien, sí… Me late el corazón, y ni se me ocurre dejar de respirar (creo que no pudiera aunque quisiera) y sí, aún tengo dos brazos y dos piernas y un montón de dedos, y dos tetillas inútiles. Con mis ojos veo todavía la belleza de tus ojos y oigo el latir de tu risa de ala mientras te abates sobre mí besándome al amanecer. Puedo sentir tu presencia aún cuando estés a cien kilómetros de aquí; y mi soledad aún se mitiga con un solo pensamiento sobre ti, con un sueño despierto entre tus brazos.

He estado pensando mucho sobre esto, y eso que no, no es nada malo. O eso creo… ¿Quieres dejar que te explique? Bueno, no es que necesite una excusa, porque desde que te conozco todo ha quedado explicado, desnudo de ciencia y de razón. Nunca me había pasado antes, con sólo pasar a mi lado adherir el universo entero a través de tu aroma y del sonido de tu voz, tan suave y oscura al mismo tiempo. Cuando llegaste a mí el mundo se detuvo y cobraste toda la importancia que hasta es momento sólo gastaba conmigo mismo. Desde que nos encontramos me he vuelto generoso con la vida, porque quiero que la vida esté llena de belleza y de alegría, y quiero que todos compartan conmigo, por el módico precio de la felicidad simple, la felicidad que me has regalado, que me has descubierto y que me lleva a cavilar, ya ves, durante mucho tiempo, algo que me cuesta decirte, porque no me dejas.

¿Ahora qué ocurre? ¿Acaso no confías en mí? ¿Te acuerdas nuestro primer fin de semana juntos? ¡Qué miedo! Compartir la misma cama, el mismo baño (sí, te creo, creo que tener baños separados extiende la tranquilidad unos cuantos años más), el desayuno y las mañanas, y las comidas y las tardes y las noches guarecidas y encandiladas de estrellas… Angustia inútil, lo sé. Lo supe antes que tú, cuando tus ojos se despertaron en los míos, que ya estaban somnolientos de tanto que te soñaron; lo supe al acariciarme en el umbral del hotel, cuando no encontraba las llaves del coche porque las habías escondido en tu pantalón; lo supe porque me reí al enterarme en vez de decirte de todo por la travesura, que es lo que merecías…  Y es que tú me dabas más de lo que yo merecía, y por eso supe que valías el universo que se extendía en ese fin de semana, y que ya nada sería igual en mi vida, porque habías aniquilado cualquier deseo de que eso fuese posible.

Pues yo sí me acuerdo de los detalles, mira por dónde; recuerdo el calor de tu piel pegada a la mía, y de la sonrisa entretelada a mediodía, y me acuerdo que apenas vimos el puerto abierto al mar… Y cómo buscabas alargar el tiempo en la ducha, con el agua tibia rebotando en nuestras espaldas, entremetidas en los rincones desahogados de nuestros abrazos; y las lentas sobremesas, mientras callados nos acariciábamos las manos suaves y aún tersas de conocimiento…

Sí, quiero decirte algo. Más bien proponerte algo… Que no, no empieces otra vez, con lo bien que estabas en silencio… Lo sé: me gusta tanto tu voz que hasta tus silencios me parecen llenos de maravillas. Por eso, me gustaría que me dejases decirte… Sí, yo también te quiero… Vale ya, ¿no?

Si es muy simple lo que quiero decirte… ¿Quieres un poco de té? Sí, conmigo. Té para dos… ¿Te he dicho alguna vez la tortura que siento cuando te alejas de mí? ¿Te he mencionado si quiera de pasada, lo mal que duermo cuando te vas a tu casa, y lo lenta que es la noche, lo oscura, lo incierta, cuando tu cuerpo no se apoya en el mío? ¿No te has dado cuenta lo bella que es mi vida cuando estamos juntos, cómo me sonríe la mirada y la boca abierta de gozo que se me queda en la cara? Estemos donde estemos, todo vale la pena porque tú estás en mi vida; de la mañana a la noche, la madrugada fría, el ocaso febril teñido de naranja y azul, la sábanas mojadas y el desayuno con zumo vencido y leche cortada como yogurt… Todo vale la pena cuando estamos juntos, porque somos felices juntos, somos uno solo siendo dos, y aunque me caiga y me levante, tu sonrisa me atrapa y aunque tú te vayas de viaje una y otra vez, lejos de mí, saberte en mi pensamiento, en mi corazón, lo hace apetecible, llevadero, tierno y único, único porque lo compartimos, porque es de los dos.

Quisiera fundar un hogar contigo, crear una intimidad eterna. Quisiera ver la evolución del mundo, sentir la rotación terrestre, y pintar los húmedos otoños y las tormentosas primaveras con el color de tus ojos; quisiera conquistar los mares de los años que corren, y en la singladura extender como un hechizo una vida en común como un tapiz impermeable y único, tejido con tu piel y la mía, embebido por el sudor de nuestras pieles y por el sueño de nuestras mentes; desearía andar los caminos trillados del día a día, descubriendo a tu lado la maravilla de lo simple, la sutileza de lo que siempre está ahí, y sentirte aquí, junto a mí, bailando la sinfonía de los años que pasan y de las flores que se abren y se cierran entre el orto y el ocaso. Quisiera quedarme en tu regazo hasta que se vuelva mullido como una almohada cómoda; y sentir las arrugas de la piel y la sedosa plata de tu cabello enredado con el mío, y saber que seguirá atrayéndome como el primer día, porque la felicidad hará que sea siempre ese primer día, cuando nos sonreímos sin saber de qué iba la cosa y sin esperar nada de lo que hemos llegado a conseguir.

Quisiera tenerte a mi lado y compartir sueños, temores y alegrías; tener un hijo, quizá, o quizá tres perros, y una playa secreta, y sí, un cielo en común…

¿Y qué me dices? ¿Te apetece? ¿Te apetece tomar té conmigo, dos personas para un té, de cualquier sabor, de cualquier color? ¿Te apetece ser feliz, feliz de verdad, junto a mí?