Perspectiva/ Perspective.

El mar interior/ The sea inside

Martín Gallego.

En casa otra vez/ Home Again.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Cuando todo nos agota: las responsabilidades que tenemos, las que vendrán; el futuro incierto; la lucha inabarcable; el dolor que se esconde tras una decisión errónea, el cúmulo de pequeñas tonterías que desmoronan los nervios y destruyen la moral; cuando el mundo nos grita su imposibilidad y los sueños se rompen en pedazos de hiriente cristal, pienso en ti, en tu calor de chimenea, en tu sonrisa de almohada tibia, y vuelvo a casa otra vez.

Cuando nos agotamos buscando salidas inútiles, y nos agobiamos porque el camino se oscurece más de lo que hubiésemos querido; cuando el océano se extiende indemne ante nuestro combate; cuando las esperanzas hechas añicos nos salen al paso lacerando nuestros pies, pienso en ti, y el arrullo de tu voz al abrazarme, y el aroma de tu piel libre de toda lucha, me hacen sentir en casa otra vez.

Cuando las fuerzas se agotan hasta embotar los filos de lo posible; cuando el cielo se oscurece cuajado de estrellas fugitivas y la mañana no trae más alivio que el mismo problema de supervivencia, de lucha e indefensión; el recuerdo de tu amor a corazón abierto, lleno de sangre caliente y de pasión, hace que mi vida cobre un sentido y sepa cuál es su destino: sentir que está en casa, y que en casa estás tú, y que el mundo se detiene en el dintel de la puerta, y que el mal desaparece entre tu risa; y que tu aliento de menta y tabaco, y tu risa de nácar tostado, todo lo diluye en la ribera del hogar que ambos hemos creado.

Cuando atravieso las calles mojadas, atestadas de gentes con prisa ridícula y ciega; cuando mi propia ceguera me impide sentir los latidos de mi corazón, recordarte de repente, con una taza de café en la mano y un cigarrillo a veces olvidado en el cenicero, rodeado de papeles, con el pecho abierto a la noche y la sonrisa de plata mezclada con la luna, hace que mis pies toquen el cielo y vuelen y viajen corriendo a tu lado, a tu vera, a tu cercanía, y me hacen sentir en casa otra vez.

A pesar de todos los problemas que me agotan, que no sé resolver; a pesar de la ruina que me rodea, del precipicio en el que me asomo; tu presencia unida a la tierra, con las raíces hundidas en el hogar que hemos creado juntos, y tu suprema sapiencia y tu sereno estar, hacen que vuelva la calma a mis sueños, la razón a mi locura y el sentido común a mi desazón. Y ver tu cara reflejada en la ventana, rodeada de lluvia o nieve o sol moribundo, con hojas de rosa tostado en tus ojos de pozo oscuro, me regalan la energía que me falta, la esperanza que muere en el mundo que nos rodea y que resucita, como un milagro, cada vez que abres la puerta de nuestro hogar, suave y luminoso, pero delicado y frágil, y me recibes con los brazos abiertos y tu olor a madera y peonías y tu risa de ala y tus ojos tranquilos y brillantes de verme de vuelta, de vuelta a nuestro mundo, acabado e intacto, pero nuestro mundo a fin y al cabo. Y cuando cerramos la puerta detrás nuestra, quedan los problemas, las preocupaciones, las mil decepciones del día y lo que puede ser, fuera de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestro hogar. Y suspiro, sintiendo que vuelvo a casa otra vez. A mí. Y a ti. Y soy de nuevo feliz.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside

Art Rock.

Dios está en todas partes/ God Is Everywhere.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Ave Verum Corpus, W. A. Mozart.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Jesús Arenas.

Al arrullo del viento/ Embraced by the Wind.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

El sol, cayendo de lado, alarga las sombras hasta hacerlas frondosas, transformándolas en hojas secas, reflejos verdes y castaños, una misma cosa entre el cielo y la tierra.

Al arrullo del viento, que mece la alta hierba todavía seca, ahíta de verano, sedienta de agua, debajo del castaño la vida discurre tranquila, con las ansias justas, el tiempo exacto.

La luz se filtra por entre las ramas frondosas, aún llenas de la clorofila que se desgasta con los rayos del último verano, jugando con las sombras alargadas y sinuosas, como besos eternos.

Y bajo el castaño lleno de frutos, medito sobra la fugacidad de la vida, de la mía al menos; de lo que transcurre sin final aprente y de lo que llega a su fin, como el verano. E intento que bajo el castaño su sabiduría penetre en un corazón atribulado, que se siente seco como las hojas, terroso como el verano que termina, y cuyo fin parece contemplar inexorable.

Rodeo el árbol que crece exhultante hacia el cielo, buscando en sus ramas lanceadas el cobijo de las estrellas y el amparo de Dios. Nace árbol y vive árbol, sin pensar en qué puede hacer mal, si lo hace bien, y en lo que obtendrá por ello.

El sol se cuela por entre las ramas, haciendo brillar las hojas y los ojos que lo contemplan. El sol vive para sí mismo, como el árbol en su totalidad, como la Belleza que nos persigue y obsesiona. Y hace de su existencia a veces un arrullo, a veces una tormenta; a veces una lucha y a veces un sereno latir. El sol se entreteje por entre las ramas del castaño latiendo como un corazón cansado. El otoño llega, y el tiempo del descanso también.

Y el viento corre por entre las ramas abiertas como un paraguas, por entre mis piernas y mis brazos, erizando el vello que los cubre… Llega el otoño con su sereno caminar, cambiando la percepción de las cosas que nos pasan, bailando el sereno vals del perpetuo retorno.

Y, aunque la oscuridad a veces todo lo cubra con su manto de intranquilo peregrinar, como todo lo que nos rodea, incluso nosotros mismos, pronto se irá y retornará de nuevo, encontrándonos más heridos, más cínicos quizá, pero más sensibles al dolor, al abandono y, por ende, en ese juego absurdo del que se compone la vida, más sensibles al amor.

Al arrullo del viento la vida sigue, impasible, imposible, y única.

De aspavientos y otras reacciones/ About reactions and far away.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Existen cursos para dar malas noticias. Dentro del programa formativo para ser Coordinador de Trasplantes (que soy, como todos los que formamos parte de la UCI) existe un apartado en el que enseñan con clases prácticas y vídeos (inmortalizado en la película Todo sobre mi madre de Pedro Almódovar; salvando las distancias, claro) la mejor forma de adentrar a la familia en la información más crítica de sus vidas como puente a la petición de la Donación de Órganos. No son cursos fáciles, porque las malas noticas nunca lo son; y de hecho, son casi un horror, porque se registran en vídeo… De todas maneras, incluso sabiendo que nos graban y siendo objetivo, creo que es necesario hacer este tipo de entrenamiento como ayuda a la práctica diaria, aunque nada supere a la experiencia. Lo sé por experiencia.

Nadie quiere dar malas noticias. Nadie quiere decir que un paciente está muy grave, que puede que le quede poco; que morirá pronto; que ya está muerto. Sin embargo, debemos decirlo. Todo enfermo que ingresa en la UCI es, por definición, un paciente grave. Y, aunque el abismo formativo puede ser insuperable a veces, contadas son las ocasiones en que un familiar no entiende cuán grave está un paciente para que amerite cuidados críticos. Dicho de otra forma: somos portavoces de malas noticias. Y creo que debemos ser así. Habitualmente prefiero ponerme en el peor de los casos para atontar las esperanzas (a veces vanas, pero esperanzas) que se tienen sembradas en el amor, en el miedo y en la afrenta a veces; prefiero explicar todo lo que puede pasar y me reservo para el final lo positivo. ¿Por qué? Porque todos podemos ver venir lo bueno, y siempre nos sujetamos a un clavo ardiendo.

Que los familiares sólo oyen lo que quieren oír es un hecho contrastado. Después de tanto tiempo ya no me sorprende: así es la vida. Todo puede ser explicado a través de la postura psicológica de los mecanismos de defensa, los fantasmas interiores y su expresión plástica en ansias, miedos, arrebatos, inhibiciones y torturas. Ya que ser familiar de un enfermo ingresado en UCI no es fácil, debe asemejarse más a una experiencia mística del esperar o de exigir o de sufrir o de contenerse a través de las horas que pasan. Durante días o semanas. A veces durante meses. Para no alcanzar nunca la orilla. El Pasillo de la Salud Perdida no es un terreno fácil, es un desierto sin agua que beber o un océano sin tierra que pisar; y es un ejercicio titánico de simple Soledad. No sólo sufre el enfermo; también, desde su perspectiva, el familiar, y mientras mantenemos para el protagonista todos los cuidados, reconozco que a veces desoímos las necesidades de esos actores de reparto que sólo están ahí para contener una noticia, para esperar un acontecimiento,y para ganar o perder.

Dentro de la coreografía que se establece entre médico y familiar a la hora de dar una noticia, existen muchas capas superpuestas, muchos meandros casi inabarcables. Se establece un mecanismo de acción-reacción, basado más en las respuestas del familiar que de la propia naturaleza de la información. Quizá el médico parta, en este enfrentamiento, con ciertas ventajas: conoce la información de primera mano (información susceptible de ser manipulada), entiende los datos, comprehende las circunstancias, y, debido al juego de la vida, ha sido familiar y paciente, y a veces todo al mismo tiempo. Los familiares luchan desde campos más yermos, pero lo hacen con batallas de guerrilla, dispuestos a desbrozar la información recibida, a disecarla, y a merendársela como les apetezca; por lo demás, tienen ese derecho, aunque sólo hasta cierto punto. Deberíamos darnos cuenta que no es fácil entender, sin una formación más o menos cualificada, ciertos aspectos médicos en los que la lógica matemática no se cumple: somos seres humanos, no máquinas, por más que nuestra propaganda científica nos haya hecho vernos de esa forma. La estadísitca no es más que una ciencia de la entelequia, como la economía; y aunque un hecho científicamente real deba repetirse innumerables veces, en la raza humana siempre habrá el caso que se desmarque del resto, porque a todos nos gusta ser únicos, no podemos negarlo. Esto parece sencillo de aceptar, pero no lo es. Esta lucha se establece en los primeros momentos de la Residencia, cuando nos damos cuenta que fallamos, que caemos, que nos equivocamos y que, a veces, el enfermo y la Enfermedad van como quieren ir, sin que podamos hacer nada por ellos (también es cierto que nosotros no lo ponemos fácil, pero esa es otra historia.)

En este enmarañado tejido de emociones a flor de piel, de batallas por el poder de la información y, por ende, del futuro del enfermo, comunicar malas noticias se ha erigido en una situación harto incómoda. No porque nos cueste decir la verdad, todo lo contrario: como familiares, nos resulta casi imposible aceptar unos hechos que se nos han escapado de las manos. Y, aunque la variedad es casi infinita según nuestro nivel de miedo, de aceptación y de secretos lazos con el paciente, la reacción que desarrollamos ante un médico, la mayoría de las veces cansado hasta el tuétano, es crucial para un buen entendimiento posterior e, incluso, para el establecimiento de un rapport adecuado y, mira por dónde, sano.

Ayer , dentro de una serie encadenada de respuestas dignas de mención, pasó algo de esto. Una familiar, hija de un paciente ya mayor (muy mayor), entró a ver a su padre, que se hayaba sedado, intubado y conectado al respirador artificial.  Si hubiese escuchado si quiera un poco de la explicación que pudiera haberle dado, se hubiera dado cuenta que el abuelo estaba muy grave pero que parecía responder lentamente al tratamiento, pero no fue posible. Presa de un arrebato diametralmente opuesto al éxtasis místico, se dejó caer cómodamente en el suelo de la UCI, gritando desesperada por su padre y rogando a voz en grito que le dejasen quedarse junto a su lecho para velar su curación. Un cuadro. Aquella mujer restregándose por el suelo, sin lágrimas pero con mucho llanto gritado, vociferando tonterías en medio de una unidad atestada de enfermos graves cuyos familiares, la mayoría con respuestas normales de preocupación sigilosa por sus seres queridos, la miraban asombrados.

Presa de una ira pocas veces reprimida ante esta clase de aspavientos hechos de cara a la galería, hipocresía que no admito, levanté en peso a esa mujer, la reprendí por ese comportamiento inadecuado, la senté en una silla de ruedas y la lancé al pasillo de la Salud Perdida a que le abanicaran sus sofocos, indignos de una unidad de curación y de muerte. Una de sus hermanas se me acercó entonces (mis ataques furibundos de ira sólo duran cinco minutos) y me dijo que la disculpara, pero que ya le habían dado una pastilla. No sé cuál fue la naturaleza de tal píldora, pero si era para calmarla, el efecto fue el contrario. Poco después me enteré que estuvo abanicándose, cómodamente instalada en la silla de ruedas, mientras el tiempo pasaba beatífico delante de sus narices: no tenía público que admirarse su amor furibundo por su padre ni su arrebato de responsabilidad única.

Detesto la hipocresía. No la tolero. Prefiero la noticia cruda, el enfrentamiento directo, que ese tejido de cobardías, infantilismos y golpes de pecho que no llevan a ninguna parte. La reacción natural ante una mala noticia es la contención, o el llanto incontrolado pero personal; según lo agudo del problema, algún grito desgarrador, algunas preguntas dirigidas a Dios pero que caen en el vacío. En momentos así, no hay palabras que calmen el ahogo de la tristeza, y no creo que deba haberlas. Todo lo contrario: el duelo es necesario para llegar a la libertad de la aceptación; sólo si se alarga inútilmente se convierte en peligroso; es necesario un tiempo, y ese tiempo siempre es eterno. Los aspavientos, las alharacas, los rasgados de vestiduras, los golpes contra las paredes…, no son desahogo sino teatro. Teatro que requiere de un público atento y cauto, habitualmente el resto de familiares, y que intentan hacer del médico peón partícipe y festivalero. En modo alguno creo que haya tantos trastornos psiquiátricos como la venta de medicación psicotrópica nos hace creer; este tipo de respuesta manipuladora, exagerada e inaceptable, sólo está hecha par acaparar la atención hacia un dolor, un vacío y un miedo que no son del paciente, sino del familiar estrella de la noche. Y esa es una actitud dañina para el resto de familiares y para la propia persona que despliega ese histrionismo límite. Pero cada quien vive de acuerdo a las leyes con las que desea vivir, y no podemos hacer nada más que impedir que nos salpique el día día. No digo yo hacer corretear ese histrionismo sobre una silla de ruedas en un pasillo inundado por gritos, para nada; pero quizá sí cerrando las puertas a los alaridos y dedicándonos a hacer nuestra labor con mayor o menor acierto.

No se quiere más por gritar más; no se quiere más porque se demuestre una desesperación exagerada. Normalmente atrapa mi atención el espíritu que permanece callado, cabizbajo y que intenta asimilar las consecuencias de lo que oye: ese alma que profundiza en un trabajo duro consigo mismo es quien merece mi atención y a quien presto mi mano. Mantener la calma con frialdad no es fácil, y se establece en el extremo opuesto al histrionismo aspaventoso: como todos los polos, estos se unen, reconociéndose. Pero los ojos que sufren arrebatados, que intentan asimilar callados, o con las preguntas justas y siempre certeras, que procuran crecer y aceptar y seguir y continuar con vida, son los que merecen los máximos cuidados y el mimo más exquisito: son los supervivientes del Pasillo de la Salud Perdida.

Sé lo que es decir malas noticas. Sé hablar de la muerte. Sé lo que es esperar hasta el cansancio por un resultado, en la puerta de un quirófano, en la sala de biopsias, en la habitación en la que un suero va cayendo, gota a gota, inyectando el veneno de la quimioterapia sobre una piel ya cansada. Sé lo que es enfrentarse a consecuencias inhumanas y sé cuán duro tomar una decisión es y cuánta exigencia, cuántas reservas personales drena y agota hasta el cansancio último.

Recuerdo el día que supe que mi padre tenía cáncer. Fuera de la sala de pruebas, mi madre esperaba angustiada, sabedora de que algo no iba bien. Mis compañeros dejaron que yo le diese la noticia. Pensé, en un segundo, todas las formas habituales para decírselo; todas las circunvoluciones pasaron por mi cabeza, todas las armas profesionales que ya casi no ponía en práctica con mis propios pacientes… Cuando llegué a su lado, las lágrimas de ignorancia y de espera anegaban sus ojos. Mi mente se detuvo. Y entonces hablé:

– Papá tiene cáncer.

Así se lo dije. Sin adornos, sin paños calientes. Aquella mujer, que por mucho había pasado, lloró callada y cabeceó una y otra vez. Era un junco afónico que temblaba por el viento. Pero no se rompió en aquella sala, si no que se plegó al Destino que se abría a sus pies.

– Bien. Bien. Ahora, ¿qué tenemos que hacer?

La abracé y la trnaquilicé sin palabras.

– Eso es mañana. Por hoy ya basta.

Me miró sin verme, supongo, y asintió sin ganas. Con todo, no habrían pasado ni cinco minutos.

Hoy mi padre lleva cinco años libre de enfermedad tras muchas vicisitudes, pruebas y dificultades; juntos lucharon contra todo ello, y siguen juntos, como el primer día. Y gracias a ello, yo encontré mi voz en el arte de transmitir noticias: ser siempre sincero y directo y cariñoso, pero nunca condescendiente, siempre firme. En lo malo, siempre en lo malo, pero también en lo bueno, siempre en lo mejor.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

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