Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

En casa otra vez/ Home Again.

Cuando todo nos agota: las responsabilidades que tenemos, las que vendrán; el futuro incierto; la lucha inabarcable; el dolor que se esconde tras una decisión errónea, el cúmulo de pequeñas tonterías que desmoronan los nervios y destruyen la moral; cuando el mundo nos grita su imposibilidad y los sueños se rompen en pedazos de hiriente cristal, pienso en ti, en tu calor de chimenea, en tu sonrisa de almohada tibia, y vuelvo a casa otra vez.

Cuando nos agotamos buscando salidas inútiles, y nos agobiamos porque el camino se oscurece más de lo que hubiésemos querido; cuando el océano se extiende indemne ante nuestro combate; cuando las esperanzas hechas añicos nos salen al paso lacerando nuestros pies, pienso en ti, y el arrullo de tu voz al abrazarme, y el aroma de tu piel libre de toda lucha, me hacen sentir en casa otra vez.

Cuando las fuerzas se agotan hasta embotar los filos de lo posible; cuando el cielo se oscurece cuajado de estrellas fugitivas y la mañana no trae más alivio que el mismo problema de supervivencia, de lucha e indefensión; el recuerdo de tu amor a corazón abierto, lleno de sangre caliente y de pasión, hace que mi vida cobre un sentido y sepa cuál es su destino: sentir que está en casa, y que en casa estás tú, y que el mundo se detiene en el dintel de la puerta, y que el mal desaparece entre tu risa; y que tu aliento de menta y tabaco, y tu risa de nácar tostado, todo lo diluye en la ribera del hogar que ambos hemos creado.

Cuando atravieso las calles mojadas, atestadas de gentes con prisa ridícula y ciega; cuando mi propia ceguera me impide sentir los latidos de mi corazón, recordarte de repente, con una taza de café en la mano y un cigarrillo a veces olvidado en el cenicero, rodeado de papeles, con el pecho abierto a la noche y la sonrisa de plata mezclada con la luna, hace que mis pies toquen el cielo y vuelen y viajen corriendo a tu lado, a tu vera, a tu cercanía, y me hacen sentir en casa otra vez.

A pesar de todos los problemas que me agotan, que no sé resolver; a pesar de la ruina que me rodea, del precipicio en el que me asomo; tu presencia unida a la tierra, con las raíces hundidas en el hogar que hemos creado juntos, y tu suprema sapiencia y tu sereno estar, hacen que vuelva la calma a mis sueños, la razón a mi locura y el sentido común a mi desazón. Y ver tu cara reflejada en la ventana, rodeada de lluvia o nieve o sol moribundo, con hojas de rosa tostado en tus ojos de pozo oscuro, me regalan la energía que me falta, la esperanza que muere en el mundo que nos rodea y que resucita, como un milagro, cada vez que abres la puerta de nuestro hogar, suave y luminoso, pero delicado y frágil, y me recibes con los brazos abiertos y tu olor a madera y peonías y tu risa de ala y tus ojos tranquilos y brillantes de verme de vuelta, de vuelta a nuestro mundo, acabado e intacto, pero nuestro mundo a fin y al cabo. Y cuando cerramos la puerta detrás nuestra, quedan los problemas, las preocupaciones, las mil decepciones del día y lo que puede ser, fuera de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestro hogar. Y suspiro, sintiendo que vuelvo a casa otra vez. A mí. Y a ti. Y soy de nuevo feliz.

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