Tiempo de mimosas/ Mimosas’ Time.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Dormías y he salido a buscar flores.

Siempre me reprochas que no te traiga flores. Y es verdad.

Pero no me gusta verlas aprisionadas, forzadas en posturas poco naturales. Me alegra verlas libres en el campo, pendulantes o erguidas, rodeadas de maleza que las embellece aún más, y descubrirlas entre las zarzas, rosas o púrpuras, rojas o azules, es una alegría añadida al día soleado y a tu compañía.

Sé que es una excusa aunque lo digo muy en serio.

Las flores tienen un lenguaje, un idioma que desconozco. Sin embargo sé que están para dar felicidad y para cifrar ciertos mensajes; para embellecer lo perfecto y, a veces, para tapar lo oculto. Y sé que te gustan mucho aunque ni a ti ni a mí se nos den bien las plantas. Pese a nuestros empeños (quizá por nuestros empeños) todas acaban muriendo: exceso o falta de luz, exceso o falta de agua, qué se yo… Nos reímos, pues parecen pequeños sacrificios en pro de nuestro amor. O eso esperamos entre risas.

Y hoy, mientras dormías la siesta, me quedé mirándote en un embeleso. Me fascina verte dormir; me ha hechizado siempre. Los párpados cerrados, esa nariz delicada, esos labios generosos… Los platos ya estaban secos y guardados; la mesa recogida; el cesto de frutas colocado en su lugar, y tú en el sofá, suspirando entre la plétora y el sopor del mediodía… Me quedé mirándote no sé cuánto tiempo y me puse a pensar en todo el tiempo que llevamos juntos, en los ajustes de la convivencia, en las luchas míseras por llevar el control de la relación sobre las grandes cosas, sobre las nimiedades; la tolerancia que a veces regalamos a aquellos que amamos, y las posturas que lentamente se convierten en costumbres, y el cariño que se transforma en amor y el amor en pasión y la pasión en calma y dicha… Y el pecho se me llenó de aire y de dulzura y de agradecimiento y hasta de simpatía, porque comenzaste a roncar bajito como cuando estamos juntos en la cama y no me dejas conciliar el sueño.

Así que salí a buscar flores. Todo estaba tranquilo. El día aún conservaba el sol de febrero, oblicuo y ascendente; comenzaba a levantarse el viento del sur y unas nubes callejeras se dibujaban en el horizonte. En mi mano unas tijeras y unos guantes y mucha intención. Y entonces vi un río dorado lleno de estrellas, soles amarillos recortándose entre el verde intenso de los árboles y el azul del cielo impetuoso. Un aroma a dulzura llegaba desde aquellas ramas que casi besan la tierra. Y supe cuáles iba a recoger.

Mimosas, las flores de febrero que endulzan la mitad del invierno en espera de la primavera aún algo lejana y distante.

Y corté un manojo enorme. Su aroma intoxicante dejaba un rastro tras de mí y me obsesionaba. Como nuestro amor. Como nuestros besos y nuestras caricias y la forma en que nos queremos a deshora y cómo discutimos y nos abrazamos y te veo dormir la siesta y preparamos la cena y nos despedimos cada mañana…. Esos pequeños soles amarillos, llenos de estambres y de polen, llenos de porvenir, son un símbolo de nuestra vida, nuestra vida que ha sido vida desde que estamos juntos.

Llegué jadeante y mareado. Porque quería verte inmediatamente, porque quería sorprenderte con el aroma penetrante de un manojo de mimosas y porque necesitaba verte dormir.

Allí seguías, con la manta medio caída que te puse mal que bien antes de irme, y la boca entreabierta esperando un beso… Un beso…

Y coloqué las mimosas por toda la casa, llenando de luz y de dulzor cada rincón de nuestras vidas. Es febrero, es invierno, pero no para nosotros, para nosotros todavía no.

Y aunque nunca te traiga flores, hoy es tiempo de mimosas y, ya ves, me acordé de ti y de mí y de lo que tenemos juntos. Y quiero que siga así para siempre, o lo que puede ser por siempre…

Ven: tócame, huéleme, bésame, quiéreme…

Qué felicidad.

Un paseo por el Prado/ A walk by the Prado.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

I’ll Never Fall in Love Again. Deacon Blue.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.

Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.

Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…

En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.

Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.

Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.

Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.

Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.

Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.

Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.

Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…

Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y  a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.

Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.

Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el  niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.

Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.

 

Abrázame/ Hold Me.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

The Last Night of the World. Lea Salonga & Simon Bowman.

Estamos juntos cogidos de la mano. Arrastramos los pies como arrastramos los minutos. No queremos que pase el tiempo entre nuestros cuerpos y nos pegamos más y más.

La gente nos mira al pasar. Pero no nos importa. Sólo importa tu mano en la mía, tu costado pegado al mío, tu calor en el mío.

Suena el silbido de los trenes encerrados en sus andenes. No quiero mirar, no quiero saber si el vagón está ya esperando por mí. No quiero saber dónde dirigirme, qué pasos tengo que dar. No quiero separarme de ti.

Caminamos por los adoquines, por las aceras. Nos tomamos las manos y las acerco a mi boca. El calor de tu piel, ese sabor a pimienta, llega a mis labios. En el espacio entrelazado, deposito un beso. Un beso que deseo se haga eterno.

Pero la eternidad dura un segundo.

Nada parece real. El sol cae rápido en enero; las estrellas pronto aparecerán y yo tendré que irme. Montarme en ese tren que me separará de ti toda la semana, que me alejará de nuestra historia, de nuestro mundo. Porque el mundo que nos rodea es ajeno, sombras chinescas que no reflejan la verdad que nos une.

Nada parece real. Ni el viento que se ha levantado; ni los rayos del atardecer que tiñen de rosa el cielo; ni las miradas inquisidoras de aquellos que se apartan de nosotros. Todo parece de papel, una locura escrita por un extraño que no nos atañe en absoluto.

Sólo estamos tú y yo, abrazándonos como si fuese el último minuto de nuestra vida. Y en ese abrazo el rumor de tu cuerpo estalla en las orillas del mío, y nace una música que arrulla nuestros brazos y hace que bailemos por la acera del andén, oyendo la música del fin del mundo, un-dos-tres, un-dos-tres…Tus piernas fuertes rozando las mías, nuestros brazos entrelazados como en un garabato, y nuestras bocas que se encuentran a medio camino de ninguna parte…

No quiero irme, no quiero dejarte, no quiero desaparecer de tu vida cinco días más; cinco noches que pierdo, cinco mañanas de amor, cinco momentos que nunca llegaremos a tener.

Mi vida cambia cada vez que nos separamos. Como si todo se rasgara y en el tren viajase una piltrafa de aquello que he sido entre tus brazos… Mi vida cambia cada vez que te vuelvo a ver y una abrazo nos funde y un beso nos ata y bailamos otra vez la danza del reencuentro y el vals de lo infinito.

Pero ahora… Avisan por megafonía que el tren se va y yo con él… Y no, no quiero ir. Y me debato en una lucha sobrehumana porque no quiero separarme de ti. Y corres por el andén con mi mano entre las tuyas, y la velocidad comienza a separarnos y no hay fuerzas físicas que logren mantener unidos nuestros dedos, nuestros cuerpos…

Y te sigo con la mirada cada vez más chiquita mientras me hundo en el atardecer de enero, rápido y dorado, y siento tu perfume en mi jersey, y tu aliento en mi nuca, y tu voz como música en mi recuerdo…

Y en este instante sólo deseo que me abraces, que me sujetes entre tus brazos y no dejes que la vida, que el trabajo, que las mil excusas de un hombre normal nos separen jamás, y que hagas que el atardecer dure una eternidad y el sonido del amor rebote en cada rincón de ese universo que hemos creado juntos y que ahora, una vez más, se queda atrás, muy atrás, contigo agitando una mano en lo que se ha transformado, sin querer otra vez, en mi nuevo horizonte.

En sueños/ In dreams.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Cierro los ojos en la noche e intento poner mi mente en blanco. Porque en mi mente muchas cosas se agolpan y no me dejan dormir, y sólo durmiendo puedo estar contigo.

En sueños te acercas a mí y me sonríes sin preguntarme nada. Me miras y me abrazas, sin que nada nos separe. En sueños, tú y yo estamos juntos y es lo único que importa.

Mientras duermo mi piel está alerta pues tu aliento la despierta, tus manos la recorren. Mientras sueño, mis ojos te ven con otros ojos, y sonrío, y juntos bailamos en la ingravidez de la noche rodeada de estrellas.

Cuando me acuesto, aprieto mucho, mucho los ojos, con la esperanza de quedarme pronto dormido. Mi cita diaria contigo me espera y no hay hora que no me lleve a ese sueño en el que te encuentro.

En sueños aún nos amamos y paseamos de la mano. En sueños seguimos juntos, como si nada hubiese ocurrido.

Y hay risas y hay lágrimas y hay amor y hay caricias y deseos y éxtasis y calma…

No hay adioses, no hay despedidas; no hay reproches ni desdichas. En sueños sólo el amor nos rodea y nos nutre, haciendo que vivamos por siempre.

Por eso no quiero que llegue el alba. Porque la luz me obliga a separarme de ti, a dejarte ir, a perderte. Cada amanecer es una pequeña muerte, porque la vida maravillosa que vivo contigo se pierde al sentir el calor del sol en la ventana, el arrullo de la mañana en mi piel…

Por eso no quiero despertarme nunca, porque te pierdo de nuevo, y mi corazón no soporta ya tanta separación, tanta espera…

Y no puedo evitarlo, por más que intento, y me diga y me sugestione y me despida de ti y me inunde de cotidianidad y ría o llore o finja interés o sapiencia.

En el fondo, sólo cuento las horas para que llegue la noche y sentir la comodidad del lecho y el lento ritmo del sueño que llega callado y me invade por entero…

En sueños, sólo en sueños, tú yo estamos juntos. Y qué bien que así sea. Pues sueño contigo y vivo contigo, y respiro contigo y amo contigo. En sueños, en sueños vida mía, lejos de todo pero juntos, juntos siempre, hasta la llegada de la eternidad.

De mañana/ Morning.

El mar interior/ The sea inside

– ¡Buenos días!

– Bsmsnlsñssñ-as.

El cabello revuelto, una barbita de varias horas, los ojos algo nublados todavía. Una camiseta con la costura descosida y un pantalón corto, caído y viejo.

El sol tímido por los cristales de la ventana y la cortina. Un viento suave en enero. Un nuevo día.

Toma un poco de zumo. Medio dormido, intenta beber un sorbo de café.

Yo lo miro moverse con sueño… ¡Qué guapo es! Y está conmigo.

– Te quiero.

Le digo, y le doy un sonoro beso en la mejilla y le abrazo fuerte.

– Msañosmsm- bién.

Qué felicidad.

Buscar la propia voz/ Searching an own Voice.

El mar interior/ The sea inside
a J.G. por lo que me ha inspirado y a C.H.A. por servirme de espejo.

   Hace un par de días, mientras veía un documental sobre Annie Leibovitz en el que ella analizaba su trayectoria, su vida en realidad, me di cuenta sin querer lo que en realidad significa no ser ya un artista, si no un ser humano. En ese documental se mostraba el camino, la visión de las cosas, la búsqueda de esta artista por encontrar su propia voz en el mundo de imágenes que creaba. Se veía la evolución de su arte, de su forma de ver el mundo, y cómo casi sin pretenderlo al principio, pero una vez consciente de ello con todas sus fuerzas, se aferró a las circunstancias de su vida, a los hechos que se iban amoldando y que le recordaban y afirmaban sus instintos más primarios sobre su talento o su capacidad creativa, y cómo influía todo ello en esa carretera bidireccional que es la existencia: en su propia vida y en la de los que la rodeaban.

Me aterra ver hacia atrás y encontrar que mi vida no es lineal; no parece fácilmente explicable ni mensurable en términos tan matemáticos. Quizá es cuestión de narrativa, pero con frecuencia encontramos que las personas triunfadoras (y no me refiero aquí a ese repugnante término de celebridad) gustan de tener una trayectoria vital llena de obviedades, en las que un paso lleva a otro paso y estos a los siguientes, en una constante búsqueda y hallazgo que inflama sus sentidos, los despierta y agudiza, hasta que encuentran su lugar en el mundo y consiguen hablarnos y seducirnos con su propia voz. La Historia misma parece llena de este tipo de conclusiones detalladas, de pasos explicables que llevan a situaciones vitales que encajan con el sentido de lo que ha ocurrido; de suerte que nos hacen pensar que quizá una mente precalra o un personaje algo más audaz pordría haber evitado alguna de sus desgracias o bien diseñado con extrema facilidad un triunfo, un hito, un éxito sin precedente previo, mereciendo su lugar en la memoria colectiva.

No lo sé. Es cierto que existen personas afortunadas (es un decir) que parecen caer en el medio adecuado, en el momento oportuno que necesitan para florecer y brillar; existen personas cuya firme creencia en su potencial y una determinación aún más terca, consiguen tras muchas batallas alcanzar ese mismo estado de gracia. Todas ellas parecen ser guiadas, alentadas por algo que las inflama y las posee. Eso es maravilloso. O debe serlo. No importa el campo en el que trabajen: desde un peón a un presidente de gobierno, todas parecen tener un destino marcado, una idea preconcebida de su deber en el mundo, consiguiendo esos sueños o esos objetivos con extrema dedicación y mucho, mucho esfuerzo.

Eso es algo que admiro de verdad. Porque nada más digno de celebrar que la grandeza de la vida, que la belleza y el sacrificio. He tenido la suerte de haber encontrado a lo largo de mi vida varios ejemplos (algunos tan recientes que sigo maravillado) y se han convertido para mí no en modelos a seguir, sino en respuestas que encontrar, en talentos que aprehender y asimilar.

Mi vida está llena de baches, de errores cimentados sobre sueños inabarcables; de gritos sordos que rebotan en las paredes de lo imposible y de una inquietante línea curva que parece no tener finalidad. Miro hacia atrás y me aterra encontrar oportunidades perdidas por mi falta de lucidez; un irrefrenable sentido del deber que se diluye en intenciones que perdieron su peso o que tal vez no lo tuvieron nunca; una ambición diluida en las cosas que pasan y una miopía grave y siniestra. A lo largo de los años que han pasado me doy cuenta que no tengo voz, o de la insuficiencia de esa voz, y por lo tanto, de la poca importancia que mi existencia tiene ante mis ojos. Nada de lo que hago parece tener interés, porque es algo que otros hacen también, y muchos de mejor manera; lo que pienso claramente carece de gravedad puesto que mi propio mundo naufraga sin que parezca que pueda hacer algo por ello; las circunstancias moldean las respuestas y no al revés; y la falta de luz hace tanta mella como la propia oscuridad. Me he esforzado tanto en desear ser lo que se quiere de mí, que el abismo que he creado entre yo mismo y mis sueños es tal, que sólo un cataclismo podría acabar con ello, y esa certidumbre y esa sensación hacen que contemple lo que hay y lo que puede haber con una cierta mirada y una actitud ambivalente: nada garantiza que consiga encontrar mi propia voz en medio de tamaño desastre, y sin embargo…

Me asombra que otros me digan que oyen melodía en mis intenciones, que parezcan ver una imagen de mí de la que yo no soy consciente, o no del todo. Deseando no ser más importante que nadie, pero sí único a los ojos de quienes nos importan, puede que mi voz se halle escondida entre mis propios gritos, y que sólo el silencio, al que me he visto abocado por lo que ocurre actualmente en mi vida, consiga al final tamizar todos esos estratos de vivencias, todos esos tropiezos y circunstancias ya perdidos en mi historia. Puede que haya conseguido todo lo que yo creía que no deseaba y que eso me haya llevado al punto en el que hoy me encuentro. Puede que estas sensaciones, ambivalencias, preguntas calladas y deseos frustrados fuesen necesarios para llegar al momento en el que el silencio ayude a revelar mi propia voz. Puede que juzgar tan duramente lo que he sido no sirva de nada y que la paz sellada entre aquello que fui y lo que soy sea la clave para ponerme de pie, afinar mi garganta y emitir por fin mis pensamientos, ideales y sentimientos sin miedos ni prejuicios, libres y únicos, enteros por fin.

La clave de toda vida, independiente de cualquier circunstancia o estrato, es llenarse de arte, es descubrir la luz, es ser aquello que debemos ser. Es hablar, sentir y crear libremente y con nuestra propia voz. Vamos allá…

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside