Buscar la propia voz/ Searching an own Voice.

El mar interior/ The sea inside
a J.G. por lo que me ha inspirado y a C.H.A. por servirme de espejo.

   Hace un par de días, mientras veía un documental sobre Annie Leibovitz en el que ella analizaba su trayectoria, su vida en realidad, me di cuenta sin querer lo que en realidad significa no ser ya un artista, si no un ser humano. En ese documental se mostraba el camino, la visión de las cosas, la búsqueda de esta artista por encontrar su propia voz en el mundo de imágenes que creaba. Se veía la evolución de su arte, de su forma de ver el mundo, y cómo casi sin pretenderlo al principio, pero una vez consciente de ello con todas sus fuerzas, se aferró a las circunstancias de su vida, a los hechos que se iban amoldando y que le recordaban y afirmaban sus instintos más primarios sobre su talento o su capacidad creativa, y cómo influía todo ello en esa carretera bidireccional que es la existencia: en su propia vida y en la de los que la rodeaban.

Me aterra ver hacia atrás y encontrar que mi vida no es lineal; no parece fácilmente explicable ni mensurable en términos tan matemáticos. Quizá es cuestión de narrativa, pero con frecuencia encontramos que las personas triunfadoras (y no me refiero aquí a ese repugnante término de celebridad) gustan de tener una trayectoria vital llena de obviedades, en las que un paso lleva a otro paso y estos a los siguientes, en una constante búsqueda y hallazgo que inflama sus sentidos, los despierta y agudiza, hasta que encuentran su lugar en el mundo y consiguen hablarnos y seducirnos con su propia voz. La Historia misma parece llena de este tipo de conclusiones detalladas, de pasos explicables que llevan a situaciones vitales que encajan con el sentido de lo que ha ocurrido; de suerte que nos hacen pensar que quizá una mente precalra o un personaje algo más audaz pordría haber evitado alguna de sus desgracias o bien diseñado con extrema facilidad un triunfo, un hito, un éxito sin precedente previo, mereciendo su lugar en la memoria colectiva.

No lo sé. Es cierto que existen personas afortunadas (es un decir) que parecen caer en el medio adecuado, en el momento oportuno que necesitan para florecer y brillar; existen personas cuya firme creencia en su potencial y una determinación aún más terca, consiguen tras muchas batallas alcanzar ese mismo estado de gracia. Todas ellas parecen ser guiadas, alentadas por algo que las inflama y las posee. Eso es maravilloso. O debe serlo. No importa el campo en el que trabajen: desde un peón a un presidente de gobierno, todas parecen tener un destino marcado, una idea preconcebida de su deber en el mundo, consiguiendo esos sueños o esos objetivos con extrema dedicación y mucho, mucho esfuerzo.

Eso es algo que admiro de verdad. Porque nada más digno de celebrar que la grandeza de la vida, que la belleza y el sacrificio. He tenido la suerte de haber encontrado a lo largo de mi vida varios ejemplos (algunos tan recientes que sigo maravillado) y se han convertido para mí no en modelos a seguir, sino en respuestas que encontrar, en talentos que aprehender y asimilar.

Mi vida está llena de baches, de errores cimentados sobre sueños inabarcables; de gritos sordos que rebotan en las paredes de lo imposible y de una inquietante línea curva que parece no tener finalidad. Miro hacia atrás y me aterra encontrar oportunidades perdidas por mi falta de lucidez; un irrefrenable sentido del deber que se diluye en intenciones que perdieron su peso o que tal vez no lo tuvieron nunca; una ambición diluida en las cosas que pasan y una miopía grave y siniestra. A lo largo de los años que han pasado me doy cuenta que no tengo voz, o de la insuficiencia de esa voz, y por lo tanto, de la poca importancia que mi existencia tiene ante mis ojos. Nada de lo que hago parece tener interés, porque es algo que otros hacen también, y muchos de mejor manera; lo que pienso claramente carece de gravedad puesto que mi propio mundo naufraga sin que parezca que pueda hacer algo por ello; las circunstancias moldean las respuestas y no al revés; y la falta de luz hace tanta mella como la propia oscuridad. Me he esforzado tanto en desear ser lo que se quiere de mí, que el abismo que he creado entre yo mismo y mis sueños es tal, que sólo un cataclismo podría acabar con ello, y esa certidumbre y esa sensación hacen que contemple lo que hay y lo que puede haber con una cierta mirada y una actitud ambivalente: nada garantiza que consiga encontrar mi propia voz en medio de tamaño desastre, y sin embargo…

Me asombra que otros me digan que oyen melodía en mis intenciones, que parezcan ver una imagen de mí de la que yo no soy consciente, o no del todo. Deseando no ser más importante que nadie, pero sí único a los ojos de quienes nos importan, puede que mi voz se halle escondida entre mis propios gritos, y que sólo el silencio, al que me he visto abocado por lo que ocurre actualmente en mi vida, consiga al final tamizar todos esos estratos de vivencias, todos esos tropiezos y circunstancias ya perdidos en mi historia. Puede que haya conseguido todo lo que yo creía que no deseaba y que eso me haya llevado al punto en el que hoy me encuentro. Puede que estas sensaciones, ambivalencias, preguntas calladas y deseos frustrados fuesen necesarios para llegar al momento en el que el silencio ayude a revelar mi propia voz. Puede que juzgar tan duramente lo que he sido no sirva de nada y que la paz sellada entre aquello que fui y lo que soy sea la clave para ponerme de pie, afinar mi garganta y emitir por fin mis pensamientos, ideales y sentimientos sin miedos ni prejuicios, libres y únicos, enteros por fin.

La clave de toda vida, independiente de cualquier circunstancia o estrato, es llenarse de arte, es descubrir la luz, es ser aquello que debemos ser. Es hablar, sentir y crear libremente y con nuestra propia voz. Vamos allá…

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Arder, consumirse/ To Burn, To Consume.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

En la ventana, viendo al viento barrer el manto de nubes oscuras que arrastra mi alma, llueve y pienso en ti.

No me importa abrirla de par en par para que entre el frío y el agua y moje mi cuerpo. No lo noto, no lo siento, porque sólo puedo pensar en ti una y otra vez, y el amor que me inflama consume mi frío y seca la lluvia de mi piel y todo lo deshace menos tu imagen, tu mirada y tu corazón.

Fiebre que me consume… Sudo en este día frío, y la sana infección que eres tú todo lo devora: mi pensamiento que te dibuja; mi voz que dice tu nombre; mis brazos, que caen desvalidos porque les falta tu apoyo, tu espalda infinita, tu presencia…

Y es esa ausencia la que me enloquece, la que me hace desear lo que ya no tengo y sentir, sentir hasta casi la locura el recuerdo de tus besos, el recorrido de tus labios sobre mi pecho y la hoguera ardiente de tu corazón incendiando mi alma…

Mi alma se consume sedienta de ti. Y, llena de un calor que no calma este día de fría lluvia y grises nubes, abro la ventana de par en par para que me ahogue el agua que cae, para que el viento que sopla arrastre lejos de mí tu recuerdo, la presión de tus manos, la firmeza de unas piernas que no me dejaban ir…

¿Por qué has tenido que irte? ¿Por qué me dejas así, ardiente e incansable, vacío inmensurable, temblando por ti? No lo sé…

Y me asomo a la ventana buscando paz, esa paz que sólo tu cuerpo puede darme, que sólo la caricia de tus manos y los besos de tus labios pueden regalarme… Pero no estás, y en tu ausencia lloro tu pérdida, y mi cabeza late una y otra vez con el temor de no verte más…

Y sin embargo, esta pasión que me consume todo lo puede. Este corazón que late te atraerá de nuevo con el rugido de su lamento, con el brillo incandescente de las llamas que lo devoran… Y lo verás, lo verás desde el horizonte, a pesar de la lluvia que cae, del manto gris que nos envuelve, ardiendo en la ventana abierta al invierno, consumiéndose lenta e inexorablemente en la espera de sentir de nuevo el contacto de tu piel, el sabor de tus labios y el huracanado abrazo de tu amor.

Porque yo soy todo tu amor, tu amor que espera ardiendo en la ventana abierta al invierno y que se consume entre las llamas de una pasión perdida, soñando incansablemente, como una estrella en la noche, poseerte otra vez.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Tú/ You.

El mar interior/ The sea inside

Angel. Sarah McLaclan.

Cae la niebla. Lenta, suavemente. Abraza a los árboles, acaricia la alta hierba mojada, envuelve con su manto las chimeneas, las montañas y los ríos. Y mi corazón.

Llueve. Lento. Repica en los cristales de las ventanas y cae gota a gota sobre la alta hierba henchida de niebla. Y sobre mi corazón.

Una tarde moribunda que corre rauda hacia el anochecer oscuro, con su manto de nubes plomizas, con su lento peregrinar hacia el día. Una tarde que acaba en noche como mi corazón naufraga en días, y el calendario cae como la lluvia y pasa a través de mí como la niebla transparente y etérea, transformándome en estatua, en inamovilidad, en puro sentimiento, en corazón.

Mi corazón que late en esta noche que atardece solitaria esperando por ti. No se acostumbra a estar sin ti, sin el abrigo de tu voz ni el amparo de tus brazos. Mi corazón late lento porque la energía de tu cuerpo se ha deshecho en sombras, en sombras de una espera interminable pero esperanzada.

Mi corazón late segundo a segundo con un ritmo que se parece a la noche, llenando mis ojos de lágrimas como gotas de lluvia en las ventanas y se difumina en el centro de mi pecho como niebla sutil, perecedera, finita.

Espera que desespera, espera que no da la paz. Porque la calma eres tú y la dicha y el sentido. Y tú estás lejos de aquí, lejos de mis brazos, lejos de mi mirada y de mi corazón. Por eso espero en la desazón, ahíto de esperanzas que se diluyen con la lluvia; por eso miro siempre al horizonte buscando tu sombra, tu aliento, tu sabor salado y sabroso, tu textura de piel y tus cabellos de plata.

Porque sé que volverás a mí. Año tras año mi mirada me devuelve una esperanza cargada de un porvenir que parece siempre el mismo. Y la primavera deja paso al verano y el verano no es más que el otoño, dejándome en este invierno perpetuo que entra por mis ventanas cerradas, lleno de lluvia que cae y niebla que abraza, lleno de espera esperanzada y desesperada.

A pesar que la luna platea mis sienes, a pesar del tiempo que se empeña en pasar sobre mí, mis ojos siguen oteando tus pisadas, mi boca anhelando un beso del que apenas retienen su sabor, pero lleno de magia…

Tú eres la magia de mi vida, el motivo escondido de seguir con vida. Y mientras espero, la niebla todo lo cubre y la lluvia cae lenta, muy lentamente, sobre mi cabeza, mis brazos y sobre mi corazón. Mudo, cansado, lento, pero tuyo, por siempre tuyo. Hasta que vuelvas.

De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Medicina/ Medicine

Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.

Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.

Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.

Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.

En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.

Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.

Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.

En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.

Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.

Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.

Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.

– ¿Ése? ¿Con esa pinta?

Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.

– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?

Claro, ¿quién más iba a ser?

Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.

Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre  la Decepción también y sobre el Dolor.

Feliz comienzo de Año para todos.

Estar ahí/ You are there.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

A veces necesitamos simplemente que nos escuchen. Estando a solas con nosotros mismos a veces, sólo a veces, una angustia, un sentimiento más fuerte que cualquier conciencia llega y conquista cada parcela de nuestro pensamiento; el corazón bota y rebota, y las palabras parecen atascadas en la garganta y las intenciones congeladas en un momento perpetuo. En esas ocasiones, en esas veces, es cuando necesitamos una mano amiga, un silencio abierto, una guía.

No sé si es por ser médico, aunque anteriormente también me pasaba, esto me ocurre con frecuencia. Las personas se acercan a mí para ser escuchadas y para buscar cierto consuelo que sé que no puedo darles, pero parecen aliviadas sólo con que oiga ese monólogo nervioso, esa simple exposición de actos o sentimientos que se atraviesan en un instante de la vida sin aviso, sin señales.

Y no sé si es por ser médico, pero buscan en mí alivio para esa desesperanza pequeña que llega a ahogarnos verdaderamente, y sigo asombrándome por eso. La verdad, no encuentro el motivo, pero me llaman a cualquier hora, y a cualquier hora me encuentran más o menos dispuesto o con ganas, pero siempre emplazado a oír los miedos o las inseguridades o las dudas que nos asaltan de vez en cuando y que a veces, sólo a veces, nos impiden vivir.

No creo ser el más adecuado para dar consejos, mucho menos para dar guía, pero aun ahora no me parece que las personas, cuando se acercan a mí, los busquen. Todo lo contrario, creo que quieren tener un oído amigo en la distancia, un apoyo lejano pero real que haga su día a día menos pesado y más llevadero. Pues no suelo decir gran cosa, o nada que no sepan de antemano; incluso se adelantan a mis respuestas, cosa que antes me irritaba pero que ahora me hace gracia. No tengo tanta sapiencia ni conozco mucho sobre la naturaleza humana; al menos mi experiencia es tan poco variada que a mí mismo me asombra que me consideren en posesión de tal sabiduría o, al menos, de ciertos conocimientos que, en realidad, ellos mismos poseen en su interior.

Ayer me llamó una chica joven, asustada con motivo, con mucho motivo. Me pidió que le explicase un poco el proceso diagnóstico al que iba a someterse, las posibilidades, los riesgos. Todo aquel interrogatorio escondía un terror verídico y justificable, un miedo feroz a saber de facto algo que ya suponía de antemano. La entendí perfectamente. Y aunque no soy nada experto en la materia, digamos que un poquito de sentido común nos viene bien a la hora de suponer ciertos pasos a seguir y ciertos diagnósticos poco amables con la vida. Así que, en conjunto, desgranamos un poco el proceso al que va a ser sometida e intenté, como una cuña, hacerle entender que lo que temía podía ser cierto, pero que una búsqueda y un hallazgo precoz como el que va a someterse, es la mejor vía para atajar los problemas a los que se puede (y seguro tendrá) que afrontar.

Si es una chiquilla que deseaba ser madre. Si es muy joven. Si… Lo sé, lo sé, y realmente entendí su miedo, acepté sus circunstancias, me puse en su piel y la dejé hablar sobre mis opiniones, la dejé hacer y deshacer la misma frase, la misma conversación una y otra vez: mientras estuviese al otro lado del teléfono, mientras estuviese allí para oírla y comprenderla, ya era suficiente…

Sigo sin explicarme porqué la gente acude a mí para contarme sus problemas, hacerme partícipe de sus miedos y sus angustias; qué tengo que atrae a la gente de esa manera tan íntima y a la vez tan distante; ese punto de la vida en la que un encuentro sólo busca un apoyo y que se diluye posteriormente como si nunca hubiese ocurrido. No lo sé… Pero lo que sí sé seguro es que ese simple apoyo es suficiente para soportar un día terrible, para seguir a flote antes de encallar de nuevo y volver a empezar. Sé que no hacen falta grandes discursos ni palabras resonantes para hacernos sentir escuchados, para hacernos sentir comprendidos y aceptados. Sólo es necesario un poco de interés y un poco de paciencia (bueno, a veces un mucho de paciencia) para que ese milagro ocurra, y ese milagro es, como todos, hermoso.

Estar ahí, simplemente…

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Regalo de Navidad/ Christmas’ Gift.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

Hace un par de meses publiqué una entrada en este blog titulada: Gracias en la que una persona, con mucha delicadeza, me hacía partícipe de una situación que ambos habíamos vivido y del que ella guardaba un secreto muy suyo. Su historia (parte de la mía) me la ha regalado hoy, el día de Navidad.

Es cierto: es muy difícil dar las gracias ante homenajes que creemos inmerecidos. Pero es necesario aprender a aceptarlos cuando estos provienen directamente del corazón. En el fondo, somos ignorantes del efecto que producimos en los demás, de aquello que podemos generar de bueno o malo; afortunadamente esa ignorancia nos permite mantener cierta distancia y cierta entereza en nuestros actos. Sin embargo allí están, y de vez en cuando bueno es que nos lo recuerden, para que podamos sopesar la eterna responsabilidad y el constante intercambio que tenemos entre los seres humanos.

Agosto del 2.005 fue uno de los peores meses de mi vida. Enfermedad, soledad y trabajo. El 1 de Agosto comenzó un calvario personal que me hizo enfrentarme a uno de los grandes miedos de mi vida, la posibilidad de perder a quien yo más a amo y a mí misma :¿Qué haría  si eso pudiera suceder o sucediera?. Y supe la contestación, una contestación que no me ha gustado y nunca me he perdonado.

En aquel Agosto yo estaba trabajando, era un trabajo que no te dejaba extenuada a nivel mental, pero sí físico. Muy duro y encima de noche. Así que, teniendo a mi ser querido en el hospital, muy bien cuidado por el personal y mi padre y hermano, elegí. Y elegí estar a ratos con ella, porque no quería perder mi trabajo. ¿Mi trabajo? Un trabajo que no me gustaba, que acabe dejando años después por cuestiones de salud y que no dejé de aquella por amor de hija.

Pero también me aterraba pensar en la posibilidad de dejar mi pareja, de que la enfermedad de mi madre dañase, de alguna manera, mi relación sentimental. Y quería, quiero tanto a A., que no me imagino mi vida sin ella.

Así que tomé una decisión, decisión que me costó muchísimas lágrimas, pero también incomprensión por parte de alguna gente (no de mi familia directa que jamás me juzgó, ni siquiera mi madre lo hizo, ni lo hace). Y me sentí sola, muy sola, no porque mi madre pudiera morirse, sino porque nadie lo comprendió. Fui tachada de mala hija. Y la verdad, no sé si lo soy o no, pero me dolió que identificaran mi ausencia con falta de amor, porque yo a mi madre la adoro. Y sé que ella me quiere muchísimo.

Pero entre este tiempo de soledad, de sufrimiento, de mala conciencia y remordimiento hubo un suspiro de paz. El que te conté. Nuestra conversación en la UCI, no solo fuíste un bálsamo para mi dolor por la enfermedad de mi madre, sino también para mi propio dolor.

Aun recuerdo mis palabras y las tuyas como si fueran ayer. Están grabadas a fuego en mi alma.

Me informaste sobre el estado de mi madre, de manera pausada, dulce y tranquila. Me alertaste de la posibilidad de que fuera a pasar un tiempo en la UCI; un tiempo largo si mejoraba y no empeoraba, posiblidad que podía darse. Y yo te contesté que sí, que lo entendía, que se la veía «asténica»… Tú sonreíste ante ese vocablo y me preguntaste si trabajaba en Sanidad. Te respondí, que no, que la medicina me encanta pero no el ejercicio de la misma. Pero que estaba al tanto de x cosas por la enfermedad de parientes. Ahí me ofreciste la posibilidad de habilitar un pequeño espacio para mi madre, para poder verla más a gusto y en mejores condiciones. La empatía, tu cualidad natural. «¿Habilitar un espacio? Idea genial si yo pudiera verla más tiempo que el fin de semana. Trabajo fuera»,  musité, culpable, y bajando la cabeza. Pero, la subí y te miré. Y ví comprensión, comprensión, Juan. Me dijiste: «No te preocupes. Ven cuando puedas, tu madre está bien cuidada». La frase que necesitaba oír para aligerar un poco el calvario la pronunciaste tú. No un familiar, ni un amigo, sino un desconocido. Y, entonces, tuve una sensación extraña. Supe que no se iba a morir, no sé por qué, pero lo supe, y allí (a veces me pasa con la gente, que no necesito tratarla para intuirla) percibí que estaba ante alguien distinto, singular, y pensé que como amigo no tendrías precio, porque en aquellos minutos fuíste más amigo que muchos.

Nunca me he perdonado no haber abandonado mi trabajo por mi madre, nunca, pero sé que lo que hice era lo que había que hacer para romper mi cordón umbilical perpetuo con ella. Lo sé, porque tengo el don de saber qué lección oculta una experiencia,  pero he pagado un precio muy alto: mi conciencia. No estar jamás en paz conmigo porque siento que la abandoné, que le fallé; pero, por lo menos, tú me proporcionaste esa paz durante unos minutos. Y eso nunca, nunca lo olvidaré.

Esta historia, la mía, te la pongo en privado, pero si tú crees que puede servir a otros, te doy permiso para publicarla porque no quiero que ningún acompañante se sienta juzgado por otros, porque NADIE, NADIE, sabe la verdad de nuestra alma. Solo Dios.

Gracias, Juan. AMIGO.

De nuevo mis más denodadas y silenciosas gracias a Cris Pulina (antes Cris Sin Más) por este maravilloso regalo de Navidad, y decirle que nada más estable que nuestro corazón y nada más sabio que los hechos pasados para demostrarnos que todo tiene su lugar bajo el sol, y que está bien que así sea.