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Un paseo por el Prado/ A walk by the Prado.

I’ll Never Fall in Love Again. Deacon Blue.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.

Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.

Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…

En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.

Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.

Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.

Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.

Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.

Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.

Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.

Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…

Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y  a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.

Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.

Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el  niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.

Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.

 

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