El mar interior/ The sea inside
Más azul/ Blue.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea insideVuelve (a mí) y quédate/ Back to Stay.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Cuando te fuiste no lo tenía claro.
No sabía qué te impulsaba a marcharte, porqué dejabas una vida que parecía preciosa a mi lado, qué razón te empujaba a buscar aventuras arriesgadas, probar una cosa o la otra, descubrir nuevos mundos, reales o imaginarios, lejos de mí.
Aún a veces me lo pregunto para no desvelar una verdad que puede que me haga más daño aún. Si eso fuese posible.
Te fuiste una mañana muy temprano. Creías que dormía, tumbado boca abajo con un brazo fuera de la cama. Pero me hacía el dormido con la cara hundida en las almohadas para que no supieras que lloraba tu huida, que sentía muy muy dentro tu pérdida, y que no deseaba, no toleraba tu adiós.
Porque para mí era un dolor, una pena.
Pero no te diste cuenta, y me besaste suave en la mejilla y susurraste un cualquier cosa a mi oído, demasiado entretenido en mis propios sentimientos para entenderte o para quererte.
Y te fuiste cerrando la puerta con un suave chasquido y un eco en mi corazón.
No tolerabas una vida llena de indecisiones, repleta de quizás, tal vez o espera un poco más. Había demasiada energía en ti para no sentirte un prisionero de mi día a día, menos brillante de lo que yo mismo había imaginado, y de mi propia frustración, al ser incapaz de ofrecerte toda la belleza que tu sed merecía. Nuestra vida se había convertido en un aburrimiento sincero, en una lucha continua en la que el presente nos ganaba la partida. Recuerdo cuánto tardamos en conseguir aquel sofá que tanto nos gustaba, o la cama inmensa donde encontrarnos era una sorpresa y una de las pocas alegrías que el eterno día nos regalaba. Sentir tu piel como nueva rodando por esa superficie blanca y tersa…El aroma a vainilla y canela de tu piel, tu pelo teñido con los colores del atardecer que entraba por la ventana abierta, y tu risa, esa risa que se quedaba en mi mente hasta mucho después, cuando el cansancio llegaba y jadeantes mirábamos hacia nuestros propios sentidos exhaustos.
Te fuiste buscando nuevas aventuras, nuevos horizontes. Paisajes amplios que permitieran desplegar tus sueños, que facilitasen el desarrollo de un talento indescriptible, que te dejasen sentirte tú sin limitaciones vulgares, sin lastres ni justificaciones huecas. Cuando llegamos a explicarnos cada uno de nuestros movimientos, cada uno de nuestros pasos, el mundo se reduce a una cárcel pequeñita, que nos corta la respiración, inhibe los sueños y marchita el amor. Y sé que te fuiste con tu amor raquítico, con una sequía en los ojos y en los labios. Lo sentí en ese beso fugaz que te sirvió de despedida, huyendo en la madrugada para evitar las palabras, palabras que nos aprisionan a veces y nos hacen flaquear otras.
Te fuiste y me dejaste. Y te lanzaste a ver el mundo. La belleza era tu meta; transmutarla tu sentido de vida. Yo no podía competir con eso. Yo no podía contribuir a ese vuelo ligero; y quedarme atrás, sin ti, fue el precio de una aventura que nunca quise aceptar y que ocurrió, porque las cosas tienen que pasar aunque no deseemos verlas, y el destino es más fuerte, mucho más fuerte que el amor. Al menos que el que tú me tenías.
Y pasó el tiempo. El tiempo que fluye en el día a día, que parece eterno y pegajoso, pero que se cuela de entre las manos sin darnos cuenta. Todo parece una eternidad, y sí lo es cuando estamos solos, cuando el lecho es demasiado amplio y níveo y el silencio demasiado espeso y pesado y la soledad, una compañera callada que alimenta con plomo al corazón.
Sin ti dejé de soñar y tuve que encontrar nuevas formas de justificarme. Sin ti cambié de trabajo, me lancé a la locura del quizá y del tal vez pues nada tenía que perder, y me volví huraño y sordo, y ciego a las propuestas de gentes que veían en mí una presa fácil, un truco apenas adolescente… El sol se burlaba de mí, y mi piel blanquísima alumbraba las calles en penumbras sabrosas en verano, húmedas y frías en invierno, añorando tu calor, soñando con tu compañía; imaginándote en el salón de casa, con la sonrisa de estampa y los brazos abiertos, dándome la bienvenida y protegiéndome de un mundo que parecía negárseme siempre.
Y pasó el tiempo. Y supe de ti. Vi tu éxito, tu búsqueda sagrada hecha realidad. Tu talento desbordado, tu sensibilidad en la flor de los labios de otros, la imagen de un mundo que era belleza a través de tus ojos. Me enviaste algunas cartas cortas, o que para mí siempre fueron exiguas, y algunas postales y fotos tomadas por ti, en las que te confundías con la belleza de fondo, en las que te hacías edificio, estatua, pavimento y paisajes lejanos. En todos ellos me hablabas con la mirada,en todos esos mensajes me recordabas lo bien que habías hecho, lo dulce y duro que era todo. La excitación y la camaradería, unos brazos cálidos, una sonrisa fugaz en el claroscuro de una hoguera… Y yo aquí, en el mar de un lecho gigante, envuelto en la arena lunar, siendo cada vez más yo y estando por eso cada vez más solo, amándote todavía, en la distancia y en la cercanía, en tu abandono y en el mío…
Pero ahora sé. Ahora lo entiendo. Ha tenido que pasar todo este hiato de tiempo indefinido, de soledad sonora, para que lograse comprender ese fuego que te abrasaba por dentro, para saber que el amor a veces no es suficiente, o no basta con amar al otro, si no a nosotros mismos. Ahora, cuando la vida parece que se ha asentado en mi día a día, soy capaz de entender tus ansias, de aprehender tus deseos, que te alejaban de mí. Y, aunque me sigue doliendo, esa comprensión lo hace asumible y tu ausencia soportable, y el ardor de mi corazón más cercano al tuyo, y mi amor, ese que nunca ha cesado, más íntimo, más cálido, más sereno.
Cuando todos los barcos hayan zarpado; cuando todos los caminos hayan sido recorridos; cuando toda la belleza que proviene del mundo sea vista; cuando todos los sentidos hayan sido saturados, cuando toda esperanza haya germinado y el mundo haya revelado todos sus secretos, vuelve a mí. Que te estaré esperando en mi mundo sereno, en mi vida sin dudas, en mi corazón que siente apasionado y tranquilo un amor de media tarde, diluido entre la siesta y el atardecer. Cuando cada recodo del camino que recorres te acerque cada vez más a casa, y descubras que todo lo que has admirado, todo lo bello y sensual ya estaba dentro de ti y en nuestro amor, vuelve a mí, que te estaré esperando con el corazón en la mano y el amor en los labios. Cuando todas las oportunidades se hayan agotado, cuando no haya estrellas que conocer ni océanos cuyas olas recorrer, vuelve a mí, a nuestro sofá maravilloso, a nuestra cama nívea ancha como un abrazo, abierta como un poema y quédate en nuestro hogar para siempre, para siempre lleno de recuerdos junto a mí.
Cuando el mundo agote toda su grandeza, cuando te canses de ir de aquí para allá buscando lo inexistente, cuando la nostalgia te golpee la memoria y te ablande el corazón, acuérdate de mí, búscame y llámame en el vacío… Que encontraré tu eco en la distancia, e iré a buscarte allí donde estés, porque mi amor por ti sólo ha crecido y se ha ramificado, y te reconoceré y te abrazaré por más que hayan pasado los años, y te ofreceré mi vida, que ahora es toda mía, y mi lecho níveo, que sigue siendo sólo nuestro, y seguiremos construyendo, allí donde el tiempo de una huida ha dejado suspendido, una vida maravillosa que te atraerá de nuevo a mí, para quedarte por siempre.
El hogar/ Home.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insideCompartimentos estancos/ Cages.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside
Hace casi dos años, estábamos Abel Arana y yo sentados en el Mamá Inés conversando sobre la vida, las relaciones, las despedidas y lo que nos hace únicos y diferentes. En el fondo sonaba una canción que nos gusta mucho y de la que tengo el mejor de los recuerdos: Baby, I’m a Fool de Melody Gardot. El amor y el desamor, las diferencias en la percepción del mismo, la vanidad, el desespero, la entrega, la decepción y la aceptación sobrevuelan esa melodía sugerente y elegante.
Desayunábamos. Yo tomaba agua y él, lo recuerdo bien, una napolitana con queso fundido y un tazón de café con leche, a los que atacaba con verdadera fruición. Me gusta su compañía: es estimulante, a veces quizá demasiado, porque su personalidad es un río a borbotones; pero su sentido de la familia, de lo adecuado, es asombroso y, más que todo, su desarmante sentido común siempre me deja sin palabras. Dueño de una inteligencia superlativa, le pueden las pasiones, a las que se entrega con una confianza que me asombra y me admira a la vez, por lo que sus conversaciones son fascinantes y nunca, por más banales que sean, caen en saco roto.
Durante nuestro encuentro se quedó callado mirándome. Como no soy de los que esquivo la mirada en las distancias cortas, le imité en silencio, esperando oír lo que se veía quería decirme. Por el ventanal del Mamá Inés iba y venía todo tipo de gente en variopinta procesión. Más uniformados de lo que ellos mismos se daban cuenta, por la calle Hortaleza desfilaban hombres y mujeres, cada uno enfrascado en sus propias vidas, queriendo gustar, deseando hacerse notar, ansiosos a veces, otros despreocupados y otros perdidos. La calle en otoño comenzaba a clarear a la luz del mediodía y el fluir de ida y de venida comenzaba a hacerse notar cada minuto que pasaba.
Mientras Abel se mantenía en silencio, se me dio por ver a través de los ventanales todo ese trajín matutino, poco diferente del que posee a cualquier otra hora del día, salvo por la delicada neblina de una mañana de finales de octubre. No sé qué expresión tenía yo en aquel momento, pero debía ser muy reveladora. Me tocó la mano para atraer de nuevo hacia él toda su atención.
– No vivirías aquí, ¿verdad?
La pregunta tenía muchas lecturas. Soy, literalmente, un chico de campo con una pizca de urbanita (cada vez más pequeña); desconozco en profundidad el ritmo de una vida que parece ser llevada al extremo y abandonada de repente: el trabajo dura lo mismo que el amor eterno que se olvida a la mañana siguiente, y una mirada entre hambrienta y juguetona parece contemplarlo todo con cierta sorna y desapego. El ambiente del barrio de Chueca (Madrid) pasa por ser el más tolerante y diverso del país, con sus casas de placer, con sus fiestas interminables, su gran facilidad para encontrar de todo: desde un orgasmo rápido hasta un kilo de cebollas, y su carencia total de piedad y cariño por los demás. Sin embargo, lo bello se separa de lo feo con asco; lo atractivo de lo repugnante; lo serio de lo fútil; la ausencia de sutilidad no está reñida con el sarcasmo, y la tan mentada tolerancia sólo se mide en centímetros y en unidades, no en personas o intereses mutuos.
En aquel momento la imagen que yo tenía delante de mí era la de un lugar donde las diferencias coexistían con cierta armonía, pero los propios miembros de esa sociedad diferente no se alejaban de los prejuicios de los ambientes más clásicos, antes bien los alentaban con la creación de etiquetas, locales determinados y gustos determinados, chistes beligerantes e hirientes y, muchas veces, un desenfado cruel. Nada en él hacía atractiva mi idea de mudarme; la idea de que, para ser aceptado en esa estructura de poder, deba ser colocado en un compartimiento estanco del que me estaba prohibido salir si no cumplía los requisitos adecuados, lastrándome a una casta dentro de las miles que cohabitan en ese mundo, y que me impedía, con leyes no dichas pero poderosísimas sobre el ego, el respeto y la sensibilidad de cada persona, a acercarme a otro que desease si no encajaba en los límites adecuados de la raza a la que pertenecía, me dejaba helado.
El sitio de la libertad y la aceptación se me revelaba, como cualquier otro ambiente inhumano, lleno de prejuicios, repleto de sueños rotos y tan cruel como la sociedad de la que se jactaba ser diferente.
– No. No viviría en Chueca. Me atrae durante unos días, es maravilloso vivir este ambiente de libertad, esta sobrada locura… Pero no, hay algo que no me gusta y quizá sea lo rígida que es, lo poco tolerante que es y lo poco diversa que, en el fondo, es.
Él me respondió ladeando al cabeza. La trilogía Historias de Chueca (de aquella estaba a punto de salir publicado Más), dentro de su humor escatológico y divertido, lleva velada una crítica semejante, intenta ser una llamada sobre lo que se ha hecho con un sueño de libertades y se ha transformado, gracias a las normas sociales, en una caja llena de compartimentos estancos en donde la vida pasa sin pasar; en la cual la exactitud del tiempo se mide en belleza y en logros físicos o económicos y no en compresión, apertura, aceptación y mezcla. Y no está mal que así sea: a fin y al cabo todos somos sociedad, todos somos seres humanos. Las cantadas diferencias por ser gais no son tales, puesto que el desenvolvimiento de la colmena social reproduce palmo a palmo el esquema de toda estructura conocida, llena de imperfecciones, de envidias y a veces odio, de actitudes segregacionistas (sí, los gais también son machistas, xenófobos y astutos negociantes del temperamento humano) y, a veces, de verdadero cariño, de lealtades puras y de generoso amor.
– Además, apenas tiene árboles. No soy de asfalto, si no de parques.
Ambos reímos. La napolitana ya no estaba y el cuenco de café estaba semivacío. Llevaba fumados un par de cigarrillos.
– Sabía que no. Chueca no es para ti. Y menos mal. Hay que huir de ella antes de que se meta en la piel… Después es tarde.
Puede que tuviese razón. No me gusta ser distinto, pero reconozco que aún en Chueca lo soy. Me aterra a veces la idea de ser un verdadero Outsider, alguien que no consigue conectar con lo que le rodea. Una especie de isla en medio de un mar encabritado a veces y a veces en calma. Y eso tampoco es bueno.
Nadie puede alzarse en dueño de la Moralidad. Y mucho menos los partidos políticos o instituciones supuestamente divinas: todas estas formaciones siempre persiguen algo. Tampoco nadie puede alzarse con el derecho de dividir a la humanidad en normales e invertidos, en heteros y gais, en negros y blancos: el mundo escapa siempre, siempre a la clasificación única e irrepetible, puestos que su constante cambio es la base misma de esa insabilidad y de ese desvarío.
No: Chueca no es el paraíso de lo diferente. Es el paraíso de una libertad contracturada, que es mucho mejor que no tener ninguna, pero cuyo fin aún no está del todo conseguido. Mientras veamos al vecino por el rabillo del ojo, mientras no nos aguantemos las ganas de cotillear y de definir y de valorar a los demás por logros o aptitudes físicas o meras conveniencias sociales, aunque estos convencionalismos parezcan novedosos, Chueca no será más que un gueto, variopinto y divertido eso sí, pero cruel y duro al mismo tiempo, en el que la sociedad a la que pretende superar está tan anclada, tan sembrada en su uniformidad, que aún me asombra que nadie se dé cuenta de ello antes de acabar atrapado en la vorágine de su existencia diaria y sin fin.
Y no es algo malo: Chueca es nuestra sociedad actual, nuestra forma de vida de hoy; nada hay en él, por debajo de una superficie fuera de lo común, que lo aleje de lo común, que lo identifique por encima de cualquier estructura creada por el ser humano. Chueca, crisol de variedades, quizá aún no tiene sitio para un outsider como yo. Y no me molesta ni me preocupa, antes bien, me maravilla. Y cada vez que visito el barrio me lleno de su energía, disfruto de su notoria belleza, y de su evidente desparpajo. Nadie ríe más que en Chueca, y nadie hace más lo que le apetece en los perímetros de este barrio de Madrid. Pero, desengañémonos, Chueca no es el Paraíso, aunque se parezca, muy mucho, al este del Edén.
Cuando salimos del Mamá Inés, yo con mi maleta en la mano y Abel con un cigarrillo en la suya, nos despedimos con un par de besos y un abrazo. La canción de Melody Gardot (que tanto me recuerda a Philippe Servais) ya había terminado y Chueca despertaba con todo su esplendor. Subimos por la calle de Las Infantas hasta la calle Fuencarral, alborotado bulevard de tiendas, gentes y peticionarios, y nos separamos de nuevo con un abrazo. Él se encaminó hacia Gran Vía. Yo, hacia Tribunal. El ruido de las ruedas de mi maleta salpicaba una y otra vez mis pensamientos…
No, no me gustaría vivir encerrado aún más en compartimentos estancos, en celdas en las cuales yo no haya elegido estar. Pero Chueca es un proyecto vivo, una idea maravillosa, que debe evolucionar y cambiar, como todo invento humano, en busca de su perfección. Mientras tanto, me dejo atrapar por su embrujo gitano de vez en cuando, por el hechizo de su maltrecha libertad y encontrar allí un mundo de personas maravillosas de las que aprender siempre y por las que ser siempre feliz, a trozos puros y reales.
Sentimientos opuestos/ Opposite Feelings.
El mar interior/ The sea inside
Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas.
No sé si era tu mirada, intensa y fija como un planeta; o sólo tu presencia cercana, que me hicieras caso y esas cosas: una sonrisa, un guiño cómplice, un pequeño golpecito en el hombro. Pero era cierto: todo dentro de mí cambiaba y sé que mi piel brillaba y mi risa sonora traspasaba el universo llegando de vuelta a mi corazón multiplicada y llena de energía; mis sentidos se agudizaban y todo lo que sentía estaba preñado de inmensidad, lo que me trastornaba un poco.
No sabía a qué se debía tanta ansiedad por verte, no imaginaba que me sentía único, diferente, tocado por una marea de sentimientos que me llenaban de raíz porque tú estabas cerca. Eras un catalizador de todo aquello que más anhelaba; me hacías partícipe de lo que hasta aquel momento pensaba que no me pertenecía.
Tu belleza me hacía a mí más bello; tu cercanía más cálido, y me creía el sueño de valor, repleto de una vanidad un poco tonta e irreal. Hacías de mí un hombre nuevo, transmutado en aquellas cualidades, en aquellas metas que siempre había anhelado y que desconocía.
Pero todo era un espejismo. Al final del día, cuando te despedías de mí con cierto alivio y me quedaba solo, el reflejo del espejo me revelaba la cruda verdad. Nada había en mí que mereciese no ya tu compañía, si no la de cualquiera. Me veía y no me gustaba lo que veía. Nada de esa perfección que sentía a tu lado estaba presente cuando no estabas cerca, o al menos estaba yo demasiado enamorado de ti para sentirme bello, valioso o afortunado cuando te alejabas de mí con un beso casto en la frente o un abrazo que apenas duraba unos segundos.
Estaba lleno de sentimientos opuestos. Aquellos que habitaban en mí cuando tu cercanía los sacaba a la luz, cuando creía que el amor todo lo transforma; y aquellos otros, más oscuros y menos reales, en los que me decía a mí mismo que no merecía tanta suerte o tantos mimos de la vida. Contigo y sin ti emergían de mi interior todas las contradicciones, las medias tintas, las vueltas de una vida desteñida que no era atractiva para nadie, y mucho menos para mí.
Quizá debía adelgazar; o coger más forma aquí y allí tras un comentario tuyo dicho al azar. Cuando hablabas al viento de cómo sería mi mirada sin gafas, corría al espejo a ver de cerca, con la vista de miope intensa, cómo eran mis ojos. Y los examinaba tan de cerca que se empañaba el espejo y mis propios ojos. Cuando quería que me abrazaras y no lo hacías, girabas la cabeza hacia un grupo que pasaba y me reclamabas más comportamiento o menos fruslerías. Y aquellos grupos eran hermosos, de risa tintineante, de bellas formas y facies atractivas; eran delgados y bien proporcionados, vestían de forma encantadora y estaban llenos de virtudes. De virtudes de lejanía, claro. Eso me angustiaba. Y me espiaba en un reflejo cualquiera: un coche, un cristal; buscaba ansioso una respuesta a ese comportamiento tan errático y que, dándomelo todo, lo que más me regalabas era ese dolor extraño que me llegaba de raíz y me trastornaba.
Tu voz, tus gestos, tu propio corazón. No lo sé. Me sentía bello y divertido, brillante y feliz cuando cedías a mis peticiones y juntos caminábamos por la alameda, o cuando de la nada llegabas con el regalo de un abrazo, el arrullo de un beso espontáneo y discreto. Bebía de esos regalos escasos con una sed enloquecida. Tu corazón, tus gestos, tu voz de ultratumba. Deseaba atisbar tu interior, deseaba poder descubrir qué hacía que me sintiera, a la vez, feo, poco apreciado y hasta triste; porqué aquella presencia ambigua hacía nacer en mí tantas preguntas, tantas inseguridades y tan opuestos sentidos y realidades.
Casi todo se puede modificar: una cicatriz, una caída de párpados, una cintura o un perfil. Pero la imagen que nos devuelve el espejo, a pesar de la superficie pulida de la que procede, nada la puede alterar a no ser un amor demasiado puro, demasiado ajeno al querer, al deseo, a la pasión. Porque yo sentía todo eso por ti y mi propia imagen se empequeñecía al compararme contigo o tus amigos; con cada comentario hiriente que recibía del aire que respirábamos, ante cada desaire que tu compañía me daba, mi mundo se aplanaba, se estrechaba y me hacía caminar por un sendero estrecho. Y sin embargo… Yo te seguía como un loco enfebrecido, como un enamorado. Y hacías de mí un juguete amargo, un pelele roto, un mundo de dudas y de sentimientos opuestos.
Se puede teñir el pelo y llevar lentillas de colores; nunca se es demasiado delgado o demasiado cincelado; siempre hay tiempo para la dieta o el ejercicio extenuante o para que alguien, cualquiera, se fije en nosotros y nos haga sonreír… Y sin embargo, me sentía triste y poco querido, por ti sin duda, y más por mí. Y, sin embargo, teniéndote sin tener, no era feliz; a tu lado compré un ticket vacío hacia la felicidad y me lo creí.
Qué pequeño se vuelve el mundo cuando dependemos de un solo ser para destacar, para vernos diferentes, para sentir que nadie es mejor que nosotros o que, al menos, estamos a la altura de las circunstancias que nos rodean… Qué imagen tan distorsionada de la vida, de nosotros mismos, podemos llegar a tener por anhelar sueños erróneos, por considerar un amor de puñados como un amor de plenitud, por tener miedo al abandono, al fracaso o a la soledad.
Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas. Ese algo era mi miedo y mis anhelos soñados preñados en ti. Y mi miedo hacía que nacieran sentimientos opuestos en mí, de dudas e inseguridades, de placidez y hueca plenitud, cuando buscaba anhelante tu compañía, cuando creía que tu cercanía me hacía más bello, más perfecto, más yo… Y estaba equivocado. Pero ya es tarde para eso, y para muchas cosas más.
Bello y feo; cálido y frío; gordo y delgado; fibroso o blando; rubio o moreno; alto o bajo: sentimientos opuestos que buscan darme la libertad. Y el primer paso es dármela a mí mismo y, después quizá, a tu amor de puñado que nunca me dará la felicidad.
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El chico de al lado/ The Boy Next Door.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Música/ MusicAllí está. Callado, con el pelo repeinado, con sus gafas de pasta y su aire encantador.
Todos los días lo veo. De mañana en el ascensor. No es muy alto. Aunque eso no me molesta. Huelo el aroma de su colonia y sin querer cierro los ojos y muevo mi cabeza en delicada danza. Espero que no me mire por el espejo. O quizá sí lo hace y por eso paso desapercibido para él.
Tan peinado. Y con sus gafas de pasta. Qué guapo va, salido de una película de los 50 a veces, con sus tejanos rectos y ajustados y un aire callado y resultón.
Por la tarde, cuando coincidimos en la puerta del edificio o de nuevo en el ascensor, con gesto de cansancio y alegre la mirada, con un café de Starbucks en la mano y en la otra el teléfono a veces, a veces dentro del bolsillo, corbata fuera, libre el pecho atrapado en su camisa y la chaqueta o el jersey anudado en la cintura.
Me ve y hace que no se da cuenta. Pero debe ser miope. Murmura un Buenas tardes o un Hasta luego, y siempre se sorprende cuando lo acompaño al mismo piso y nos hallamos, puerta con puerta, con las llaves en las manos y a veces en las cerraduras. Yo le sonrío y él hace como si no me ve, cabecea un poco, el pelo repeinado sin moverse, y las gafas sobre la nariz. Y desaparece en su mundo de torvo silencio.
Y yo suspiro.
No sabe que existo. No sabe que suspiro todos los días por verlo. Que me enloquece su silueta menuda, su bien formado cuerpo y que hasta su indiferencia hace que me fije más en él.
No sabe que ruego cada día encontrármelo en el ascensor y aspirar el olor de su colonia, y que cada tarde espero la maravillosa coincidencia de verlo llegar, liberado de las responsabilidades del día a día, con una sonrisa, una camiseta ajustada y sus gafas de pasta escondiendo unos ojillos oscuros y negros, como su cabello repeinado, su aire retro y encantador.
Para él no soy más que el chico de al lado. Alguien con el que tropieza una que otra vez, que carece de nombre, que le estorba el paso, que intenta acercársele lo más posible como si no quisiera tal cosa. Para él sólo soy un vecino extraño, con mirada perdida, que se fija en quien se fija y hace como si no se fijase, y que baja coincidiendo y que, coincidiendo, abre la puerta a la vez, cierra la puerta al unísono y que aparece de pronto, a veces a medio arreglar, para no perderle de vista en el pasillo cuando sale a correr caída la noche o cuando llega, siempre solo, tras largos paseos en silencio.
Él no sabe que le adoro. Que besaría el suelo que pisase. Él ignora que le deseo, como deben desearle muchos, ni que le comprendo más y le quiero más que nadie.
Porque el chico de al lado no sabe de sus silencios ni de su soledad. No le oye pasear a medianoche de un lado para otro, ni lo ve sentado en el alféizar de la ventana, esperando la llegada de la luna desnudo, con el corazón en la boca. El chico de al lado no sabe de su vida anónima, de los esfuerzos con los que consigue esa silueta atractiva, y de lo bella que es su sonrisa cuando parece que nadie se da cuenta.
Eso soy para él: un vecino fisgón quizá; un silencio entre el paréntesis de unas paredes, que ignora el amor o la vida o las batallas del día a día…
¿Y no es una pena? Lo amo más de lo que puedo decir, porque es inalcanzable, es un sueño. Me gusta su estilo repeinado, su coqueto baile de caderas y su risa, una sonrisa maravillosa que me ató a su vida para siempre.
¿Y no es una pena? Él tan solitario y yo, el chico de al lado, pudiéndole darle todo, ajeno a su vida y a su corazón…
Allí está. Callado, con el pelo repeinado, junto al chico de al lado, que, en silencio, suspira por su corazón. Vamos bajando uno a uno los pisos en el ascensor… Yo cierro los ojos, transportado por ese olor a un mundo más dulce, más real y atractivo. Cuando los abro, las puertas del ascensor también lo hacen. Y un resplandor llena la cabina. Su sonrisa todo lo inunda, gafas en la mano y mirada directa a mis ojos. Se alza de puntillas y me hace una señal para que me incline. El chico de al lado lo hace y recibe un beso, uno pequeñito y fugaz. Y una promesa…
– Por la tarde más…
Y se va cantando una canción por lo bajito y el ascensor, cansado de esperar, se cierra en mis narices. Y, de repente, todo es felicidad.



