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El chico de al lado/ The Boy Next Door.

   Allí está. Callado, con el pelo repeinado, con sus gafas de pasta y su aire encantador.

   Todos los días lo veo. De mañana en el ascensor. No es muy alto. Aunque eso no me molesta. Huelo el aroma de su colonia y sin querer cierro los ojos y muevo mi cabeza en delicada danza. Espero que no me mire por el espejo. O quizá sí lo hace y por eso paso desapercibido para él.

   Tan peinado. Y con sus gafas de pasta. Qué guapo va, salido de una película de los 50 a veces, con sus tejanos rectos y ajustados y un aire callado y resultón.

   Por la tarde, cuando coincidimos en la puerta del edificio o de nuevo en el ascensor, con gesto de cansancio y alegre la mirada, con un café de Starbucks en la mano y en la otra el teléfono a veces, a veces dentro del bolsillo, corbata fuera, libre el pecho atrapado en su camisa y la chaqueta o el jersey anudado en la cintura.

   Me ve y hace que no se da cuenta. Pero debe ser miope. Murmura un Buenas tardes o un Hasta luego, y siempre se sorprende cuando lo acompaño al mismo piso y nos hallamos, puerta con puerta, con las llaves en las manos y a veces en las cerraduras. Yo le sonrío y él hace como si no me ve, cabecea un poco, el pelo repeinado sin moverse, y las gafas sobre la nariz. Y desaparece en su mundo de torvo silencio.

   Y yo suspiro.

   No sabe que existo. No sabe que suspiro todos los días por verlo. Que me enloquece su silueta menuda, su bien formado cuerpo y que hasta su indiferencia hace que me fije más en él.

   No sabe que ruego cada día encontrármelo en el ascensor y aspirar el olor de su colonia, y que cada tarde espero la maravillosa coincidencia de verlo llegar, liberado de las responsabilidades del día a día, con una sonrisa, una camiseta ajustada y sus gafas de pasta escondiendo unos ojillos oscuros y negros, como su cabello repeinado, su aire retro y encantador.

   Para él no soy más que el chico de al lado. Alguien con el que tropieza una que otra vez, que carece de nombre, que le estorba el paso, que intenta acercársele lo más posible como si no quisiera tal cosa. Para él sólo soy un vecino extraño, con mirada perdida, que se fija en quien se fija y hace como si no se fijase, y que baja coincidiendo y que, coincidiendo, abre la puerta a la vez, cierra la puerta al unísono y que aparece de pronto, a veces a medio arreglar, para no perderle de vista en el pasillo cuando sale a correr caída la noche o cuando llega, siempre solo, tras largos paseos en silencio.

   Él no sabe que le adoro. Que besaría el suelo que pisase. Él ignora que le deseo, como deben desearle muchos, ni que le comprendo más y le quiero más que nadie.

   Porque el chico de al lado no sabe de sus silencios ni de su soledad. No le oye pasear a medianoche de un lado para otro, ni lo ve sentado en el alféizar de la ventana, esperando la llegada de la luna desnudo, con el corazón en la boca. El chico de al lado no sabe de su vida anónima, de los esfuerzos con los que consigue esa silueta atractiva, y de lo bella que es su sonrisa cuando parece que nadie se da cuenta.

   Eso soy para él: un vecino fisgón quizá; un silencio entre el paréntesis de unas paredes, que ignora el amor o la vida o las batallas del día a día…

   ¿Y no es una pena? Lo amo más de lo que puedo decir, porque es inalcanzable, es un sueño. Me gusta su estilo repeinado, su coqueto baile de caderas y su risa, una sonrisa maravillosa que me ató a su vida para siempre.

   ¿Y no es una pena? Él tan solitario y yo, el chico de al lado, pudiéndole darle todo, ajeno a su vida y a su corazón…

   Allí está. Callado, con el pelo repeinado, junto al chico de al lado, que, en silencio, suspira por su corazón. Vamos bajando uno a uno los pisos en el ascensor… Yo cierro los ojos, transportado por ese olor a un mundo más dulce, más real y atractivo. Cuando los abro, las puertas del ascensor también lo hacen. Y un resplandor llena la cabina. Su sonrisa todo lo inunda, gafas en la mano y mirada directa a mis ojos. Se alza de puntillas y me hace una señal para que me incline. El chico de al lado lo hace y recibe un beso, uno pequeñito y fugaz. Y una promesa…

   – Por la tarde más…

   Y se va cantando una canción por lo bajito y el ascensor, cansado de esperar, se cierra en mis narices. Y, de repente, todo es felicidad.

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