De la Fe y la Vida/ About Faith and Life.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

   Al margen de lo que ha sucedido en Madrid en estos días, del calor insoportable, de la insostenible vacuidad de una sociedad que se pelea consigo misma porque es muy capaz de ver la paja en el ojo ajeno pero nunca la enorme viga que porta el suyo, llevo más de media vida pensando en Dios, la Fe, la Historia y todas las influencias que, ignorantes de su influjo, la cultura heredada de nuestras raíces nos ha hecho ser lo que somos.

   Es cierto que desde hace unos pocos años se ha intentado más que nunca confrontar los extremos más que asentarlos, fomentar las diferencias más que encontrar los puntos en común que siempre se tienen. Una forma de política astuta, tan eficaz como otra cualquiera, pero tan efectiva porque es muy difícil no dejarse convencer por alguien que nos dice, desde una posición de poder, que nuestros derechos prevalecen sobre los del resto, que siempre tenemos razón, y que nuestros deberes se diluyen en esa máquina ingente que llamamos Estado, simplemente porque le damos de comer. La degradación de la educación social (no hablemos de la escolarización, que estoy seguro que la gran mayoría de maestros y profesores están preocupados por las reglas con las que les obligan a jugar) es preocupante y genera, en este caldo de cultivo, esta marabunta de conflicto, desorden y demanda. La falta de cultura hace a un pueblo presa fácil de sus representantes, no en vano cualquier régimen dictatorial procura que su población se mantenga lejos de influencias intelectuales ajenas, pues una persona, cuando la dejan pensar, es capaz de cambiar el mundo (Arquímides era más que físico, es decir, meta-físico); y la inercia social, esa tendencia que todos tenemos a pedir sin dar nada a cambio, a vivir sin pensar, en un eterno estado de Peter Pan, no ayudan nada al crecimiento y a la maduración de nuestra forma de pensamiento y, por ende, de nuestras acciones diarias.

   Ignoro si en la actualidad existe esa sociedad madura, llena del hartazgo del pensamiento, de los frutos físicos de la cultura, perfecta y por lo tanto finita. No hay ningún país, ni el más aclamado financieramente ni el más social, que haya alcanzado esa perfección anhelada. La violencia perpetrada en Noruega, el índice elevado de suicidios de Suecia, las cloacas oscuras de la estabilidad de Suiza, el mar de oro del que sólo gozan unos pocos de Mónaco, la dureza de una sociedad productiva que aún acarrea (quizá porque no dejamos de recordárselo) muchos fantasmas y un egoísmo creciente de Alemania, la sonrisa melancólica del mar de gigantes de Holanda; la fractura social, llena de brillos y de obscenos claroscuros de Gran Bretaña; ese volcán de grandes diferencias que es Francia; un navío perdido en una singladura demasiado extensa (como sus anhelos) que es Estados Unidos, y la banalidad política de España, demuestran que la Historia se repite pero que evoluciona y que aún estamos demasiado alejados de ese ideal de perfección, porque intereses egoístas y ajenos, y nuestra propia indulgencia, desean que así lo estemos. Que un autor, con cierta clarividencia, pretenda que la sociedad grite indignada ante el cansancio por la ineficacia de sus dirigentes y del ritmo que llevan las cosas, está muy bien. Que hordas de personas piensen que sólo un grito, unos aspavientos, una reunión neo-hippie, sean suficientes para producir en la conciencia de los gobernantes un cambio, está muy bien; resulta conmovedor en una visión panorámica, pero es tan vacua y tan inútil como los libros en los que han pretendido basar su credo de actuación. ¿Por qué todo es fatuo en el movimiento 15M y está destinado a fracasar? Porque no está basado en un cambio real, en un despertar de la consciencia.  Es un grito de niño mimado, un clamor de hambre, de sueño; no es un cambio profundo de la propia sociedad. Leer las supuestas exigencias de un movimiento de tal magnitud roza lo increíble; es pedir lo de siempre pero a la vez mucho más. Un movimiento desvirtuado por poderes políticos, manejado en la sombra por poderes políticos, que da más de lo mismo porque pide más de lo mismo, está destinado a morir, flor de un día, como toda explosión de masas basadas en un arrebato apasionado más que un trabajo concienzudo y profundo.

   No quiero decir que esas voces discordantes sean inútiles. Todo pensamiento revolucionario es necesario en el mundo. El problema está en que el movimiento de los llamados Indignados no conlleva esa revolución interior, ese deseo de mejorar, sino que clama por perpetuar una situación insostenible, y por mantener el status quo de una sociedad que no quiere pensar por sí misma y, por lo tanto, asumir sus propios errores y sus capacidades, evolucionar y crecer. La verdadera indignación no debería estar enfocada sólo hacia nuestros gobernantes, sino hacia nosotros mismos, como individuos y como sociedad, que han llevado a que esos personajillos de poca monta tomen las riendas de nuestros países, de nuestras políticas y dictaminen nuestros sufrimientos y nuestras capacidades. La verdadera revolución es interior, propia, individual. Y con esa palanca única que germina en nosotros mismos, aunados en sociedad, conseguiremos cambiar el mundo. Es decir: que nuestros dirigentes sean aquello que nos refleje y que su preocupación no sea subirse el sueldo, asegurarse una pensión más que aceptable ni viajar en primera clase, si no en trabajar por el bien común, desde el ayuntamiento más pequeño al más importante, por la estabilidad social (igualdad, que no igualitarismo), por la Salud y por la riqueza bien entendida (que no polarizada) y la unión, llena de diferencias y de contrastes, en un proyecto de vida común y generoso.

   La Iglesia es una institución humana. Fundada por seres humanos, llena de sus errores y de sus estrecheces de miras, pero a la vez iluminada por sus sueños, alimentada por el trabajo anónimo y único de millones de seres que creyeron en ella, se polarizaron con ella y la llevaron a su exaltación y a su nadir. Como toda institución humana, poblada de fanatismos y de errores, pero también de buenas acciones y de reflejos de lucha y evolución real. La Iglesia es un símbolo más, tenga el credo que tenga, en el mar de la cultura del hombre. Y sólo es necesaria como parte integradora de la sociedad, pues el período de su poder fáctico y único, como el de cualquier Imperio, ha quedado atrás. Una sociedad evolucionada tiene sed de creencia, tiene sed de Fe. Porque tiene necesidad de trascendencia. La Fe en Dios (empleemos este término como genérico; otra palabra, por lo demás, muy en boga últimamente) está escondida en el interior de todos nosotros. Desde el ateo más recalcitrante hasta el gnóstico más convencido, el deseo de mejorar, el sentido del equilibrio, la lucha por sobresalir, el ansia de igualdad, la pérdida y el fracaso, nos llevan a ese punto último donde todo carece de sentido porque estamos rodeados de él, y en el que todos nos reconocemos y no hay diferencias y no requiere de credos ni de nombres: Dios. Hay personas que necesitan de una invención estructurada de la Fe y de Dios: las religiones están para eso, la Iglesia está para eso. Existen otras que hallan en el desbarajuste del día a día el centro de su estabilidad; otras lo encuentran en el estudio, otras en la actividad física; no pocas en la contemplación y el abandono. Todas son reflejos del mismo ojo, rayos de luz de la misma fuente, refracciones del mismo prisma. Por eso en Dios no se cree, en Dios se vive y se conoce, se suda y se sufre, se evoluciona y se toma consciencia, se reconoce y, a la vez, se inmaterializa, se pierde peso físico pero se gana dimensión espiritual; se pierden las palabras porque se gana en acciones. Y ese axioma que alguien muy sabio dijo ya hace tiempo: Por sus frutos los reconoceréis, toma verdadero cuerpo y gana en toda su auténtica verdad, dos mil años después.

  Estamos en un momento único (sí: todos lo son) en el que el desarrollo de la sociedad nos permite y nos exige un cambio más interno que externo, nos obliga a evolucionar a la misma velocidad que la tecnología o la ciencia (ambas, manifestaciones de Dios como todo lo humano); al ser incapaces, o al no querer modificar hábitos de vida a los que estamos muy apegados, tanto individual como colectivamente, caemos en estos conflictos que nos rodean, nos vemos envueltos en revoluciones de inestabilidad y decepción, cuya única salida está en el cambio individual, en la toma de consciencia, en el empleo de nuestro temperamento para tomar las riendas de nuestra propia palanca de vida. Así como en un momento de la Historia un homínido decidió ponerse de pie e iniciar el camino de la bipedestación, ese cambio universal y profundo, así en este momento histórico único, nos vemos abocados a cambiar nosotros mismos, a encontrarnos con aquellas partes de nosotros realmente buenas, verdaderamente soñadoras, pero altamente exigentes y dolorosas, liberadoras y únicas, que nos obliguen a dejar atrás la eterna adolescencia en la que estamos encallados y vivir nuestra vida con la responsabilidad más cierta, la igualdad más certera y la generosidad más extraordinaria, libre de exigencias pero llena de ellas, cargada de responsabilidades pero ligeras y volátiles, y repleta de risas, la verdadera risa que hemos visto brotar tan sincera y tan generosa en aquellos ejemplos recientes que hemos tenido: la madre Teresa, el señor Mandela, entre muchos otros. Estamos en el momento idóneo, aquel en el que, siendo nosotros mismos más que nunca, dejamos atrás nuestros límites, construyendo una sociedad más equilibrada, más generosa, menos exigente y más trabajadora, es decir más madura, con sus problemas solubles, con los dramas de la vida diaria (vivir, morir, enfermar, querer, olvidar, perder, ganar) y la libertad de enfrentarnos a ellos no importan sus orígenes ni sus consecuencias.

   Eso es Fe. Eso es Dios. Ese es el verdadero mensaje de todos aquellos pensadores, religiosos o no, que ha habido a lo largo de la Historia. Jesús no se equivocaba, como tampoco Platón o Mahoma o Buda. Abraham cedió mucho de sí antes de comprender, y Moisés se perdió en un desierto que era solo interior. No importa. El Paraíso se perdió, Mesopotamia desapareció, Egipto duerme el sueño eterno, la Atlántida se hundió, el Imperio donde no se ponía el sol se fragmentó; la Industria dejó tras de sí la estela del reino de la cultura pop; el mundo gira y gira y los mismos problemas, con otros disfraces, nos acucian hoy quizá con mayor agudeza (puesto que nos enteramos de todo y sabemos hoy, en la unión de la comunicación, lo que ocurre en el rincón más escondido del planeta) pero que la Humanidad ha encarado desde el principio de los días y que la ha llevado hasta donde estamos hoy, cansados quizá, decepcionados quizá, pero todavía en pie.

   Las reuniones de estos días traen ese mensaje. Dejemos a un lado la parafernalia, la liturgia, la manifestación externa. Todo eso no es más que adornos del ego humano. Y la lucha opuesta es un error, pero su mensaje también está muy claro. La Vida real está muy unida a la Fe: la esperanza de un mundo mejor, reflejada en esas personas que admiramos por su serenidad, que nos contagian con su sonrisa y su energía (y que han luchado tanto por alcanzar esas cimas que no son más que meras estaciones de evolución). No hace falta que la ciencia diga que el acto de tener fe o la idea de Dios se formen en esta o en aquella parte del cerebro: no sabemos cómo funciona ese misterioso órgano que rige nuestras vidas. Como nada sabemos de nosotros mismos hasta que nos damos el permiso de luchar, de atisbar y de mejorar. Pero toda construcción humana lleva consigo un compromiso; toda responsabilidad además de prebendas, acarrea ciertas dosis de sacrificio; toda sonrisa, todo logro tiene tras de sí lucha, caída y pérdida. Todo acto humano está lleno de Fe, porque proviene de ese Dios que está dentro de todos y que nos sorprende a cada paso, como a los caminantes de Emaús.

   En un periódico de tirada nacional, su editor reflexiona sobre si cree en Dios o no. Es una carta abierta, donde se muestra más real y cercano que nunca. Porque sus preguntas, sus justificaciones y sus demandas son las de todos nosotros. Y no es más humano por hacernos partícipes de sus dudas. Lo es porque tiene esas dudas. Y porque lucha, en su día a día y a su modo, por encontrar respuestas, por mejorar su vida. Y desde aquí me gustaría decirle que esa lucha, que ese afán, que esas interrogantes ya tienen respuesta, y están en su interior. Como están en el de todos nosotros.

   Yo no necesito de una estructura secular y fosilizada para recordarme dónde está Dios. Jesús se indignó con los mercaderes del templo, con los sacerdotes de Yahvé, con sus propios discípulos. Quizá Él ha sido el primer Indignado de la Historia. Pero su irritación no nació, como la nuestra, de querer para sí cosas que nos harían más felices, o más fáciles la vida. Su indignación nació de su cansancio por ver que, pese a su magnífico ejemplo, la Humanidad tendía a la molicie, tendía a dejarse arrostrar por su propia comodidad. Porque, como seres humanos, nos negábamos a darnos cuenta que en verdad somos grandes y generosos y que podemos cambiar. Su indignación y rabia ante nuestra pasividad y negatividad por nuestra grandeza, sirvió de acicate para esa regañina y para esos azotes a nuestro espíritu dormido. Él creía más en nosotros que nosotros mismos. Porque tenía Fe y, sin duda, tenía Vida. Él usó su palanca para cambiar el mundo, y vaya si lo cambió.

   Creo en ese cambio, en ese poder, en ese esfuerzo. Porque tengo Fe. Y la encuentro allí adonde voy, muchas veces agazapada en perroflautas o ataviada con los brocados más exquisitos. A veces bella, a veces teñida de tristeza. Y la Fe nos lleva a Dios, porque hace de nosotros mejores hombres, mejores seres humanos. De verdad. Con todas las letras, con toda la consciencia y con todo el compromiso.

   No me preocupa creer en Dios. Está dentro de mí. Y esa es una experiencia única y dura, pero maravillosa, y bien sabe Él (o Ella) que es reconocible en todos aquellos que, aun entre dudas, no cejan en ser lo mejor que pueden ser, sin importar nada más. Eso es amor. Y Fe. Y Dios es todo eso y mucho más.

   Y también me indigno, y también protesto y también quiero un mundo mejor. Y por eso trabajo y me comprometo. Y me gustaría que todos cogiéramos nuestra propia palanca para cambiar al mundo. Y conseguirlo.

Hasta que me encuentres/ Till You Find Me.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

 Make You Feel My Love. Adele.

   Pasa el tiempo y aquí estamos juntos. Yo detrás de ti. Guardando tus espaldas, colmando tus deseos.

   Deseo que te fijes en mí. Quisiera que, por una vez, te dieras vuelta y te dieras cuenta, cuenta de verdad, lo mucho que te quiero.

   Quiero que sepas algún día todo el bien que puedo darte. Pues te conozco, te acepto como eres, no me decepcionas ni me enloqueces. Sé de tus defectos, sé que ese corazón esconde una belleza que tu cuerpo no desmerece, que tu rostro no enseña porque la escondes. Y por el mundo pasas siendo lo que eres, pero escondiendo esa delicadeza, ese sueño pequeño, esa búsqueda que te mantiene insomne. Quieres un amor que te ame, amor, como yo te amo. Pero no ves que lo tienes justo detrás de ti.

   Cuando la lluvia empape tu ropa tanto como mi corazón, cuando el sol se esconda en el último atardecer, cuando la soledad pese más que la compañía, cuando las lágrimas sequen la sed de tus labios, espero que sientas el amor que nace en mí y que te cuida día a día. Cuando te despiertes sin compañía, cuando el último cuerpo de la noche se deshaga en el día amanecido, dejándote vacío y harto de placer, espero que sientas que el placer más absoluto, que la piel más tierna y la pasión más ardiente te cuida desde hace años, te mima el sueño, desea que seas feliz y que la descubras.

   Cuando la libertad se embote, cuando los filos de la vida lleguen a tocar la carne de tu tiempo;, cuando no haya más que desierto en el vergel de tu mirada, espero que sientas que el amor amor te lleva de la mano, que alimenta tus raíces, que impide tu sequía. El amor amor que se escapa de mis ojos, y para el que todo cuidado es poco y todo afán una necesidad.

   Te amo, lo confieso. Y mientras escribo esto los dos yacemos juntos, en silencio. Tú estás lejos, lo noto en tu mirada. Y yo estoy debajo de ti, detrás de ti, allí donde haga falta. Te amo, lo digo con todas las letras, mas lo susurro a tu oído dormido para no molestarte, asustado de que me rechaces, cansado de pedir migajas y sólo recibir limosnas.

   Cuando todo el ruido del éxito y de las querencias cese, cuando te encuentres vacío porque nadie te llena como yo, cuando sepas que el amor en mí brota facilito, lleno de sana espontaneidad, dirígete hacia mí, encuéntrame en la playa sin nombre del silencio, y pueda que te des cuenta que este amor amor que te he entregado es lo único que te hace falta para sentirte vivo, para llenarte de fuerzas.

   Mientras tanto, me despido de ti. Tu piel aún eriza la mía, el recuerdo de tus manos aún recorre mi cuerpo desnudo y la sabiduría de tus besos todavía tatúan mi boca y me llenan de sed. Te amo; te amaré siempre quizá. Pero no ya más detrás de ti, no ya más en la distancia. Me voy. Hasta que sientas mi amor, hasta que sepas que el amor estuvo siempre a tu lado, te dejo poblado de sombras, hechizado por los efectos de la noche estrellada y de los días de sol.

   Pero búscame. Cuando sientas mi amor, búscame. Que te estaré esperando, hasta que me encuentres, contigo en la distancia, contigo siempre en el corazón.

Mil besos después/ A Thousand Kisses Deep.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   La luz de la tarde se colaba por las estrechas ventanucas de la capilla abierta. El mar entraba con una brisa alterada, llenando de sal la atmósfera que olía a humedad, a incienso y cera. Y a piel plena y a beso y a caricia.

   Silencio. El ulular del viento, el embiste del mar en la orilla, la luz dorada de la puesta de sol. Y la respiración entrecortada, agotada, de los amantes en el suelo de la iglesia, sobre una alfombra de flores y de quimeras.

   Piel de azafrán, llena de sudor como arena mojada en la orilla, brazos y piernas enredados, queriendo coger aire, atrapando con los ojos la belleza del momento. Y una imagen soñadora velando el encuentro.

   Cuando llegaron todo estaba en calma. El mar en la orilla, la brisa salada; la capilla abierta al atardecer y vacía. Se acercaron de la mano con timidez. Pero nadie había que les hiciera algún daño. Se abrazaron entonces y entraron en el santuario con cierto respeto y cierta congoja. Nada nos sobrecoge más que el silencio meditativo, que la sapiencia y la serenidad de lo puro. Ellos lo sabían. Y se sentían asimilados a esa belleza de cristal, donde sólo el amor puede brotar y de él todas las acciones que llamamos vida.

   Dentro de la capilla silenciosa, las velas ardían por la voluntad de los amantes. De la mano fueron encendiendo una tras otra, de suerte que parecían estrellas en la oscuridad recortada del altar. Cuando encendieron la última candela, se vieron a los ojos. Llevaban así años, viéndose sin verse, queriéndose con ganas pero juzgándose, alimentándose uno del otro sin importar el mañana, el dolor que podemos afligir o los pequeños abandonos del día a día. Pero esta tarde se miraron realmente a los ojos. Y en el resplandor dorado y azul encontraron caricias profundas, vivencias olvidadas, pequeñas arrugas también y mil besos dados. Mi besos…Y uno más.

   Se acercaron uno al otro. La piel de azafrán se erizaba al sentir la cercanía, los labios se entreabrían, ahora más rojos, más húmedos, más dulces, y el abrazo acariciante, intoxicados por la salitre del mar, por la brisa de la playa. Y se humedecieron los ojos que veían, tras muchos años ya, lo bello que habían vivido, lo único que habían tenido, y todo lo que quedaba por vivir. Así era la vida. La vida en esa iglesia perdida, abierta al mar, solitaria y dulce y cariñosa, abrazadora y eterna. Como el amor. Como el amor que evoca una religión que no les hace caso, como el amor que ambos siguen teniéndose.

   Y se oyeron las voces y se desnudaron las pieles. Y esos mil besos dados navegaron bajo la piel, ahora abierta como una flor, sedienta y exigente, y llegaron a las bocas deseosas y a las lenguas laboriosas, y todo se deshizo en segundos de armonía, con la desnudez como protagonista, con la fe como testigo de esa transformación única que lleva de la sensualidad del tacto a la sensualidad del deseo, y del deseo a la suprema libertad.

   La capilla se llenó entonces de sonoras embestidas, erizándose el mar en la orilla y las pieles en el roce. Una burbuja creció entre los cuerpos buscándose y escapó, ascendiendo, al infinito, y la luz del ocaso doraba los deseos perpetuos, y bautizaba el amor enamorado y recobrado, tras el paso del tiempo, entre aquellas paredes pacíficas y amantes que todo amor permiten, que todo amor manifiestan.

   – Qué bello amarse así en una iglesia.

   – Qué bello es amarte así por siempre. Casi lo había olvidado.

   Pero no. Mil besos después, mil días después, eso nunca se olvida.

   El amor en la piel, el amor en las paredes desnudas, los cirios llameantes, el ocaso de oro, el mar azul y blanquísimo, la salitre que baña los labios, el sudor de las frentes, y la calma en las orillas.

   Mil besos después, el amor no se olvida.

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Entre el silencio/ In Silence.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Uno junto al otro. Ojos, labios, manos, pies. Silencio.

   – Quisiera…

   – Sshh…

   Y uno mira con ojos tranquilos y niega con la cabeza.

   Se acerca más al otro. En silencio le toma de la mano y, palma con palma, deposita un beso en ambas.

   Sin decir nada, abre el abrazo y recorre con los dedos el sereno perfil, la garganta de bacante, el inicio del tórax alborotado y blanquísimo.

   Sonríen ambos. Ojos y labios, lenguas y dientes.

   Los dedos tamborilean sobre el pecho que asciende una y otra vez. Qué delicado movimiento. A la altura del pezón, se detiene la marcha. Los dedos se calman y descansan en la palma sobre el lado izquierdo. Intentan con su tacto encontrar un camino, hallar la calma.

   Un silencio pesado ahoga la respiración jadeante…

   Hasta que encuentra lo que busca. Lejano al principio, como un discreto retumbo, el corazón amado se deja oír. A través de la carne, su ritmo de africano bate contra la palma apoyada, establece una danza marcada por el fluir de la sangre en la piel ahora sonrosada.

   Y la mano cede el lugar a los labios, que depositan allí todos los besos que sedientos ahorraron en otras bocas. Y los ojos se cierran y las palmas se unen de nuevo.

   Entre el silencio y el ansia, ambos corazones, ahora unidos por el tacto, aúnan esfuerzos, moderan velocidades, se adaptan como los cuerpos, se amoldan como las sábanas. Y pecho contra pecho, se funden en un ritmo que es vida propia y universo paralelo, donde nadie estorba, donde nadie sobra.

   Ambos cuerpos, unidos por el mismo latido, se llenan de sangre, se alimentan de deseo. Y se tocan y se acarician y nada se dicen, nada necesitan más que fundirse en un abrazo como sus corazones se han unido en cada latido, ritmo único, único camino.

   Entre el silencio y el corazón no median distancias. Salvo el eterno retumbar de la sangre en las arterias, la búsqueda ansiosa de un placer efímero que se funde en un abrazo y en el ritmo unísono de ambos amantes.

   Entre el silencio y el corazón no hay nada. Salvo quizá el amor.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

El fluir de los días/ Days gone by.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   En estos días la vida normalita, ésa que no sale en la televisión ni vende exclusivas, se ha acercado a mí.

   Que vivimos la mayor parte del tiempo inconscientes del valor de lo que nos rodea no es una frase hecha: es realidad. Las tardes se suceden, llegan las noches con sus augurios de promesa y de nuevo los amaneceres con su alba claridad, y todo lo vivimos en bloque, de un plumazo, llevados por el fluir de los días con gran suavidad. Y aunque puede que esa continuidad insensible sea necesaria, hay momentos, como fogonazos incandescentes, que nos golpean en seco y nos atraen de forma brusca a ese presente inmediato, a ese instante de consciencia en el que todo se hace real: desde el peso de nuestro cabello hasta los latidos del corazón. Y un gemido escapa de nuestras bocas y a veces un lamento y, a veces, una canción. La vida se hace Vida y nos retrata y nos refleja, recordándonos nuestra única dimensión.

   El fluir de los días no se detiene ante nadie: no hay poder que logre vencer esa corriente inhumana, no hay ser que venza la llegada del Destino impasible y veraz. Porque sólo hay verdad en la Vida: nacemos, morimos, somos uno con la Naturaleza; volvemos a transformarnos en todo aquello que nos rodea y, lo demás, sólo es ruido, un zumbido molesto y tostón al que nos acostumbramos de tanto oírlo, encerrado entre los paréntesis acuosos del Nacimiento y de la Muerte.

   Las amistades van y vienen. El orgullo se entremezcla tanto con el amor, que a veces lo hiere y lo aniquila. El maltrato es flor de un día, pues esa búsqueda indigna de un poder que no existe (que nunca ha existido) ata a la víctima para siempre a la merced de un victimario más débil y perdido, deshecho en jirones de una imagen errónea de la que no lo librará ni siquiera su muerte. La alegría es tan efímera como la tristeza, y sin embargo la huella que nos deja ésta dura mucho más, como una mancha de lejía (de la buena), una cicatriz que escuece para siempre. La belleza se marchita aunque perdure un discreto aroma, por más que intentemos aprehender esa deidad elusiva y caprichosa; la fealdad se dulcifica con los años; la inteligencia puede perderse en su propia vanidad o en los laberintos del Olvido que siempre acecha; la Muerte detrás de la vida, y la Vida por encima de la muerte juegan a los dados sin necesidad de que entendamos las reglas del juego.

   Ayer estuve en un funeral. Multitudinario. Una mujer era enterrada, en medio del apoyo familiar y de sus vecinos, ataviada con toda la parafernalia con la que adornamos la muerte: el féretro, las flores, el luto, las lágrimas sentidas a medias, el encuentro social, el rito eclesiástico que no es más que una añoranza de tiempos perdidos, prácticas tan antiguas como la Humanidad cuyos ecos aún resuenan entre nosotros cada vez con menor significado; la juventud que se aleja de los muertos llena de superstición; la vejez que se asoma a ella con cierta resignación y con la misma capacidad de incomprensión; la tarde de verano entre nublada y soleada; los elogios a la difunta, aunque nadie había allí para afirmarlos o rebatirlos; la promesa de putrefacción y del encuentro en esos callejones oscuros que son las tumbas. Todo lo veía con cierta solemnidad y, sobre todo, con sorpresa.

   No le tengo miedo a la muerte. Antes bien, me preocupa el proceso más que el fin, el dolor que puede acarrear o la inevitable incapacidad que conlleva abocarse a ella. En esto, como en muchas cosas, sentía diferir de la mayoría de personas congregadas en el tanatorio y después en la iglesia y en el cementerio. Y sin que sea algo extraordinario, ser consciente de eso, una piedra de toque en el fluir del tiempo, hizo que reflexionara durante aquellas horas sobre lo innecesario del drama que vivimos, ese sobrante que nos trae el orgullo herido y la incomprensión y la falta de generosidad con los Otros que nos rodean.

   En estos días de vida normalita he perdido el contacto de personas a las que tengo en gran aprecio, separaciones que creen necesarias y justificadas (ninguna lo es) y he reconectado con otras que se habían perdido en el laberinto de los días pasados. Ese reencuentro, como si no hubiese pasado un día aunque suman años, me sirvió para darme cuenta de lo inútil que es nuestro orgullo, de lo vacías que son nuestras intenciones cuando las creemos dueñas del peso de la verdad. Entre esa persona y yo sigue latiendo el mismo cariño, ahora atemperado por las circunstancias; continúa naciendo entre nosotros la misma complicidad. Pero esta separación ha añadido un poso de comprensión que se ve en nuestras miradas, que se palpa en el aire que compartimos: las circunstancias vitales de cada uno ya no son las que eran y, sin embargo, la complicidad y el entendimiento y la aceptación del tiempo ido y regresado ha hecho que ese lazo, nunca muerto, reverdezca con una fuerza inusual y con una comprensión profunda y libre de egoísmo.

   Aquella separación, que llevó a crear este blog, real como la vida misma, no ha dejado de serlo, pues somos personas distintas, pero la corriente de cariño, de reconocimiento entre nosotros ha ahondado, ha profundizado, y une de verdad nuestros corazones, nuestro centro y nuestras pieles como el primer día que nos conocimos y que nos dimos permiso (porque nos caímos bien) de llegar a más. El tiempo de curar ha dado fruto, y las heridas causadas por un desencuentro, ahora en el reencuentro, han reforzado los lazos, débiles y diferentes como promesas nuevas, pero únicos, que una vez nos reconocieron y que nunca, nunca, (por más que mi orgullo y el suyo, mi dolor y el suyo, mis necesidades y las suyas lo hayan intentado) se han roto ni han desaparecido de la Vida que compartimos juntos.

   Todo es posible en el fluir de los días. Y la única lección es dejarse llevar por la Vida con la lucha necesaria pero no la testarudez, con la firmeza y la valentía y la bonhomía que todos, como personas, tenemos encerrados dentro, muy dentro, y que sólo de vez en cuando, en esta vida normalita que vivimos, sale a la luz para iluminar nuestra existencia y hacerla única, especial.

   Mientras el incienso ascendía, mientras las velas lloraban sus lágrimas de cera en aquella iglesia y a cielo abierto en el camposanto, la absurdez con la que vivimos nuestra maravillosa Vida se reflejó en mis pensamientos. Toda separación es una lucha propia, todo malentendido no es más que una puerta abierta a la comprensión. Y a veces necesitamos el silencio de la distancia, y a veces sólo una caricia discreta, para darnos cuenta de ese maravilloso regalo que es la Vida, y que no acaba nunca, nunca, con la muerte, pues navega, como nuestros corazones, nuestros sueños y nuestros desencuentros, por el fluir de los días en entera Libertad.

   Y sólo con eso, sólo siendo conscientes de esta simple verdad, podemos llegar a rozar, como ese gran regalo que es, la felicidad.

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Desafiando la gravedad/ Defying Gravity.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Defying Gravity. Glee. 

   No sé desde cuándo nos conocemos. ¿Un año? ¿Diez?

   Recuerdo el primer día. El sol entraba a raudales por la ventana. Casi mediodía. Sonreíste algo tímidamente cuando nuestros ojos se encontraron. Yo te sonreí de vuelta, como reflejo, pero también por gusto. Qué ojos, que nariz, qué boca. Pero nada más.

   Después nos fuimos encontrando aquí y allí. En una fiesta común, en alguna calle, en algún turno. Y la sonrisa de nuevo, y esa cara de ángel y esas manos. Y cierta timidez. Y comodidad.

   Qué raro, ¿verdad?

   Oí tu voz. Preciosa. Me transportó a un campo tranquilo, donde soplaba el viento y el día era azul. Eso: azul. Tu voz es azul. Preciosa. Y tu pelo negro y esa boca de fresa. Roja. Preciosa. Y tus ojos de miel y desierto, dulces. Como tu voz preciosa: dulce, calma.

   Comenzamos a hablar. Primero de trabajo, de profesional a profesional. Y con cuidado de no verte demasiado a los ojos, o a tu boca, o a tu pecho. Así que miraba al vacío. Sonriendo. Pero al vacío. Te hacía gracia.

   A mí también. Porque esperaba que te pasara lo mismo que a mí.

   Tu voz azul, tus ojos de miel y desierto, tus brazos y tu pecho infinito. Qué agradable estar cerca de ti. Las horas se hacían menos pesadas y el trabajo fluía con una facilidad divina. Y el tiempo se escapaba de las manos. Qué maravilla.

   Y te espiaba. Bueno, sólo a veces. Te veía trabajar con tanta concentración que apenas recordaba hacer el mío. A tu lado me reía más, me sentía hasta más importante. Esto es una tontería, pero la digo porque es verdad. A veces miraba los turnos para ver si coincidíamos. Y qué bien la ocurrencia. Nos sentábamos a hablar horas enteras y la labor ininterrumpida no se veía estorbada por tu voz azul y mis sentidos entregados a ti. Todo lo contrario: nada quedaba mejor hecho, los sentidos más agudos, el equilibrio perfecto.

   Sentía que volaba. Desafiando la gravedad, a tu lado el tiempo no era nada, ni los riesgos del error, ni los latidos de mi corazón. Sentía que no me pertenecía, que escapa de mí y ascendía más allá, fuera de mí, tocando el Infinito y volviendo al lecho de tu mirada de prado, a tu voz de océano azul.

   ¿Cuándo me di cuenta que te amaba? Cuando salí dando un portazo tras quedarme mudo ante ti. Qué belleza hablándome, invitándome a tomar cualquier cosa después, como si eso fuese algo extraño, vamos. Pero para mí no era trivial. No te respondí. Me entró un calor que salió de mis entrañas y subió como la espuma, desafiando la gravedad, desde el centro de la tierra hasta mi corazón. Enrojecí. Sentía calor ardiente en mis mejillas y en las manos. Abrí la boca y la volví a cerrar. Y no se me ocurrió cosa mejor que agitar la cabeza y salir corriendo, con la primera excusa muda que encontré para irme de allí. Creo que te reíste y agitaste también la cabeza. No lo sé. Yo me dirigí a la puerta, y tras el portazo, mi cuerpo se desmayó sobre ella, como si pudiese soportar un peso semejante, y atrapé con mis manos el corazón que se quería salir por la boca.

   ¡Dios mío!

   Sí. En aquel preciso momento supe que te quería. Que todas esas miradas, que todos esos planes y coincidencias me habían llevado por un camino inconsciente pero preciso hasta las puertas de mis labios, hasta los pies de tu corazón.

   ¿Cómo era posible? No lo sé. Quizá no lo sepa nunca. Con el pecho bamboleando como un tambor, intenté calmarme pensando en esa riada de sentimientos físicos que me mareaban, viajando con la rapidez del rayo, volando con un poder que no era de este mundo. Flotaba, desafiando la gravedad, y soñaba todo a la vez.

   Soplé. Una y otra vez. Y resoplé. E intenté frenar el galope veloz de mi cabeza, e intenté atajar el vuelo rasante de mi corazón como si fuese un globo, atrayéndolo al centro de mi cuerpo, de donde no debería haber salido pitando. Pero ya era tarde. Ya no había más salida. Lo supe en ese momento: me había enamorado de ti.

   Todo me llegó entonces: inconvenientes, diferencias, inhibiciones. Hasta lo posible: que no fuese correspondido… ¿Pero podía ser todo cierto? ¿Podía ser que me equivocase? ¿Por qué esa boca de fresa, llena de una belleza sobrehumana, dueña de una voz azul profunda, se fijaría en mí? Me eché un vistazo: me sobraba algo de peso, estaba sin peinar, apenas había dormido, tenía voz de pito. Ni yo saldría conmigo….Bueno, puede que a tanto no, pero quién sabe…

   Me separé de la puerta bruscamente. Todo era posible, sí. Mis propios límites me lo decían, mis alarmas estallaban. Pero allí estabas tú. Una belleza que quitaba el aliento, una profesionalidad intachable, una sencillez arrebatadora. Y estaba yo. Y sólo era ir a tomar algo. Eso: un café, un helado, una cena, un baile, qué sé yo. A mí.

   Cerré los ojos y suspiré profundamente. Acallé todas las severas propuestas, los raciocinios más estilizados. Cada inspiración me servía de tea inflamada, de energía divina. Y algo cambió dentro de mí. Volví a abrir los ojos y resoplé un mechón de pelo que me caía sobre los ojos. Intenté peinarme de memoria. Me atusé el pijama, algo arrugado por la noche que pasaba. La oscuridad me podía ayudar. Y la belleza de esos ojos de pradera africana y el susurro azul de esa voz maravillosa. Y me decidí.

   Entré de nuevo. Me acerqué poco a poco. Me interrumpieron un par de veces. Pero nada hizo flaquear mi voluntad. Era el momento de desafiar la gravedad. Podría no atraerte, podías haberme invitado por quedar bien o, aún peor, por compasión. ¡Oh, bien lo sabía! Pero lo asumí todo al acercarme a ti: lo bueno y lo malo. Y cada paso estaba lleno de una nueva energía. Y cada paso me abría más la boca, sonriendo con todos los dientes. Así como estoy riendo ahora. Y agitaba la llama de mi corazón, que ardía en mi pecho como un faro eterno. Alzaste tu mirada al sentirme cerca y sonreíste a la vez. Y salí volando, volando hacia las estrellas, desafiando la gravedad, hasta caer rendido a tus pies.

   Te quiero. Te sigo queriendo como el primer día que me di cuenta que te amaba.

   Como hoy.

   Desafiando la gravedad, juntos muy juntos año tras año, hasta alcanzar el porvenir.