La piel de otro/ Other One’ Skin.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

   ArkansasTiene fama de raro. Incluso de pervertido.

   En el fondo es hasta gracioso que piensen eso de él allí. En aquel lupanar, el placer se paga como a veces pagamos el día a día; en él todos buscan descargar las tensiones, un instante de placer; el placer de ser observados y hasta gozados, y el más sordo del dejarse llevar. Menos él.

   Por eso era raro.

   Ya no era un chaval; ya no era más que un anciano en realidad. Ninguna de las maravillas de la ciencia hacían más efecto en él: ni cosméticas ni plásticas. Parecía que ya no había palmo de piel que tensar ni centímetro de arrugas que planchar. No había química que consiguiese mantener el tesón de su ajada musculatura, ni siquiera llenar de sangre aquellos secretos que lo habían hecho sentirse único, deseado y especial.

   Lo aceptaba: así era la vida. La vida que le ha tocado vivir. Ha aprendido que llega un momento en que la existencia deja de producir ruido y se conforma con un murmullo de fondo que apenas estorba. Él ya era así: un fondo oscuro que apenas molesta. Por eso seguía acudiendo a aquel lugar en el que una vez se hizo célebre y ahora no era más que la sombra de un recuerdo que ya nadie recordaba.

   Llega un momento en la vida en que sabemos que hay que parar. Y lo hacemos, más por obligación que por ganas. Y él lo sabe. Le ha ocurrido, aunque ya no repara cuándo y ni le importa.La sociedad nos relega, la biología nos aliena.

   Así es la vida, se dice, mientras evita verse en el espejo con los ojos de hoy y sale a la calle más para distraerse con la vida ajena que por necesidad u otra cosa.

   Cada mañana se acicala siguiendo el ritual de años sin memoria; antes le llenaba de satisfacción la atracción que provocaba, como el revuelo de las hojas caídas al contacto con el viento. Se levanta, se da una larga ducha, se perfuma, se peina, se viste con su mejor ropa interior, casi siempre nueva, y con la ropa más ajustada que encuentra. Se siente guapo cada mañana al salir de la habitación donde duerme a solas; cada mañana, al salir a la calle, despierta de su sueño y se da cuenta que el tiempo ido no se detiene ni en la retina de la memoria.

   Así es la vida.

   Ya no recuerda, quizá no quiera hacerlo por lo demás, cuándo perdió el último de sus amigos, cuándo el mundo del que era centro y parte dejó de existir como lo hacía. La mutación del tiempo a veces es tan cruel, que deja a la mente muy por detrás: creemos que somos aún latido cuando en realidad nos hemos quedado ya sin pilas. Eso es un golpe bajo. Porque es duro asumirlo; pueden pasar años (y de hecho pasan) antes de que la certeza nos venza y caigamos de bruces sobre la evidencia, sin poder responder a la llamada del placer que antes nos era tan delicioso y tan fácil y tan caro. La decadencia, se dice, se mide así, por la ausencia de placer activo, por la continua reducción del mundo que nos rodea. Y su mundo no era más que una habitación, por lo demás no muy grande, y por la casa de baños a la que acudía diariamente para rescatar algo de lo que una vez fue y que ya acepta (sí, lo acepta, no le queda otro remedio), no será jamás.

   Por eso tiene fama de raro en la sauna a la que acude puntualmente a la una de la tarde. Porque no hace nada, porque paga por un placer tan exquisito que no exige el mínimo esfuerzo de su acompañante, salvo el silencio.

   Alguno de los fijos del local se lo rifan: contadas veces con tan poco fingimiento consiguen lo que se proponen: unos euros para seguir alimentando un ego furibundo que terminará reduciéndolos a cenizas. De hecho, son incapaces de verse en su espejo. Él lo sabe, pero calla. No le escucharán, no le creerán. Él tampoco lo hizo. El mundo a una edad sin medida es una tabla rasa que se mide por placer buscado y consumido: una mirada entornada, una sonrisa, una caricia más profunda y un roce brutal: así es la vida. Hasta que deja de hacer ruido y de encenderse y de frotarse y se llena de silencio y soledad.

   No busca gran cosa con la compañía de esos hombres alquilados. Salvo conseguir esa pequeña parcela de placer que aún le resta de la vida. Cuando se pierde lo que nunca pensamos que se disolverá en el tiempo, sólo nos quedan los sentidos primarios: la oleada del olfato, el dulce latido del tacto. Y es lo que él usa, lo que le colma. Antes no había suficiente tiempo para saciar el placer; ahora, sólo con el roce de la piel de otro, sólo con el aroma cercano y esa tibieza tersa y todavía hermosa, alcanza un goce único, tan excelso en su silencio, que le hace olvidar las miserias de su presente, cada hora de un día a día que ya no reconoce.

   La piel de otro, con su tierna calidez, su dulce aroma a veces pegajoso y otras veces ácido y  chispeante; recorrer con la yema de sus dedos cada valle, cada altiplanicie de esos hombres que se abandonan inconscientes del gran placer que le regalan; sentir el ritmo de una respiración que se aquieta hasta casi quedarse dormida; liberar la sed de besos, el fuego de la posesión y el abandono, por ese supremo viaje hacia el pasado y el olvido, es lo que lo mantiene con vida. Con algo más de vida.

   Y quiere silencio, porque eso es de lo que está hecha su existencia. Y paga por sentir el roce de una piel que ya no es suya; y paga por el tacto que ya nadie busca en él; y le llaman raro y pervertido por saciar con la vista de sus dedos una belleza comprada, y por admirar con su olfato cada uno de los poros de la piel de otro, que le es ajena y que nunca gozará como una vez hizo.

   Cada mañana, a la una de la tarde, llega el raro, el pervertido, a buscar parte de su vida ida y recobrarla. Sin decir una palabra, sin buscar mayor solaz que la quietud del silencio tranquilo de un corazón que late a su demanda, hasta que se acaba el tiempo que el dinero aún puede comprar.

Por esas calles/ By the streets.

El mar interior/ The sea inside

   IMG_7569Cuando viajo parezco otro. Cuando camino por las calles de ciudades en las que no vivo, soy otro. Ni mejor ni peor, más cercano a lo ideal, más libre quizá y también, más vivo.

   Madrid es una ciudad que invita a soñar. Caminar por esas calles a veces empinadas, llenas de palacetes y edificios la mayoría de moderna estructura y peor gusto, es siempre una experiencia única. Me gusta la sombra de sus árboles, la incomodidad de sus bolados, la locura de su tráfico, la rapidez de su sistema de transporte público, la risa de sus ciudadanos. Pero también lo es París y Berlin, por ejemplo, o Múnich y su gran sonrisa, o Boston con sus aceras enormes o San Francisco con aroma a mar.

   En todas ellas he sido feliz. He tomado contacto con partes de mí que están en general agazapadas por el día a día, por ese continua frustración que nos impide ver con claridad hacia adelante.

   Caminar por esas calles está lleno de fantasía.La vida parece perfecta: el calor o el frío, el rocío de la noche o la niebla de la mañana. Quizá porque yo me siento así: fantástico, único, irrepetible.

   Estos días pasé un día en Madrid. Tengo la suerte de tener amigos allí, aunque no siempre pueda visitarlos o podamos quedar: mis propios compromisos o los suyos; a veces pequeños despistes y cosas de la vida. Y eso hace que la quiera mucho más, claro. Para mí, Madrid es una pequeña antesala del cielo, caótica y recurrente, incluso llena de basura como esta última vez, pero que siempre me abre los brazos y me invita a saborear, durante unos instantes, quien puedo ser en realidad.

   París me hace sentir lo mismo: no he estado más de cuatro días pero pasear por sus calles me hace feliz. Y Boston, a pesar de la soledad absoluta, sigue siendo un pedazo de paraíso encerrado en mi corazón.

   Por esas calles se puede ser feliz, viviendo otra vida, haciendo realidad todas las posibilidades que encierran nuestro corazón y nuestra mente. Por esas calles todo parece perfecto porque así lo sentimos, y por eso durante incluso un día mágico, todo se hace realidad.

   Y es un sueño y no lo es. Pero mientras pueda seguir caminando por esas calles sé que podré paladear sorbos de una felicidad que se parece extrañamente a mí.

Arcoiris entre las sombras/ Rainbows in the Clouds.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

   6bff070049f511e384c012a5c69f7cea_8A veces el silencio no es más que una excusa, un disfraz, una pared que nos aísla de la realidad y de los demás (que no siempre es lo mismo).

   A veces el silencio nos ayuda a pasar desapercibidos a nosotros mismos. El sonido de las palabras, el esfuerzo que se necesita para formular los pensamientos que en el aullido del silencio parecen no existir, nos obliga a afrontar las dudas, los sentimientos, los errores e incluso también nuestros supuestos triunfos, y hacerlos reales para nosotros.

   Dentro del silencio flotamos ingrávidos; rodeados de nada, es decir, de sombras, y éstas nos alimentan y también nos adormecen. A veces es necesario esa ectasia, pero nos acostumbramos demasiado rápido a ella, y la vida se cuela entre los dedos sin remedio.

   Oír a la Dra. Maya Angelou hablar de una forma tan sencilla sobre las sombras que nos rodean, lo que significan, lo que realmente representan y lo sencillo que es, en el fondo, la vida que vivimos, es enternecedor. Ella habla con la sabiduría de los años, sí, pero también del  corazón. No en vano su vida es espectacular, y siendo así, no más singular que la de cualquiera de nosotros.

   Es difícil aceptar las cartas que la vida nos reparte. Eckhart Tolle suele resumirlo también de una forma sencilla, que no simple: cuando no se pueden cambiar las circunstancias que nos rodean, sólo aceptándolas y viviéndolas se superan y quedan atrás. No se disuelven, no desaparecen: sólo se deshace la lucha interna, ese suicido brutal en el que caemos, generalmente en silencio, en el que la frustración nos lleva a la inactividad, al no importa ya se arreglará y a desesperar sin final.

   Puede que sea eso nada más la causa de la tristeza, de la ausencia de palabras, del cese del ruido de este blog y de mi propia vida: navegar en las sombras no nos hace más humanos, sólo más tristes. Sin embargo, siempre hay arcoiris entre las sombras. Somos más de lo que obviamos, generalmente porque no nos damos cuenta de ello y no por nada en especial, y lo somos por nosotros mismos y por todo lo que nos rodea, por todos aquellos que forman, uno detrás de otro, nuestra vida.

   A veces el silencio no nos deja ver que, aún entre las sombras, los arcoiris brillan, y que junto con lo que menos nos gusta de nosotros mismos, habitan en nuestro interior dando luz y fuerzas para seguir.

   Aceptar y jugar con las cartas que se tienen. A veces desesperar. A veces renunciar. A veces callar. Pero siempre lleno de luz, siempre sabedores que, aún entre las sombras, el arcoiris brillará por nosotros siempre.

Una historia de amor/ A love story.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

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Soñador/ Dreamer.

El mar interior/ The sea inside

   be5ee1dc368b11e39ddd22000aeb0e17_8Cierro los ojos. Siento cosquillas en los párpados y sé que mis pupilas, moviéndose, intentan acostumbrarse a la oscuridad de la mirada.

   El mar entra suave, con esa facilidad divina de lo natural. Como llegaste tú a mi vida: sin esperarte pero deseándote; sin saberlo pero conociéndote.

   Qué hermoso todo: los problemas y las rencillas tontas. Oigo tu voz dentro de mi cabeza, resonando como en una catedral. Y la mía propia, desgranando argumentos inútiles: quién quiere llevarse la razón mientras te tenga a mi lado.

   Así, en silencio, oigo el latido de mi corazón. Late pum, pum por ti. Y por mí. Porque le da la gana y desea amarte, anhela saberte a su lado, compartiendo el mismo aire, el mismo espacio que ya no está vacío y que se escapa más allá de mí.

   Llevo mi mano al pecho. Me hace cosquillas y me hace gracia. Es tu mano también y también es tu caricia, y a veces la indolencia de las horas perezosas y también la pasión que nos separa buscando un placer efímero: porque todo lo que no viene de ti se diluye y desaparece, hasta ese orgasmo fluido y perfecto que consigo a tu lado.

   Nada es más importante que estar juntos. Hasta la distancia desaparece, como la noche se diluye en la mañana. Y aunque tú eres tú y yo soy yo, somos una adición al cuadrado, un misterio que desvela sus encajes con el paso de las horas.

   Estás aquí. Estamos juntos. Sin tocarnos te sé cerca; sin hablarnos sé que me amas. Y como un soñador empedernido, me esfuerzo en vivir cada instante como si fuese el último, beber de tu sudor, gozar de tus caricias, enhebrar un anhelo junto a ti. Y como un soñador, con los ojos cerrados dibujo el mundo que lleva tu nombre, y con un eco, llenar la burbuja de la realidad con mi amor por ti.

   ¿Cuánto dura un sueño? No lo sé, ni me importaría saberlo. Porque la eternidad es demasiado enorme y rompe todas las cancelas, aún las de la distancia, el enojo y, lo sé, las de la muerte.

   Te amo despierto, cómo no adorarte soñando.

   Qué felicidad.

Coming Out Day.

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No sé si debería existir un día como éste. No debería ser una obligación, ni un motivo de orgullo y mucho menos de vergüenza. No debería existir, como tampoco el día del Niño, de la Mujer o de la Tierra.

   Pero conmemoraciones como ésta sirven para recordarnos que NO somos iguales, que NO somos tratados todos con equidad, que hay muchas diferencias entre los mundos y en nuestros propios mundos, y que NUNCA debemos olvidar que NO somos diferentes y que todos vivimos, soñamos, mentimos, olvidamos y amamos por igual.

   Bridegroom es una historia de amor truncada, y sin embargo una historia de amor que aún florece, tocando el corazón de aquellos que la conocen.

   No hay géneros sólo sentimientos; no hay nada más que corazón. Esas son las historias que me interesan, aquellas que tocan mi alma, engrandecen mi espíritu y que me ayudan a seguir adelante. Todo lo demás, ese ruido que nos envuelve la vida, no son más que ecos sin importancia, sin resonancia real en el ser humano.

Quédate/ Stay.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

*    2ccde4601ae911e3b04822000ab5bd58_7Se miran sin verse. Al menos uno de los dos.

   Antes eran eso: dos. Ahora no lo saben bien. Hay días en que parece que la vieja camaradería persiste: se ríen juntos, juntos se callan; se acarician queriendo y sin querer se rozan; se miran y suspiran, como en un sueño.

   Pero ahora se cuentan esos momentos con los dedos de una mano. Por decirse, ya hasta ni discuten. Ls palabras se hallan secas entre los dos, y huecas a veces, rebotando y estrellándose contra el suelo desnudo. Porque no duermen desnudos. Antes el mero toque de piel contra piel desbordaba la pasión y hacían maravillas del mero silencio. Ahora el silencio cae pesado y ninguno de los dos lo recoge. Miran para otro lado y no se oyen. Cesaron las palabras como las caricias y como las ganas.

   Al menos para uno de los dos.

   Se quieren, o eso se dicen. Pero ya no pueden estar juntos. O eso es lo que uno de ellos piensa. No le gusta la imperfección ni los juguetes rotos: a eso se ha reducido su amor, o eso se dice.

   Uno navega entre el querer y el no poder. Late su corazón con ritmo de loca ansia. Quiere decir que todo puede arreglarse, que el amor congela lo olvidado y reanima lo vivido. Uno sabe que se muere de ganas por tocar, por abrazar, por seguir amando. Sabe que la vida no es fácil y que lo que llegaron a tener no lo volverán a encontrar nunca. Que el amor es más poderoso que el orgullo y quizá más que la pasión. Y que dura, seguro que dura, mucho más. La vida es larga, el querer se enraíza y a veces tropieza para volver a levantarse. Que el tiempo pasa y nada es ahora fácil, que el tiempo ha pasado para los dos aunque no se dieran cuenta.

   Intenta sujetar el brazo que se posa en el pomo de la puerta. No hablan. Uno cierra los ojos y suspira. Qué difícil es lo que tan sencillo parecía en su mente.

   No hablan. Pero uno quiere gritar: ¡Quédate!

   El otro lo que quiere oír. Pero sólo hay silencio y el tiempo se congela. Y nada más.

* © Carlos Puig-Padilla