Una reflexión de Abel Arana/ A Reflection from Abel Arana.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

Querid@s lector@s:

A principios de esta semana les hablé de un chico de 18 años que se había suicidado después de no poder soportar el escarnio público al que le habían sometido dos compañeros de universidad porque era homosexual. Y resulta que me ha picado la curiosidad y me he puesto a investigar y esto es lo que les quiero decir hoy:

En las dos últimas semanas, cinco adolescentes (gays y lesbianas) se han suicidado en Estados Unidos. La noticia puede parecer banal ya que todos los días mueren muchas personas. Pero lo que me parece grave es que en el 2010 en una sociedad supuestamente civilizada unos adolescentes prefieran la muerte a seguir viviendo una vida de acoso, insultos y barbarie por su condición sexual. No sé lo que es vivir esa situación y, por lo tanto escribo desde una situación privilegiada. Y quiero aprovechar precisamente ese privilegio para pedirles a todos ustedes que si tienen cerca de ustedes a un adolescente gay (es decir, un ser humano en proceso de formación), que por favor le echen un ojo y le protejan lo que puedan.
¿Por qué les pido esto? Se lo pido porque a pesar de que vivimos en un país que ha avanzado una barbaridad en derechos civiles, al mismo tiempo vivimos en un país donde la palabra “maricón” sigue siendo un insulto, donde se siguen contando chistes de “mariquitas” y donde Rosa de Benito en Tele 5 y en prime time afirma orgullosa que ella sabe que un niño es gay porque juega con muñecas. Rosa llama a los gays “mis niñas de pelo corto”. No voten a partidos que les consideren “diferentes”, no acudan a espectáculos que les denigren, no rían ciertas gracias.
España no es ni Madrid ni Barcelona. Hay miles de pueblos donde sigue existiendo la figura del “maricón del pueblo”. Hay cientos de agresiones a gays y lesbianas. ¿Se imaginan que un día a sus madres les pegan una paliza porque resulta que son heterosexuales? Quiero pedirles de corazón que protejan a esos niños y niñas y que les hagan ver que NO son diferentes, al menos no más diferentes que cualquier otra persona. De la misma manera que hay ganadores de Oscars, Grammys o Premios Nobel heterosexuales, también los hay homosexuales. Hay futbolistas, toreros, policías, abogados, trapecistas, políticos corruptos, bomberos…hay de todo. Porque lo que uno hace en la intimidad de su dormitorio no condiciona la humanidad ni la esencia de nadie. Es tan solo un detalle en la intimidad, porque hasta donde yo lo entiendo, la sexualidad es una cosa íntima.
No se puede condenar, ni vejar a un adolescente por su condición sexual porque esos críos están en un momento en que necesitan adaptarse y aprender, necesitan sentir que encajan y ser aceptados por su entorno. Crecemos aprendiendo a ver diferentes opciones. Crecemos aprendiendo a respetar distintas opiniones y maneras de ser. Avanzamos como personas. Y algunos de nosotros hemos tenido la inmensa fortuna de crecer en un entorno (gracias Mamá) donde se nos ha respetado, se nos ha querido y sobre todo, no se nos ha tratado de manera diferente. Hemos crecido y nos hemos convertido en hombres seguros porque nadie nos cercenó por seguir un instinto natural. Y me siento en deuda con los que no han tenido mi misma suerte.
Si tú que me estás leyendo, eres un adolescente que te encuentras en esta situación, solo quiero que seas fuerte. Tienes que saber que las cosas sólo pueden ir a mejor y tan sólo tienes que confiar en que el destino te pondrá delante un montón de gente que se sentirá atraída por tus opiniones y por tu manera de ser. Nunca disimules quién eres, el éxito de una vida es la honestidad y no hay nada malo que tenga que ser disimulado. Habrá momentos malos, claro que sí, pero las cosas irán a mejor, mucho mejor y tú encontrarás tu sitio. Al final lo encontrarás. Y ese día mirarás atrás y tan sólo sentirás lástima por las personas que te hicieron daño. Porque tú habrás conseguido ser mejor que ellos. Porque al final, solo se trata de que seas una buena persona y con quién te acuestes no es tan importante…digan lo que digan.

Gracias por leer.

Abel Arana

Lo que nos enseña la vida/ What we learn from Life.

El día a día/ The days we're living

A Víctor Molina, por descubrírmelo.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Errar/ To Be Wrong.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

High Sierra. Dolly Parton, Linda Ronstadt and  EmmyLou Harris

A pesar de lo que me decía mi cabeza, verte y enamorarme de ti fue todo uno. No podía dejar de mirarte, el aire me faltaba si no estabas cerca y contaba los días en los que coincidiríamos, juntando esperanzas como quien junta un porvenir.

Y todo parecía un sueño, un sueño que vivía en mi corazón, que loco, acabó por engañar a mi mente y mi mente se unió a mi alma y entraste hasta donde nadie había entrado y una fantasía se hizo paso en mi vida, instalándose cómoda y feliz.

No puedo explicar toda la pasión que había en mí, toda la locura que encendiste en mi interior apagado, cubierto de lluvia, sediento de una locura que justificara la vida que llevaba.

Y fui feliz, muy feliz, mientras te tuve a mi lado, mientras la fantasía crecía a mi alrededor, envolviéndolo todo, incluso la verdad. Más que nada la verdad de tu nombre.

Tu nombre, Piernas de Alambre, que llevo aún escondido en algún lugar de mi ser, envuelto en el aroma de piel desnuda y limpia, de rizos cortados y sonrisa oscura, aliento de menta y juegos de escondite. Qué ciego fui con tu nombre, qué sordo con tu voz, qué inútil con mi propia vida.

Porque nunca he estado más equivocado que contigo, nunca mi mente procelosa más acertada y mi corazón más errado.

Y qué dolor, qué dolor que aún hoy dura, hoy más que nunca, cuando te necesito y no estás, y huyes y desapareces, y no quieres saber nada de mí, ni siquiera brindarme tu apoyo, mostrarme tu ayuda.

He estado en muchos sitios, he conocido a mucha gente, gente que hacía ruido, que se escondía y reaparecía, con su inconsistencia para el bien y su alta dedicación a sí mismos… Jamás pensé que tú fueras así, uno más, uno como cualquiera…

He sido maldecido y exaltado, he estado en prados yermos y en bellos jardines, y el amor que te tenía iluminaba esa belleza como una estrella, como un sol radiante… He estado equivocado muchas veces; he tenido razón otras tantas. Pero contigo mi corazón inició una cruzada, una cruzada que venció a la mente temerosa de ti, y se equivocó contigo como, profundamente, temía…¡Oh, miedo que no oí!

Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, buscando salidas a calles tapiadas, y me acuerdo de tu nombre y del rumor de tu voz oscura; y esperando equivocarme, te busco desesperado porque desesperado me hallo y sólo encuentro una puerta cerrada, un silencio mortal y unos ojos que no brillan como antes y una boca que no sabe como antes y una indiferencia que hiende el acero más puro…

Y ahora estoy aquí, sin nada entre las manos, pidiéndote una ayuda que me niegas, que me niegas con indiferencia, y me doy cuenta de nuevo que no, nunca mi mente ha estado equivocada contigo. Pero mi corazón sí.

Y qué dolor.

Alberto Urbaneja: un amor que dure/ Alberto Urbaneja: a love that will last.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Conocí a Alberto Urbaneja literalmente de oído: hablando con él por teléfono. Recuerdo esa noche de invierno y esa voz serena y plena, joven y alegre. Y mi reacción. Que fue quedarme mudo. Menuda forma de empezar una amistad.

Fue fácil imaginármelo a través de ese timbre masculino y grave, y sonriente y agradable, que emergía de la línea telefónica. Lo imaginé alto, sensual, cercanamente distante. Me quedé corto. Al verlo en persona me di cuenta: es mucho más.

Ciertamente es alto, de anchas espaldas y pecho abierto, amplio como la noche. Tierno como un corazón; firme como una columna, recta y sin dobleces. Dueño de unos ojos enormes enmarcados por unas pestañas tupidas y unas cejas cinceladas, su belleza sólo rivaliza con su corazón y su corazón tiene en su sonrisa el más bello de los balcones. La sonrisa de Alberto Urbaneja transporta, y nace tímida para deslumbrar finalmente. Cuando ríe, enamora, y enamora con la ternura de un cachorro y con el brío de un hombre que sabe al fin lo que quiere.

Conocerle y sentir inmediatamente una corriente de simpatía (sí, que fue más allá de belleza tan evidente) fue todo uno: tanto, que tropezamos mutuamente. Ese saludo se ha convertido, sin querer, en una forma más de expresar el cariño que nos tenemos, porque ocurre cada vez que nos vemos. Alberto Urbaneja siembra ese cariño en el alma, y ese cariño crece con un vigor casi asombroso. Estar a su lado unas horas bastó para que me conquistara totalmente.

Es un hombre al que se quiere proteger, porque camina con delicadeza sobre campos minados con la seguridad de un inconsciente, aunque sepa perfectamente adónde quiere ir. Esa seguridad tambaleante anima al abrazo, a la caricia, a la sonrisa perenne. Me es difícil no sonreír cuando estoy a su lado, porque su vitalidad es contagiosa, pegadiza y única.

Alberto Urbaneja es todo corazón. Tiene alma de madre y constancia de centauro. Es vital, arrollador, impetuoso, dramático y responsable. Es dueño de todas esas cualidades que siempre he deseado tener y de las cuales carezco, y en él veo tantos sueños imposibles para mí, que sólo me preocupa que consiga los suyos con el peaje más nimio posible y el mayor goce.

Alberto Urbaneja tiene un amor que lo envuelve y lo anima; un amor que lo transforma, lo vuelve impetuoso, apasionado, frágil e inusualmente inseguro, como nos ocurre a todos cuando nos enciende el amor. Él ama y es amado, y ese milagro que ocurre tan pocas veces en una vida, en su vida es fuente de energía y de presente, y regala tanta vida, que lo transmite en su mirada, en sus manos de dedos largos y finos y, claro está, en esa sonrisa de alma. Él lo merece todo, todo lo que se resuma en un amor que dure una vida, y ese amor, ese fuego abrasador que lo ha transformado por completo, vive con él, respira con él, duerme con él y sueña con él anhelos similares, deseos similares y temores similares, llenos de la inestabilidad de la vida que se vive.

Y Alberto Urbaneja está de cumpleaños en estos días. Y aunque sé que, cuando amamos, queremos rodear a ese amor de toda belleza material, de toda muestra de perfección y durabilidad, nuestro mundo es de frágil cristal y lo mundano pasa y se va, excepto el amor, el verdadero amor que dura por siempre. Y él tiene ese amor entre las manos, entre los labios, entre pecho y espalda, entre el día y la noche; y ese amor lo inflama, lo inspira, lo arriesga, lo protege y lo desnuda lleno de sonrisas, de sueños, y de belleza, y lo hace el más rico de los hombres. Porque nada hay más bello y eterno que un amor que dure; nada más preciado que el verdadero amor. Y Alberto Urbaneja es dueño de su destino, porque es dueño del amor verdadero que lo espera al caer la noche, que lo arrulla por las mañanas y que lo inspira día a día para vivir, entre angustias y sonrisas, una vida plena y única, una vida que dure por siempre. Como su sonrisa.

Feliz Cumpleaños, Alberto.

Un médico en la familia/ A Doctor in the family.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Esto no lo he escrito yo. Es un correo electrónico que una amiga y colega me ha enviado porque expone, con mucho humor pero con toda la veracidad que pueda existir, la vida de un médico de los de verdad… No es una queja, mas con humor todo cuela. Desconozco quién es el autor, así que desde aquí lo felicito y le pido mil disculpas si no lo nombro, aunque con gusto lo haría, pues chispa no le falta ni razón tampoco.

Médicos de vacaciones

11 AGO 2010 09:49

Los médicos somos propiedad pública, de día, de noche, en casa o de vacaciones, siempre accesibles y alertas. Por ejemplo, ahora durante el verano, entre los millones de desplazamientos y de vuelos que se despliegan, seguro que hallaremos cientos de personas que se encontrarán mal a miles de metros del suelo. Entonces se oirá el famoso y temido: Por favor, ¿hay un médico a bordo? El resto de los pasajeros continuarán tranquilos, disfrutando de su viaje, con la seguridad de que nunca se va a oír por el altavoz anuncios que digan: Por favor, ¿una peluquera a bordo? Hay una señora muy despeinada. O este otro: Si hay un arquitecto, por favor, que se pase por cabina, que el piloto necesita una segunda opinión sobre los planos de su casa. Y, mucho menos: Tenemos un pleito entre dos pasajeros que quieren apoyar el brazo en el apoyabrazos a la vez, ¿hay un abogado en el avión? Claro que no: sería una tontería. La salud es, al fin y al cabo, lo único realmente importante y el médico siempre está en la obligación de cumplir con su misión de buen samaritano de lujo.

El problema es que una llamada de este tipo es complicada. El susodicho facultativo se puede haber tomado unas cuantas cervecitas de esas que ahora hay que pagar, o a lo mejor le aterroriza volar y lleva un colocón de Valium de no te menees.Pero lo peor es la especialidad. Hola soy médico, ¿en qué puedo ayudar? Y al decirlo ves a esta señora de atrás agarrándose el pecho y algo azulada. Si eres Psiquiatra, Forense, Anatomo-Patólogo, Microbiólogo,  incluso Traumatólogo o cualquiera de las otras especialidades bien lejanas a la Urgencia Médica, en ese momento no sabes dónde meterte o incluso te arrepientes de no haber metido ropa interior de recambio en el equipaje de mano.
No puedes hacerte el loco, porque probablemente seas el único del avión que sabe a qué lado está el hígado, pero claro, de ahí a hacerte responsable de la señora color pitufo, va un mundo. El psiquiatra puede asegurarse de que la señora no se deprime mientras se muere y el traumatólogo le puede revisar las caderas y, si sobrevive, proponerle una prótesis. El forense, si se espera un ratito, lo mismo es útil y el anatomopatólogo puede ir revisando los filetes de la comida, pero más no.
Lo cierto es que uno no puede pedir a la azafata que sea más específica y lance un aviso tipo: Por favor, si hay un Médico de familia-de Urgencias-Cardiólogo-Internista o Intensivista, que dé un paso adelante y los demás médicos, que callen para siempre. No, porque un médico es un médico y si hasta nuestros familiares y amigos no distinguen categorías y nos consideran ‘chica para todo’, qué no hará un extraño.
Porque ser el médico de la familia tiene su miga y tiene connotaciones variadas. La responsabilidad que nos cae encima el día que entramos en la facultad, nunca las vemos venir. En caso de problemas graves de salud de alguien cercano, nos convertimos en el cabecilla, filtro, traductor, mensajero y representante de la tribu. Hasta el familiar más extrovertido o fanfarrón, ese que siempre elige el vino, en la vida real nos pasa la batuta y nos quedamos solos ante el peligro. Y frente a los pequeños altercados de salud de nuestra gente más cercana, siempre estamos ahí, a cualquier hora del día y de la noche; sin importar las distancias físicas o irreales, e independientemente de la especialidad  en la que trabajemos, para atender sus ansiedades, preguntas y aclaraciones.
Hay hermanos de los que sólo sabemos cuando tienen un niño malo; cuñados plastas de los que nos cuentan hasta cuando les sale un grano; hermanas que nos obligan a decidir si ponen las vacunas de pago a sus hijos o no; tíos que nos cogen por banda para hablarnos de un hombro que les duele, o madres que nos leen cifra por cifra sus análisis de sangre esperando que nosotros, por supuestísimo, nos sepamos todos los valores normales… Sin embargo, a pesar de todo, nos vamos haciendo a la idea de ser ese hombro consolador, y vamos disfrutando de esa manera peculiar de querer a nuestra familia, imaginando al mismo tiempo lo aburrido que debe ser que los familiares nos llamen sólo para contarnos sobre sus vacaciones  en la Riviera Maya o sus problemas con la hipoteca.
Hacemos una medicina distinta, en algunos casos incómoda, pero en otros, tremendamente agradecida. Siempre recordaré las veces que, desde Inglaterra y por teléfono, tuve el privilegio de diagnosticar bronquiolitis o croup a algún que otro sobrinillo.
Y, además de las azafatas, cajeras de supermercado y familiares para los que siempre estamos de guardia y listos para salir corriendo a una llamada de altavoz o de teléfono, están todos esos extraños que aprovechan cualquier momento para hacer una consulta. Siempre me acuerdo de un fontanero que vino a arreglarme la ducha, trabajo que le llevó un par de minutos, y después, al enterarse de que yo era médico, me consultó durante un rato por las amigdalitis de su niño, los problemas ginecológicos de su mujer y sus propios dolores de espalda, y seguidamente me atizó una cuenta que me dejó el bolsillo temblando (sin recibo, claro).
Se me pasó por la cabeza la situación contraria, ver yo a este hombre como paciente y luego, como quien no quisiese la cosa, pedirle que me arreglase la lavadora estropeada; gratis, por supuesto. No, qué locura, por favor, un médico es de todos y para todo.
Así que esto es lo que hay, que a los médicos todo el mundo goza criticándolos, pero a ver en qué otra profesión se vive siempre de guardia. Y para acabar, déjenme que les cuente la anécdota de un anestesista que acude a la llamada de una azafata para encontrarse que un cirujano necesita que su colega le ajuste la luz de lectura.

Pues eso, disfruten del verano que luego tienen todo el invierno para ponerse malos.

P.S.: El autor deberá disculparme otra vez, pues he pulido un poco el texto en cuanto a forma, no a fondo. Manías mías, quizás.

Pablo Robledo: él lo vale/ Pablo Robledo: he worth it.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

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Una tarde singular/ A different afternoon.

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

A Hugo y Oskitar.

Dentro del amplio espectro de los días de nuestra vida, que se funden en negro si intentamos rememorarlos alguna vez, aquí y allá surgen momentos que brillan como destellos, que son fugaces realmente, pero que nos dejan tal recuerdo, que revivirlos no cuesta gran trabajo: palabras, gestos, sonidos, olores y colores, en un conjunto que nos regala alegría, cierta melancolía y, a veces, una vaga tristeza teñida de añoranza por lo que se tuvo una vez y ya no se tiene.

Uno de esos instantes, que son encuentros con lo maravilloso, me pasó hace unos días, cuando pude conocer personalmente a dos personas extraordinarias, amenas, cultas y divertidas como son Carlos Hugo Asperilla y Óscar Moreno García. Se me dirá que es fácil conectar con alguien con el que ya se mantiene cierto contacto, con el que se comparte cierto interés. Puede ser. Pero no. Al menos no en mi caso. Soy una persona excepcionalmente tímida, que se sorprende a sí mismo si se encuentra cómodo, pero que suele tardar un tiempo en encontrar su propio tempo con los demás. Esto no me pasó con ellos; de hecho, todo lo contrario, y es por eso que ese encuentro, en el que compartimos anécdotas, puntos de vista, críticas y risas, se convirtió para mí en una tarde singular, en uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria para siempre.

Carlos Hugo Asperilla me encontró hablando por teléfono. Me agobió un poco mi falta de educación, pues corté como puede a la persona con la que estaba hablando y a él lo hice esperar unos segundos con el teléfono en la mano. Inmediatamente me llamó la atención su persona, como lo imaginaba, pero con una trimidensionalidad algo inesperada. Y no sólo por su fortaleza física, si no por su mirada penetrante, su pelo corto, su inmediata sonrisa. Carlos Hugo es carne; dueño de una estabilidad pausada, de un saber estar, que transmite en cada gesto, en cada palabra. Me hizo reír al instante, cuando me aclaró que era más de lo que hasta ahora debería pensar yo que era en realidad. Se equivocaba, y se lo dije riendo, porque me pareció una aclaración encantadora e innecesaria, al menos conmigo. Pero eso hizo que me sintiera aún más cómodo de lo que ya me sentía a su lado, y mientras caminábamos, la conversación fluyó sin dificultad, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo miraba a veces y me sorprendía. De evidente atractivo, su inteligencia y su agudeza rivalizan con su belleza física, alcanzando altos niveles. Y cuando nos encontramos con personas así, es una gozada. La conversación, los gestos, las anécdotas, las sonrisas y los silencios tienen un valor añadido, un peso que no es de este mundo. Con esa mirada fija y penetrante, me pareció un hombre muy seguro de sí mismo, muy vivido pero a la vez un tanto tímido, y con más dulzura de lo que su imagen deja entrever. Todo en Carlos Hugo me pareció atractivo; todo: sus grandes ojos, que todo lo escudriñan; su inteligencia, que todo lo analiza; su pecho de planeta y medio y sus brazos que parecen envolver en un sólo abrazo el aire del universo. Pero también su voz, dulce y profunda, y sus palabras, sus actos y sus intenciones. Su química con Óscar Moreno García; la luz de su sonrisa al verlo llegar; y su modestia a la hora de hablar de su talento, cuya literatura me llevó a lugares a los que no quería ir y de los que emergí, gracias a su magia, siendo un poquito más tolerante y más crítico con el mundo que nos rodea. Rosas Blancas para Wolf es un libro que nos enseña que la Historia nunca muere sino que se repite, se repite porque somos incapaces de aprender sus lecciones.

Óscar Moreno García llegó un poco después. Su aspecto menudo esconde un espíritu tan fuerte como su cuerpo todo músculo y fibra; sus ojos chispeantes, su sonrisa constante, su conversación animosa pero calmada, salpicada de silencios y de brillantes reflexiones, me revelaron un hombre profundo y sereno como el mar en calma; lleno de esa energía líquida que transforma mundos y personas, y cuya juventud sólo está llena de hermosas promesas que ya son realidades. Su vida, llena de las dificultades de todo ser humano, se caracteriza por su generosidad, por su fortaleza y por su constante sentido de lo correcto, y se adereza de una constante evolución que me deja asombrado. Quién pudiera tener, a esa edad, no sólo la agilidad física y la energía que transforma actitudes e intenciones, sino también esa agudeza, esa mirada dulce y bondadosa, y una generosidad real que nace del corazón. Óscar Moreno García es un hombre atractivo, cuya belleza se reparte por completo en su pequeña estatura, pero que se hace gigante en cada momento que se comparte con él y en cada día que pasa.

La evidente complicidad que ambos amigos comparten es un juego divertido. Se saben, se conocen y se quieren, y es una gozada ver desplegado ese tejido de cariño, dulzura y entendimiento. Ambos sonríen a la vida; ambos, con puntos en común derivados de experiencias tan distintas, me enseñaron lo bonito que es el ser humano, extendieron delante de mí el abanico de cualidades que todos podríamos desarrollar si nos diéramos el tiempo suficiente y la paciencia suficiente y  el cariño suficiente para ello.

La sapiencia de Óscar Moreno García es encantadora. Tan joven y tan sereno. La sapiencia de Carlos Hugo Asperilla proviene del poso de la experiencia, de la observación de la vida. Y ambos son tan divertidos y locuaces, tan atractivos, que me sentía envuelto en un aura de contemplación animada y de divertimento continuo. Y me sentía a veces poca cosa; a veces un observador y  a veces una pieza del juego; el tiempo fugaz y el instante eterno. Y nos reímos y criticamos y comentamos y volvimos a reír y nos enzarzamos en una conversación animada y leve, tan leve como la propia vida, y tan llena de destellos, que transformaron un encuentro en la terraza de un café, en una tarde singular que querré recordar por siempre.