Un médico en la familia/ A Doctor in the family.

Esto no lo he escrito yo. Es un correo electrónico que una amiga y colega me ha enviado porque expone, con mucho humor pero con toda la veracidad que pueda existir, la vida de un médico de los de verdad… No es una queja, mas con humor todo cuela. Desconozco quién es el autor, así que desde aquí lo felicito y le pido mil disculpas si no lo nombro, aunque con gusto lo haría, pues chispa no le falta ni razón tampoco.

Médicos de vacaciones

11 AGO 2010 09:49

Los médicos somos propiedad pública, de día, de noche, en casa o de vacaciones, siempre accesibles y alertas. Por ejemplo, ahora durante el verano, entre los millones de desplazamientos y de vuelos que se despliegan, seguro que hallaremos cientos de personas que se encontrarán mal a miles de metros del suelo. Entonces se oirá el famoso y temido: Por favor, ¿hay un médico a bordo? El resto de los pasajeros continuarán tranquilos, disfrutando de su viaje, con la seguridad de que nunca se va a oír por el altavoz anuncios que digan: Por favor, ¿una peluquera a bordo? Hay una señora muy despeinada. O este otro: Si hay un arquitecto, por favor, que se pase por cabina, que el piloto necesita una segunda opinión sobre los planos de su casa. Y, mucho menos: Tenemos un pleito entre dos pasajeros que quieren apoyar el brazo en el apoyabrazos a la vez, ¿hay un abogado en el avión? Claro que no: sería una tontería. La salud es, al fin y al cabo, lo único realmente importante y el médico siempre está en la obligación de cumplir con su misión de buen samaritano de lujo.

El problema es que una llamada de este tipo es complicada. El susodicho facultativo se puede haber tomado unas cuantas cervecitas de esas que ahora hay que pagar, o a lo mejor le aterroriza volar y lleva un colocón de Valium de no te menees.Pero lo peor es la especialidad. Hola soy médico, ¿en qué puedo ayudar? Y al decirlo ves a esta señora de atrás agarrándose el pecho y algo azulada. Si eres Psiquiatra, Forense, Anatomo-Patólogo, Microbiólogo,  incluso Traumatólogo o cualquiera de las otras especialidades bien lejanas a la Urgencia Médica, en ese momento no sabes dónde meterte o incluso te arrepientes de no haber metido ropa interior de recambio en el equipaje de mano.
No puedes hacerte el loco, porque probablemente seas el único del avión que sabe a qué lado está el hígado, pero claro, de ahí a hacerte responsable de la señora color pitufo, va un mundo. El psiquiatra puede asegurarse de que la señora no se deprime mientras se muere y el traumatólogo le puede revisar las caderas y, si sobrevive, proponerle una prótesis. El forense, si se espera un ratito, lo mismo es útil y el anatomopatólogo puede ir revisando los filetes de la comida, pero más no.
Lo cierto es que uno no puede pedir a la azafata que sea más específica y lance un aviso tipo: Por favor, si hay un Médico de familia-de Urgencias-Cardiólogo-Internista o Intensivista, que dé un paso adelante y los demás médicos, que callen para siempre. No, porque un médico es un médico y si hasta nuestros familiares y amigos no distinguen categorías y nos consideran ‘chica para todo’, qué no hará un extraño.
Porque ser el médico de la familia tiene su miga y tiene connotaciones variadas. La responsabilidad que nos cae encima el día que entramos en la facultad, nunca las vemos venir. En caso de problemas graves de salud de alguien cercano, nos convertimos en el cabecilla, filtro, traductor, mensajero y representante de la tribu. Hasta el familiar más extrovertido o fanfarrón, ese que siempre elige el vino, en la vida real nos pasa la batuta y nos quedamos solos ante el peligro. Y frente a los pequeños altercados de salud de nuestra gente más cercana, siempre estamos ahí, a cualquier hora del día y de la noche; sin importar las distancias físicas o irreales, e independientemente de la especialidad  en la que trabajemos, para atender sus ansiedades, preguntas y aclaraciones.
Hay hermanos de los que sólo sabemos cuando tienen un niño malo; cuñados plastas de los que nos cuentan hasta cuando les sale un grano; hermanas que nos obligan a decidir si ponen las vacunas de pago a sus hijos o no; tíos que nos cogen por banda para hablarnos de un hombro que les duele, o madres que nos leen cifra por cifra sus análisis de sangre esperando que nosotros, por supuestísimo, nos sepamos todos los valores normales… Sin embargo, a pesar de todo, nos vamos haciendo a la idea de ser ese hombro consolador, y vamos disfrutando de esa manera peculiar de querer a nuestra familia, imaginando al mismo tiempo lo aburrido que debe ser que los familiares nos llamen sólo para contarnos sobre sus vacaciones  en la Riviera Maya o sus problemas con la hipoteca.
Hacemos una medicina distinta, en algunos casos incómoda, pero en otros, tremendamente agradecida. Siempre recordaré las veces que, desde Inglaterra y por teléfono, tuve el privilegio de diagnosticar bronquiolitis o croup a algún que otro sobrinillo.
Y, además de las azafatas, cajeras de supermercado y familiares para los que siempre estamos de guardia y listos para salir corriendo a una llamada de altavoz o de teléfono, están todos esos extraños que aprovechan cualquier momento para hacer una consulta. Siempre me acuerdo de un fontanero que vino a arreglarme la ducha, trabajo que le llevó un par de minutos, y después, al enterarse de que yo era médico, me consultó durante un rato por las amigdalitis de su niño, los problemas ginecológicos de su mujer y sus propios dolores de espalda, y seguidamente me atizó una cuenta que me dejó el bolsillo temblando (sin recibo, claro).
Se me pasó por la cabeza la situación contraria, ver yo a este hombre como paciente y luego, como quien no quisiese la cosa, pedirle que me arreglase la lavadora estropeada; gratis, por supuesto. No, qué locura, por favor, un médico es de todos y para todo.
Así que esto es lo que hay, que a los médicos todo el mundo goza criticándolos, pero a ver en qué otra profesión se vive siempre de guardia. Y para acabar, déjenme que les cuente la anécdota de un anestesista que acude a la llamada de una azafata para encontrarse que un cirujano necesita que su colega le ajuste la luz de lectura.

Pues eso, disfruten del verano que luego tienen todo el invierno para ponerse malos.

P.S.: El autor deberá disculparme otra vez, pues he pulido un poco el texto en cuanto a forma, no a fondo. Manías mías, quizás.

1 thought on “Un médico en la familia/ A Doctor in the family. Deja un comentario

  1. Sinceramente no se si algun dia cambiare pero no me gusta hablar de mis problemas de salud, es algo personal (no me dan verguenza las enfermedades que pude haber padecido pero son mis problemas). Yo creo que la gente cuenta esos problemas que tiene por que creen que pueden encontrat a una persona que les de una pastilla, les cure todos los males y queden como nuevos (mas que personas tendrian que ser dioses). Respecto a la medicina y estar siempre disponible ya se sabe a lo que te enfrentas cuando quieres estudiar medicina, si no te gusta (que seguro que hay mucha gente que no le gusta su profesion igual que en todas) pues hay otras muchas.

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