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Tiempo de Curar/ Healing Time.

   Pocas veces he hablado de esto con mis amigos y colegas. Cuando nos reunimos somos el azote de todas las parejas: no paramos de hablar de trabajo. Lo que ocurre es que no hablamos exactamente de trabajo, si no de los que nos pasa en él, que es muy distinto. Sin embargo es cierto: está tan impregnado en nuestro ser, que se nos olvida el resto del mundo, que mira entre aburrido y acostumbrado hacia ninguna parte en particular, hasta que nos damos cuenta o algo así, y cambiamos de tema al menos por cinco minutos. Es lo que hay.

   Sin embargo el proceso mental que nos lleva a optar por un diagnóstico u otro y, por ende, por éste o aquél tratamiento, suele quedar relegado, como si la desnudez de nuestro esqueleto interpretativo fuese algo de lo que avergonzarse. Es cierto que en la mayoría de las especialidades se tiende a la protocolización excesiva, a la compartimentalización del cuerpo (cosa que veo como un error) pues nos lleva a fallos de visión que pueden llegar a veces a ser peligrosos para los pacientes. Bien es cierto que la mayoría de las veces esa pérdida de visión periférica sólo acarrea pequeños desajustes fácilmente solucionables; caminamos sobre un precipicio de fondo inabarcable en situaciones así.

   Para la ciencia, la repetición de una actividad debe dar siempre el mismo resultado. Como el ser humano no es un sistema matemático en sí mismo (o quizá sí lo sea, pero de una física y matemática que aún no llegamos a comprehender) esta aplicación, ley en ciencia, sufre ciertos ajustes y esos cambios los llamamos variabilidad, recostándonos en la estadística, en la probabilidad y en una serie de redes que intentan garantizar un estado de estabilidad que es muy difícil casar con la naturaleza humana. Pero que es útil: todo se basa en la mayoría, y es difícil equivocarse con el grueso de la población. Y de cualquier forma, siempre nos acompañan esos casos excepcionales para añadirle sal a nuestro trabajo, miga a nuestro quehacer diario, aunque casi nadie quiere tropezar con algo así.

   De esto se desprende que la Medicina es una ciencia inexacta: lo es. Todo puede suceder. Todo. Y nada al 100%. Es una ciencia elusiva, cambiante, demasiado influenciada por factores externos, por procesos que se nos escapan de las manos y que tienen más que ver con la naturaleza divina de las cosas.

   Es raro que un médico emplee un término semejante. Es tan poco frecuente como esperar dicha explicación de un médico. En cierto sentido, trasladamos nuestra inseguridad al poseedor del Saber, y es correcto ese acto de confianza; lo que quizá ignoramos es que a pesar de ese conocimiento, y gracias a esa sabiduría de las cosas humanas, los médicos sabemos que todo es posible (hasta lo improbable) y aunque hay cosas indiscutibles, la naturaleza humana juega demasiado con cartas marcadas que a veces nos gana la partida. Así no esperamos jamás que un médico nos hable en términos de probabilidad, y cuando lo hace (y créanme: lo hacemos siempre) no nos damos cuenta, porque sólo queremos escuchar hechos concretos, evoluciones determinadas, lo blanco o lo negro. A nadie le interesa (salvo al profesional de la Salud) la inmensa escala de grises que esconde cada paciente y su entorno de Enfermedad.

   El proceso de diagnóstico es quizá el más importante de todos. El tratamiento es más técnico, juega a veces en el campo de la habilidad del propio médico y descansa en el lecho de la estadística, y es consecuencia directa (siempre) del diagnóstico. Un diagnóstico correcto necesita del diálogo entre médico y paciente asociado a la exploración física del mismo. En estos procesos, un silogismo que en mí es oscuro, profundo y perdido en la masa del conocimiento, toma forma y nos lleva a una conclusión determinada. Ese proceso insondable, porque para mí es un misterio, no solemos hablarlo nunca entre nosotros, quizá porque no es ciencia, quizá porque se nos escapa de la manos. Y eso no nos gusta nada.

   Pero soy el primero en afirmarlo: en mí es un proceso de pura intuición. No sé cómo funciona; desconozco en qué se basa. Siempre lo he comparado con una voz que me susurra al oído, como una corazonada, un impulso que me arrastra (literalmente me lleva en volandas) hasta aquello que creo (sí, que creo) es el diagnóstico correcto. Si me preguntan, reconozco que soy incapaz de extraer de esa masa informe de conocimiento el resorte que ha lanzado la conclusión correcta: soy mal médico por ello. Porque no sé mostrar mis cartas, porque soy incapaz de desentrañar ese proceso misterioso que me revela lo que busco, que me indica el camino.

   Es una locura, y quizá por eso no lo comento casi nunca. Pero mis conocimientos a la par que mi memoria saltan sin querer tras un estímulo adecuado, y arrastran consigo un rosario de razones razonadas y digeridas por alguien (¿quién? ¿yo?) que justifican una acción, que despliegan un motivo y un tratamiento concreto. Mis habilidades, de tener algunas, son más un regalo que un aprendizaje tenaz, un proceso alquímico que ha conseguido, en esa amalgama y en ese desprendimiento, una veta de la cual brotan las conclusiones exactas, las medidas correctas que me permiten hacer bien, dentro de lo que cabe, mi trabajo.

   Y me equivoco. Claro que me equivoco. Más veces de las que mi ego puede soportar. Sin embargo, cada uno de esos errores han tenido que ver con una desconexión entre la fuente y mi estado de conciencia, entre mi intuición y mis dudas. Cada vez que dudo, yerro (gracias a Dios, esos errores son subsanables en su mayoría) y de esas dudas está cimentada mi vida.

   Hace unos años, tener una intuición tan fuerte me preocupaba. Ahora dejo a mi lengua libre y siempre me sorprende oírme a mí mismo, y a veces verme a mí mismo, en esos trances. Ahora me he transformado más en canalizador y en observador de ese milagro que se obra en mí, y cada vez le pongo menos trabas, cada vez le dejo más libertad. ¿Es correcto lo que hago? No lo sé. Lo que sí sé es que es poco ortodoxo. Pero apenas unos meses trabajando a mi lado todo el mundo se da cuenta que soy de todo menos común. Y que siempre he sido así. Antes me preocupaba. ¿Ahora? Me dejo guiar. Porque veo los resultados, porque siento que es lo que debo hacer, y que todo se alinea conmigo para que eso ocurra.

   En todo proceso de curación, el Enfermo es quien sufre los cambios, las transformaciones; nosotros sólo somos catalizadores de esos cambios, confortadores y, a veces, sostenedores de ese resurgir. Sin embargo el secreto del Tiempo de Curar sigue estando escondido, profundo, en lo más recóndito de todos nosotros. Y la intuición es su vehículo y su lenguaje. Puede ser poco científico, puede ser poco ortodoxo, pero para mí es verídico, es lo que me hace ser el que soy. Y mientras me deje guiar por ella, me aseguraré de estar siempre cerca de Dios.

9 thoughts on “Tiempo de Curar/ Healing Time. Deja un comentario

  1. Piensa que los genios son los que más usan su intuición. Son aquellos que realizan “saltos en el vacío” llevados únicamente por la intuición. Luego vienen las justificaciones, pero el primer salto: pura intuición.

  2. Intuición,sabiduría,esfuerzo y bondad…..así eres Tú y así se refleja en tu labor.Gracias , en mi nombre y en el de todos aquellos a los que he cuidado guiada por Tí.

    • Tú lo haces todo más fácil. Con gente como tú el trabajo no sería trabajo, sería un placer.

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