Encontrándonos/ A Meeting.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Hace unos días, en una tarde en la que hacía más fresco que calor, más sol que nubes, pero en la que se podía percibir ese cambio de tiempo tan característico de Santiago de Compostela, con viento revuelto, el sol jugando al escondite con las nubes, y un ligero tinte grisáceo sobre el rosa del atardecer, me encontré con Anita Tef y Cris Montes.

   En una cafetería que ya tiene solera (sí, fui testigo de la apertura…, mejor dejemos el tiempo como está) quedamos para encontrarnos, en el viejo Santiago, aquel en el que aún hoy me emociona descubrir rincones ocultos, sorpresas de una arquitectura que estuvo hecha para acoger, apabullar, homenajear y disfrutar, y que ya no sabemos realizar.

   Como tengo costumbre, llegué un poco antes. Sufro de una rara obsesión con la puntualidad, y en un país como España eso es una incomodidad. La admiro tanto como las buenas maneras; de hecho, creo que es una expresión de modales adecuados, y nada me soprende más que una persona educada. Y, sí, cada vez hay menos. Quizá por eso mi admiración se acrecentó cuando ambas llegaron en punto, con sonrisas incrustadas en la cara.

   Qué maravilla. Para ser tres personas que se conocen y cuyo intercambio (salvo una excepción, que nos llevó a conocernos en la red) es virtual, aquel encuentro me resultó agradable y encantador. Dos mujeres inteligentes, de personalidad muy determinada y caracteres complementarios, que enriquecen la vida de aquellos que tienen la fortuna de disfrutarlas a su lado, y yo, comenzamos un vals de acercamiento y reconocimiento que, para mí, fue una delicia.

   De naturaleza reservada, Cris analiza con su mirada todo lo que ocurre; tiene temperamento de ardilla intelectual: todo le llama la atención y todo lo capta, con una memoria asombrosa. Ana, más expresiva e inquisidora, quiere saberlo todo de forma directa y sin adornos. Ojos chispeantes, sonrisas francas, curiosidades mutuas.

   Frente a unas bebidas que no fueron completamente de nuestro agrado (salvo Anita), confirmación de que nada es como una vez fue, la conversación fluyó de manera animada. Tanto, que nos fuimos de paseo por las calles de la ciudad entre comentarios y bromas. Recorrimos aquellas calles de piedra eterna, y parte de las renovadas de asfalto, sintiéndome muy bien acompañado, sin duda, pero a la vez como atraído por un filtro del pasado que me dejó de muy buen humor.

   Caminando con ellas, hablando de nuestros problemas de hoy, de trabajo, relaciones y sentimientos, me embargó la sensación de estar bailando un vals fluido, lleno de notas reconocidas y encantadoras. Quizá es lo que sentimos cuando nos embarcamos en relaciones con personas interesantes, de rango vital similar, de vivencias en común y que se encuentran, asombradas, de que algo así pueda ocurrir. Cansado a veces de cierta mediocridad (de la que formo parte, como todo en nuestro día a día), encontrarme con personas estimulantes, de verbo fácil y pensar profundo, en una tarde para mí maravillosa, fue un regalo del que estaré eternamente agradecido a Cris Montes y a Anita Tef por habérmelo obsequiado.

   Viví sin querer los veinte años que llevo en la ciudad entre el viento, el sol, las nubes y la compañía estupenda de estas dos mujeres que obraron para mí ese milagro del reencuentro y del encuentro entre lo que fue y lo nuevo, entre lo que fui una vez y lo que hoy soy.

   Una tarde maravillosa, con la mejor compañía, en una de las ciudades más bonitas de Europa…

   ¡Qué felicidad!

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Tiempo de Curar/ Healing Time.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Pocas veces he hablado de esto con mis amigos y colegas. Cuando nos reunimos somos el azote de todas las parejas: no paramos de hablar de trabajo. Lo que ocurre es que no hablamos exactamente de trabajo, si no de los que nos pasa en él, que es muy distinto. Sin embargo es cierto: está tan impregnado en nuestro ser, que se nos olvida el resto del mundo, que mira entre aburrido y acostumbrado hacia ninguna parte en particular, hasta que nos damos cuenta o algo así, y cambiamos de tema al menos por cinco minutos. Es lo que hay.

   Sin embargo el proceso mental que nos lleva a optar por un diagnóstico u otro y, por ende, por éste o aquél tratamiento, suele quedar relegado, como si la desnudez de nuestro esqueleto interpretativo fuese algo de lo que avergonzarse. Es cierto que en la mayoría de las especialidades se tiende a la protocolización excesiva, a la compartimentalización del cuerpo (cosa que veo como un error) pues nos lleva a fallos de visión que pueden llegar a veces a ser peligrosos para los pacientes. Bien es cierto que la mayoría de las veces esa pérdida de visión periférica sólo acarrea pequeños desajustes fácilmente solucionables; caminamos sobre un precipicio de fondo inabarcable en situaciones así.

   Para la ciencia, la repetición de una actividad debe dar siempre el mismo resultado. Como el ser humano no es un sistema matemático en sí mismo (o quizá sí lo sea, pero de una física y matemática que aún no llegamos a comprehender) esta aplicación, ley en ciencia, sufre ciertos ajustes y esos cambios los llamamos variabilidad, recostándonos en la estadística, en la probabilidad y en una serie de redes que intentan garantizar un estado de estabilidad que es muy difícil casar con la naturaleza humana. Pero que es útil: todo se basa en la mayoría, y es difícil equivocarse con el grueso de la población. Y de cualquier forma, siempre nos acompañan esos casos excepcionales para añadirle sal a nuestro trabajo, miga a nuestro quehacer diario, aunque casi nadie quiere tropezar con algo así.

   De esto se desprende que la Medicina es una ciencia inexacta: lo es. Todo puede suceder. Todo. Y nada al 100%. Es una ciencia elusiva, cambiante, demasiado influenciada por factores externos, por procesos que se nos escapan de las manos y que tienen más que ver con la naturaleza divina de las cosas.

   Es raro que un médico emplee un término semejante. Es tan poco frecuente como esperar dicha explicación de un médico. En cierto sentido, trasladamos nuestra inseguridad al poseedor del Saber, y es correcto ese acto de confianza; lo que quizá ignoramos es que a pesar de ese conocimiento, y gracias a esa sabiduría de las cosas humanas, los médicos sabemos que todo es posible (hasta lo improbable) y aunque hay cosas indiscutibles, la naturaleza humana juega demasiado con cartas marcadas que a veces nos gana la partida. Así no esperamos jamás que un médico nos hable en términos de probabilidad, y cuando lo hace (y créanme: lo hacemos siempre) no nos damos cuenta, porque sólo queremos escuchar hechos concretos, evoluciones determinadas, lo blanco o lo negro. A nadie le interesa (salvo al profesional de la Salud) la inmensa escala de grises que esconde cada paciente y su entorno de Enfermedad.

   El proceso de diagnóstico es quizá el más importante de todos. El tratamiento es más técnico, juega a veces en el campo de la habilidad del propio médico y descansa en el lecho de la estadística, y es consecuencia directa (siempre) del diagnóstico. Un diagnóstico correcto necesita del diálogo entre médico y paciente asociado a la exploración física del mismo. En estos procesos, un silogismo que en mí es oscuro, profundo y perdido en la masa del conocimiento, toma forma y nos lleva a una conclusión determinada. Ese proceso insondable, porque para mí es un misterio, no solemos hablarlo nunca entre nosotros, quizá porque no es ciencia, quizá porque se nos escapa de la manos. Y eso no nos gusta nada.

   Pero soy el primero en afirmarlo: en mí es un proceso de pura intuición. No sé cómo funciona; desconozco en qué se basa. Siempre lo he comparado con una voz que me susurra al oído, como una corazonada, un impulso que me arrastra (literalmente me lleva en volandas) hasta aquello que creo (sí, que creo) es el diagnóstico correcto. Si me preguntan, reconozco que soy incapaz de extraer de esa masa informe de conocimiento el resorte que ha lanzado la conclusión correcta: soy mal médico por ello. Porque no sé mostrar mis cartas, porque soy incapaz de desentrañar ese proceso misterioso que me revela lo que busco, que me indica el camino.

   Es una locura, y quizá por eso no lo comento casi nunca. Pero mis conocimientos a la par que mi memoria saltan sin querer tras un estímulo adecuado, y arrastran consigo un rosario de razones razonadas y digeridas por alguien (¿quién? ¿yo?) que justifican una acción, que despliegan un motivo y un tratamiento concreto. Mis habilidades, de tener algunas, son más un regalo que un aprendizaje tenaz, un proceso alquímico que ha conseguido, en esa amalgama y en ese desprendimiento, una veta de la cual brotan las conclusiones exactas, las medidas correctas que me permiten hacer bien, dentro de lo que cabe, mi trabajo.

   Y me equivoco. Claro que me equivoco. Más veces de las que mi ego puede soportar. Sin embargo, cada uno de esos errores han tenido que ver con una desconexión entre la fuente y mi estado de conciencia, entre mi intuición y mis dudas. Cada vez que dudo, yerro (gracias a Dios, esos errores son subsanables en su mayoría) y de esas dudas está cimentada mi vida.

   Hace unos años, tener una intuición tan fuerte me preocupaba. Ahora dejo a mi lengua libre y siempre me sorprende oírme a mí mismo, y a veces verme a mí mismo, en esos trances. Ahora me he transformado más en canalizador y en observador de ese milagro que se obra en mí, y cada vez le pongo menos trabas, cada vez le dejo más libertad. ¿Es correcto lo que hago? No lo sé. Lo que sí sé es que es poco ortodoxo. Pero apenas unos meses trabajando a mi lado todo el mundo se da cuenta que soy de todo menos común. Y que siempre he sido así. Antes me preocupaba. ¿Ahora? Me dejo guiar. Porque veo los resultados, porque siento que es lo que debo hacer, y que todo se alinea conmigo para que eso ocurra.

   En todo proceso de curación, el Enfermo es quien sufre los cambios, las transformaciones; nosotros sólo somos catalizadores de esos cambios, confortadores y, a veces, sostenedores de ese resurgir. Sin embargo el secreto del Tiempo de Curar sigue estando escondido, profundo, en lo más recóndito de todos nosotros. Y la intuición es su vehículo y su lenguaje. Puede ser poco científico, puede ser poco ortodoxo, pero para mí es verídico, es lo que me hace ser el que soy. Y mientras me deje guiar por ella, me aseguraré de estar siempre cerca de Dios.

Por uno mismo/ All by Myself.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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(Algunas) Cosas favoritas/ My favorite things.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

– La luna y las estrellas.

– El amanecer envuelto en rosas suaves, entre nieblas tenues como encaje.

– El ocaso, con su útero azafranado, sus bordes azul océano y los grillos atrayendo a la noche que llega.

– El mar sereno, el mar embravecido. La costa. La playa de arenas cambiantes, rubias o plateadas. El agua entre los dedos. La danza líquida sobre mi cuerpo al nadar. La ingravidez, la caricia sin complicaciones humanas. El amor fluido.

– Un beso nunca dado.

– Una promesa.

– Un sueño.

– Dormir con entera libertad, sin ataduras ni límites. Entre tejidos suaves y firmes, cálidos y de tenue olor, como la piel.

– Un perfume.

– Musica: el amor de las notas que crea universos de sonidos y emociones, que tatúa su peregrinaje en la epidermis, que eriza el vello ralo, que desciende sentimientos como epifanías dejándonos saciados y plenos.

– Algo dulce.

– Algo salado.

– El vinagre. El aceite. El agua. La cocacola. El chocolate. El hojaldre.

– La pereza. No hacer nada. Pensar. Y a veces ni eso. E imaginar. A veces vivir a través de esos entramados, que son meros pensamientos, vivencias profundas y comunes.

– Un cuerpo bello. Un hombre con poso. Una mujer entera. Un niño. El proyecto de una vida. A veces su final.

– La arquitectura.

– El arte.

– La concepción, esa maravillosa danza de fuerzas desconocidas que hacen nacer brazos y piernas, ojos y oídos, lenguas y sexos, pensamientos y humores dentro de un útero, en el centro de una mujer. El nacimiento. La Naturaleza del hombre, tan ajena al hombre y tan perfecta. Y la muerte.

– La perfección que nunca se consigue.

– La maravillosa imperfección, un mundo de promesas siempre a punto de cumplirse.

– La vida. La vida de los demás, que no es ajena.

– Un libro. Una buena historia, que no requiere ser alabada por muchos. Unas líneas con sentimiento: eso es una historia. Un fragmento inconcluso, un poema. Una narración concentrada. Una obra perfecta. Todo aquello que, escrito, enganche la imaginación y la haga volar.

– Viajar. Con el cuerpo. Y a veces con el cuerpo y la mente. Ver las maravillas, palpar el roce de la piedra, el deslumbramiento de un rayo de luz a través de un vitral; sentir de cerca el olor del campo, el sentido de una sal extraña, los usos y costumbres ajenos; el sonido de una ciudad, el aroma del silencio. Viajar, conocer, aprender y disfrutar siempre es posible, aunque sólo la inamovilidad nos visite.

– El amor de los amigos, que es casi único. El de los que están siempre y aquellos que, en la distancia, lanzan conjuros de cercanía. Los que se han ido y desparecido entre la maraña del tiempo pasado; aquellos por venir.

– La familia. Crisol de costumbres, de lazos irrompibles, de responsabilidades sinuosas como arena de desierto.

– Una película clásica.

– La chimenea encendida; el olor del roble y del pino crepitando en esa metamorfosis del fuego. Y la lluvia a raudales tras las ventanas. Y el cielo gris y malva, lleno de agua. Mundo líquido, agua que cae.

– Un jardín asilvestrado. Flores. Manzanilla. Lavanda. Rosas. Cipreses. Castaños… Un jardín imaginario que habita en mi mente y en el que me pierdo a veces, porque siempre acaba en el mar.

– Un sueño. El que sea. Porque ya no tengo.

– Salud. El motor, la base, la causa de estar vivo. Y la Enfermedad como símbolo, como camino de entrega.

– La primavera llena de vida; verde y blanca, rosa y azul. Días eternos, noches satinadas.

– El otoño. Noches largas llenas de azafrán, hojas que lentas caen perpetuando el contrato de la vida. Bayas. Verdes tenues; rojos y rosas; amarillos y azules rebeldes. Viento y lluvia. Y el día que barre a la noche con una facilidad divina.

– La seda, el lino, el algodón. La batista, el terciopelo, la lana peinada de sus pelos de loca.

– Una voz grave que no volverá. Una voz grave que se acerca.

– No esperar nada de la vida y aspirar a todo. Conseguir a veces nada.

– La buena voluntad. La responsabilidad. El verdadero sentimiento de ser útil; no dejar que la vida de alguien, que nos pide auxilio, pase de largo. Sentir con la cabeza y pensar con el corazón: todo está conectado.

– Los recuerdos idos y bien idos. Todo lo que ya no volverá. Y qué bien que no lo haga.

– La risa profunda, el saber alegre. La sencillez y la elegancia: todo está relacionado.

– Una palabra dulce. Un susurro en el oído que pregunta de repente: ¿Qué pasa? Y el silencio posterior, perdido en un abrazo. A veces basta con oír. A veces sólo con querer estar ahí.

– Los ángeles.

– Lo inmaterial. El hombre escondido, oscuro, que pierde peso en la vida, porque lo gana en la Eternidad.

– La dureza y frialdad del mármol, que cobra forma de estatua, brío de vida, ojos de vivencias.

– Lo blando y la levedad de las plumas, del pelo de los animales, de la piel de las personas. Y a veces sus ojos y a veces sus labios. Y a veces todo lo demás.

– Bailar.

– Escribir.

– Y amar.

Gracias un año más/ Thank you once more.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

   Hace dos años empecé este blog. Me han preguntado muchas veces la razón de su título y quizá nació de mi propia necesidad de hallar una cura a ciertos estados internos, demasiados desgarrados para hacerlo en la sola intimidad, y cierta ansia por expresar en voz alta aquello que me parece adecuado para intentar acallar el murmullo del ruido, el acoso de los gritos del día a día que tanto nos influye y que termina alienándonos; crear un espacio de paz, mas no de inamovilidad, y una vía de canalizar parte de ese regalo de creatividad que todos tenemos y al que le prestamos (yo, el primero) my poca atención, poco desarrollo.

   He tenido la suerte de ser leído, de ser comentado y de encontrarme con personas estupendas que han pasado alguna vez por estas líneas que fluyen espontáneas y con sentidos ocultos, sobre todo para mí. Este blog tan pequeñito, que apenas cambia o que cambia imperceptiblemente, con esa sutileza que tiene la vida, de suerte que la imagen del espejo nos sorprende un día no siendo aquello que nuestros recuerdos aún atesoran, agradece a esas sis mil y tantas visitas que recibe cada mes, y que sobrepasan las expectativas (si hubo algunas) que este autor atesoraba en el momento en que exclamó un saludo al mundo de la red.

   Agradezco a todos y cada uno de esos ojos que se han posado en sus entradas; la imaginación que ha llevado a escribir relatos cortos que jamás imaginé ser capaz de hacer; y ese permiso, que empieza siempre en nosotros mismos, de desvestirnos paulatinamente, asombrándonos del brillo de la piel, de la suavidad de una mejilla, de la caída sensible de una mirada, hasta quedarnos desnudos de sentimientos y, quizá en ese esfuerzo, más vestidos de alma.

   Ignoro hacia dónde va y porqué ha tomado los caminos que ha escogido este blog. Pero seguirá aquí todo el tiempo que le haga falta a sus lectores, y al autor guiado por los espíritus y sus fantasmas, hasta alcanzar ese estado fluido de sanación, que no libre de trabajos; ese momento único de verdadera libertad, que es desatar ataduras, y que he dado en llamar Tiempo de Curar.

   Dos años después, siendo el que era y siendo una persona tan distinta, desde el asombro y el cariño, repito, una y otra vez: Gracias. Gracias por estar ahí. Y gracias por leer. Y seguir.

Sobre la vida y la muerte/ About Life and Death.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

  Trabajar en un lugar como la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) aporta cierta perspectiva sobre el hecho de vivir y cómo vivir (que damos por descontado) y morir y cómo morir (algo de lo que evitamos hablar.)

   No quiero decir que no sea sesgada; antes bien y desde el principio: se ven muchas desgracias. Y eso por fuerza nos hace relativizar las cosas. Y aunque hay milagros y es un placer verlos desarrollarse ante nuestros ojos, la historia del día a día es muy diferente.

   En el centro mismo de lo que podemos llamar Vida, en la UCI se vierten todas las circunstancias que nos fuerzan, como seres humanos, a pensar en estos estados extremos de la existencia; valorarlos, depurarlos más bien y aceptarlos como hechos auténticos pero, en ningún caso, carentes de importancia o de cuidados.

   La vida requiere de muchos cuidados, los mayores mimos. Pero también la muerte. Nada más importante que morir con dignidad. Y no me refiero aquí a la tan temida Eutanasia. En España está regida por Ley: es un delito. Pero desde el principio me gustaría dejar muy en claro que una muerte digna no es eutanasia por más que esos términos se tiendan a mezclar: son dos vertientes del río de la existencia que se imbrican, mas no son lo mismo. Eutanasia, o suicidio asistido, es eso, un suicidio programado en la que existe una ayuda activa para ser llevado a cabo. La muerte digna es, como la vida digna, un derecho como seres humanos y un deber como trabajadores de la Salud, para que el proceso a veces lento del óbito se produzca en el ambiente más cálido, más adecuado, más sereno para el paciente y para sus familiares, libre de las estridencias de políticos de pacotilla o de los escándalos de las almas sensibles.

   Y la muerte es tan importante… Nuestra natural tendencia es a obviarla, a hacerla pasar de puntillas. Pero trabajando en la UCI, viviendo en la UCI, nada se obvia, todo se mira de frente, cara a cara, y habitualmente con un grado de crudeza enorme. El sufrimiento es real, los cuidados que se dan son reales, y el dolor, la angustia, la desesperación, y también la calma, lo son. Nada de lo que se asocia a nuestra existencia como personas se escapa a sus paredes, no hay faceta que no se palpe ni se olvide… La vida es tan importante, tanto, que la muerte, como parte de la Vida, también lo es.

   En estos once años de dedicación al enfermo crítico he aprendido muchas cosas (también he desaprendido tanto, que aún me asombra que poseyese ciertos conocimientos alguna vez). Dejando aparte las formalidades técnicas de la profesión (que siempre se renuevan), lo que más impacto ha tenido en mí han sido la interacción con otras personas en un ambiente de trabajo que se intenta transformar en agradable pese a su dificultad y seriedad (cuando más importancia tiene algo más humor debe generar para aliviar la carga; no se irrespeta más, todo lo contrario, se alza para ocupar su lugar real) y los avatares que la propia existencia nos brinda a los seres humanos. Desde la empatía con el enfermo hasta la serenidad frente a los familiares; del miedo al fracaso a la aceptación de la realidad; del orgullo de salvarlo todo a la razonable  tranquilidad de la sapiencia, que nos lleva a aceptar lo inabordable, que nos enseña que, una vez realizado todo lo humanamente posible, sólo el Destino (y siempre el Destino) habla.

   Se asombran aquellos que creen que tras una década experimentado toda clase de altos y bajos, todo tipo de decepciones y de alegrías, sea capaz de conservar la risa, la empatía y la coherencia. Pues no veo el motivo de tal sorpresa. Cuando estamos tan cerca de la Vida, aprendemos a amarla por lo grande que es, con sus dificultades, sus eternos miedos y sus momentos de destellos fulgurantes. Cuando sabemos que todo es humo: los celos, las envidias, el orgullo, la mentira, aprendemos a amar y a escuchar, a esperar sin desesperar y a aceptar, por sobre todas las cosas, a aceptar. Cualquier personajillo con poder puede hacer mucho daño, y disponer de la vida de unos y otros con ciega ineptitud. Es cierto. Y eso genera dolor, es cierto. Y hay que luchar contra alguien así, pero no con Odio, no con Razón: cuando sabemos que la Vida es algo más que la ciega ambición, el poder efímero (todos desaparecen, todos) y el orgullo bruñido, algo en nuestro interior cambia, lentamente, pero cambia, y consigue que nuestro punto de vista madure, evolucione, se abra a otros estadios de comprensión que nos ayudan a veces, y otras quizá nos estorben, a la hora de analizar todos los tropiezos y los anhelos de nuestra vida.

   Pues diez años en UCI me han servido para eso. Para encontrar a ese ser que llamamos Dios con mayúsculas y con minúsculas, para enfrentarme (¡y aún tengo tantos!) con mis miedos y para comerme mi orgullo, año tras año, guardia tras guardia. Muchas veces me han dado las gracias por hacer mi trabajo. Nunca he visto el motivo. Es mi trabajo. En todo caso, debo ser yo quien agradezca las oportunidades (todas: las más sublimes y las más oscuras) que todos los pacientes y que muchos de sus familiares me han ofrecido para aprehender la Vida, para saber más de mí y de quienes me rodean, y para valorar aquello que para mí es importante y que debe ser crucial: prestar el servicio adecuado sin pretensiones pero también sin excusas, y para garantizar la dignidad y la belleza de la vida y de la muerte… Si hace una década alguien me hubiese dicho esto, no lo hubiese creído. Pero es la verdad.

   Un amigo norteamericano dueño de una imaginación única, me comentó una vez que él veía nuestro trabajo como si fuésemos Guardianes de la Puerta. Cuando le pregunté exactamente a qué se refería con eso de la Puerta, él me aclaró que era el umbral que separaba la vida de la muerte, y que el equipo de sanitarios (médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, celadores y personal de limpieza) vigilábamos esas puertas y éramos capaces de decidir, dentro de nuestras posibilidades, quién debía cruzar el dintel y quién no. La bendita imaginación de Todd Clary me regaló una imagen muy adecuada del trabajo que hacemos en UCI. Aliados del Destino, de Dios, prestamos nuestras armas a los pacientes, cuyo gran mérito está en ser capaces de sanar ganando vida o de morir ganado eternidad. En ambos casos, luchamos con denuedo para que sean llevados a cabo con la máxima dignidad, el máximo confort, el máximo cariño y respeto por la Vida.

   La muerte digna es necesaria. Es tan necesaria como el aire que respiramos. Es tan necesaria como vivir una vida digna, que nos garantice nuestro valor como personas sociales y seres humanos.

   Y se equivocan quienes piensan que la muerte es un fenómeno brutal, lleno de ruido, sin sentido ni coordinación. Las circunstancias que rodean al óbito pueden ser, y muchas veces son, duras y caóticas. Pero hay un momento, un instante único en el que todo se detiene, y el sonido del silencio gana la partida, todo adquiere un brillo sutil, cenital, y ese todo pasa rápido y veloz,  hasta desaparecer.

   Nuestra sociedad del miedo y la eterna juventud ha perdido el contacto con la muerte y con la vida. No sabemos plantarle cara ni a la una ni a la otra. Pero es tan necesario… No debemos tenerles miedo, no debemos escondernos ante ellas. La vida es fulgurante, apasionada, a veces difícil, a veces aburrida y más gris de lo que siempre hemos soñado. Pero el sol cada mañana, la luna suspendida en la noche cuajada de estrellas; una tarde de lluvia y viento, la sonrisa del amor, el llanto de la desesperación y la lucha, son momentos que nos permiten sentirnos únicos, dueños del mundo y de sus alegrías y desgracias. La muerte es un alivio muchas veces, es el primer puerto, el viaje eterno, la única salida real; es ancha, generosa y libre. Nada más preciado que ver el rostro de la muerte: todos los afanes se desvanecen, toda lucha tiene sentido y la palabra viaje, la palabra hecho, la palabra eternidad cobran su significado real y esotérico. El rostro de la muerte es dulce, es sereno, y durante el único segundo que se nos permite mirarlo, es hermoso. Nada más liberador que ese último suspiro, esa cuerda que se rompe y nos permite echar a volar. Los sufrimientos se transmutan y una especie de tranquilo alivio planea en el aire: llegamos a una meta, la única que hay desde el nacimiento, para seguir en el río de la Vida. La energía, para cumplir con la ley de la eternidad, se transforma liberándose, y esa liberación es a la vez un triunfo y una pérdida.

   Eso es muerte digna. Eso es vida digna. Eso es por lo que luchamos día a día en UCI. Por alcanzar el máximo grado de atención en la búsqueda de la Salud y en la entrega a la Enfermedad, en la recuperación de la vida, en el abandono de la muerte, en el flujo de lo que llamamos Vida y que es mucho más que el mero teatro de banalidades y sueños en el que nos encontramos.

   Me gusta hablar de la muerte. Me apasiona hablar de la vida. No le tengo miedo a la muerte; antes bien, la espero con los brazos abiertos porque la conozco, la he seguido, la admiro. Pero sí me desvela la forma de morir, las circunstancias que hagan de ese rito sagrado un vulgar bosquejo de vanidad. Por eso lucho día a día, junto con el resto del equipo, para conseguir la calidad máxima, el cuidado necesario, el respeto último por ese sagrado derecho que todos tenemos: una vida digna y una muerte digna, llena del confort y de la belleza (en toda circunstancia siempre hay un atisbo de Belleza) de lo imperecedero e inmortal. Y todos los días me enfrento a esa lucha y todos los días caigo y me levanto en ese afán. Porque sé que siempre, siempre, se podrá hacer algo más y se podrá ser mejor ser humano. La Vida nos lo pide, y estamos aquí para llevarlo a cabo.

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No hay manera/ Ain’t No Way.

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