
A la espera/ Waiting.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Con la apertura de su emblemática tienda en el centro del corazón de la Gran Manzana, Zara lanza un homenaje de la mano de Luis Úrculo a la más fascinantes de las ciudades de nuestra era.
Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
Prefiere no mirar en derredor. Sabe de sobra que la fiesta ha terminado. Se acerca lentamente al espejo y ve su reflejo satinado; las plumas de su máscara algo alicaídas y llenas de oscuridad. Desata con suavidad el lazo que la une a su rostro. Y recuerda cómo aquella mano se posó sobre su cuello para atar la lazada que amenazaba con desprenderse al mínimo movimiento de la cabeza. Y bien que lo hubiese desesado.
Aquel olor que provenía de él. De su camisa, de su chaqueta entallada; el sonido de esa sonrisa que parecía un cuento, y el cuento de sus ojos, transparentes y líquidos llenos de pequeñas lágrimas.
La fiesta ha terminado. Bien lo sabe. Pero le gustaría seguir sintiendo la suave presión de aquel brazo sobre su espalda. El roce de la palma y el tamborilear de los dedos haciéndole cosquillas. Y las sonrisas entre comentario y comentario. Y el sonido de aquella voz que nunca saldría de su recuerdo. Y la sutileza del baile, fluido como un río caudaloso y lento.
¡Qué maravilla!
La noche cuajada de estrellas; las velas encendidas y el suave aroma de la cera derretida. Las rosas en flor; las peonías enormes como bocas abiertas, hambrientas de besos. Y el rumor de la música danzando por el salón de baile; el balanceo de los cuerpos sobre las notas; las risas y los comentarios; las conversaciones calladas de los amantes; el abrazo de lo cotidiano, y las copas de cristal y los pequeños bocados de realidad.
Se encontraron frente a frente y se gustaron. Una caída de ojos, un encogimiento de hombros y esa sonrisa y esos ojos. Y la facilidad extrema de lo que nos es conocido; los brazos entre los brazos y los torsos y las piernas entrelazadas sin ningún tropiezo, sin ningún por qué.
La fiesta ha terminado y con ella su magia atolondrada. Ignora si lo volverá a ver. Ignora si lo habrá visto realmente. Si esos labios besaron su boca sedienta en las sombras del jardín cuajado de luces y verdor de primavera. Sus máscaras se acercaron y sus labios se unieron y sabían a menta y alcohol y a cierto aroma parecido al amor, a deseo también y a final. La fiesta terminó al separarse, y sintió en sus labios el tatuaje de sus besos, y en su mirada el maridaje de lo que nunca podrá ser.
Se observa en el espejo. Aún queda algún candelabro que resiste el paso del tiempo. Algo que no le ocurre al amor. Al menos el de esta noche. Y el de las demás que están por venir.
En la mano está la máscara de plumas llena de oscuridad. Y la lazada cayendo dócilmente en el vacío. Con la otra se acaricia el cuello buscando un recuerdo aún vivo. Y la pasea por su rostro deseoso y se detiene en los labios, que abiertos parecen esperar lo que no tendrán más.
La fiesta ha terminado. Y con ella, él. Y su sombra y su solidez y aquel perfume que hizo un hechizo indestructible, un lazo que sin embargo se desató tan fácilmente.
Lo ignora todo de él. Su nombre, su vida. Sólo conoce el sabor de sus besos y la presión maravillosa de sus brazos y el olor de lo que han compartido. Y una sonrisa de cielo. Y una mirada de agua y el sonido del viento al levantarse entre ellos y la música y el intento fallido de decir un te quiero esta noche.
La fiesta ha terminado. En derredor sólo quedan copas vacías, sillas caídas, velas gastadas y luces apagadas; el sonido del silencio donde antes había música, y el frío de un hogar donde antes hubo la chispa de un corazón.
Y, aunque lo sabe, prefiere no mirar, porque mientras cierra los ojos aún puede revivir cada una de las sensaciones, cada uno de los movimientos de esa danza única; el sabor de unos labios fuera del universo y el color de unos ojos que sonrieron y el tacto de unos brazos que abrazaron.
La fiesta ha terminado, lo sabe muy bien. Y su vida en aquel paisaje puede que también.
Suspira frente al espejo. Y deja la máscara apoyada malamente sobre un velador. La fiesta ha terminado. Y su sueño también.
Vamos caminando uno al lado del otro.
No hay palabras entre nosotros.
La grava cruje como celofán bajo nuestros pies.
Y los pájaros trinan y revolotean entre las ramas de los árboles, que bailan sedosas unas contra otras por el viento.
Así nace la primavera. Flores en botones entre enramados de verdor. Algún coche. El ladrido de un perro lejano. Y el tren que se oye pasar.
Ese es el sonido del silencio.
Nos cogemos de la mano. Y no hay palabras.
Los dedos parece que se amoldan unos y otros, en confianza, con certeza. Las palmas se besan y apenas queda espacio entre ellas.
El sol juega al escondite con los árboles enormes. De vez en cuando tropezamos con algún objeto tirado en el suelo. Y el ruido sedoso alrededor es el mejor lenguaje que podemos utilizar.
Y nos vemos a los ojos por un momento. Y sonreímos.
Callados, seguimos caminando. Enamorados más que nunca.
En silencio. Sin palabras.
¡Qué felicidad!
Del 14 de febrero hasta el 20 de mayo de 2012, el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid, España) nos da la oportunidad de inundarnos con la magia del amor y del color que emergió de Marc Chagall durante más de sus 80 años de vida.
Me gusta el olor de la mañana entre las almohadas. Me gusta sentir el tacto aún tibio y descubrir alguna arruga del sueño y del cariño derramado.
Me gusta el sonido del agua al correr, agregando una promesa de después mientras me desperezo a gusto en la cama algo revuelta, llena de deseo embotellado y de sudor perdido y consciencia recobrada.
Me gusta hundir mi cara en las almohadas y percibir el olor del amor y el del descanso, el de la locura con sabor apasionado, y el de la calma con olor a noche fresca. Y sentir en la yema de los dedos el roce de tu pelo, la caricia de tu piel pegada a mí, llena de esa vitalidad que eres tú y que tanto me gusta.
Me gustas tú. Cuántas mañanas encerradas en los suspiros arrancados al despertar y descubrir tus párpados cerrados, el ruidito simpático de tu respiración y la línea tan bien hecha de tu boca. Cuántas caricias hechas para aprenderse las formas de tu rostro y dibujarte en el vacío; cuántas para aprender tu tacto y así reconocerte en la distancia nocturna, y cuántas me hacen falta para nunca, nunca olvidarte.
Me gusta tu peso en la cama. El lento balanceo de tu cuerpo al acercarte o al alejarte, en esa marea del durmiente. Me gusta encontrarte entre las almohadas, y llenarte de besos con sabor a despertar. Me gusta el fresco que se escapa de la mañana y cómo tu piel desnuda se eriza al sentirlo. Y cómo buscas mis caricias entre el sueño y te hallas en mis brazos con abandono y alegría. Me gusta gustarte y hacerte feliz.
¡Ah…! Qué felicidad.