La fiesta ha terminado/ The Party’s Over.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

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   Prefiere no mirar en derredor. Sabe de sobra que la fiesta ha terminado. Se acerca lentamente al espejo y ve su reflejo satinado; las plumas de su máscara algo alicaídas y llenas de oscuridad. Desata con suavidad el lazo que la une a su rostro. Y recuerda cómo aquella mano se posó sobre su cuello para atar la lazada que amenazaba con desprenderse al mínimo movimiento de la cabeza. Y bien que lo hubiese desesado.

   Aquel olor que provenía de él. De su camisa, de su chaqueta entallada; el sonido de esa sonrisa que parecía un cuento, y el cuento de sus ojos, transparentes y líquidos llenos de pequeñas lágrimas.

   La fiesta ha terminado. Bien lo sabe. Pero le gustaría seguir sintiendo la suave presión de aquel brazo sobre su espalda. El roce de la palma y el tamborilear de los dedos haciéndole cosquillas. Y las sonrisas entre comentario y comentario. Y el sonido de aquella voz que nunca saldría de su recuerdo. Y la sutileza del baile, fluido como un río caudaloso y lento.

   ¡Qué maravilla!

   La noche cuajada de estrellas; las velas encendidas y el suave aroma de la cera derretida. Las rosas en flor; las peonías enormes como bocas abiertas, hambrientas de besos. Y el rumor de la música danzando por el salón de baile; el balanceo de los cuerpos sobre las notas; las risas y los comentarios; las conversaciones calladas de los amantes; el abrazo de lo cotidiano, y las copas de cristal y los pequeños bocados de realidad.

   Se encontraron frente a frente y se gustaron. Una caída de ojos, un encogimiento de hombros y esa sonrisa y esos ojos. Y la facilidad extrema de lo que nos es conocido; los brazos entre los brazos y los torsos y las piernas entrelazadas sin ningún tropiezo, sin ningún por qué.

   La fiesta ha terminado y con ella su magia atolondrada. Ignora si lo volverá a ver. Ignora si lo habrá visto realmente. Si esos labios besaron su boca sedienta en las sombras del jardín cuajado de luces y verdor de primavera. Sus máscaras se acercaron y sus labios se unieron y sabían a menta y alcohol y a cierto aroma parecido al amor, a deseo también y a final. La fiesta terminó al separarse, y sintió en sus labios el tatuaje de sus besos, y en su mirada el maridaje de lo que nunca podrá ser.

   Se observa en el espejo. Aún queda algún candelabro que resiste el paso del tiempo. Algo que no le ocurre al amor. Al menos el de esta noche. Y el de las demás que están por venir.

   En la mano está la máscara de plumas llena de oscuridad. Y la lazada cayendo dócilmente en el vacío. Con la otra se acaricia el cuello buscando un recuerdo aún vivo. Y la pasea por su rostro deseoso y se detiene en los labios, que abiertos parecen esperar lo que no tendrán más.

   La fiesta ha terminado. Y con ella, él. Y su sombra y su solidez y aquel perfume que hizo un hechizo indestructible, un lazo que sin embargo se desató tan fácilmente.

   Lo ignora todo de él. Su nombre, su vida. Sólo conoce el sabor de sus besos y la presión maravillosa de sus brazos y el olor de lo que han compartido. Y una sonrisa de cielo. Y una mirada de agua y el sonido del viento al levantarse entre ellos y la música y el intento fallido de decir un te quiero esta noche.

   La fiesta ha terminado.  En derredor sólo quedan copas vacías, sillas caídas, velas gastadas y luces apagadas; el sonido del silencio donde antes había música, y el frío de un hogar donde antes hubo la chispa de un corazón.

   Y, aunque lo sabe, prefiere no mirar, porque mientras cierra los ojos aún puede revivir cada una de las sensaciones, cada uno de los movimientos de esa danza única; el sabor de unos labios fuera del universo y el color de unos ojos que sonrieron y el tacto de unos brazos que abrazaron.

   La fiesta ha terminado, lo sabe muy bien. Y su vida en aquel paisaje puede que también.

   Suspira frente al espejo. Y deja la máscara apoyada malamente sobre un velador. La fiesta ha terminado. Y su sueño también.

Caminando/ Walking by.

El día a día/ The days we're living

   Vamos caminando uno al lado del otro.

   No hay palabras entre nosotros.

   La grava cruje como celofán bajo nuestros pies.

   Y los pájaros trinan y revolotean entre las ramas de los árboles, que bailan sedosas unas contra otras por el viento.

   Así nace la primavera. Flores en botones entre enramados de verdor. Algún coche. El ladrido de un perro lejano. Y el tren que se oye pasar. 

   Ese es el sonido del silencio.

   Nos cogemos de la mano. Y no hay palabras.

   Los dedos parece que se amoldan unos y otros, en confianza, con certeza. Las palmas se besan y apenas queda espacio entre ellas.

   El sol juega al escondite con los árboles enormes. De vez en cuando tropezamos con algún objeto tirado en el suelo. Y el ruido sedoso alrededor es el mejor lenguaje que podemos utilizar.

   Y nos vemos a los ojos por un momento. Y sonreímos.

   Callados, seguimos caminando. Enamorados más que nunca.

   En silencio. Sin palabras.

   ¡Qué felicidad!

Marc Chagall o un sueño enamorado/ Marc Chagall or dreaming of love.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Del 14 de febrero hasta el 20 de mayo de 2012, el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid, España) nos da la oportunidad de inundarnos con la magia del amor y del color que emergió de Marc Chagall durante más de sus 80 años de vida.

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Entre almohadas y caricias/ Pillows and caresses.

El día a día/ The days we're living

   Me gusta el olor de la mañana entre las almohadas. Me gusta sentir el tacto aún tibio y descubrir alguna arruga del sueño y  del cariño derramado.

   Me gusta el sonido del agua al correr, agregando una promesa de después mientras me desperezo a gusto en la cama algo revuelta, llena de deseo embotellado y de sudor perdido y consciencia recobrada.

   Me gusta hundir mi cara en las almohadas y percibir el olor del amor y el del descanso, el de la locura con sabor apasionado, y el de la calma con olor a noche fresca. Y sentir en la yema de los dedos el roce de tu pelo, la caricia de tu piel pegada a mí, llena de esa vitalidad que eres tú y que tanto me gusta.

   Me gustas tú. Cuántas mañanas encerradas en los suspiros arrancados al despertar y descubrir tus párpados cerrados, el ruidito simpático de tu respiración y la línea tan bien hecha de tu boca. Cuántas caricias hechas para aprenderse las formas de tu rostro y dibujarte en el vacío; cuántas para aprender tu tacto y así reconocerte en la distancia nocturna, y cuántas me hacen falta para nunca, nunca olvidarte.

   Me gusta tu peso en la cama. El lento balanceo de tu cuerpo al acercarte o al alejarte, en esa marea del durmiente. Me gusta encontrarte entre las almohadas, y llenarte de besos con sabor a despertar. Me gusta el fresco que se escapa de la mañana y cómo tu piel desnuda se eriza al sentirlo. Y cómo buscas mis caricias entre el sueño y te hallas en mis brazos con abandono y alegría. Me gusta gustarte y hacerte feliz.

   ¡Ah…! Qué felicidad.

¿Cómo entender * a una mujer?/ How to Handle a Woman?

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   En el Día de la Mujer, que no necesita ni ella como símbolo ni nadie como persona algo semejante, un pequeño recordatorio de lo grande que son, lo trabajadoras que son, la fuerza que tienen, la valentía que poseen, la resistencia innata que las caracteriza y también lo muy difíciles que son a veces. Admirándolas, quizá la única forma que exista de entender a una mujer es la de manejar a todo lo que nos rodea: con verdadero cariño.

*a Chus, que cree en la infalibilidad de las palabras.

Vuelve el color/ Color is back!

El día a día/ The days we're living, Naturaleza/ Nature

Las arenas del tiempo/ Time is Sand.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   a Marimar, que de su idea brotó un recuerdo lejano en el tiempo, perdido entre la arena de lo que un día se deseó y nunca pudo ser.

   Se recuesta entre el malecón y la arena. El agua llega mansa, refrescando sus pies. Siente la sal entrando entre sus dedos como pequeñas caricias y aún tiene fuerzas para sonreír un poquito.

   El mundo le da vueltas. Hace años que no le ocurre. Pero hace años que dejó de ser lo que era; hasta lo había olvidado. Entre las mareas del alcohol y las arenas del tiempo, los días pasaron unos tras otros atados a pieles y a perfumes baratos, a golpes de sudor y a espasmos de cintura; cada vez que se dejaba caer en el lecho, sobre un cuerpo desconocido salvo por el precio y un golpe a la botella de la mesilla, todo parecía empezar de nuevo: la infancia, la juventud dorada, la absorbente madurez y la nada. Acostado junto a cuerpos que no deseaba oír y ni siquiera tocar, llenos de su fuerza y cansados, henchidos de orgullo por comprarle y ahítos de tocarle, el mundo le daba vueltas, girando rápido y sin fin, alimentando un olvido, maldiciendo una vida enganchada al pudo ser y nunca será.

   Pero ya es tarde. O eso se dice. O eso piensa tirado entre el malecón y la playa. El sol cae de repente frente a él, cegándole los ojos negros de noche sin luna; reflejándose en la blancura de una piel que la edad no ha hecho más que empalidecer y el alcohol teñir de un gris de cera, fantasmal y caótico. El agua llega mansita con la marea que sube, y las cosquillas en sus pies le hacen gracia. Ríe la boca apenas sin dientes; lloran los ojos como si nunca hubiesen tenido lágrimas, acabando con una sequía secular y abriendo la memoria en un parto sigiloso: las últimas lágrimas de dolor las lloró sobre aquel cuerpo que amó hasta la ausencia y que le enseñó todo: los ritmos de la sensualidad; la belleza escondida en las cosas pequeñas; la valía de lo hermoso, de lo perenne y lo antiguo. Pero no le enseñó, con apenas dieciocho años, el valor de la pérdida, la inestabilidad del presente; la ausencia de futuro para aquellos que nacen sin él.

   Procura no recordar, pero ya es tarde. Ni el alcohol le sirve de freno a la memoria; de repente se sabe y se siente viejo. Ya no puede sujetar nada con las manos y ahora ni siquiera con el pensamiento. Y el atardecer lo lleva a esa época en la que le llamaban Catire, con su belleza de cuento, su altura de kilómetro, sus hombros anchos y una belleza de vértigo que quitaba el aliento. Su piel era blanquísima como la nieve, y el cabello negro como noche sin luna. Y su sonrisa de cristal y su mirada de niño pequeño, soñador y esperanzado. Su padre era llamado el Alemán; nunca lo conoció. Aquellas maneras germánicas embrutecieron a su madre, que le dio todo el calor de la costa; cuando se cansó se marchó de allí dejándola sola y con él en el vientre como un regalo de despedida. Y por su padre alemán, a pesar de ser moreno como el azabache con una piel de alabastro, le llamaron Catire hasta olvidarse de su nombre real.

   Catire con dieciséis años ya era todo un hombre, o lo que se puede ser a esa edad de ternura, pasión y compasión. Un bueno para nada que se salía con la suya y que nada hacía, a no ser vagar por la playa, admirarse y ser admirado y suspirar por las noches, entre sábanas roídas y goteras impertinentes, con un futuro mejor, con un mundo distinto. Y lo tuvo. Porque no se puede desear tanto algo sin que esto no ocurra. Y lo tuvo. Y fue ella. Entre sus brazos encontró un solaz  que desconocía. Todos sus ímpetus se resumieron en hacerla feliz a escondidas; toda su vida giraba en hacerla feliz, en el lecho y en el jardín que cuidaba para ella, solo ella, lejos de un marido que viajaba, que la llenaba de joyas que él disfrutaba quitándoselas una a una en un claro de luna, desnudándola con la mirada antes de traerla hasta sus brazos; toda su atención y su mundo romántico y su mundo de hombre nuevo se resumía en su perfume, en el llanto callado sobre su pecho enorme, en un sentimiento de culpa por una infidelidad que había crecido en amor, y que ese amor la llevase al abismo de la edad y las diferencias.

   El Catire sembraba peonías cuyo perfume le recordaban a ella; en un lecho de rosas la imaginaba serena mientras él desgranaba las lecciones que ella le enseñaba, y le hacía prometer una y otra vez que seguiría sus talentos, que regalaría su belleza a un mundo sediento de ella y que nunca se olvidaría de ella, de sus caricias de terciopelo y de ese amor chiquito que no terminaría nunca…

   Agita con una mano esos recuerdos hundidos en litros de ron. No quiere saber de ellos; el daño sigue siendo, a pesar de los años, demasiado grande. Aún batalla con las consecuencias de un engaño y de una pérdida. El Catire se imaginó caballero y se le inflamó el pecho gigante y la cabeza alada de sueños disparejos. Él la arrebataría de ese marido inútil, que no sabía apreciar las maravillas que él se sabía de memoria. Él le daría toda la vida a que ella estaba acostumbrada y que merecía: las joyas, las pieles, los jardines de peonías, las noches de lujuria y de poesía y los días eternos, iguales unos a otros, llenos de su juventud y de su amor… No lo vio venir, como somos incapaces cuando estamos enamorados. Ahora hasta duda de que aquella mujer, que era toda su vida, lo hubiese querido alguna vez… No lo vio venir y no supo reaccionar; ella no le enseñó que el mundo se puede romper, que los sueños son frágiles y que sus trozos, de tan grandes, pueden estorbarnos por siempre.

   Intenta levantarse pero cae de nuevo sobre la dureza de las rocas. Intenta sonreír, pero la boca sin dientes apenas se mueve; una mueca de dolor se escapa entonces. Alcanza un buche de ron y se lo traga ya sin pasión alguna y casi sin ganas. El dolor se mitiga un poco…Pero no se va. Nunca se va. Nunca se ha ido desde aquella noche en que la arrebataron de sus brazos. Desnudo, luchó por ella; desnudo quedó abandonado en las playas de su infancia. Dos años después de haber penetrado en aquel jardín maravilloso, nunca más supo qué hacer sin esa guía, sin esas caricias y, sobre todo, sin esa esperanza en el porvenir que ella le ofrecía.

   ¿Qué son dieciocoho años? ¿Qué son setenta? No lo sabe. No le importa. Todo dejó de importarle cuando entendió que no la volvería a ver nunca más, que ya no habría lecciones de vida ni de pasión entre las sombras del jardín; ni siquiera el aliento de las peonías que cuidaba con tanto esmero; ni siquiera su corazón, que era para ella, sólo para ella. ¿Qué es vivir en todo caso? Seguir hacia adelante, alcanzando un lugar para dormir, un poco de solaz y alcohol, alcohol para olvidar y seguir con vida. Con eso que otros llaman vida.

   Los recuerdos le abruman y parece que se van borrando de su mente. Vivió su vida de préstamo: todos lo deseaban, todos lo tendrían. Lo que cobraba rápidamente era devorado por la inapetencia; su fama de amante luchador llegó lejos y hasta algunos llegaron a rendirse a sus pies; la fama de su belleza llegó a ser legendaria, casi tanto como su insabilidad y su dureza. Algunos quisieron morder su corazón, pero era de piedra. Algunos soñaron con beber su sangre, pero era alcohol lo que corría por sus venas. ¿Y el amor? Sólo movimientos maquinales en un lecho cambiante, ora lleno de violetas, ora con olor a tabaco y a perfume de hombre. Nada era importante; nada debía recordarle a ella.

   Se aficionó a beber cuando descubrió que podía detener el flujo de sus pensamientos, el horror de los pesares en sus límites líquidos. Champaña o güisqui entre sábanas de seda, por las que resbalaba su enorme humanidad de hombre ocupado en saciar a los demás; ron y alcohol de quemar cuando eran de algodón barato, lleno de agujeros de tanto lavar y remendar. Su belleza era la desnudez, así que nunca se ocupó de vestirse. Su atractivo era su languidez, así que nunca se preocupó por ocultar su rabia, su aburrimiento o sus pesares. Muchos quisieron comprar su vida; muchos incluso lo amaron a escondidas y le dejaban más de lo que necesitaba escondido en un rincón de su mesilla de noche. Si él hubiese querido… Algún hombre lo hubiese idealizado como él hacía a un recuerdo perdido; alguno lo hubiera realmente querido. Pero qué importa ya…

   ¿Cuántos años tiene ya el Catire? Ni él lo recuerda. No quiere o no puede. Sólo desea una cosa, y es acabar con la marea oscura que le inunda la cabeza y le estalla en el corazón. Apura lo que queda de la botella e intenta lanzarse al mar. Sentir la libertad del agua sobre la piel de pergamino, lechosa y grisácea, áspera ya y casi sin vida. Intenta pero no puede moverse. No sabe qué le ocurre y casi ni le importa. La luna parece escalar el aroma de la noche y él sólo ve pequeños puntos de luz que parecen tejer un camino desconocido: un jardín umbroso; un lecho de sudores y de ganas; un sueño soñado y perdido; un deseo embriagador y una pérdida constante, continua…

   Sus pies se encuentran cubiertos por el mar, El agua parece llegarle a las rodillas de tanto que se ha achicado con el paso del tiempo. Su pelo de ratón ha perdido sus rizos morenos de antaño y apenas se llenan de sal. Cuando el sol asciende y rompe el nuevo día, alguien se acerca al malecón y lo ve durmiendo la última borrachera entre el lecho de rocas. La piel arrugada, los ojos abiertos y vidriosos, el perfil afilado, los labios de rosa marchita, y una mano en las peñas y otra en el corazón.

   A nadie parece importarle. Ni a él. Envuelto en las arenas del tiempo, el Catire ha quedado por fin atrás. Y con él, todo sus sueños y la carga de su pesar.