Cerrando los ojos/ Closing eyes.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   El cansancio se retrata cerrando los ojos. Un baño de descanso parece llenarlos de repente. Como un telón de terciopelo bordado de estrellas. Y una alegría más parecida a una felicidad diminuta nos asalta con la magia de lo cotidiano y lo maravilloso.

   Cerrando los ojos vemos la vida pasar. La nuestra. Y pensamos en lo que debimos decir, en lo que debimos hacer; en nuestros errores y en el eco que tendrán en el futuro. Con los ojos cerrados el mundo pasa a ser nuestro planeta, y el interior se alza presuroso enfrente de nuestra vida y nos hace pensar e imaginar y sentir y volver a sentir aquello que más anhelamos olvidar a veces y a veces sólo recordar de puntillas.

   Cerrando los ojos pienso en ti. Y en lo que nos dijimos y en lo que callamos. Tras los párpados tu retrato se dibuja nítido: el brillo de tu mirada, la nariz ligeramente puntiaguda, esa sonrisa de estrella. Y el aroma de tu cuerpo desprendido y un latido en mi pecho y en el tuyo. Con los ojos cerrados puedo estar contigo de nuevo y todo parece ser lo que debió ser.

   El tiempo lo cura todo. El cansancio, la espera, el desamor. El orgullo quebrado, el aliento perdido y a veces también el amor. Cerrando los ojos te tengo cerca y todo parece quedar atrás; soy capaz de decirte lo que siento, de pedirte que te quedes, de hacerte sentir mejor.Puedo abrazarte y bailar cerca de ti, y susurrarte al oído lo que merecías escuchar y de darte cada uno de los besos que tatúan el amor que todavía te tengo.

   Con el cansancio extremo tu vida se acerca a la mía otra vez; nada parece haber sido lo que fue y es lo que debió haber sido. Y hay felicidad. En tu  sonrisa y la mía. Y hay paz. Aquella que se pierde con los ojos abiertos y el vacío en la cama, en la cocina y en el corazón.

   Todo pasa, todo. Pero hace ya más de un año y tú sigues aquí, en el centro de mi corazón, en el fondo de mis párpados, y te me revelas cada vez que, cerrando los ojos, quiero huir del cansancio de no tenerte más junto a mí.

   El tiempo todo lo cura, pero cada vez que cierro los ojos estás junto a mí. Y ya puede se primavera, ya puede llover por fin, ya puede haber una revolución de los astros, que cada vez que cierro los ojos aquí estás, sin haberte movido un ápice pero todo distinto, manteniendo las distancias, siendo lo más tú posible y yo tan diferente… El tiempo todo lo cura, menos el amor que siento por ti.

   Cerrando los ojos el cansancio de no tenerte se mitiga al recordarte. Y los errores que cometí se diluyen. Y el amor que nos teníamos reverdece de nuevo. Y el mundo parece ser lo que fue una vez y no debió cambiar.

   Cerrando los ojos una alegría parecida a la felicidad me inunda… Y estás junto a mí.

Flores en el jardín/ Blossoming Garden.

Arte/ Art, Música/ Music, Naturaleza/ Nature

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Nacer para perder(te)/ Born to lose.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   El que se va se aleja poco a poco.

   El que se va pierde el contacto de lo que queda detrás.

   La vida que conocía, en la que estaba inmerso; los amores cosechados, las amistades conseguidas, todo queda atrás, suspendido en el tiempo, en el tiempo que fluye para todos menos para la memoria del que se va.

   Nada es para siempre. La mañana, la tarde, el anochecer. Los sueños se diluyen en la realidad del día a día. Y las oportunidades también. Y el amor.

   Sobre todo el amor que te tengo.

   Nacer para perder, así ha sido mi vida. Nacer para ver cómo te alejas de mí. Nacer para perderte.

   Decir que te amo es casi una redundancia. Pero te amo. Y aunque te amo, no tiene importancia. No para ti.

   Nacer para amarte con los ojos cerrados y el cuerpo abierto. Para darte todo mi alma y el contenido de mi corazón.

   Te embadurnaste de mi vida; llenaste el hueco de tus manos de los besos que te daba y de la libertad que me pedías. Bebiste de mí hasta decirme basta.

   Nacer para perderte cada día. Al amanecer, en el aroma de la noche y entre las sábanas. Un minuto primero, después horas que se transformaron en meses y en años y en calendarios que quemábamos en la chimenea encendida. Como mi amor.

   Que no fue suficiente.

   Y lo supe cuando nos conocimos. Y cuando nos deseamos por primera vez. Había nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no te culpo. Ya no busco responsables. Quizá fui yo; quizá fuiste tú. Quizá los dos. No lo sé.

   Los amigos preguntan; los conocidos me paran en la calle queriendo saber de ti. No lo sé. El que se va corta los lazos por más que jure mantener el contacto, por más que pretenda arrastrar esas cadenas. Y tú más que nadie.

   Y tú más que yo.

   Nacer para verte marchar. Nacer para saber que no dudará. A pesar de la entrega, a pesar del cariño; a pesar de la necesidad y del deseo.

   El que se va se aleja hasta que se pierde de vista. Así muere el amor también. Poco a poco hasta que dejamos de sentirlo en cada latido, en cada beso.

   El amor se acaba, el amor se pierde. Y todo lo demás.

   El que se va deja todo atrás. Todo. Y allí estoy yo. Que he nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no has dado la vuelta ni una vez. No me has visto ni una vez.

   Nacer para perderte. A pesar de amarte todavía.

Viajera/ Traveler.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Mira la ventana. El paisaje cambia rápidamente a medida que el tren se desplaza. Como a veces queremos que la vida también pase.

   Ojos fijos, labios finos. Expresión meditabunda. No parece conocer a nadie excepto el paisaje, al que mira sin ver, perdida como está en sus pensamientos. O en sus ensoñaciones.

   ¿En qué pensará? ¿O en quién?

   ¿Qué puede haber de difícil en una vida joven que corre con el tren en marcha?

   Manos finas, un anillo de oro brilla en el dedo anular. A veces creemos que la vida es así, rubia y brillante como el oro, eterna como esa aleación que lo hace moldeable e imperecedero.

   Pero la vida no es así. Ni el amor que todo lo inspira.

   ¿Qué espera esa mujer? ¿Hacia quién va?

   Ensimismada, gesto de cansancio o de aceptación. Y la imaginamos llorando y la imaginamos rabiosa y la imaginamos sudorosa al lado del cuerpo deseado y la imaginamos risueña, cubierta de sol a la sombra de una encina.

   Y en silencio pasa los minutos como kilómetros. Y el tren corre veloz por la vía que nos lleva. Y ella callada, en esa lucha interior que se refleja en sus pupilas y en el cristal. Yendo y volviendo, un cuento de nunca acabar.

   Como el amor.

   Contigo ni sin ti.

   Y nada hay qué hacer si no esperar. Y a veces luchar y a veces aceptar que todo debe cambiar o que todo debe seguir igual para nunca, nunca, nunca quedar sin vida.

   Mirando por la ventana la viajera ve al paisaje cambiar. Y al corazón retratarse en sus ojos. Y a la espera continua en su corazón.

   ¿En quién pensará? ¿O en qué?

Sólo un momento/ It Only Takes a Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Susurros.

   Párpados caídos. Brazos abandonados, piernas descansadas.

   Silencio.

   El pecho se llena de aire. Y se vacía. Y vuelve a empezar.

   Labios sellados por los que escapa el aliento.

   La tele encendida y muda. Figuras van y vienen en technicolor o en blanco y negro. Una película antigua brota de su pantalla.

   La chimenea crepita. La leña parece adormecerse.

   – Quisiera decirte algo…

   – Mmmm… ¿Ahora?

   – Sí… Sólo llevará un momento.

   – … Está bien. ¿Qué será?

   – Te quiero.

   Silencio.

   Ojos abiertos. Pupilas dilatadas. Labios húmedos. Brazos que recobran su fuerza. Piernas que abrazan otras piernas.

   Y un beso.

   ¡Qué felicidad!

A la espera/ Waiting.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

OBJETOS COTIDIANOS-1

Yorokobu: una revista distinta/ Yorokobu: a different magazine.

Arte/ Art

  Yorokobu en japonés significa ser feliz, y bajo este concepto nació esta revista fascinante, traviesa, moderna pero a la vez respetuosa con los lectores, llena de color, diseño, encanto y sabiduría.

   Con este estado en el que nos encontramos, en el que las grandes compañías hacen su agosto recortando aquí, estirando allá; en el que todo vale justificado en crisis y en el despilfarro de una clase política que deberíamos aniquilar de una vez por todas (por su podredumbre e insensibilidad al resto de los ciudadanos, que dicen representar y servir), en el único vuelo vespertino (nocturno, que se llega de madrugada) que une Santiago de Compostela con Barcelona, mal sentado, lleno de gente, tropecé con la revista Yorokobu y transformó aquel vuelo vacío en una experiencia fascinante.

   A pesar de haber pagado para un asiento llamado XL (la compañía es Vueling) y pedido pasillo, pensando en que habiendo pagado tendría pasillo, me senté en el lugar que creía era el mío. Con el avión casi lleno llegó el verdadero ocupante del sitio y me espetó con muy poca educación que me había equivocado de asiento. El hombre en su treintena iba acompañado de otro colega de aspecto similar, una especie descafeinada de yuppie. El error era fácilmente subsanable y tampoco pasaba gran cosa, pues sólo significaba que debía rodar mi persona hacia un lado para que el hombre ocupado se sentase en su asiento. No sé si se consideraba especial por su trabajo o por lo que fuese, trajeado y con un iPad en la mano, por lo visto muy entregado a su labor. Conozco el patrón. Con más desgana que irritación, me trasladé al asiento contiguo. A partir de allí, y ya antes de despegar, los dos hombres se enzarzaron en una conversación profesional sobre ventas y no sé qué más. Parecían realmente personas ocupadísimas.

   El avión despegó y al rato, mi compañero de asiento encendió el iPad y siguió parlamentando con su colega. Para aislarme de tan profunda conversación, me puse los audífonos, conecté la música y me dispuse a hojear las revistas del avión. Allí estaba Yorokobu, con su portada colorista y atractiva. Intrigado, la cogí y la leí de un tirón, haciéndoseme corto un vuelo que parecía una lenta agonía con la cháchara vecina.

   Todo de la revista me gustó. Su tono cordial, su profundidad sin vanidad, su modernidad sin estridencias, su ánimo de informar sin agobiar y de entretener sin idiotizar. Llena de diseño y de buenas ideas, me mantuvo enganchado todo el vuelo y aún hoy, gracias a su presencia en la red, sigue encandilándome. Durante aquel vuelo sobre todo me llamó la atención un artículo de Julio Wallovits: Perfeccionismo suena a parálisis. Y sus efectos aún resuenan en mi interior.

   Yorokobu hizo feliz un viaje que parecía una pequeña pesadilla.

   ¡Ah!, por cierto. El vecino maleducado y su colega eran visitadores médicos, comerciales destinados a la venta de prótesis ortopédicas. Cuando me di cuenta, una carcajada se me escapó en plena noche. Vaya caballero. Aquello redondeó la noche. ¡Ah! Y también que, ya en tierra, una señora muy mayor con la que tropezó (es que llevaba mucha prisa el hombre) lo acusó a voz en grito de haberla tropezado para robarle el bolso. Nadie creyó semejante acusación siendo los únicos que estábamos en el aeropuerto de El Prat a la una de la mañana, pero no dejó de pasar avergonzado a recoger su equipaje. Al final, siempre nos acaban poniendo en nuestro puesto, de una manera u otra.

   Yo llevaba en mis manos la revista Yorokobu y la música del iPhone a todo dar. Tenía mucho sueño, me esperaban dos jornadas agotadoras y hacía un frío terrible, pero había conseguido, en esa hora y media, lo que en toda la jornada no había logrado por mí mismo, sentirme feliz. Y eso es un pequeño milagro. Nada como la belleza de la imagen y de las líneas escritas para transportarnos a un mundo singular, donde todo es posible.

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