Los azulejos resbaladizos y brillantes con ríos de agua que simulan lágrimas de las cañerías.
En la ducha repiquetea un chorrito de agua. La llave, apenas cerrada, exhala todavía esa delicia tibia, que acaricia la piel y la libera.
Después del baño todo carece de importancia. La piel enrojecida, el pelo húmedo y apelmazado simulan una caricia. Y son los labios y no es agua que corre; son los dedos y no vapor que acaricia. Sonrisa de plenilunio; recuerdos que no son vagos.
Una mano limpia el espejo empañado. Y la palma roza el reflejo. Y brilla un recuerdo entre las sombras del vapor.
Sonrisa. Caricia. Beso.
Olor a agua que ha caído. El firme roce de la toalla que seca la húmeda altivez de lo limpio.
Después del baño sólo hay liberación y silencio. Y una rara plenitud, efímera y quebradiza.
Entre el humo del tabaco y la bruma de la noche, verte en aquella barra atestada y reconocerte, a pesar del tiempo que ha pasado, no lo podía creer.
¿Cuántos años? No lo sé. El mundo era nuevo, era otra cosa que esto que nos rodea,y todo parecía cándido y quizá lo era entre tus brazos de nieve crujiente y tu risa de canción.
Pero ahí estabas. Como si no hubiese pasado un minuto y sin embargo nada es lo mismo. Nada. Salvo lo que siento por ti y lo que pasó entre tú y yo.
La cercanía, tu perfume. Sigues usando el mismo. Sigues siendo igual. Tu risa sorprendida, mis ojos asombrados. Y un abrazo que duró más de lo permitido, y la cercanía de tu pelo en mis labios y de tus manos en mi cuello.
Tus ojos brillantes, sin embargo velados por los años y la vida pasada. Y sin embargo tan bellos como aquella vez, cuando los pintaba una y otra vez, usando óleo fresco sobre la piel y pastel sobre tu rostro. Cada uno de tus pliegues, cada uno de tus recodos, y los dedos navegando con la suavidad del aceite y el color de la vida.
Claro que me acuerdo. No lo he olvidado. Ni tú tampoco.
No tenías compañía; la soledad parecía una capa que cubría tu sonrisa vibrante y tus ademanes lentos. Yo tampoco. Ni siquiera sé qué hacía en ese bar; quizá estaba esperándote. Como hice una vez, hasta dejarme la piel ajada y el ánimo destruido.
Cuando te fuiste dejé de pintar. Ni un trazo, ni un boceto. Los días pasaban y no hablaba. Mi mudez ataba a mi pensamiento, y el carboncillo rodaba por mis dedos inmóviles e ineptos. Hasta que un rayo me partió la crisma y me di cuenta que me habías dejado. Y comenzó esta locura de retratarte hasta la saciedad en cada postura creíble, en cada momento que compartimos juntos. Una y otra vez, en cada trazo, en cada variación de color, tus ojos aparecían vidriosos y tu boca abierta como un la de un pez, y tu pelo cubierto de escamas y las alas de la huida emergiendo como ramas de tu espalda y de tu corazón. Corazón de espinas…
Pero todo eso lo olvidé al verte. Después de tanto tiempo, tanto como el primer día. Estabas allí y yo también y nos vimos, y nos sonreímos y nos abrazamos y rodamos por las paredes y nos llenamos de pintura mientras se desprendía la pasión y todo volvía a ser como al primera vez. Cuando éramos más jóvenes y creíamos en la eternidad, al menos del amor. Pero todo pasa…
Y esta mañana, al rayar el alba, hablamos. Entre el resuello y el sudor, tu piel tan brillante y tersa, y el sabor de tus labios como si no hubieses envejecido. Y tu voz era la misma y tus ideas las mismas, y tu amor, igual. La luz quería llegar a nuestro mundo, revuelto de sábanas y caballetes desordenados, con olor a tu perfume y a óleo y trementina. Y con la luz quizá la sabiduría de los años que han pasado. Y la historia que nos ha traído por separado aquí.
Sonó un teléfono. Un mensaje de texto. Y la sonrisa desdibujada y la burbuja rota. Y hablaste como aquel día, y me dijiste casi las mismas palabras, llenando de razones la incomprensión del abandono y justificando sin necesidad el vacío de una huida.
Si así lo deseas…
Desde la cama me viste recoger los restos de mi piel entre las sábanas. Porque los de mi corazón escapaban de mis ojos, que siguen admirando una belleza única y un deseo incombustible, que ninguna decepción ni ningún tiempo ido ha conseguido apagar, y un amor, amor, que ha podido con todo. Incluido conmigo.
Si así lo deseas, vete ya…
Y me besaste en los labios con candidez. Y me abrazaste con retazos de una pasión tatuada en la cama. Y tu voz, pegada a los oídos que ya se han acostumbrado al vacío de tu ausencia y al hueco de la soledad.
– Me están esperando…
Como yo.
Y te fuiste sin vestirte. Y dejaste tras de ti un juego de lágrimas. Y con ellas he hecho una acuarela que lleva tu nombre, y te he vuelto a retratar tras años de querer olvidarte.
Si así lo deseas, podrás venir a verme. Y comerte mis labios a bocados. Pero nunca más podrás herir a un corazón cansado. Cansado de amor por ti.
Nada hay que me ofenda más que el argumento de que el público español no aprecia el Arte. Que no necesita de música, de fotografía, de escultura, de pintura, de belleza arquitectónica. Si hay algo en lo que estoy en contra es de esta visión tan reduccionista que nosotros mismos tenemos como pueblo. Nos odiamos a nosotros mismos, y eso se refleja en las estructuras de poder, en la toma de decisiones, en la calidad de los productos artísticos. Nos reducimos a meras comparsas, espectadores impávidos que ven desfilar ante ellos pavanas de histerismos, rosarios de griterío barato, programas de televisión llenos de mediocridad, con mucho griterío sin nada que decir, enseñando las miserias de la vida como si fuesen grandes trofeos, desoyendo la necesidad natural de búsqueda de alegría, de belleza.
Las naciones verdaderamente grandes (y esto no tiene nada que ver con la actualidad) veneran el Arte, así en mayúsculas, y siempre tiene un hueco (enorme) para él. Da qué pensar que los países con mayor riqueza cultural del mundo estén hundidos como se encuentran, y da qué pensar que ambos maltraten en su día a día al Arte con mayúsculas. España e Italia han perdido el norte de su amor por el Arte y las consecuencias las pagamos diariamente.
Eso no pasa en Algosajonia, por ejemplo. Ni en el mundo cirílico, ni en las austeras tierras norteñas. Ni en el último continente poblado, ni en Latinoamérica, donde siempre hay espacio para la música, el ritmo, ese semillero de artistas exóticos que aportan novedad y luz a nuestra existencia.
Una vez se me dijo que en la televisión española la música no tenía cabida porque no generaba audiencias. Quizá no les damos la oportunidad de que las generen o no mimamos al público para que vuelvan a disfrutar de la maravilla de la diversión real, de la abstracción y de la educación que el Arte da a la vida. No puedo creer que los españoles odiemos la diversión, la música, el entretenimiento real. Puede haber espacio para lo que de unos años aquí embadurna nuestras casas sin duda, pero también puede (y debe) haber lugar para aquello que de verdad nos entretiene, nos evade, nos ensalza y nos educa. En un espacio de entrevistas, un artista puede promover su última creación, o puede recordarnos su quehacer anterior; podemos disfrutar de las obras que engalanan nuestros museos más famosos o que se confinan en nuestros teatros. En Madrid hay mucha actividad, y no me refiero a ésa llena de artistas comprados por las subvenciones, si no a toda la oferta, así en general, que puebla sus teatros y sus cafés, donde podemos encontrar verdaderas joyas aún no explotadas por la crítica o las adulaciones, y que podrían ser conocidas por el gran público que ve la televisión. Hay demasiado talento en nuestras calles como para maltratarlo de la forma en que estamos haciendo.
Y no hace falta mucho dinero. Se me dirá que el ejemplo que aquí pongo es de la todopoderosa BBC y que los anglosajones nadan en dinero. Tonterías. Ellos han pasado y pasan por crisis como nosotros y nunca, nunca han perdido el norte del Arte. Todo lo contrario, le brindan pleitesía y jamás lo denigran, como hacemos nosotros. Y es ahí dónde se diferencian. No hace falta gran presupuesto para inmortalizar el Arte, que se vende y se disfruta por sí solo. Pero sí un hueco donde brindarle aire y dejar que entre la luz.
En nuestra sociedad, nuestros políticos nos han acostumbrado a la oscuridad, primero de las subvenciones y de las filtraciones (ellos suponen que saben lo que nos conviene) y después de los presupuestos, pero un país sin Arte es un país sin alma, y un país sin identidad es un país abocado al vacío. No se necesita mucho, sólo querer hacerlo. Lo demás ya viene por añadidura. Llámese mecenazgo, llámese evasión de impuestos, llámase prurito personal por pasar a la eternidad, siempre habrá, ante el éxito, bolsillos que se abran para auparlo.
Mientras tanto, todos necesitamos Arte en nuestras vidas. Y, si pudiésemos, una sirvienta (vale, asistenta del hogar) también.
Por ti el mundo cambia. Por ti el corazón late al revés. Por ti no me miro al espejo para no sentirme perdido. Por ti dejé de pertenecerme un día.
Por mí dejé de mentirme. Por ti dejé mis cadenas detrás. Y fui libre.
Hasta que caí en tus brazos.
Por ti despierto cada mañana. Tu peso cerca de mí, la huella de tu perfume y la señal de tu cuerpo a mi lado.
Por mí la alegría de amarte y de dejarte entrar, hasta lo más íntimo. Y saberte único, lejos pero cerca, como una sombra que asombra y un rumor que acaricia.
Por ti mis labios están en mis manos. Y cada dedo es un beso que te acaricia la espalda, que te masajea el cuello.
Y por mí el mundo se expande hasta hacerse bello.
Tú eres mi mundo. Y por mí el mundo es de plata y oro.
Te quiero. Te deseo. Te sueño.
Y por mí todo es infinito. Y rompe la ola del tiempo a tus pies.
Penumbra. Y la sombra de tu espalda se recorta en la distancia.
La luna en su cimitarra, estrellas a su espalda. Y la silueta de tu rostro se dibuja en la ventana.
Piel plateada hambrienta de besos. Besos salados, entre sudor y deseos. Y las manos que te buscan y te atraen hacia mí.
Besos. Lentos de saliva blanca. Rodean las bocas, rodean los mentones, saborean las mejillas. Y las manos que atan tu espalda de plata. Y la luna en su cimitarra arropada por estrellas.
Los dedos se pierden en la selva de tu cuerpo. Corren sin sentido buscando placer. Y el pecho firme entre el mío y el aire.
Caricias que son desgarros. Desgarros que son ansias. Ansias que culminan en grito, abrazo y abandono.
Nombro tu nombre en la penumbra. Y tu risa estalla en el silencio. Y nos encontramos una y otra vez en un vaivén de marea.
Remolinos, meandros, aguas inquietas. Y deseos enloquecidos. Y besos, millones de besos.
Pechos y espaldas, brazos y piernas enredados en un todo hambriento. Y el corazón que late pum, pum, pum, al arrebato.
Caricias que te recorren. Caricias que me encuentran y me retienen. Y yo me dejo hacer…
Suspiros. Laxitud, sudor y descanso. Uno sobre el otro y nadie más. Penumbra de dos cuerpos varados uno dentro del otro y nada más.
La luna en su cimitarra se oculta en un mar de estrellas. La piel brilla en la penumbra gris. Y en las sombras tus jadeos y los míos, tu nombre y el mío se mecen hasta quedarse dormidos.
Ahítos. Pero en perpetua búsqueda. Ansiosos de más.
Caricias que me das y que te doy. Y la noche que pasa sobre nosotros y nos deja, desnudos, dormir un poco más.