Hubo un instante, hace nada, en que pensé que mi amor podría ser suficiente.
El amor, amor, que rompe barreras y cree en imposibles y hace lo imposible y logra lo imposible. Menos tú.
Al menos no el mío, no el mío por ti.
Sé que me quieres. Como a un cachorro. Con ese cariño absurdo que nace de la inconsciencia, que no significa nada.
Yo no te quiero así. To te amo con los ojos abiertos y el corazón en la mano. Con el mundo girando sobre tu eje, el orto en tu mirada y el ocaso en tu sonrisa.
Te amo con esa sensación que hace la vida posible, y los sueños carne y deseos también. Yo siento por ti esa farsa callada que llamamos amor.
Tú permaneces mientras yo evoluciono. Del sobresalto a la ansiedad, de la ansiedad al sueño, del sueño a la necesidad, de la necesidad a la obsesión por tocarte, por olerte, por abrazarte, por hablarte, por besarte, por llenarte y por vaciarte. Y tú permaneces mientras yo me enciendo y me apago, pasando de la luz a la oscuridad, de la chispa a la ceniza.
Una farsa es el amor. El amor no correspondido. El amor que sólo es usado y dejado de lado.
Y ya me ves, a mi edad, enredándome en esta red de quimeras. Mientras tú pareces llevar otro camino, embarcado en otros sueños de los que te despertarás, como yo, de un mazazo.
Pero eso será cosa tuya. Y esto es cosa mía.
Menuda farsa el amor, amor, que rompe barreras y cree en imposibles y hace lo imposible y logra lo imposible. Menos tú.
Y ya me ves a mi edad, enredándome en esta red de quimeras, humo y vacío. Y dolor.
¿Y no es una ironía? ¿Dónde están los payasos para amenizar este desastre? ¿Dónde están con sus bromas heridas y festejar así mi corazón desamparado?
Hubo un instante, hace nada, en que pensé que mi amor podría ser suficiente…
Pero no ha sido así.
Y ahora no hay nadie aquí. Nadie. Ni siquiera tú, que eras la razón de mi vida.
De la farsa de mi vida.
¿Dónde está el amor, amor, que tanta maravillas traía?
No lo sé. Sólo sé que es una farsa. Una farsa que, aún a mis años, engaña.
Oliéndonos. Probándonos entre las sombras de las sábanas.
Riendo. Juntos. Y besándonos.
Sé que puedo dártelo todo. Ahora sé que lo cogerás y lo cuidarás con mimos. Mimos como los que me das.
Y el mundo se enciende brillante como un sol. Un abrazo que alcanza al horizonte. Y la llegada de un gemido y de una caricia.
Esta noche seremos jóvenes de nuevo. Porque nos hemos encontrado de nuevo. Sin sombras en nuestros caminos, sin pesares en el corazón. Porque todo quedó atrás.
Beso tus cicatrices que son mis heridas. Y mi corazón cosido a historias perdidas está lleno de algodón, rebosado de tu compañía.
En la calle, oí tu risa y el tiempo se hizo de chicle y me trajo tus ansias entre mis brazos, mis miedos y nuestras dudas. Y la belleza de lo que cremamos en esa combustión eterna que aún brilla como un planeta.
Nuestro amor de estrellas que dejamos pasar.
Pero esta vez no.
Esta noche seremos jóvenes y viejos a la vez, y felices y divinos como ángeles y líquidos y densos como el aceite. Rodeando cada parcela de piel, un hombro, la rodilla, la montaña de tu pecho y el aroma, el aroma a facilidad.
No sé cuándo te olvidé pero parece que te recuerdo como si fuese ayer. Y quizá fue ayer.
Y a ti te ocurre lo mismo. Nos hemos mirado como maravillados y hemos ahogado una risa y el asombro nervioso de lo que no es posible.
Porque juntos brillamos como el sol. Sol de medianoche, colgado en la esquina de tu cuarto oscuro, flotando en la ingravidez del amor.
Esta noche volveremos a ser jóvenes, como una vez fuimos, y nos consumiremos sin defensas y nos hallaremos mañana enrollados en un abrazo, encadenados y abrigados, alegres y saciados, como el final de una historia de cuento.
Como el principio de la eternidad.
Esta noche seremos jóvenes. Porque los jóvenes siempre, siempre, vuelven al hogar.
Y eso eres tú para mí. Ahora lo sé. Y no volveré a dejarte marchar. Nunca más.
Los azulejos resbaladizos y brillantes con ríos de agua que simulan lágrimas de las cañerías.
En la ducha repiquetea un chorrito de agua. La llave, apenas cerrada, exhala todavía esa delicia tibia, que acaricia la piel y la libera.
Después del baño todo carece de importancia. La piel enrojecida, el pelo húmedo y apelmazado simulan una caricia. Y son los labios y no es agua que corre; son los dedos y no vapor que acaricia. Sonrisa de plenilunio; recuerdos que no son vagos.
Una mano limpia el espejo empañado. Y la palma roza el reflejo. Y brilla un recuerdo entre las sombras del vapor.
Sonrisa. Caricia. Beso.
Olor a agua que ha caído. El firme roce de la toalla que seca la húmeda altivez de lo limpio.
Después del baño sólo hay liberación y silencio. Y una rara plenitud, efímera y quebradiza.
Entre el humo del tabaco y la bruma de la noche, verte en aquella barra atestada y reconocerte, a pesar del tiempo que ha pasado, no lo podía creer.
¿Cuántos años? No lo sé. El mundo era nuevo, era otra cosa que esto que nos rodea,y todo parecía cándido y quizá lo era entre tus brazos de nieve crujiente y tu risa de canción.
Pero ahí estabas. Como si no hubiese pasado un minuto y sin embargo nada es lo mismo. Nada. Salvo lo que siento por ti y lo que pasó entre tú y yo.
La cercanía, tu perfume. Sigues usando el mismo. Sigues siendo igual. Tu risa sorprendida, mis ojos asombrados. Y un abrazo que duró más de lo permitido, y la cercanía de tu pelo en mis labios y de tus manos en mi cuello.
Tus ojos brillantes, sin embargo velados por los años y la vida pasada. Y sin embargo tan bellos como aquella vez, cuando los pintaba una y otra vez, usando óleo fresco sobre la piel y pastel sobre tu rostro. Cada uno de tus pliegues, cada uno de tus recodos, y los dedos navegando con la suavidad del aceite y el color de la vida.
Claro que me acuerdo. No lo he olvidado. Ni tú tampoco.
No tenías compañía; la soledad parecía una capa que cubría tu sonrisa vibrante y tus ademanes lentos. Yo tampoco. Ni siquiera sé qué hacía en ese bar; quizá estaba esperándote. Como hice una vez, hasta dejarme la piel ajada y el ánimo destruido.
Cuando te fuiste dejé de pintar. Ni un trazo, ni un boceto. Los días pasaban y no hablaba. Mi mudez ataba a mi pensamiento, y el carboncillo rodaba por mis dedos inmóviles e ineptos. Hasta que un rayo me partió la crisma y me di cuenta que me habías dejado. Y comenzó esta locura de retratarte hasta la saciedad en cada postura creíble, en cada momento que compartimos juntos. Una y otra vez, en cada trazo, en cada variación de color, tus ojos aparecían vidriosos y tu boca abierta como un la de un pez, y tu pelo cubierto de escamas y las alas de la huida emergiendo como ramas de tu espalda y de tu corazón. Corazón de espinas…
Pero todo eso lo olvidé al verte. Después de tanto tiempo, tanto como el primer día. Estabas allí y yo también y nos vimos, y nos sonreímos y nos abrazamos y rodamos por las paredes y nos llenamos de pintura mientras se desprendía la pasión y todo volvía a ser como al primera vez. Cuando éramos más jóvenes y creíamos en la eternidad, al menos del amor. Pero todo pasa…
Y esta mañana, al rayar el alba, hablamos. Entre el resuello y el sudor, tu piel tan brillante y tersa, y el sabor de tus labios como si no hubieses envejecido. Y tu voz era la misma y tus ideas las mismas, y tu amor, igual. La luz quería llegar a nuestro mundo, revuelto de sábanas y caballetes desordenados, con olor a tu perfume y a óleo y trementina. Y con la luz quizá la sabiduría de los años que han pasado. Y la historia que nos ha traído por separado aquí.
Sonó un teléfono. Un mensaje de texto. Y la sonrisa desdibujada y la burbuja rota. Y hablaste como aquel día, y me dijiste casi las mismas palabras, llenando de razones la incomprensión del abandono y justificando sin necesidad el vacío de una huida.
Si así lo deseas…
Desde la cama me viste recoger los restos de mi piel entre las sábanas. Porque los de mi corazón escapaban de mis ojos, que siguen admirando una belleza única y un deseo incombustible, que ninguna decepción ni ningún tiempo ido ha conseguido apagar, y un amor, amor, que ha podido con todo. Incluido conmigo.
Si así lo deseas, vete ya…
Y me besaste en los labios con candidez. Y me abrazaste con retazos de una pasión tatuada en la cama. Y tu voz, pegada a los oídos que ya se han acostumbrado al vacío de tu ausencia y al hueco de la soledad.
– Me están esperando…
Como yo.
Y te fuiste sin vestirte. Y dejaste tras de ti un juego de lágrimas. Y con ellas he hecho una acuarela que lleva tu nombre, y te he vuelto a retratar tras años de querer olvidarte.
Si así lo deseas, podrás venir a verme. Y comerte mis labios a bocados. Pero nunca más podrás herir a un corazón cansado. Cansado de amor por ti.