Me gusta el mundo fragmentado: las obras de arte, los recuerdos engolfados en la memoria, las palabras a medio decir y las intenciones que vibran en el aire.
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A veces me noto a la defensiva. Y vivo tenso como una cuerda que va a emitir una nota. Y ésta es disonante. Y lo sé. Lo veo venir. Y no puedo parar. Como en un remolino que me engulle. Y, ya queriéndome poco, me quiero menos. Es como volver a empezar una y otra vez.
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Me duele no ser perfecto en un mundo que anhela la perfección. Me duele porque no se aprecia mi búsqueda de la calidad; del querer hacer por placer; aunar gusto y tarea, no importa que haya sido impuesto alguna vez. Me duele no ser reconocido.
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¿Qué es un premio? ¿Qué es un homenaje? No lo sé. Un baño para el ego, quizá; un bálsamo para la mente instigadora que nos recuerda que nunca somos lo suficiente.
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¿Lo suficiente para qué?
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Ni decirlo ni ocultarlo, en un juego intermedio en el que aprecio mucho más que en en otros aspectos de mi personalidad, el alma galaica que me posee. El influjo de lo que nos rodea puede matizar nuestras acciones, nuestros quereres. Pero la genética acaba imponiéndose con el paso del tiempo: lo eterno perdura más de lo que creemos.
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¿Y qué es lo eterno? El latido de un corazón, una sonrisa, una lágrima que escuece por la mejilla. Lo demás, una parafernalia que nos va sobrando con los años.
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Por eso engordamos con el tiempo que fluye: se nos cae de la cara lo que nos sobra de la vida y se nos acumula en la cintura, a medio camino de ninguna parte hasta que podamos ser libres.
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A veces me pregunto porqué no amo. Corazón de piedra. Late con cariño, pero no responde a una invitación más profunda, a la búsqueda de una caricia honda como un secreto. El amor, amor, se ha fugado de mi vida con sus alas de cera.
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Corazón de hielo. Congelado, detenido. Ahogado en silencio.
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Corazón de piedra que no busca a nada ni a nadie. Y que no sabe qué hacer.
Me levanto. Hay mucho silencio. Tanto que casi no noto el ritmo de mi corazón.
Sólo escucho el susurro que desprendes al dormir. Ese suave susurro que parece una caricia. Como las que nos dimos una y otra vez, como si no nos hubiésemos cansado, tú y yo.
No sé qué me ocurrió. Después de tanto dolor, ha sido como una transmutación. El fuego quema y todo lo purifica. Si es así, lo de anoche ha sido un sacrificio de mi orgullo, una recapitulación de mi pensamiento, que parece arrodillarse ante mi corazón y rendirle pleitesía.
Hay demasiado dolor entre nosotros, y sin embrago el mundo de la pasión, el de los besos abiertos sigue siendo nuestro país, nuestro punto de encuentro.
Eres bello, quizá demasiado. Porque me hace dudar. Y siento que es una debilidad, pero es algo más. Demasiada historia juntos, demasiado ir y venir como para olvidar, y sin embargo…
Y sin embargo te quiero.
Todavía.
Miro hacia afuera. El amanecer es perezoso en otoño. Los equinoccios me llenan de una rara energía. En primavera parece que explosiono y la sonrisa la tengo a flor de boca. Casi siempre al menos. Y en otoño me lleno de una sedosa melancolía, que tiene sabor a tu piel y que se parece a tu cuerpo, flexible y única.
El amanecer se hace desear, con su velo de iris como un pañuelo a medio guardar. Y desde la ventana el vaho y la escarcha me hacen temblar. Y el recuerdo de esta noche y de tus dedos en mi espalda.
Y pienso. Y no quiero pensar. Después del dolor, de las decepciones, de lo que creemos justo, llega la separación y el reencuentro posterior como si nada hubiese ocurrido pero sabiéndolo siempre. Y en cada caricia y en cada beso y en cada empuje desesperado los recuerdos se mezclaban en mi cabeza, tatuándoseme la memoria y las intenciones. Pero el oleaje de tu cercanía y el aroma de esa piel querida y el ruido de tu corazón en mi mano…
Pienso demasiado en las cosas, tienes razón. Pero si no lo hago ahora, a la llegada del amanecer, no sé cuándo lo haré. Casi comienzo a notar ciertas formas oscuras…
Ay, corazón mío… Si desoigo tus latidos moriré de tristeza; si me dejo guiar por ti, cómo acabaré… Adorando un imposible o ajustando mis sueños a la realidad: no eres lo que imaginaba, eres tú y yo soy yo. Tus defectos son los míos, yo no supe cómo amarte y tú cómo quererme. Y sin embargo sé que me amas y yo te quiero hasta en la distancia.
Te has despertado. Lo sé porque respiras profundo y el ruido de tu cuerpo se parece al oleaje, que recorre cada una de las partículas de la arena hasta dejarlas empapadas y luego se va, desprendiéndose como una sombra o un suspiro.
Yo no me muevo.
El sol comienza a despuntar y el horizonte se llena de claridad.
Me abrazas por detrás. Y tus manos acarician mi pecho. El calor de tu cuerpo cerca del mío es como un susurro de buenas intenciones y un mar de deseos.
– Poco a poco, ¿vale?
Me dices.
Y puede que sea lo mejor. Poco a poco. Cada día un paso, cada día un afán.
El día nace. Y puede que el amor también. Nuevo. A su manera.
Se componen canciones de amor, se recitan bellos poemas. Pero no para mí.
El cielo cuajado de estrellas, guiñando sus ojos eternos, protege a los amantes. Pero no me protege a mí.
Las manos se unen en una caricia. Que no es para mí.
Las espaldas se arquean buscando un calor que no es para mí.
Y los labios sonríen y se humedecen y reparten besos de amor. Que no son para mí.
El amor busca sus vías, atraviesa todo océano y toda lluvia gris para llegar al corazón deseado. Como me pasó a mí.
Y sentí el arrebato de una marcha alocada, que llenó de plumas mi pecho sediento. Y cada paso era un escalón al cielo.
Estar cerca, hablar de cerca, rozar una parcela de piel y quizá un mechón de su pelo. Hablar sin decir gran cosa por el simple placer de oír ese timbre divino. Y perder el sueño soñando despierto y correr sin detenerse y saltar al vacío del amor sin seguros ni redes.
Hasta que me tomó de la mano y me llevó a un apartado. La luna brillaba lejana, pálida y discreta. Sus ojos oscuros, su nariz recta, y esos labios llenos de los besos que deseaba darle y el aroma de su perfume exhalando suspiros en su piel.
– No, no te quiero así.
Dijo.
Y los poetas componen versos de amor. Y el violín suena y también la flauta. El río reverbera, acuoso y lleno. Y el viento hace levitar los corazones. Todo parece ser más liviano y todos tienen a su lado alguien que les hace feliz. O al menos es lo que creen.
Las gotas se deslizan como caricias sobre la piel.
Tu piel.
Tu espalda libre.
Y mis dedos como labios besándote.
Apenas puedo abrir los ojos. El sueño del cansancio me conquista.
Y el amor saciado.
Dos en la carretera del deseo, recorriendo kilómetros de amor.
Y la chimenea encendida, puro fuego que abraza la leña consumiéndose ambos en el ardor.
Como tú y yo.
Y un guiño me saluda rojo y azul, como tu vida.
Y me quedo mirando ese punto de luz, ojos que me miran con la intensidad de la primera vez.
Como tus ojos cada vez que nos vemos.
Y resoplo. Y extiendo mi brazo buscándote en el mar de las sábanas.
Y aquí estás. Hecho un ovillo, a mi lado y fuera de mí, siendo tú.
La lluvia afuera lo empapa todo. Como tú adentro todo lo humedeces: mi mirada, mi boca, mi cuerpo desnudo.
Lleno de ti.
Entre la lluvia y tú la noche vaga serena. Y el sonido de las gotas al repicar en la ventana y el sonido de tu respiración profunda acunan mi sueño, me relajan y me hacen sentir feliz.
Todos conocemos a Màxim Huerta. Al menos la mayoría de los españoles sabemos quién es. Ambos nos hacíamos mutua compañía (él no tenía ni idea, por supuesto) cuando era el encargado de las noticias nocturnas de una cadena televisiva nacional. Mientras él narraba lo que ocurría en España y en el mundo con un estilo personal, yo, residente de guardia día sí y dos días no, encendía el televisor y lo veía, o al menos me servía de ruido de fondo, mientras estudiaba o me entretenía haciendo el papeleo burocrático propio de una profesión como la mía: historias clínicas, peticiones de pruebas, investigaciones varias.
Así lo conocí. Eventualmente él cambió de especialidad y pasó a trabajar por las mañanas, en un programa de mucha sintonía. Digamos que saboreó esa especie de premio extraño que se llama éxito: pasó de ser conocido a ser muy conocido, con todo lo que eso conlleva. Y le perdí un poco la pista. Hasta que llegóEl susurro de la caracola, y volvió a engancharme el gusto por saber qué hacía Màxim Huerta.
Una tienda en París es su tercera novela. Después de un éxito como El susurro de la caracola debe dar algo de vértigo lanzarse a escribir algo nuevo, pues se corren ciertos riesgos. Porque tendemos a esperar de un escritor que nos entregue más de lo mismo, sobre todo cuando ha encontrado lo que parece ser una cierta fórmula de ventas. Al menos es lo que ocurre a muchos autores de la literatura contemporánea: entran en una especie de nido confortable en el que el creador se aposenta para no dar un traspiés. Bueno, Una tienda en París no tiene nada de ninguno de los dos libros anteriores, mas les debe el corazón que late y ese gusto por las historias agridulces llenas de sentimiento y de tiempo ido y rescatado, de justificaciones y hallazgos que parecen ser tan caros a su autor. Y nada más.
En Una tienda en París nos encontramos con una voz madurada, que nos sorprende porque siendo la misma, es a veces su contraria y a veces algo más. El ritmo de la novela es pausado y va en crescendo a medida que su protagonista, Teresa, evoluciona; la narración gana en profundidad y en sentimiento conforme Teresa crece; el estilo de Màxim Huerta se llena de complejidad, sin perder pulso, cuando la historia de Alice y de Teresa se encuentran y se dan la mano: dos almas destinadas a cruzarse en algún punto del tiempo se reconocen sin conocerse, se admiran sin saberlo y se heredan una a la otra sin pretenderlo porque así de sencilla es la vida de los seres humanos.
La novela habla de dos ciudades: Madrid y París, ambas debilidades del autor sin duda, ya conocidas desde Que sea la última vez… Pero aquí París cobra un protagonismo colorista, lleno de sensaciones: no es una postal turística, es más bien un retrato de un París interior, lleno de tiempo ido y recobrado, complejo pero asombrosamente simple, en el que se despliega un maremoto de emociones humanas variado y encantador.
Una tienda en París es la historia de dos mujeres: Teresa y Alice. Ambas en busca de sí mismas, ambas partiendo de un mundo en blanco y negro, lleno de esperanzas encontradas como por casualidad; dos mujeres fuertes que se construyen a sí mismas mientras lo pierden todo y lo recuperan todo, o lo comienzan todo de nuevo, en ese vals de las casualidades que es la vida. Teresa y Alice son espíritus viajeros, son almas que cambian, metamorfosis a la que nos aboca el mero hecho de estar vivos y que exige todo de nosotros, hasta el sacrificio más elevado, para alcanzar la cima o el éxito o, lo que llamamos con simpleza a veces, la felicidad.
Una tienda en París es un historia de amor. Pero no es una simple historia de amor: el mundo de Alice, bellamente retratado a puro sentimiento; el rumor de Teresa, que se hace río y finalmente mar; y el aroma de París, la comida de París, el ritmo de París, su constante fluir, su constante sístole y diástole, que cambia con sus protagonistas, que se transmuta siendo siempre, y por siempre, la ciudad que regala el amor, ese más profundo que nos alcanza a nosotros mismos, de ambas protagonistas.
La voz de Màxim Huerta se hace única. Hay ecos de Que sea la última vez… y de El susurro de la caracola. Pero estos son mínimos. No hay paralelismos entre las tres historias, a lo sumo alguna bisectriz propia de la creatividad del autor. Una tienda en París tiene una complejidad intrínseca, tiene un ritmo diferente, y tiene sobre todo un poder evocador que trasciende las dos obras anteriores. Es una historia de reconocimientos y de cambios, que parte de lo sencillo a lo más complejo; que enlaza tiempos, estados de ánimo, colores y sensaciones apenas sin notarse, con una sutileza que nos enseña la evolución de Màxim Huerta como escritor: una voz que se hace grave y se hace hermosa y se hace profunda y se hace sutil y sincera, y que nos deja sedientos de más. Y más.
Mañana el mundo girará otra vez. Un día por el año, unas horas por el día.
Hoy parece que todo se detiene. Los sueños, las lágrimas y las ideas.
Quedan los sentidos libres y el peso de nuestros cuerpos.
Mañana la vida empezará de nuevo. Siempre mañana.
Pero yo no quiero que llegue mañana. Quiero sujetarme a ti, sentirte tan cerca que respiremos a la vez, que cerremos los ojos y nos besemos callados, sin voces, sin palabras.
Mañana llegará y te amaré más. Porque en el nuevo día siempre hay más.
Pero yo quiero todo lo que tengo hoy. Mis manos llenas, mis piernas entre las tuyas. Quiero sujetarme a tu posta, sentir que fluye el corazón abierto y que llega a tu pecho, cerrado de besos.
Mañana siempre es una promesa. Un lo que vendrá.
Hoy te tengo, hoy estás aquí. Y no me importa esperar el futuro, porque lo tengo junto a mí.
Mañana, mañana vendrá y ya se verá. Cómo afrontar los problemas, cómo encontrar una nueva forma de vida.
Mientras tanto esta noche estamos juntos, no importa cuánto ni cómo, enredados como garabatos, calientes y flexibles y llenos de deseos y de sueños.