Lejos de África/ Out of Africa.

Libros que he leído/ Books I have read, Música/ Music

Memorias de África es uno de esos libros atraídos hacia mí por el cine. Out of Africa (que en el país donde Los Andes terminan la llamaron África Mía), la película de Sidney Pollack protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep, con sus andares lentos, sus paisajes de postal, esa belleza natural a la que arrastramos nuestras costumbres (británicas, en este caso) y que nos hacen soñar con noches de estrellas pendulantes, con hogueras que abrazan con su calor, y con la larga duración de un beso robado, y esa música acariciante, llena de cuerdas que fluyen por el cielo y hacen revolotear a los flamencos, de John Barry, la vi con apenas quince años en un cine ya desaparecido, el del Hotel Macuto Sheraton, que no estaba en Macuto sino en El Caribe, pero que era el mejor hotel de aquella zona de playa a pesar de los años que ya iba cumpliendo.

Una película así para un adolescente demasiado teñido de literatura, demasiado soñador, competitivo, sin duda un pelín tonto, y que pensaba comerse el mundo, fue una revolución. Aquellos paisajes, aquellas mansiones, aquella extensión de pura libertad, aquel vuelo en aeroplano, aquella sabana sin fin y las criaturas que la poblaban; los nativos con su piel de ébano; aquellos modales ya muertos y aquel mundo tan exclusivo que apenas permitía ser visto en la lejanía, me atrajeron enormemente.

Memorias de África, de Isak Dinesen (Karen Blixen), es un libro hecho a retazos, compuesto por tres relatos largos, pero que leídos en conjunto, guardan una cohesión heredada de las tierras en las que se inspiraron. Es un cuento de nostalgia, de recuerdo, por lo tanto cargado con una emoción tan intensa que no le impide a la autora vencerla con su quehacer escrupuloso y detallista; y sin embargo, el amor por las tierras de África, por sus paisajes y su belleza, lo impregna todo y lo transmite todo, de suerte que vivimos con ella sus recuerdos y nos mecemos en su melancólica melodía con energía alegre y mucha nostalgia.

Es un relato de amor. Pero no se narra una historia de amor al uso: Isak Dinesen retrata la dureza, la inhospitalidad, la crueldad de la Naturaleza (en modo comparable con la de los seres humanos) sin achacar responsabilidades, sin buscar culpables; sabedora, con los años que pasan, que esa labor es ajena a los hombres, que deben aprender a vivir en un presente en perpetua fuga que siempre les dará lo mejor que posee. Memorias de África tiene el don de hacer de lo excéntrico algo normal; transforma la aventura, una supuesta locura, en algo tangible  y real, sin esconder nada, sin transformar nada, pero cuyo profundo sentimiento, pura nostalgia, llega hasta el fondo del corazón.

La vida que se pierde y que se añora, cuando se ha sido feliz, o cuando nos damos cuenta que hemos sido felices, es así. Memorias de África es un símbolo de esta simple verdad humana. Sólo cuando estamos lejos de aquello que nos hacía felices es cuando nos damos cuenta que lo éramos y que, en mayor  o menor medida, nunca más lo volveremos a ser.

Lejos de África, lejos de un tiempo dorado ya perdido pero nunca olvidado…

Tú y Yo/ You and I.

El día a día/ The days we're living

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Tú y yo.

Juntos. Separados.

Tú y yo.

Solución indisoluble. Almas inseparables.

Unión de intenciones, de cuerpos, de inseguridades.

Tú y yo.

Lo mejor de este mundo. Lo mejor que ha pasado nunca.

Para mí, tú y yo somos una sorpresa, un día de fiesta, una excepción.

Ni siquiera algún desliz, ni siquiera algún engaño.

Nada que no pueda superar un corazón enamorado.

Como el tuyo. Y el mío.

Tú y yo. A pesar de los años. Gracias a los años, yo y tú siempre juntos, nunca separados. Ni la distancia, ni la cercanía. Ni los gritos, ni los susurros. En el silencio, en la algarabía. Yo y tú, siempre juntos.

La luna se esconde y aparece el sol. Cuando me miras, cuando te toco, cuando ambos respiramos buscando más.

Tú y yo. Un regalo de la vida. La vida que sonríe en tus ojos y se extiende por tu piel y por la mía: una misma piel, cuatro brazos, cuatro piernas y un mismo corazón. Uno solo. Que late por los dos.

Tú y yo.

Ecuación eterna, garabato universal.

Te amo, yo. A ti, tú.

Tú y yo.

Y la costumbre es la sorpresa. Y abrazarte por los hombros y correr tras de ti. Y soñar contigo y despertarme a tu lado. Y la sonrisa de ala y el brillo de las estrellas en la ventana.

Tú y yo. Todo junto en insaciable sed.

Sí: tú y yo. Nada que se le parezca, nada comparable. Pero nada más sencillo, dos nombres, dos seres, dos intenciones. Un amor.

El tuyo, tú. Y el mío, yo.

Un paseo por el Prado/ A walk by the Prado.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

I’ll Never Fall in Love Again. Deacon Blue.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.

Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.

Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…

En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.

Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.

Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.

Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.

Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.

Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.

Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.

Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…

Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y  a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.

A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.

Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.

Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el  niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.

Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.

 

Coca-Cola.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Cama 14. Mujer, 43 años. Lleva desde la adolescencia enferma. Artritis Reumatoide, dificultad respiratoria secundaria a bocio inoperable, en silla de ruedas desde los 30, tromboembolismo pulmonar, insuficiencia renal crónica en diálisis…

Cuando me acerqué a la cama 14 allí estaba ella. Los ojos entrecerrados, una expresión de cansancio en el rostro pintado con un cierta tonalidad verdosa. Tenía ese aire desvalido de los pajarillos, delgadita, como escondida en medio de aquella cama que le quedaba enorme. El oxígeno en la nariz, la mascarilla por la noche; y la máquina de diálisis continua susurrando a un lado.

Cuando comencé a estudiar sus constantes y su evolución, la enfermera se acercó porque ella quería algo. Estaba con dieta oral triturada, incapaz de tragar con facilidad cosa alguna. Mientras revisaba sus cosas levanté la mirada. Las vi cuchichear. Acostumbro saludar a los pacientes que están en la UCI  dormidos o no e intubados; por descontado, con aquellos que están despiertos y se pueden comunicar, me enrollo un rato y siempre que paso a verlos. Sé que les gusta hablar con el médico, preguntar qué tal van con expresión entre miedosa y esperanzada, y a mí me gusta sonreírles porque me inspiran cariño y hasta me permito bromear un poco con la situación de cada uno, aparte de explicarles los progresos de su mal. Pero esta vez, cuando iba a decirle algunas palabras a la paciente de la cama 14, algo me detuvo.

La enfermera me indicó que me apartase un poco. Así lo hice. Es una gran profesional, que toma su trabajo muy en serio; es decir, que se ríe a menudo. Como yo. Pero deseaba comentarme algo que no quería que la enferma oyese.

– ¿Puede beber Coca-Cola?

La miré extrañado.

– Dice que es el único vicio que tiene y estando aquí…

Entendí.

– Faltaría más.

Me miró incrédula.

– ¿Sí?

– Sí. La que quiera. Y si hace falta, se la busco yo de la máquina expendedora.

La enfermera sonrió y rápidamente movió los brazos.

– De eso nada, que ya llamo a Cocina. Debe haber en la Casa.

Y la vi correr hacia el teléfono.

Pronto volvió a comentárselo a la enferma. La paciente sonrió discretamente, pero lo bastante para iluminar aquel rostro verdoso, enfermo y cansado.

Es la primera vez que algo así me pasa. No me acerqué a hablar con ella en toda la guardia. No sentí ese impulso. Y ella tampoco lo echó en falta. Hablaba con voz baja pero dulce, suavemente reflexiva. Durante esas horas me dediqué a observarla y a revisar su historia clínica. Un cúmulo de problemas médicos. Enferma desde tan joven, llena de incomodidades físicas, de problemas sobreañadidos a los del día a día; dueña de una voluntad de hierro, arropada por unos padres entregados. Tras dos carreras universitarias, no pudo ejercer ninguna porque su invalidez le impedía desplazarse, y las dificultades mecánicas de sus articulaciones eran un estorbo añadido. Pronto sus riñones dejaron de funcionar, y comenzó ese lento y penoso peregrinar por Diálisis. Y aquella sonrisa en el rostro, y aquel pesado fardo de sueños no realizados que se veía en su mirada cansada. Eso fue lo que me detuvo. Aquella mirada de ojos entornados, esa sonrisa a medio camino entre la mueca y la entrega, y ese impulso no dicho de estar harta de batas blancas, promesas incumplidas y vanas esperanzas.

Una mujer joven aún sin esperanza alguna sabía que las esperanzas tienen fecha de caducidad y se entregaba a aquella certidumbre con una extraña serenidad. Una mujer inmóvil que soñaría un día con bailar toda una noche de la mano de una persona que hiciese magia y la llevase hasta el fin del mundo; los placeres del cuerpo lejos del dolor; las sonrisas veladas de los primeros cosquilleos del amor; la complicidad de los amigos; los planes interminables que siempre tienen un final; quizá tener un hijo; quizá echarse en la arena de la playa y sentir el sol en la piel; ganarse la vida; salir a tomar un café; dormir de un tirón o amar de un tirón y descansar después, entre la niebla del cansancio y del sudor… Una mujer que era una chica, una chica que sabía demasiado bien que no era igual que las demás, que nunca lo había sido, y no lo sería jamás. Y que sólo deseaba beber Coca-Cola…

¿Quién se lo hubiese negado?

A la hora de las visitas, el pajarillo estaba bebiendo todo un vaso de su Coca-Cola clásica.

– ¿Y eso?

Preguntaron sus padres. Yo me acerqué a ellos, sonriendo. Una sonrisa de circunstancias, es cierto. Ellos lo sabían y yo también. Ella cerró sus ojos y siguió bebiendo. Me hizo gracia. No quería saber de mí. Y no me extrañaba nada.

Les expliqué cómo iba evolucionando y ellos me preguntaron por la Coca-Cola. Me encogí de hombros y le toqué los pies algo fríos.

– Es su único vicio, ¿verdad?

Sin abrir los ojos, sonrió. Y esa pequeña sonrisa lo dijo todo.

No, no sería esa chica que sale con sus amigas, que liga en un pub, que fuma desesperada apagando el cigarrillo antes de entrar a casa; que cuelga alguna materia para septiembre; que tarda siete años en terminar una carrera universitaria; que sufre por el machismo en el trabajo; que descubre facetas dolorosas del amor; que da a luz un par de críos y que se preocupa por la línea o la moda o el qué dirán. Pero era una mujer completa, que había luchado hasta quedar sin fuerzas, y que merecía más que nadie que se respetase lo que deseaba.

No crucé una sola palabra con ella. No me hizo falta. Ni a ella tampoco. Pero ella sabía que yo estaba cerca. Y yo sabía que, pese a todo, en los momentos en los que bebía a sorbos su Coca-Cola, ella era feliz, más feliz de lo que ninguno de nosotros podría imaginar, porque conseguía con ese simple gesto paladear los límites de la libertad. Y eso la hacía única. Una chica sin igual.

Cuando terminó mi guardia, miré desde lejos la cama 14. Acostada, con los ojos entornados y su color verdoso, aquella mujer dormía plácidamente el sueño del cansancio y de la espera. Y a un lado de las máquinas, las bombas, las medicaciones, una lata roja parecía sonreírme, cómplice… Qué poco hace falta para hacer un bien. Y para ser feliz.

Me di la vuelta y salí de la unidad, cerrando cuidadosamente la puerta. Una guardia más, un día más.

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I’m not that Girl- Idina Menzel- Wicked., posted with vodpod

 

Todo lo que hago/ Everything I do.

El día a día/ The days we're living


Recogí la maleta en la cinta rodante del aeropuerto. Es un fastidio, que lo sepas. Sí, sí lo es. Hay que esperar un siglo para que la bendita maleta aparezca como vomitada por esa cinta, si tienes la suerte de que no se haya perdido en el proceso o de no equivocarte de carril, que ahora todo es un número y hay que fijarse en esos monitores colgados en el aire.

¿Y si eres miope como yo, qué? Vamos, menos mal que llevaba lentillas. Si no, a esa distancia, quién es el guapo que ve algo. Yo no, te lo aseguro. Pero las llevaba, que quería estar presentable y no perderme nada del encuentro. Pero nada de nada. Que con las gafas tendré un aire muy intelectual pero no me entero de la misa la media.

Miraba de reojo el reloj del aeropuerto que sí, también está colgado allá arriba, pero como es de tecnología analógica, podía adivinar la hora por las manecillas; si hay cosas que no deberían cambiar tanto. El aeropuerto estaba atestado, para variar, pero eso no me importaba. Sólo pensaba en ti, fíjate tú, y eso me ponía contento. Tanto, que hasta me atreví con unos pasos de baile siguiendo una música que giraba en el interior de mi cabeza. No me importaba que me viera nadie, yo avanzaba de un lado a otro de la cinta dando pequeños brincos, pasos amplios y otros más pequeños, ladeando las caderas, los pies en puntillas y riéndome como un tonto, como un tonto que sólo sabe pensar en ti.

Los demás se apartaban como si tuviese una enfermedad contagiosa. Y sí, puede que la tenga, que esto es una locura demasiado peligrosa, un torbellino que sólo hace que en mi mente haya imágenes de ti, el sonido de tu voz, la imagen de tu risa imaginada. Todo lo que pensaba se drenaba en ti, imaginándome cómo te verías, si serías así o asá, si tus ojos eran realmente verdes o estaban teñidos de un halo castaño como los míos; si tus manos podrían contener el río revuelto de las mías, nerviosas por conocerte.

Qué tontería, la verdad. Pero es que es así. No sé qué has hecho, pero lo que has conseguido de seguro es que en todo lo que haga tú estés presente: mis planes alocados, un viaje que no me podía permitir, y un encuentro en La Cibeles para estamparnos un abrazo amplísimo y quizá un beso profundo y oscuro como una obsesión, un fantasma.

Pues sí, así estaba yo allí, tironeando de la maleta, con más ropa de la necesaria, con el convencimiento de que me la pondría toda porque para eso la había traído, y los mismos planes bordeando mi cabeza como los nervios mi corazón. Y pensaba en ti. Respiraba por ti. Sonreía por ti. Y bailaba solo por los pasillos, a la espera del Metro; en el vagón atestado de gente que me miraba mal, y sólo tú ocupabas todo mi mundo, mis pensamientos más escondidos, mis anhelos y mis costumbres, porque lo habías cambiado todo: yo, el más taimado de los hombres, el más metódico, había dicho que faltaba al trabajo, que estaba enfermo (enfermo de esta apasionada locura que lleva tu nombre) que necesitaba un descanso, porque el pecho le hervía, las piernas le temblaban y el corazón corría a mil por hora, a seis metros sobre el suelo, sin saber dónde parar.

La noche antes apenas dormí y mira que me preocupaba que me encontraras presentable, sin estas perpetuas ojeras que pintan de tristeza mi mirada. Y no dormí porque estaba demasiado emocionado para sentar la cabeza; te dibujaba con la mente, te pintaba con el corazón. Y pensaba en ti, respiraba por ti, me giraba y estabas allí esperando por mí y los brazos abiertos y la sonrisa en los labios jugosos… No dormí porque me sentía henchido de felicidad: iba a conocerte, volaba por conocerte, y las ojeras enseñaban en mi cara, iluminada como la de un niño, que no había pegado ojo, que no me había quitado las lentillas para observarlo todo mejor y fijarlo en la memoria, y apenas me había acostado, lleno de ti, pensando en ti, descubriendo que todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, desear estar a tu lado y amarte con locura, con apacible libertad y con abollado sentido común.

Y ya me ves, bailando por los vagones del metro, mientras en Madrid hacía un frío que pelaba las ideas y llovía, llovía. Y allí estaba yo, con una maleta henchida de ropa, y el abrigo de lana henchido de agua que caía, bailando por las aceras que rodean La Cibeles, hierática y en perpetuo movimiento, dándome la bienvenida. Porque hasta los leones rugían a mi paso y el agua rebotaba en mi piel como en un escudo, y el frío que soplaba secaba mi ropa empapada por tenerte en el pensamiento, por llevarte en el corazón.

Eres todo, que lo sepas. Porque todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, vivir por ti…. Y es una locura, porque voy a conocerte. Y es una nerviosidad, porque podrás ser la persona más histérica o más escandalosa, la más marisabidilla o estirada, pero para mí eres la encarnación de lo Perfecto, aquello que, de imperfecto, cobra el valor de lo que está vivo. Y bailo por las aceras, cogiendo a la gente de los brazos, dibujando coreografías que sólo funcionan en mi cabeza; con las lentillas sobre mis ojos cansados pero contentos, y la sonrisa permanente en la boca, como si me hubiese tragado una percha allí atorada; qué digo una percha, como si me hubiese tragado un colgador entero.

Y te diviso al otro lado de la calle. Y veo esos hombros y ese pelo en media melena. Y esos ojos que parecen brillar tanto, que el Hubble los vería a la primera, y mi corazón rebosa de contento. Porque allí estás, como nos habíamos prometido. Todo, todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para vivir este momento, lleno de charcos en el suelo, diluvio gris, ropas empapadas y frío cortante, y nada me parece más maravilloso, oye, que verte a través de la calle, y darme cuenta que haber transformado mi vida, dejado todo atrás, todo, ha valido la pena porque tú estás aquí, cerca de mí, como nunca antes nadie lo había estado, a un paso de semáforo, hermosa visión que todo lo llena. Todo, hasta mis sueños, hasta mi vida. Y ese eres tú.

¡Qué felicidad!

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Michael Bublé- All I DO Is Dream Of You., posted with vodpod