¿Tendré la oportunidad, alguna vez, que me descubras?
¿Podrás vislumbrarme en la distancia?
Todos los días amanezco con esa esperanza en los ojos y esa espera en los labios.
Verte, en la distancia, transforma mis días. Desde ese primer día en el que tropezamos y nos reímos mirándonos a los ojos, noto que me quemo cuando te toco y que me derrito cuando me sonríes. Sólo viviría por ver esa sonrisa junto a mí…
En la distancia, sueño con quererte. Amándote, espero de esperanza que me descubras.
Cuando tropezamos, nos reímos. Y me tomaste del brazo y sentí tu calor. Y me ayudaste solícito y divertido. Y recuerdo que reíste un chiste fácil y otro después de aquél. Qué cosas. Cómo fluyen los minutos al estar a tu lado. Porque fueron unos minutos, o yo los recuerdo como un bloque uniforme, sin límites. Sonreíste al sol y me diste la mano y nos despedimos hasta luego y ya nos veremos.
Qué maravilla.
Y mira que nos hemos visto. El Destino trabaja para que estemos juntos y para que mi amor crezca día tras día en la distancia. Mi boca se abre para decirte algo, pero las palabras callan antes de llegar a mi labios, y esa boca abierta parece esperar un beso o un aliento de pez. Tú sonríes de nuevo y lo dejas pasar sin darte cuenta, sin ver que me brillan los ojos cada vez que te acercas, sin sentir cómo late embravecido mi corazón al saberte cerca.
En la distancia te veo y te siento junto a mí, acariciándome y sabiéndome sin decir una palabra; abrazándome por la espalda y susurrándome naderías en los oídos, depositando besos en mis ojos y en mis mejillas, en mi pecho y en mis manos.
Eres lo único que parece importarme, lo único que mueve el universo. Cuando tú no estás nada importa. Cuando estás, el mundo brilla con colores y energía, gira y gira sin cesar para acercarte a mí, desde la distancia en la que te quiero…
En estos días he tenido el humor nublado. He andado demasiado tiempo muy callado. He caminado sin rumbo, como un papel arrastrado por el viento, sorteando enfrentamientos con mi yo más íntimo y a veces con el de los demás.
He recorrido tantos caminos en estos días, veredas que había olvidado incluso que existían. Me entregué demasiado al Arte y lo perdí de vista. Me uní demasiado a ti y me perdí.
He aprovechado, en estos días que hizo sol y ese calor suave de comienzo de primavera, para refrescar la cabeza, que no paraba de dar vueltas, sintiendo el fin del mundo a pesar de que nacía a mis pies. He necesitado de esas horas de soledad y silencio para no ahogarme en mis propios gritos. Por ti.
En estos días, he pensado mucho en mí. Me he visto cometer tantos errores inocentes, tantas sumas que se adicionan en el resultado de nuestro final, que no logro reconocerme. En algún punto de nuestra vida en común, me desvié de mi camino; empleé muchas excusas, todas ellas por ti y mi carrera, que desenfoqué de la distancia mi propia vida, borrando a sí mismo las barreas que nos separaban, los límites que nos diferenciaban. Me llené de tanta luz que olvidé el significado de la soledad.
Qué tontería. He estado estos días desgranando el tiempo que ya nunca será y aquel que fue y no volverá. He estado remendando el rosario de palabras dichas, con una o mil intenciones (que ya no importan); he intentado pescar aquellas que me hubiera gustado decirte y en qué momentos; he ido recapitulando mi vida a medida que sacrificaba la nuestra, y he soñado con un porvenir que ya no es posible y con un pasado que no volverá.
En fin, en estos días he estado vagando en las sombras que arroja mi vida intentando hallar de nuevo aquellos motivos que me impulsaban a reír, a ser lo que era, a buscar lo que una vez anhelé.
Se confunden aquellos que piensan que la soledad es callada. Todo lo contrario: es demasiado ruidosa, llena de sonidos huecos que rebotan una y otra vez en nuestros anhelos e impulsa a la mente a dejarse llevar por la melancolía a veces, y a veces también por el deseo.
Pasé todos los estados del dolor sin dejar ninguno pendiente. Perdí el sentido de la orientación y los suspiros; me ahogué en lágrimas cansadas de ser derramadas y me cegué en medio de días iguales que parecían no tener fin. He gritado tu nombre y también lo he susurrado; he dicho que te odiaba y también que te adoraba; he atravesado los pasillos oscuros de la culpa y aquellos otros, menos claros aún, de la duda y del olvido. He bailado contigo todas aquellas canciones que no escogimos, y te he acariciado todas las veces que no quisiste ya más mi amor.
No te culpo: tú y mi Arte lo erais todo. Y yo no tenía peso: ni encima de ti, ni debajo de ti, ni sobre mí o a través de mí. Y eso te cansó y me cansó: a nadie le gusta despertarse todos los días con un ser sin rumbo cuyo único tributo ha sido el de amarte y cuyo único camino ha sido el de seguir tus huellas.
Pero he tenido que detenerme para poder avanzar. En estos días de soledad sonora me he dado cuenta de ello. Al tropezar con cada uno de los rincones que llenamos una y otra vez, esa sensación de vacío y consciente plenitud me llenaba y parecía darme alas. Aunque continúe amándote (sí, lo confieso: yo sí te amo) mi amor aquilatado pesa poco en el mundo porque perdí mi amor propio y mis intereses en la vana falacia de una hoguera común: nadie es capaz de querer a alguien que parece no amarse, o que ha amado a otro demasiado. Si eso fuera posible.
Ya no importa. Ni tu despedida, ni el vacío que has dejado en mi vida, ni mi desesperación, ni mi cobardía.
No hace falta que me recuerdes mis fracasos: esa larga lista la llevo entre pecho y espalda atada al corazón. Incluso sigo carretando este amor como un fardo pesado. Todos han sido un error y lo acepto. Como acepto también el camino que has abierto para mí con tu abandono, puente que se extiende delante de mí sin que yo lo hubiese deseado.
Y ahora debo continuar mi marcha hacia adelante. Sólo caminando seré capaz de despejar la niebla que ciega mis ojos y el vaho frío que aún reviste mi corazón. Y no hablo aquí de olvido, ni de jamás dejar de quererte. En estos días de silencio y soledad, a través de los parques de mi memoria perdida y recobrada, he sido capaz de reconstruir mis pies y mis ansias y, quién sabe, quizá hasta un poco de orgullo, como tú lo llamas, o de sentido común, como lo llamo yo.
Recorriendo caminos reencontrados, en estos días pienso mucho en mi pérdida, en la nuestra, y en el riesgo de un corazón roto y en el amor deshojado y abandonado. Aún me molesta; todavía escuece. Pero sé que pronto pasará. Mi Arte vive a través de mí y no de ti, como llegué a pensar, y mi vida única también.
Así que camino hacia delante pensando en mejorar: mi vida, mi mundo resquebrajado y un corazón que late, late mucho todavía en estos días, por ti.
Llevarte en el corazón día a día no se me ha hecho una tarea pesada. Antes bien, todo lo contrario.
Recordarte, con tu sonrisa de ala, ese cabello castaño, esos ojos verdosos, esa nariz prominente, sólo me llena de gozo, de un gozo con poso de melancolía.
Sé que no te gustaría verme así. Tú reías y callabas, y hablabas con esa voz dulce y de timbre alto, tan extraña en alguien tan corpulento, como si toda la energía se hubiese ido al resto del cuerpo y dejase aquella voz al cielo. Tú abarcabas la vida en cada abrazo y así la regalabas, todo generosidad. Y nadie estaba triste a tu lado.
Por eso yo lo estoy. Porque ya no estás aquí.
Y las estrellas allá afuera, en esta noche clara en la que la pálida luna apenas entra por la ventana, brillan titilantes callando respuestas a preguntas que nunca me cansa repetir. Cada noche, a cada hora en la que tu recuerdo me fecunda, intento unir mi corazón al tuyo; cada noche, cuando veo las estrellas, intento que me dibujen un puente hasta ti. Porque, estés donde estés, tu destino brilla en ellas, y yo en ti.
En algún lugar allá afuera sé que te encontraré. Más allá de la melancolía de tu recuerdo, del roce de tus manos sobre mi espalda, del cándido beso de la mañana, del viento apoderándose de nosotros cuando cabalgábamos, estamos tú y yo juntos en mi imaginación, y no hay destino ni muerte que pueda contra eso.
Y sonrío, ya ves, reflejando mi rostro en la ventana. Y veo una expresión entristecida, unos ojos que la belleza nocturna hace parecer aún brillantes, porque tu recuerdo los inunda. Cuántas cosas quedaron inconclusas entre tú y yo…
Y sin embargo…
En algún lugar, allá afuera, sé que estás esperando por mí. Y que tu paciencia es infinita porque está pintada en la noche, porque está bordada de estrellas, ésas que tenderán el puente que consiga llevarme hasta ti.
Melancolía, noche, soledad, una oración, una lágrima, un suspiro, una estrella…
Dibujo una constelación que lleva tu nombre. Y tu sonrisa es un planeta y tu cuerpo toda una galaxia. Sí, llena de mí…
En algún lugar allá afuera, gracias al amor que siempre dura congelado en el corazón, escondido en una esquina de latido, perdido a la mirada pero abierto a los sentidos, encontraremos un modo diferente de vivir, una forma distinta de ser feliz, cuando esta canción de cuna termine, cuando esta espera finalice y sea por fin libre. Libre de volver a ti.
Llevarte en el corazón, con este recuerdo que vale tanto, no me cuesta nada. Hace un año ya… Y yo estoy aún aquí.
Me despierto amodorrado. Algo entumecido. Siento cada uno de mis músculos sin necesidad de moverlos, elementos pesados que me atan aún a la cama. Suspirando, me estiro lentamente al principio para después participar con todo mi ser en ese acto reflejo y maravilloso, como un gato que ronronea de gusto.
Sonrío. El sol entra tenue por entre las cortinas corridas. Las transparenta y llega a mi piel desnuda. Siento el suave calor de una mañana de domingo. El sol besa mi piel con un candor novicio, de nuevo día recién nacido. Qué gusto es estar aún en cama, bañado por el sol suave de una mañana de domingo, con la despereza lenta y derrochada, con la cabeza apoyada entre almohadas de plumas y el ligero calor de un cuerpo todavía acurrucado en sus propios sueños.
Abro los ojos y la luz lo llena todo. No hiere mis pupilas. Tamizada por la hora y el vuelo de las cortinas, la mañana de domingo entra de puntillas por la ventana, meciendo el cuerpo que despierta algo atrasado con respecto a la mente, que se ocupa en recordar las mil pequeñas cosas que hicimos juntos la noche anterior, esos momentos imperceptibles y cotidianos de los que sin embargo está hecha la vida.
Sonrío. Qué poco nos hace falta para ser felices. Una felicidad pasajera, lo sé, instantánea y frágil. Pero hermosa. El tacto de las sábanas tibias, la suavidad de un edredón, la calidez de la luz tamizada en las ventanas, un movimiento de desperezo eterno, un recuerdo nebuloso de ayer y un mar de posibilidades en las que dejar de creer para no tener demasiadas expectativas que lamentar.
Me muevo con lentitud. Aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Se hace tarde para desayunar. Pero en una mañana de domingo, siempre hay tiempo para un brunch. ¡Qué norteamericanos nos hemos vuelto! Pero no me disgusta importar ideas agradables. Ellos tienen nuestras tapas, nosotros su brunch, que es una mezcla de ambas, en realidad. Es una de esas situaciones que nos permiten ganar tiempo para la despereza, para el disfrute. Para sentir el calor de la cama, el tibio abrazo de la mañana y la caricia de la luz en el cuerpo desnudo que yace a nuestro lado.
Miro la ventana. El suave viento de esta mañana de domingo entra discreto, sin molestar, como la luz tamizada y las esperanzas; la ventana ha quedado entreabierta. Y sonrío otra vez. Ambos estamos despertando al mundo.
Nos acostumbramos a tener el peso de otro cuerpo a nuestro lado. Del cataclismo de un principio pasamos a la tranquilidad de ese equilibrio que finalmente se descubre en la coreografía de un vals para dos. Compartir el lecho es un ejercicio de instinto, una lucha en la que ambos perdemos y ambos nos amoldamos, compartiendo y deshaciendo espacios, ganando y cediendo terreno hasta encontrar el lugar idóneo en el que nos encontramos para fundirnos en un solo cuerpo, en un solo espacio y en un mismo vacío.
Vuelvo a cerrar los ojos y me estiro de nuevo…Qué gusto… El calorcillo de la mañana, el peso exacto del edredón…¡Oh, qué maravilla….!
Siento que me abraza por detrás. Se ha despertado y se ha girado y lo primero que ha hecho ha sido desperezarse abrazado a mí. Qué dulzura su tacto, qué fresca su piel de mañana, llena de luz tamizada y de suave brisa… Con los ojos cerrados, dejo que su cuerpo se pegue al mío, que adopte mi postura, que encaje perfectamente…
¡Oh! Su piel sedosa, llena de pliegues en los que perderse, todavía suave y nueva para mis labios… Duerme con la desnudez y con la desnudez me abraza y noto su despertar. Hunde su rostro en mi espalda y la llena de besos, esos besos que nadarían sin fin entre mis labios. Yo me dejo hacer… Sus brazos aferran mi pecho y me atraen aún más hacia sí, haciendo que el espacio entre los dos se vacíe de aire y se llene de piel extática y sonrosada, llena de sangre y de cosquillas, que me hacen reír. Yo me dejo hacer…
Me giro envuelto en su abrazo. Y abro los ojos. Y le miro a los ojos. Los ojos de la mañana. Y sonreímos ambos y nos besamos ambos y nos abrazamos ambos, desnudos ambos, protegidos por la luz que desborda la ventana entreabierta. Y buscamos el arrullo y el envite, y la humedad de los labios y las lenguas, bebiendo con la sed inusitada del día anterior. Un abrazo que cambia de brazos, que intercambia calor y algarabías, y unas piernas que aferran la cintura y la invitan a viajar y a quedarse al mismo tiempo, montados ambos en un sube y baja de besos y caricias.
Y su piel resplandece entre mis labios. Y mi piel se abre a su abrazo. Y juntos buscamos un punto de encuentro que es a la vez bienvenida y despedida, y nos regalamos un placer que es a la vez egoísta y generoso, mientras la mañana de domingo entra en nuestra habitación y lo llena todo de luz y de frescura con esa danza de las horas que no pasan habitadas entre dos cuerpos que se conocen una y otra vez para olvidarse luego, en ese encuentro que es siempre un reencuentro, entre las aguas ora mansas, ora embravecidas, del amor.
Y nos llenamos el uno en el otro. Y la luz se cuela entre las rendijas de nuestros cuerpos de orilla. Y nuestras almas se entrelazan como nuestras lenguas, y nuestras pieles se funden en una coreografía única, en la que el bailarín y su pareja son la misma cosa: la música que suena, el viento que todo lo refresca, el ansia que todo lo diluye, el sudor que todo lo lubrica y el placer que todo lo justifica.
Y sonrío. Porque somos tan diferentes y sin embargo nos amamos por igual. Sonrío porque su pasión es toda mía y la mía se desborda para envolvernos por entero. Sonrío porque la belleza de nuestra desnudez desafía y confía en la blancura del nuevo día y se une al baile de la mañana fundiéndose en el tempo de la ternura, en el lento arrullo y en la pasión. Y sonrío porque, cuando todo se aquieta y sólo queda, como único sonido, el jadeo y una respiración entrecortada, ambos seguimos unidos en un abrazo que nos recorre por entero, desde las piernas hasta los labios, desde la cintura hasta el corazón.
– Es un poco tarde para desayunar, ¿no crees?
Le digo.
Me acaricia lento y desafiante. Me revuelve el cabello hecho ya un lío por sus besos y la pasión. Me besa lento y suave en los labios. Y aparta un mechón de pelo que me cae en la frente y me mira a los ojos. No se separa de mí. Sonríe.
– Aún hay tiempo para un brunch, ¿no crees?
El sol asciende poco a poco. El viento sopla manso y besa nuestra desnudez. El invierno se despide lento y da la bienvenida a la primavera. Una mañana de domingo nos espera. Y vuelvo a sonreír.
Respiras lentamente. Los párpados cerrados, las mejillas delicadas, la boca entreabierta en forma de beso o comunión.
Estás boca arriba. Un discreto sonido emerge de tu garganta dormida. Apenas te mueves, y por debajo de las sábanas se dibuja tu bello cuerpo todo corazón.
Me gusta ver tu piel cuando brilla la luna. Se refleja plateada y se funde hasta tocarte y confundirse contigo. Me gusta tocar tu piel cuando viajas en sueños, cuando abandonas toda lucha de vida, todo instante de pasión y eres más tú que nunca. Cuando la locura cede paso a la ternura, y tus brazos yacen fláccidos por tu cuerpo serpenteante y vivo, y tus piernas hacen un ovillo con las almohadas y el edredón.
Al abrigo de la noche, después de cubrirme con tu cuerpo, consigo alcanzar la paz. Y verte dormir, tan libre y sin esfuerzo, colmados los deseos de día a día, olvidado los esfuerzos inútiles que no consiguieron fruto, o aquellos que, tras materializarse pronto se abandonan, me tranquiliza. A mí. Y la noche consigue un hechizo aún más poderoso al mantenerme a tu lado, al permitir que llene mis ojos de tu cuerpo y que sienta, sin contacto, cada rincón de piel, cada hálito, cada grito, llenando mis ansias, sofocando mis temores.
Qué suave cae la noche sobre tu piel. Y tu pelo sedoso y esa sombra de barba que apenas se destaca en la oscuridad. Y suave es la carne que te cubre y el sabor de tus labios y los años que pasan sobre nosotros como un sueño. Como un milagro.
Suave es la noche cuando duermes a mi lado. Después de que todo se haya hecho posible. Después del sueño aturdido de la pasión y del cansancio.
Respiras con lentitud. Apenas humedeces esos labios pletóricos de besos. Mueves tu cuerpo de mapamundi y parece que llenas el universo vacío de nuestra cama. Acabas de lado, con tu rostro apoyado en mi hombro. La luna nos baña entonces, persiguiéndote. Y todo brilla como la plata: tu piel y la mía, una sola piel, un mismo cuerpo que se reconoce en la noche, una misma intención y un mismo sueño.
Qué suave es la noche que navega por la ventana. Qué vacío de estrellas. Porque están en nuestra cama. Y la luna llena entra repleta a nuestro encuentro, y su encaje de plata nos envuelve en su océano y nos arrulla, suavemente, en esta singladura hacia el amanecer. En este viaje hacia el alba, cuando vuelvas a abrir los ojos y me veas sonriendo, con algo de ojeras, y el corazón en la boca deseando más. Y nuestras pieles se unan de nuevo, brillantes y sedosas, dando la bienvenida a un nuevo día.
Pero mientras tanto duerme, duerme, amor mío, con tu desnudez apoyada en un mar de plata y tu rostro sobre mi hombro de seda, y nuestras pieles unidas dándose calor.