La cama vacía/ An Empty Bed.

El mar interior/ The sea inside

Cama vacía. Ni la sombra del peso de tu cuerpo, ni un pliegue de más.

Vacío interior. El cuarto está callado, atontado por un silencio que no le es propio. Extraña los susurros, los roces, algún ronquido y los gozos.

Interior lejano. Ya no soy yo. Porque tú no estás. Y tú eres más que yo y yo debería serlo también. Pero miro la cama vacía, sin sombra de tu peso, sin marcas de consuelo y de algarabía, y sé que no puedo. No todavía.

Lejano renacer. Desde la ventana parece que llega el alba. Y sólo ilumina una cama vacía. Con sus pliegues intactos, con sus cojines y sus almohadones de plumas y sueños rotos. Con mi corazón en pedazos acostado junto a mi cuerpo, que yace solo en el suelo, abandonado.

Renacer pesado. Qué lento es caminar hacia el olvido. Que está hecho de pasado perdido entre las sábanas intactas, que ya no huelen a ti, si no a jabón y suavizante, a lágrimas secas y anhelos congelados. Qué triste es volver a nacer en silencio, acostumbrado a hablar por la boca y por el corazón.

Pesado silencio. En nuestro cuarto todas las cortinas están cerradas, como el telón de una obra ya concluida. Y se oye el crujido del parquet y a veces el lamento de mi corazón. Creo escuchar tus pisadas y giro alguna vez, todavía, para encontrarte. Pero sólo hay aire y nada flotando entre tú y yo.

Silencio vacío. Como la cama vacía. Que abre sus brazos para acoger un amor que ya ha caducado; que parece erguirse a saludar un amor que ya es pasado. Como tú y yo.

Claro de luna/ Claire De Lune.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Está amaneciendo. Un rayo de luna brota desde la ventana y baña nuestra cama. Está amaneciendo y la luna se cuela entre la tela de la cortina y me ha despertado.

   Qué bella la luna amanecida. Gigante, redonda, llena de plata blanca. Si me acerco a la ventana casi la toco. Me levanto y la observo. Acapara toda mi mirada. Gigante, flota en el espacio rodeada de un velo de niebla, que danza sigilosa sobre la tierra, transformando los límites sólidos en serenos contrastes, y el abrazo del día que nace en un arrullo lleno de escarcha.

   Hace frío pero no importa. Me levanto lleno de un claro de luna. Y parece mecerse entre las olas de niebla, y dibuja un surco argentino sobre las cosas, sobre las casas, sobre todo aquello que amo. Sobre ti. Que desnudo descansas ajeno a todo, incluso a la luz de la luna traviesa que se resiste a la llegada del alba para tatuarse en tu piel y reflejarse en la mía. La bella luna oronda, llena de cicatrices de una vida entera, pero dulce y sigilosa, callada y sola, suspendida en el cielo como el amor que te tengo, enganchado a tu pecho por los besos de mi corazón.

   En este claro de luna mis sueños se acrecientan dejándome sin sueño, pero regalándome tu cuerpo desnudo, dormido y abierto como un secreto al descubierto. Y cuánto te deseo. Dormido y despierto, con tu sonrisa de ángel caído y el ritmo de ese pecho escindido en dos y la sonrisa de arena en ese rostro de plata. Plata que baña tu boca y la mía en este claro de luna que me ha despertado.

   El amanecer sigue su curso. Y un velo de iris se levanta tras la sombra de la luna y envuelve como un manto mi corazón sereno. El mundo parece suspendido en este momento infinito, en el que la escarcha de la tierra se pega a los cristales de las ventanas, y el vaho de la respiración se condensa en diminutos cristales que sólo me hablan de ti. Y de mí. Y de lo que está por venir, pitonisos de otro mundo. Un mundo en el que estamos juntos tú y yo.

   Y yo ya no tengo sueño, porque tú eres todo lo que necesito. Tú y la luna de plata, y el río de seda de la niebla pausada y el baile lento de un amanecer de escarcha, y el sabor de una piel abierta como un libro y un cuerpo que late como un corazón: el tuyo por el mío, y el mío por el de los dos.

El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.

Esta vez/ This time.

El día a día/ The days we're living


Esta vez casi lo logramos, ¿verdad?

Esta vez todo parecía encajar, las locuras y los deseos,tu locuacidad y mis silencios.

Esta vez casi logramos viajar al infinito, ¿verdad?

Esta vez el mundo pareció resumirse en una noche, y la luna bañaba nuestros sueños y con las estrellas hacíamos poesía.

Con la arena de la playa hicimos un hogar para los dos, y en el rumor del oleaje nos quedábamos dormidos uno junto al otro, con los brazos y las piernas envueltos en remolinos de espuma.

Al amanecer el sol entraba en la habitación desnuda y nos encontraba abrazados, y todo parecía fácil. Esta vez yo tenía todas las respuestas escritas en la mano, pero al abrazarte se tatuaron en tu espalda, de suerte que si quería verlas debía besar esa meseta que llega hasta tu cuello.

Esta vez, cerca del mediodía, mientras comíamos pequeñeces entre nuestros dedos, el tiempo parecía diluirse, fusionarse con las rimas de tu boca y el anhelo de mis ojos. Esta vez, corriendo tras de ti, parecía que podía abrazarte. Y parecía que te amaría por siempre.

Esta vez todo parecía posible, hasta lo imposible: tú y yo.

Pero no pudo ser. Y se ha terminado.

Esta vez.

Callados/ In Silence.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

   Después de la lluvia, los cuerpos se apoyan uno en el otro.

   Suaves y firmes, parecen besarse por las nucas, por los hombros; los omóplatos unidos, las espaldas pegadas dejando poco espacio para el aire que los envuelve.

   Pequeñas gotas de agua, que simulan sudor, caen una a una por sus cabezas y el pelo.

   Los párpados entrecerrados; la respiración queda; las bocas abiertas en forma de corazón o de beso.

   No se ven pero se sienten. Se tocan y se saben acompañados en el silencio.

   Después de la lluvia, las nubes se han ido con el peplo henchido, dejando tras de sí una noche transparente llena de luna y estrellas que brillan a través del techo de cristal como ciruelas maduras y parece bautizarles con una luz pálida y plateada.

   Las pieles que brillan calmadas, deseosas de un contacto más que de una pasión, y llenas de una calma exultante y vibrante como el aire que los envuelve, como el aliento que se escapa vaporoso de esos labios abiertos como corazones y besos.

   Las manos sobre el suelo, las piernas estiradas, el cielo abierto, las ganas calmadas, el deseo postergado por la compañía muda que todo lo envuelve, esperanzas y sueños, y una noche de cristal y compañía.

   Son dos pero se sienten multitud; son dos y se sienten a sí mismos, apoyados espalda contra espalda, deseos contra deseos, unidos en un vals de compañía libre de palabras.

   Todo son tactos, todo son sensaciones que les recorren de la cabeza a los pies y se detienen rebasadas en el corazón.

   Y el silencio. Sólo se oye la respiración entrecortada del cansancio y de la espera terminada, y la discreta caída de gotas de lluvia y sudor en el suelo desnudo.

   Después de la lluvia, callados, sólo se acarician. Y esas caricias hablan un millón de palabras, y esas palabras son un millón de besos, y en esos besos se esconden un millón de quimeras y de peonías, que llegan a los labios entreabiertos y a los párpados cerrados, llenos de corazón.

   Callados, son un solo corazón.