Ralf Pascual
El mundo real
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insideOjalá pudiéramos vivir sólo en nuestras ilusiones, que ese mundo cambiante, elástico, se hiciese real, firme, fijo. Ojalá pudiéramos sentir sin límites y sin miedos, liberándonos de toda inhibición y llenarnos de la energía sin fin de lo posible. Esa esperanza que late a la espera de hacerse hecho, verdad.
Ojalá pudiéramos soñar a la vez. Porque los soñadores se encuentran en algún punto común, donde las sonrisas y los corazones parecen fundirse y no hay malentendidos, donde todo fluye con la facilidad de lo divino y vivir es realmente un regalo mágico.
Pero debemos dejarlo ir… En el mundo real tú no me amas y yo suspiro por ti. En el mundo real me abrazas como a un oso de peluche y me aprietas los carrillos ya un tanto fláccidos y me miras con ojos que no me ven, no como yo te veo a ti.
En sueños, tú y yo vamos de la mano. Y hay silencio. Porque nuestras intenciones hablan por los codos y no necesitamos palabras, el roce de un dedo, el reflejo del viento en el vello de nuestros brazos y una sonrisa que es como un sello de intenciones. Pero en el mundo real vamos separados, dos metros uno del otro, hablando de todo un poco y de nada en concreto, lamentando un hecho, suspirando por algo que quedó atrás, por el cierre de un local, por las ganas de tomar un café. En sueños nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos. Y nos besaríamos. Pero en el mundo real nos vemos y no hay ninguna caricia, la mía se queda a medio camino, demasiado tímida; la tuya, es pura inadvertencia. Y sonreímos. Yo porque estoy a tu lado, tú porque te hago gracia y te sientes mejor cerca de mí.
En el mundo real debemos separarnos cuando nos vemos. Y nos vemos alguna vez, o dos, al año. En sueños iríamos abrazados hasta nuestro hogar blanco, y en nuestro sofá blando nos hundiríamos con el peso enorme de tu cuerpo, y el lenguaje de las caricias y de los besos lo llenaría todo, incluso los gemidos, y después te levantarías a buscar algo para comer y yo abriría las cortinas para que la noche celosa jugase con nosotros a hacer magia con el amor. Pero en el mundo real, cuando llegamos a tu casa, me abrazas como a un peluche, y me tiras de las orejas gracioso y hasta jugueteas con el pelo de mi pecho, sonríes como si tal cosa y me dices adiós. Y suspiras. Porque te vas con él. Y yo me quedo allí, de pie, con el dedo en el telefonillo, intentando buscar restos del calor de una mano que ya no está.
Ojalá pudiéramos vivir en nuestros sueños, donde todo es fácil, donde todo es realidad: el mar insomne, el océano de estrellas, el aroma de tu piel en mi piel, y la sonrisa de tu mirada en mi rostro. Ojalá pudieras darte cuenta, aunque fuera sólo un poco, de lo ancho de mi amor, de la profunda espera, de la pasión que refreno y de mis inmensas ganas de besarte, de beberte y de abrazarte en la singladura nocturna hasta atracar en el amanecer de tu vida. De tu vida real. En el mundo real. Allí, donde nada es posible, ni tú ni yo.
Solo otra vez (naturalmente)
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
al dr.H.
A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir.
***
A veces, sólo a veces, la magia se da, el regalo se recibe a manos llenas, y llega una chispa pequeña a iluminar por un instante una vida oscura. Y ya está. Todo parece girar de nuevo y hasta la sonrisa de fruta se abre como una flor y permanece eterna, alelada en ese vapor cálido de un sueño, una quimera. Y sabemos que todo es posible.
***
La soledad, una especie de mala consejera con un sueldo altísimo, parece que esconde sus cartas. Pero en realidad nos deja ciegos, y el encanto nos envuelve con una red débil. E imaginamos el día, la hora, la mirada cómplice, el ligero cabeceo, un ademán, y la voz suave, las manos firmes, el pecho abierto a un millón de besos, la espalda llena de caricias y un nombre, y un momento, en ese encuentro anhelado, en el que el atardecer, el viento, las hojas de los árboles y hasta los semáforos se detienen llenos de expectativas por lo que va a suceder… Y después todo pasa.
***
Las manos entrelazadas, la sonrisa cómplice, un abrazo y quizá un beso. Y la noche que sigue, las nuevas confidencias, una intimidad callada que no precisa de mucho más (todavía), si no de tiempo, tiempo que se extiende y se hace ingrávido, inerte, eterno.
***
Pero esas esperanzas, que se tejen débilmente en la distancia y se endurecen a medida que se acerca ese instante soñado, provienen de la soledad y a ella vuelven, dejando un corazón de nuevo herido, un mar de anhelos rotos, y una realidad grave.
***
No lo había imaginado así. No debía ser así. No otra vez. Pero sí.
***
Cuando nos abonamos al ensueño después de tanto tiempo mojados de realismo, cuando el corazón apagado renace otra vez lleno de brío, cuando nada importa: la distancia que no es nada, la virtualidad, a veces el silencio impenetrable y a veces una verborrea sorprendente, y nos enganchamos en un viaje ilusionado, carísimo, pero prometedor… La verdad siempre está ahí para llevarnos a tierra, para aclararnos que los sueños sólo se regalan a los afortunados; que los perdedores lo desean todo y son dueños de nada, excepto de una soledad sonora que de tan pesada se hace compañera, enemiga y verdugo.
***
No importa que la ciudad sea hermosa, que el día de primavera se cuele por entre las flores de los árboles aún desnudos de hojas; no importa que sea bello y encantador y tenga una voz grave y suave; ni que sus ademanes, vibrantes, enérgicos, simulen una conversación que es más bien un soliloquio; no importa que el local sea perfecto, la luz tamizada de las seis de la tarde, los asientos cómodos, de un terciopelo moderno y mullido, que la sombra de un edificio dibuje pequeños arcoiris en esos ojos preciosos, ni que la fuerza de una juventud divina parezca embriagar todo a nuestro alrededor… Siempre hay un móvil, un nuevo compromiso que surge, un vaya-lo-siento-me-quedaría-pero… Y nada más.
***
Porque en realidad NUNCA hubo nada más.
***
A veces las ilusiones, porque necesitamos ilusiones, son el lago donde se ahogan nuestra frescura y ganas de vivir. Y así seguimos, un día y otro también; solos otra vez, naturalmente.
Oír, escuchar, comprender
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ MedicineFui a buscar al oncólogo para que me explicara el cambio en la propuesta terapéutica de mi madre. Se había establecido un cronograma con el que habíamos quedado conformes: cirugía, radioterapia posterior, hormonoterapia. No quimio. Pero ahora se había producido un giro en el plan con el que no contábamos mi madre y yo. Al parecer el oncólogo tenía dudas.
Dicho cambio se le había comunicado a mi madre sin prepararla para ello. Yo no estaba presente. Y aunque lo hubiese estado. No debería haber cambio entre la comunicación médico-paciente fuese la madre de un colega o no. Aunque sé que si hubiese estado junto a ella, la notica hubiese sido dicha, y quizá asimilada, de otra forma. Ella salió entera pero my preocupada por ese cambio inesperado, y posteriormente me lo diría por teléfono casi al borde del llanto. Ella tenía cáncer, yo no. Y por supuesto, tampoco lo tenía ni la cirujana ni el oncólogo.
Dejando detalles técnicos aparte que llevaron a esas dudas en el plan de terapia del cáncer de mama que padece mi madre, el problema real que yo veía era ese hiato insuperable entre la intención del médico, sus propia visión profesional, sus ansias (y nada dispara más las alarmas que tratar a familiares de colegas) y las del paciente que está tratando. Es casi imposible evitar mezclar nuestras expectativas sobre nosotros mismos y las del paciente, nuestra intención de hacer lo mejor que sabemos hacer (y ser) y las del paciente, que desea ser curado por un lado con el menor dolor, y por otro, ser oído, y comprendido, en su dolencia.
Oír, escuchar, comprender. Tres verbos que deberían estar grabados en nuestro corazón. En Medicina. Pero también en la Vida así en mayúsculas, y en la vida pequeña, del día a día.
Fui a buscar a mi colega y le pedí que me aclarase el cambio. Me explicó sus dudas, su deseo de aportar el máximo de posibilidades en vistas a una «curación» (y no, amigos, no hay curación con el cáncer, ni es una batalla que se gane, ni es una lucha diaria: es vivir en constante riesgo, es enfrentarse a la debilidad, al miedo a nosotros mismos, a sufrir; es aprender a vivir al completo cada segundo, y eso es una lección durísima y difícil de aceptar) o, como me aclaró al recordar que estaba hablando conmigo, una alta posibilidad de estar libre de tumor en los plazos de cinco y diez años (así medimos realmente el éxito de cualquier terapia, en términos de supervivencia). Así, su tipo de tumor, ya per se con alta supervivencia ajustándose al plan inicial, podía beneficiarse de un 5% más de posibilidades si se le sumaba la quimioterapia. Asentí. Pero no.
Mi madre es una mujer sana, dentro de su edad, con una vida rica, que le permite hacer lo que desea; le gusta estar guapa, arreglada; le gusta pintar, bordar, salir a dar una vuelta, estar en su hogar. Tiene una buena calidad de vida. Y se nos olvida que la vida, la Vida, es calidad; de nada nos sirve estar vivos si no podemos disfrutar ni un segundo de ese regalo, de ese placer. Ella lo sabe. Lo ha tenido siempre muy claro. No le importa vivir diez años más, si ello supone mermar sus gustos, su independencia, su disfrute pequeño de los días que pasan. Sabe que tiene cáncer y lo ha asumido con entereza; se ha sometido a cirugía y ahora a radioterapia; sabe que tiene que tomar una pastilla todos los días durante cinco años, pero no quería oír hablar de quimioterapia ni antes de saber qué tenía, ni ahora. Es su voluntad. Su voluntad como persona y como paciente. Y se había sentido engañada como paciente y como persona al saber que deseaban cambiar un plan terapéutico sin comentarle nada, sin tener en cuenta precisamente eso: su vida. Y eso, no.
Le dije directamente a mi colega que siendo yo el que lo tuviera, por un 5% más de probabilidades no me sometería a la larga tortura de una quimioterapia: proceso eterno, indolente, que requiere una capacidad vital para la recuperación enorme (y no hablemos aquí de los problemas durante la terapia, que dan para mucho), que yo, sano, no estoy seguro de tener y mucho menos mi madre, dueña de una edad madura maravillosa, pero madura.
Lo miraba mientras se lo comentaba. Como hago siempre. Y me daba cuenta que no me entendía. No cabía en su esquema mental que me negase a esa posibilidad. Y yo mismo me preguntaba cómo era posible que no me entendiese. Empleábamos los mismos términos, pero desde primas diferentes.
Respiré hondo y detuve mi perorata, comprendiendo de súbito que no íbamos a llegar a ningún lado. Y supe en ese instante qué le aquejaba. Su necesidad de ofrecer lo mejor a sus pacientes, su deseo de que se libraran de una enfermedad laboriosa, era mayor que su sentido común; no entendía, no entendía, que alguien escogiese vivir con una enfermedad, pero vivir bien, con ese riesgo aceptado en vez de entregado a un tratamiento brutal que lo ataría a un lecho sin garantías, o con apenas más garantías que las que ya contaba por la propia naturaleza del tumor. Supe que no íbamos llegar a un acuerdo satisfactorio para él. Hasta que me dijo:
– Quien decide es la enferma.
Faltaría más. Sonreí.
– Obviamente. Ni tú como su médico ni yo como su hijo. Es algo que todos tenemos claro, ¿no?
Sonrió un tanto benevolente. Pensaba que al final se saldría con la suya. Como si eso fuese lo importante.
– Vamos a hacer un nuevo test sobre el tumor, es lo más preciso que tenemos en materia de probabilidad de recurrencia [reaparición] del tumor. Y según nos diga podemos decidir con más seguridad. ¿Te parece?
– Perfecto.
Sonrió más relajado. Y yo. Él tenía un arma con la que argüir sus bien intencionadas medidas terapéuticas, y mi madre ganaba una semana para pensarlo mejor.
Salí de su consulta sabiendo que se le ofrecía esa oportunidad de meditar porque era mi madre. Su caso es lo que llamamos frontera: ni bueno ni malo, de esos difíciles de decidir: todo lo que se haga es bueno sin llegar a ser magnífico; todo lo que se le añada como tratamiento sólo busca asentar las buenas posibilidades que ya tiene de por sí el caso, como asegurar con un dique nuevo la contención inicial de la primera estructura construida.
Me pregunté a cuántas mujeres, a cuántos pacientes, se les daba también esa oportunidad.
Cuando fuimos a la consulta, al día siguiente, observé desde fuera la relación médico-paciente, ese juego imperceptible en el que sin embargo las decisiones adoptadas transforman vidas, trazan destinos.
El oncólogo con su postura férrea, mi madre con la suya. Ambos con las mejores intenciones. Pero había algo que faltaba en ese diálogo: él oía, pero no escuchaba, y no comprendía la postura de la paciente. Mi madre, al contrario, lo entendía, pero argüía, con ese enorme sentido común que la caracteriza, sus razones. Diez minutos después, él le comunicó la prueba a la que iban a someter a su tumor y ella aceptó.
– Todo sea para que tengamos sobradas razones para tomar una buena decisión.
Le dijo el oncólogo. Ella asintió. Se dieron la mano y salimos de allí.
– Un buen hombre -me dijo mi madre ya en el pasillo-. Pero no me gusta.
La miré asombrado. No porque ella no acostumbrase ser directa, si no porque él había sido correctísimo, algo rígido, pero muy amable.
– ¿Y eso? No te dijo lo que querías oír.
Ella siguió con su tono calmado:
– No. Hace su trabajo. Pero mal.
– ¿Mal?
– Sí. Porque no me ha escuchado. Yo entiendo su postura. Es su labor darme todas las armas posibles para curarme. Pero es su deber entender mi decisión, porque es mi vida y mi salud, no la suya. Y si no me quiero someter a un tratamiento y le explico el motivo, su deber es entenderme, no ser condescendiente. Hay una gran diferencia. Y no tengo que explicártela ahora. Estás muy mayor para eso.
Le sonreí, sin decirle que sabía perfectamente a lo que se refería. Puede que ella no supiera la angustia que, como profesionales, nos atenaza muchas veces, la cruel necesidad que nos obliga a dar todo lo que podemos para alcanzar la restauración de la salud de nuestros enfermos. Una obsesión que puede nublar nuestro sentido común. Eso es una debilidad que debemos detectar y minimizar, pues no podemos eliminarla de un plumazo, y que pocos, en realidad, somos conscientes de su existencia. Y sin embargo yo era uno de ellos, y también fui un enfermo, y un familiar de un enfermo, y muchas cosas más. Qué complicados somos a veces los seres humanos.
Mi madre iba a negarse a la quimioterapia sí o sí.
– ¿Cuánto me queda por vivir? ¿Cinco años? ¿Tres? Lo que sea, estoy de prestado. Vivámoslo entonces como debe ser, quiero salir y estar al sol, encender la chimenea y sentarme a su lado pintando, quiero bordar y seguir saliendo con tu tía si me apetece a dar una vuelta, viajar si puedo permitírmelo, teñirme el pelo y llevar la coleta que he llevado media vida. El precio por unos años más de vida es muy alto con la quimioterapia para la sencillez con la que vivo; hay que pensar en vivir al máximo, no en arrastrase y dar trabajo gratis. A mi edad, la vida es para sentirla, no para dejarla ir en medio de tonterías.
Era su vida. Y tenía razón. Había que oírla, escucharla y comprenderla.
Hace unos días, en una guardia, me llamaron para valorar un enfermo de Parkinson ya mayor, encamado desde hacía tres años; sus familiares querían que se le diese la mejor atención y eso incluía la posibilidad de ingreso en UCI.
A la colega que me había comentado el caso le di una negativa cortante. De todas maneras, subí a valorarlo, como hacemos siempre. Por el camino (ahorro aquí la explicación de subir a pie seis pisos porque el ascensor no daba llegado), me arrepentí de mi brusquedad. Es que ya debería salir de nosotros mismos estas decisiones. En fin. Diciéndome a mí mismo de todo, llegué a la planta. Y fui directo a ver al enfermo y después hablé con su familia. Tres personas, pendientes de una hija del paciente que estaba de camino.
Les informé de sus posibilidades, de lo que le haríamos si lo ingresaba. De lo que significa prolongar una situación que no tiene salida. Creo que me entendieron y aún así temiendo lo peor, me dirigí a hablar con mi colega con la firme intención de ingresarlo, para ahorrarme (lo reconozco) tener que hacerlo a horas más indecentes ante la supuesta terquedad de su médico.
Me llevé una sorpresa. Mi colega no deseaba ingresarlo. En el fondo, lo que quería era mi ayuda para hacer entender a la familia que las posibilidades del enfermo eran nulas y que lo mejor era aportarle los cuidados paliativos que necesitase para que no hubiese sufrimiento por ambas partes. Suspiré, aliviado.
Me había equivocado. Y qué dichoso estuve de haberlo hecho.
Con energía renovada volví a reunirme con la familia. Ya había llegado la hija que faltaba. Sus caras de angustia me afectaron un poco. Y por un momento, detuve el fluir de mis pensamientos y abrí los ojos y los oídos: les dejé hablar, los oí, los escuché y los comprendí.
La hija tenía miedo, primero, que lo que tuviera pudiese ser tratado y salvado; segundo, que lo veía sufrir y la angustiaba todo. Debí haberlos llevado a un lugar donde sentarnos, pero no lo hice. En vez de eso, cambié el tono de mi mirada y acerqué mi postura a ellos. Supe el camino por el que tenía que transitar y les tomé de la mano para que viajaran conmigo.
Les expliqué la evolución del Parkinson y las causas habituales de muerte cuando la enfermedad evoluciona, como era el caso. Les expuse e intenté garantizarles que mis colegas y yo vigilaríamos por la integridad del paciente y por la de la familia, y que veía un error ingresarlo en una unidad que sólo le ofrecería prolongar una situación que no tenía futuro.
Suspiraron aliviados. Entendieron. Me entendieron. Y por encima de todo, yo les comprendí. A ellos. Y a mi colega, desbordada por la falta de conexión con la familia.
Resolvimos la situación como deseábamos, y todo volvió a la normalidad.
Era lo mismo que el caso de mi madre con su oncólogo. Lo mismo que nos pasa en el día a día a todos en todos los niveles.
El resultado de la prueba del tumor de mi madre llegó. Fue mejor de lo que esperábamos. El oncólogo me llamó todo ilusionado para darme el resultado.
– Tenía razón tu madre -me dijo-. Una mujer muy perspicaz. Toda una dama.
Sonreí para mis adentros. No necesitaba quimioterapia. Ahora había más certeza. La angustia de su médico disminuyó y mi madre suspiró tranquila. No quería mandarlo a hacer gárgaras y ya no tendría motivos para eso, pues, aún su incapacidad para escucharla y entenderla, ella era consciente que la había oído y con eso le bastaba.
Y porque sí, además de guapa y elegante y ser todo corazón, mi madre es una dama.
Ahora toca enfrentarse a otros problemas, los que vayan llegando, con ánimo renovado.
Oír, escuchar, comprender… Cuánto tenemos que aprender.
El amor después del amor
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/LiteratureEl amor después del amor, de Derek Walcott
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
—Derek Walcott—
(Versión de Vicente Araguas en Huerga y Fierro Editores)
LOVE AFTER LOVE
The time will come
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other’s welcome,and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved youall your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other’s welcome,and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was your self.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved youall your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,
the photographs, the desperate notes,
peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.

Fragilidad
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ MedicineEran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.
El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.
Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.
Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.
Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca, y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.
Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.
– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.
Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.
– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.
Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.
Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.
Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.
No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.
Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.
Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.
Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.
No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.
Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.
No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.
Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…
Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.
– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…
Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.
Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.
Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.
Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.
Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.
Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.
Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.
Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.
Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.
– Gracias…
Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…
Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.
Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.
En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.
Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.
Otro yo.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone
He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.
A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.
Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.
Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.
Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.
He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.
No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.
Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.
Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.
En fin…
Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.
No como soy hoy.
He tenido días mejores…




