El mundo real

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Ojalá pudiéramos vivir sólo en nuestras ilusiones, que ese mundo cambiante, elástico, se hiciese real, firme, fijo. Ojalá pudiéramos sentir sin límites y  sin miedos, liberándonos de toda inhibición y llenarnos de la energía sin fin de lo posible. Esa esperanza que late a la espera de hacerse hecho, verdad.

Ojalá pudiéramos soñar a la vez. Porque los soñadores se encuentran en algún punto común, donde las sonrisas y los corazones parecen fundirse y no hay malentendidos, donde todo fluye con la facilidad de lo divino y vivir es realmente un regalo mágico.

Pero debemos dejarlo ir… En el mundo real tú no me amas y yo suspiro por ti. En el mundo real me abrazas como a un oso de peluche y me aprietas los carrillos ya un tanto fláccidos y me miras con ojos que no me ven, no como yo te veo a ti.

En sueños, tú y yo vamos de la mano. Y hay silencio. Porque nuestras intenciones hablan por los codos y no necesitamos palabras, el roce de un dedo, el reflejo del viento en el vello de nuestros brazos y una sonrisa que es como un sello de intenciones. Pero en el mundo real vamos separados, dos metros uno del otro, hablando de todo un poco y de nada en concreto, lamentando un hecho, suspirando por algo que quedó atrás, por el cierre de un local, por las ganas de tomar un café. En sueños nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos. Y nos besaríamos. Pero en el mundo real nos vemos y no hay ninguna caricia, la mía se queda a medio camino, demasiado tímida; la tuya, es pura inadvertencia. Y sonreímos. Yo porque estoy a tu lado, tú porque te hago gracia y te sientes mejor cerca de mí.

En el mundo real debemos separarnos cuando nos vemos. Y nos vemos alguna vez, o dos, al año. En sueños iríamos abrazados hasta nuestro hogar blanco, y en nuestro sofá blando nos hundiríamos con el peso enorme de tu cuerpo, y el lenguaje de las caricias y de los besos lo llenaría todo, incluso los gemidos, y después te levantarías a buscar algo para comer y yo abriría las cortinas para que la noche celosa jugase con nosotros a hacer magia con el amor. Pero en el mundo real, cuando llegamos a tu casa, me abrazas como a un peluche, y me tiras de las orejas gracioso y hasta jugueteas con el pelo de mi pecho, sonríes como si tal cosa y me dices adiós. Y suspiras. Porque te vas con él. Y yo me quedo allí, de pie, con el dedo en el telefonillo, intentando buscar restos del calor de una mano que ya no está.

Ojalá pudiéramos vivir en nuestros sueños, donde todo es fácil, donde todo es realidad: el mar insomne, el océano de estrellas, el aroma de tu piel en mi piel, y la sonrisa de tu mirada en mi rostro. Ojalá pudieras darte cuenta, aunque fuera sólo un poco, de lo ancho de mi amor, de la profunda espera, de la pasión que refreno y de mis inmensas ganas de besarte, de beberte y de abrazarte en la singladura nocturna hasta atracar en el amanecer de tu vida. De tu vida real. En el mundo real. Allí, donde nada es posible, ni tú ni yo.

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