Mundos de color/ A Colorful Worlds*

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

*por Otto Más.

Esperando (por ti)/ Waiting (for you).

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Agosto (y el amor)/ August (and Love).

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Como el viento/ Like the Wind.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

Una mezcla de alegría y melancolía tiñe siempre mis visitas a Madrid. Escapando como puedo, invirtiendo cada momento libre en un momento mágico, las horas se amoldan a la presencia de la soledad, aceptada y en muchos momentos buscada, pero también la compañía de personas generosas, con su tiempo y su espíritu, que me permiten llegue a conocerlos y a compartir algo de sus muchos dones y experiencias vitales.

   Estos encuentros suelen ser fugaces. Como el viento, voy y vengo con demasiada rapidez; echo de menos un abandono más total a la experiencia siempre especial de esos encuentros, y a veces he fantaseado en lo que sería ser dueño de un tiempo más laxo, que me permitiría departir, conversar y sencillamente disfrutar de personas tan excepcionales como comunes y abiertas al mundo que vivimos.

   Todas estas personas son extraordinarias: poseen talentos que escapan de su piel y llegan ya sea en la cercanía de su compañía, o en las palabras y obras de la distancia; tienen problemas, frustraciones y anhelos y aventuras encantadoras, porque me acercan con su diversidad a ese caleidoscopio que es la vida que se vive, alejada a veces de lo cotidiano, y muchas otras, demasiado adheridas a la tierra para pasar fácilmente desapercibidas, y que me enriquecen tanto y que tanto extraño cuando no los tengo cerca.

   Todos ellos pertenecen a ese grupo heterogéneo de amistades, de lazos que se crean poco a poco y con fuerza variada, sometidas al vaivén de los encuentros y desencuentros, de las distancias y los acercamientos, que honro tener en mi vida. Aquellos que ya no están, o que sólo están por breves instantes; aquellos que viven de cerca, latido a latido, cada momento importante, y que laten en el eco de la soledad y ríen en la algarabía de los días alciónicos, días en los que todo coincide: la perfección del instante con la compañía, el sol o la lluvia, unas risas y una buena comida.

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   Mi relación con Carlos Hugo Asperilla ha trascendido la mera admiración por su talento. De un atractivo evidente, su bagaje astrológico es muy similar al mío, y muchas veces veo en él todo lo bueno que seguramente yo tendría si me tomase el trabajo de encontrarlo. En él todo lo que vale la pena está a flor de piel, se ve en su mirada y se descubre en sus gestos, y en un constante descubrimiento y reflexión.

   Su buen amigo, Óscar Moreno García, es un espíritu puro que se debate, como todos, entre el querer y el poder, ganando batallas y dándolo todo a cambio, con una firmeza y una fuerza que la belleza de su cuerpo, pura fibra, atestigua. Dueño de una sensibilidad extraordinaria, su juventud y su cercanía hacen de nuestros encuentros una pura delicia, y hasta hacen que me olvide que gracias a él sudo muchos días la gota gorda en la cinta de correr. No en vano cada vez que coincidimos juntos, ellos y yo, terminamos paseando por las calles de Madrid, en una costumbre que a mí me encanta y que disfrutamos juntos, reflexionando, diciendo sandeces y riéndonos a carcajada limpia por esas calles a veces señoriales y a veces extraordinariamente reales tan características de la abierta y sin igual capital de España.

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   A Iñaki Bañares me une una atracción única. Es un hombre de gran poso y, a la vez, de aguas turbulentas. Es un hombre de gran musculatura, de sonrisa fácil, de mirada risueña y de gran capacidad de dar. Es generoso por naturaleza y por convicción. La dedicación a su cuerpo no logra esconder la misma reflexión constante hacia su vida y a todo lo que le rodea. Es un triunfador porque empeña su tesón y su fuerza en lo que emprende; es un hombre completo porque aúna espíritu, cuerpo y corazón en representar aquello por lo que hemos sido creados: mostrar la belleza de Dios entre nosotros.

   Sus dudas, sus remordimientos, su voz enmarcan una personalidad luminosa en la que habitan claroscuros, zonas de penumbra que lo mantienen confiado y vivo y con ganas de luchar. Su compromiso con la belleza de su cuerpo es el mismo que con la vida: a través de su intuición y sus manos sanadoras, consigue alinear energía e intención en todo lo que toca. Y siempre, siempre, llega a tocar el alma. Es un gran hombre no sólo por atractivo y belleza, sino por su gran calidad humana y su generosidad sin igual.

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   Mi admiración por Otto Más viene de hace tiempo. Su mirada para la fotografía (que ha enriquecido y embellecido las páginas de este blog), su verbo fluido y rico, sus inseguridades, hacen de él un hombre entero. Hizo lo posible para poder conocernos en persona, y ese encuentro se me hizo demasiado corto, demasiado breve pero muy enriquecedor. Es un hombre de gran galanura: guapo (aunque él se empeñe en negarlo), muy atractivo, intenta desarrollar su sentido de lo bello y de lo divino en sí mismo y en lo que le rodea. Dueño de una cultura deliciosa y de una voz de barítono que enamora (es preciosa) su búsqueda de la Belleza, su ansia de lo Perfecto lo lleva por caminos a veces tortuosos (su propio cuerpo es una muestra de su empeño por alcanzar ese ideal de divinidad con el que todos soñamos pero que pocos consiguen) pero siempre fructíferos; y su conversación, llena de argumentos con lógica y sentido común, enriqueció unos minutos que hubiera querido alargar más tiempo.

   A pesar de que pude reencontrarme con personas como Janneth, cuya sonrisa de sol ilumina el día más oscuro, me quedó en esta vuelta por Madrid mucho en el tintero: Pablo e Isi, por ejemplo, que tanto me hacen reír como reflexionar, y conocer a más gente estupenda que, como todos ellos, son un ejemplo de diversidad, aplomo y locura: Lolo, Javier, entre tantos otros.

   Pero, como el viento, voy y vengo, entro y salgo de sus vidas con una facilidad casi divina. Y esa levedad no está reñida con profundidad; esa brevedad sólo siembra en mi corazón las ganas de más. Gracias a este universo en constante expansión que es Internet nos hemos ido conociendo, espero que siga manteniéndonos cerca.

Confía en mí/ Trust in me.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Trust in Me. Etta James.

   Ven, sentémonos. La brisa de la ría ha llegado y me revuelve el pelo. Te acercas e intentas apaciguarlo; tarea vana. Me río y te ríes.

   Ven, sentémonos frente a frente. Quiero verte bien, al completo.

   A veces creo que me puede tu belleza. Si pudiese, acariciaría tu cuerpo entero por toda la eternidad. No hay nada que no me guste: desde tu sonrisa de ángel a tus pies tan bien hechos. No dejaría ni una parcela de piel sin besar, ni una caricia perdida ni un suspiro escondido. Si pudiese, anidaría en tu cuerpo para siempre.

   Te he violentado. Al menos no dices nada. Sí, es un poco precipitado. ¡Claro! Si alguien me lo dijese a mí, no lo creería. Pero soy yo quien lo está diciendo, y te lo estoy diciendo a ti. A nadie más. Mi atención se centra en cada expresión de tu rostro, en el brillo de tus ojos, en la fuerza de tus manos, en la caricia de tu compañía. El mundo se hace pequeño y se esconde dentro de tu boca, de donde lo sacaría saciándolo a besos. Nada importa fuera de este espacio que hay entre los dos; niños jugando, abuelos mirando, mujeres coqueteando con desconocidos, hombres que intentan llamar la atención casi desnudos en esta tarde de sol. Nada importa que no seas tú y lo que siento cada vez más fuerte, lo que se escapa por mis poros junto con el sudor; lo que sueño pensando en tu cercanía, y aquello más escondido de fraternal, de divino, de inmaterial.

   Te tomo la mano. Me sorprende su delicadeza y su tamaño. Parece poder abarcar un tramo del universo. Sonríes. Sonríes relajando el aire que se entromete entre tú y yo. Y apretas tu mano en la mía y la acercas hasta tus labios y depositas en ella un beso.

   Me pongo colorado. Se me suben todos los tonos del arcoiris. Miro hacia otro lado, hacia la ría mansa en esta hora en que comienza a lamer sus orillas; hacia la bandada de gaviotas que revolotean siempre buscando alimento, carnaza con la que sortear el universo de la tarde; un perro que pasea a su dueño por la orilla porticada. Qué cosas. Yo que me derrito por ti y soy el primero que se deshace… Qué cosas.

   Puedes confiar en mí. Sí. Has pasado por muchas cosas: el amor y sus entretelas, una vida dedicada a un trabajo que florece en esplendor; decepciones varias; sueños rotos a veces, a veces cumplidos con una plenitud más similar a la culminación que al progreso; y ahora una aventura loca, una apuesta fuerte, un golpe de la vida…

   ¿Por qué? Por muchos motivos. Por ninguno en particular. Porque estamos aquí, juntos, en esta tarde de sol y viento, oyendo a la ría llegar y a mi corazón retumbar por tu cercanía. Porque a pesar de mi propia vida, aquí te la entrego y la pongo enterita a tus pies. Porque sé que tú mereces un amor, amor, que pueda liberarte, que te dé alas; un motivo para seguir luchando, un sentido a la mañana prendida de deseo y a la tarde inconclusa hasta llegar a casa, la cena puesta, el baño tibio y la sonrisa en las cortinas abiertas al mar.

   Puedes confiar en mí. Porque también sé de dolor, de la soledad, de la vergüenza de amar sin ser correspondido, del desastre de la desconfianza, del veneno de la traición, del infortunio y del fracaso. Y porque, aún sabiéndolo, estando a tu lado confío ciegamente en el Destino que nos ha unido esta tarde, en el océano que divide ilusiones y hermana nuestras historias, parecidas más donde simulan diverger.

   Llevo tu mano y la mía hasta mi boca. Y acerco esa mano tan hermosa hasta mis labios. Deposito en ellos un beso de saliva, que se evapora rápidamente, y llevo ese beso al centro de mi pecho, donde mi corazón desbocado no ceja de gritar de algarabía, no deja de pronunciar tu nombre.

   Y te miro a los ojos sin desviar la mirada ni un solo segundo.

   Y sonríes. Y yo también. Y entiendes. Y yo también.

   Te levantas. Ese cuerpo inmenso se desplaza como flotando, fluye líquido hasta inundarme por entero. Y te acercas a mí. Tus ojos abiertos como planetas, tu sonrisa llena de ideas que no logro descifrar. Sueltas mi mano y llevas tus palmas a mi rostro. Y lo acercas al tuyo. Y sonríes. Y sonríes más al acercarnos… Noto el suave aliento cálido inundar mis labios, y un beso llena mi boca y la abro sediento buscándote a ti…

   Confía en este cariño. Confía en este amor como lo hago yo. En que todo saldrá bien; en que no será fácil ni quiero que lo sea; en que estaremos juntos hasta terminar el arrullo de los días.

   Sí, amor amor, confía en mí.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Me he habituado a ti/ I’ve grown accustomed to you.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Siempre he ido de aquí para allá. Conociendo y siendo conocido, olvidando y siendo olvidado. Lugares, rincones, habitaciones, camas o espejos. Animales queridos, personas quizá valiosas, quizá pesadas. Todo quedaba atrás.

Hasta que te conocí a ti.

De naturaleza bondadosa, algo pesada y risueña. Sonríes de continuo, escondiendo malamente un optimismo de mundo y medio. Y esos ojos chiquitos y brillantes, enmarcados por unas pestañas tupidas y oscuras, y una naricilla de ciervo, pequeña y preciosa.

Cierro los ojos y tu risa retumba en mi memoria y el olor de tu piel al acercarte, y el sonido de tus pisadas en el suelo, el pesado ademán de un brazo sobre los hombros, un mohín apreciativo y un claro de luna en la playa, bajo el puerto.

Puedo dibujar los rincones más escondidos de ese cuerpo de gacela; sé a qué saben tus labios, y el agua de mar de tus lágrimas ocultas bajo el eterno ulular de tu respiración. Puedo evocar tu voz de ave, el silencio con el que empezamos el amor del cuerpo, y la mirada oblicua, cansada y caída al terminar. Y el sudor entre las sábanas y el viento entre las cortinas, entre nuestras pieles y nuestras risas.

No habré conocido personas como tú en este mundo que rebota, y sin embargo… Tu voz, tu perfil, ese pelo castaño, esos hombros redondeados, esa espalda de río… ¿Por qué te extraño tanto? ¿Por qué no sales de mis sueños? ¿Por  qué te empeñas en clavarte en mi pensamiento; aún más, en cada latido de mi corazón?

No habré saboreado yo otras vidas más fascinantes, más divergentes. Y sin embargo… El recuerdo de tus besos, el roce de tus dedos debajo de mi piel, el fantasma de tu sombra tras de mí y a mi lado, cogiéndome de la mano caminando al atardecer…

Me he habituado a ti. Poco a poco, como el lento navegar de un riachuelo hasta su destino, has horadado en el lecho tu camino hacia mi corazón y te has quedado para siempre. Cada latido me regala un hábito efímero, una palabra dicha en el claroscuro del amanecer, una caricia que todavía me estremece y un sentimiento que me enciende…

Yo, que siempre he ido de aquí para allá, conociendo gente y olvidando vidas, me he acostumbrado a tu saludo diario, a tus enfurruñamientos vespertinos, a tus mohines divinos y a tu risa de plata. Me he habituado al aire que respiras y a ocupar un espacio cerca de tu corazón. Me he descubierto queriendo compartir las horas del día, gozar de los momentos nocturnos, contemplar la salida de las estrellas y el lento arrullo del amanecer, rodeado por tu sonrisa, por la luz de tus lindos ojos, por la serena belleza de tus gestos y tu corazón.

Yo, que siempre he ido de aquí para allá, olvidándolo todo, lugares, rincones, habitaciones, camas o espejos, me he habituado al peso de tu cuerpo en la cama, al aliento de tu compañía al mediodía, al suave susurro de tu respiración sobre mi hombro. Y aunque el mundo es inmenso y rico, he de confesar que nada me parece más precioso que bailar entre tus brazos, nada sabe mejor que tus besos y nadie me ha querido sin pedirme nada, nada de nada, como tú lo has hecho… Nadie puede negar, ni yo mismo he de confesar, el hermoso hábito en el que has convertido mi vida.

Me he habituado a ti, a tu presencia y calor; me has cambiado tanto, tanto, que casi no me hallo en tu ausencia.

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