En sueños/ In dreams.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Cierro los ojos en la noche e intento poner mi mente en blanco. Porque en mi mente muchas cosas se agolpan y no me dejan dormir, y sólo durmiendo puedo estar contigo.

En sueños te acercas a mí y me sonríes sin preguntarme nada. Me miras y me abrazas, sin que nada nos separe. En sueños, tú y yo estamos juntos y es lo único que importa.

Mientras duermo mi piel está alerta pues tu aliento la despierta, tus manos la recorren. Mientras sueño, mis ojos te ven con otros ojos, y sonrío, y juntos bailamos en la ingravidez de la noche rodeada de estrellas.

Cuando me acuesto, aprieto mucho, mucho los ojos, con la esperanza de quedarme pronto dormido. Mi cita diaria contigo me espera y no hay hora que no me lleve a ese sueño en el que te encuentro.

En sueños aún nos amamos y paseamos de la mano. En sueños seguimos juntos, como si nada hubiese ocurrido.

Y hay risas y hay lágrimas y hay amor y hay caricias y deseos y éxtasis y calma…

No hay adioses, no hay despedidas; no hay reproches ni desdichas. En sueños sólo el amor nos rodea y nos nutre, haciendo que vivamos por siempre.

Por eso no quiero que llegue el alba. Porque la luz me obliga a separarme de ti, a dejarte ir, a perderte. Cada amanecer es una pequeña muerte, porque la vida maravillosa que vivo contigo se pierde al sentir el calor del sol en la ventana, el arrullo de la mañana en mi piel…

Por eso no quiero despertarme nunca, porque te pierdo de nuevo, y mi corazón no soporta ya tanta separación, tanta espera…

Y no puedo evitarlo, por más que intento, y me diga y me sugestione y me despida de ti y me inunde de cotidianidad y ría o llore o finja interés o sapiencia.

En el fondo, sólo cuento las horas para que llegue la noche y sentir la comodidad del lecho y el lento ritmo del sueño que llega callado y me invade por entero…

En sueños, sólo en sueños, tú yo estamos juntos. Y qué bien que así sea. Pues sueño contigo y vivo contigo, y respiro contigo y amo contigo. En sueños, en sueños vida mía, lejos de todo pero juntos, juntos siempre, hasta la llegada de la eternidad.

Arder, consumirse/ To Burn, To Consume.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

En la ventana, viendo al viento barrer el manto de nubes oscuras que arrastra mi alma, llueve y pienso en ti.

No me importa abrirla de par en par para que entre el frío y el agua y moje mi cuerpo. No lo noto, no lo siento, porque sólo puedo pensar en ti una y otra vez, y el amor que me inflama consume mi frío y seca la lluvia de mi piel y todo lo deshace menos tu imagen, tu mirada y tu corazón.

Fiebre que me consume… Sudo en este día frío, y la sana infección que eres tú todo lo devora: mi pensamiento que te dibuja; mi voz que dice tu nombre; mis brazos, que caen desvalidos porque les falta tu apoyo, tu espalda infinita, tu presencia…

Y es esa ausencia la que me enloquece, la que me hace desear lo que ya no tengo y sentir, sentir hasta casi la locura el recuerdo de tus besos, el recorrido de tus labios sobre mi pecho y la hoguera ardiente de tu corazón incendiando mi alma…

Mi alma se consume sedienta de ti. Y, llena de un calor que no calma este día de fría lluvia y grises nubes, abro la ventana de par en par para que me ahogue el agua que cae, para que el viento que sopla arrastre lejos de mí tu recuerdo, la presión de tus manos, la firmeza de unas piernas que no me dejaban ir…

¿Por qué has tenido que irte? ¿Por qué me dejas así, ardiente e incansable, vacío inmensurable, temblando por ti? No lo sé…

Y me asomo a la ventana buscando paz, esa paz que sólo tu cuerpo puede darme, que sólo la caricia de tus manos y los besos de tus labios pueden regalarme… Pero no estás, y en tu ausencia lloro tu pérdida, y mi cabeza late una y otra vez con el temor de no verte más…

Y sin embargo, esta pasión que me consume todo lo puede. Este corazón que late te atraerá de nuevo con el rugido de su lamento, con el brillo incandescente de las llamas que lo devoran… Y lo verás, lo verás desde el horizonte, a pesar de la lluvia que cae, del manto gris que nos envuelve, ardiendo en la ventana abierta al invierno, consumiéndose lenta e inexorablemente en la espera de sentir de nuevo el contacto de tu piel, el sabor de tus labios y el huracanado abrazo de tu amor.

Porque yo soy todo tu amor, tu amor que espera ardiendo en la ventana abierta al invierno y que se consume entre las llamas de una pasión perdida, soñando incansablemente, como una estrella en la noche, poseerte otra vez.

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En el aire/ Up in the air.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Una noticia de despido es una revolución astral: no se espera, trastoca el mundo y deja al despedido en un limbo de sensaciones, en un mar de decisiones urgentes e inútiles (por imposibles) y con una carga de angustia que es difícil de valorar.

Y  no hablo aquí sólo (si no fuera eso ya suficiente) de las responsabilidades de una o varias hipotecas, de pagar los recibos mensuales de una vida, que es la vida misma: luz, agua, teléfono, colegios, vestido, alimentos; si no de algo mucho más profundo, mucho más interior y por lo tanto, más secreto, más inconfesable.

Todo despido lleva consigo una serie de decisiones previas a las que no se les prevé (por inconvenientes o por ceguera) consecuencias inmediatas. La persona responsable sólo advierte números, situaciones bursátiles determinadas, ese juego de castillos en el aire al que hemos llamado Economía, ese dios creado por el hombre y al que hemos entregado, desde hace milenios, nuestra alma y nuestra felicidad. No valora, porque no se debe, las consecuencias personales y familiares de las personas a las que el despido afecta; porque un despido es una medida cautelar, inmediata, de resolución rápida, y tapa agujeros y apaga un incendio particular para encender uno más tarde. Es decir, despedir a un trabajador es una decisión procesada en bloque (porque no se despide a un trabajador, sino a un grupo en conjunto) diseñada para conjurar un mal que sigue manteniéndose en el tiempo pero que, al mutar de nombre, parece que cambia de responsables, y es un alivio momentáneo y frágil de esa red inútil e inestable que es la Economía, sea la de un hogar, la de una empresa, una región o un estado. Una vez acabado con ese problema momentáneo, la atención del responsable pasa a otra cosa, y se olvida pronto a aquellos que han dejado de ser problema, lanzados a otro aún mayor, pero que ya no está en sus manos resolver.

Vaya y pase cuando la persona despedida es inútil o irresponsable o que haya abusado de los privilegios del poder o de los beneficios de su posición: los trabajos que dejan vacantes saldrán ganando con ello, y esas personas quizá también. El problema radica en todos aquellos que, cumpliendo cabalmente con su labor y siendo útiles y necesarios, son despedidos por esas necesidades abstractas de cuadrar números o de justificar acciones de superiores igual de obtusos que las decisiones que se toman.

Todo puesto de responsabilidad acarrea una consciencia amplia, que debe abarcar no sólo el presente inmediato sino el futuro previsible. No se sabe el peso de ese trabajo hasta que se tiene sobre los hombros, pero eso requiere de la persona encargada una claridad de ideas y una falta de cinismo que es difícil de encontrar en estos tiempos de verdadera crisis humana, porque pocas personas son capaces de mantener una visión a largo plazo mientras luchan con los pormenores del día a día.

Esta imagen de perfección es menos romántica de lo que se piensa. Si bien es cierto que no se pueden evitar a veces ciertos daños secundarios, sí se pueden prever y, por lo tanto minimizar, el impacto en el tejido de las cosas que pasan. En Medicina ocurre: a veces tomamos decisiones que afectan a más de un órgano, pero el beneficio del todo justifica una acción semejante. Pero como el todo es el bien de cada uno de sus componentes, se toman medidas para que ese daño, de producirse, sea el menor posible, el más fácil de manejar o el que tenga el menor número de repercusiones futuras… Si en este campo de imperfección perfecta, luchamos por alcanzar con cada una de las decisiones la mejor solución posible, aún me cuesta entender que en esos campos de juegos de mentirijillas que hemos creado: la Política, la Economía, no se tomen medidas parecidas, o que requiera de altas dosis de clarividencia, y de valor, para hacerlo.

Por eso el mundo está en crisis: porque sus supuestos gobernantes no alcanzan las mínimas cotas de interés humano ni de estricta moral (y sí, hay una Moral, que nada tiene que ver con preferencias sensuales, culinarias o eventuales, sino con la base y el verdadero lazo de unión que nos relaciona a todos: ser seres humanos) que se requieren para tomar decisiones tan importantes y de tanto impacto personal como el de echar a un trabajador de una empresa, que depende de su trabajo y muchas veces su propia imagen personal, para subsistir.

El despedido es un ser perdido. Infravalorado por los suyos (que prescinden de él); se pregunta a sí mismo qué ocurre y las razones por las que eso pasa. Más allá de buscar culpabilidades propias o ajenas, pasa como una exhalación por todo un abanico de sentimientos, desde pérdida hasta odio e indiferencia, en franca soledad, y el peso de sus responsabilidades, propias y familiares, no aligera por un segundo la ruta por el limbo perdido por el que navega. Que la Vida nos coloca a veces en esos instantes de vértigo, en donde la Nada confluye con Todo y el mundo deja de ser lo que es y gira en otra dirección, es algo sabido: enfrentarse a ello es, quizá, uno de los mayores retos que tenemos como seres humanos; y sobrevivir a ello, un logro que valdría las loas más perfectas y los más secretos triunfos interiores.

Toda decisión tomada desde la responsabilidad es difícil de asumir, pero entendible. La razón y la explicación pueden allanar un proceso frustrante pero quizá necesario para el desarrollo de la personalidad y de la vida. Nada es fácil, pero si la persona que sufre una situación tan desesperada llega a saber que han pensado en ella no como un número o como una solución, y que le ofertan salidas alternativas que puede escoger, para renunciar más tarde o para recalar mientras se curan esas profundas heridas, el proceso psicológico y físico, el impacto emocional y vital (que no quita ni un gramo del peso de las responsabilidades individuales y familiares de cada persona envuelta en este estado) sería menor y tal vez, tal vez, podría alcanzar cierta justificación y cierto consuelo.

Nada hay peor para una persona que sentirse infravalorada, que sentirse manipulada o engañada, y lanzada al precipicio de lo que no importa por fines limitados y partidarios, equivocados. El fin sólo justifica los medios en casos de extrema necesidad, en la que la Salud está en juego, en el que la Paz peligra, en el que la Estabilidad de un mundo se tambalea. No en el momento, en un instante del fluir del Tiempo, en el que unos números deben cuadrar para justificar una acción, una labor ni un puesto de trabajo: sea barrendero, periodista, político, consejero, ministro o presidente. Nada justifica este vacío de personas conscientes de su labor de Estado, de su sentido de canalizadores del Orden de las Cosas, que estamos viviendo, ni nada perdona que se lance al aire la vida de una sola persona por justificar números, entelequias y magros votos políticos.

Un columpio/ A see-saw.

El mar interior/ The sea inside

No es ni mejor ni peor. Ni frío ni calor. Ni dolor ni alegría. Hay momentos, como hoy, en los que me asusta ser tan insensible. Porque estoy como muerto.

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Miedo de enfrentarme a la Creatividad como al Cambio. Toda visita al precipicio me destroza los nervios, me recuerda mi intenso vértigo.

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Pero a veces hay que saltar. Sin red o con ella. Sin sentido o con él. Pero hacerlo. Hacerlo siempre.

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Pero, ¿cuándo?

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El dolor ajeno sólo es eso: sentimientos de otros, no del Otro que llega a obsesionarnos. Ni siquiera el Nuestro, que nos atañe más.

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Porque el Otro, aunque lo amemos, no deja de ser un extraño.

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Porque el Otro, aunque lo amemos, es libre y nosotros somos su esclavo.

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Amo como otros odian. Con la misma pasión y el mismo delirio. Por eso, y por muchas cosas que prefiero callar, me gustaría no tener corazón.

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Pero tengo. Y late. Late sin cansancio. Desde el primer minuto hasta el postrero. Incansable, hasta cuando enferma… Pobre corazón.

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Pobre…, ¿él?

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Tengo tantas carencias que soy incapaz de ver, a veces, el Bien del que procede tanto defecto.

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La falta de amor puede enloquecernos.

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De amor propio. Y del Otro, que es ajeno a lo que nos pasa, pero que transforma nuestro paisaje hasta hacerlo perfecto. Tal es el poder de ese Hechicero.

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He perdido mi libro de embrujos por alguna parte. El Destino se burla de mí y caen los años y me asombra ser ya viejo. Qué vértigo.

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Me marea ser consciente de la inconsciencia con la que he vivido.

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Me decepciona ser consciente de tantos errores.

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Me irrita ser tan imperfecto… ¿Hay un mecánico en la sala?

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¡Qué día tan perfecto! Qué noche tan oscura. Un intenso mapa de días perdidos.

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Así es mi vida: un puro desperfecto, un constante malgasto.

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¿Quién puede pensar en el futuro cuando el presente es tan oscuro?

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Si he vivido para el bien, tocará también vivir para el mal. O para lo que creemos que es malo, que quizá sea lo mismo.

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En este mundo de pantomimas, descubrirse inútil no es más que una patraña maravillosa del Destino.

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Todos somos un dibujo inacabado, un trazo en el universo. Pero hay bocetos más logrados.

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Mar verde de bosques en extinción. Mar azul de bruma intermitente. Faro que lanza su sonido de augurio, su luz de resaca. Niebla que todo lo acaricia y que penetra hasta el último rincón del alma. A veces soy mar embravecido, a veces árboles calcinados; a veces, sólo un pobre hombre en medio de la Nada.

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Marea que marea, oleaje que viene y va. Como el vértigo que nos obliga a lanzarnos, con red o sin ella, en el vientre del Destino.

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A veces me gustaría no tener corazón.

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Pero lo tengo. Y puede que lo necesite. Y puede que no sirva para nada.

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¡Pobre corazón!

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Pobre…, ¿él?

 

En la frontera/ On the wire.

El mar interior/ The sea inside

Bird On A Wire, Leonard Cohen.

La Vida se caracteriza, como la Naturaleza, en preferir cataclismos renovadores del alma, catarsis destructoras, tormento y calma posterior y empezar de cero otra vez que remendar situaciones que no tienen remedio o posturas inacabadas o problemas llenos de dudas. La Vida no se lamenta por lo ocurrido, no mira atrás, no deja ningún plan inacabado. Eso choca con el corazón humano, con los sueños humanos, con su  orgullo y su humilde despertar.

Frente a la muerte y la resurrección no somos más que motas de polvo que vagan sin sentido en el amnios de la Vida. En ese lago, en ese océano, vivimos nuestra realidad como la única posible (y quizá sea así), y su fin, lento pero inexorable, nos llena de titubeos y de dolores que, en el fondo, a nadie importa, y a esa Vida, a ese océano, a esa palma que nos sostiene, menos que a nadie.

Quizá sea necesaria esa ruptura, esa solución de continuidad para despertar a nuevos estados de conocimiento, nuestros y de lo que nos rodea, y esas heridas llamadas Enfermedad, Desesperanza, Pérdidas, Engaños, Decepciones no sean sino herramientas, filosas y peligrosas como un escalpelo, como un terremoto o un remolino, que nos llevan a la destrucción y  a la construcción inmediata de nosotros mismos.

Allí donde nosotros preferimos una corrección, un discreto corte, un atajo, la Vida deshace lo creado, y con esa desfachatez de la abundancia, empieza de cero, de cero bajo cero, sin remordimientos ni ensoñaciones falsas.

Hay un momento en cada vida, variable para cualquiera, en la que las circunstancias que nos rodean nos llevan, cegados y perdidos, al límite del abismo, a la frontera de nosotros mismos. Y vaya que da vértigo. Y aunque recemos malamente, aunque desviemos nuestra vista a Dios, al Infinito, a la Naturaleza, sólo un silencio de ultratumba refiere el eco de nuestro lamento, y la Oscuridad que nos rodea entonces es más densa que la carne y más dolorosa también. Y la ruptura llega, el salto se da, la caída libre se produce, la revolución de los astros comienza, el dolor todo lo llena, y en ese viaje a la verdadera libertad, dejamos nuestra vida atrás, lamentando lo perdido, enojados con el Destino y cegados al porvenir.

En la frontera la vida se ve con otros ojos y se palpa de distinta manera. Todo es informe, todo es inasible y resbaladizo. Tal es la presión que nos invade, que somos incapaces de mantener el equilibrio que ese borde nos exige, somos infelices porque nadie sobrevive a esa lucha, y hay que dejarlo todo atrás. Todo. Hasta ser quienes somos. Para ganar la libertad. Una libertad que no pedimos, que no queremos, pero que se nos ofrece porque sí y sin remedio.

La Vida no tiene remedio. Ocurre y ya está. Y en ese juego de finalidades perpetuas, de constante cambio, nuestro cambio es como arena en el río, que estorba hasta que desaparece, haciéndose una con la masa líquida y eternamente cambiante: Heráclito hablaba de la Naturaleza de la Vida, pero en realidad sólo retrataba el verdadero destino del hombre.

Y en esa frontera se encuentra hoy mi vida. Y ese vértigo me marea. Me ahoga. Me paraliza. Y me hace temblar. Y me hará caer hasta hacerme desaparecer y renacer, renacer siendo otro, otro hombre desmemoriado para empezar el eterno ciclo otra vez. Sin nadie al que asir mi mano, sin nadie al que pedir ayuda. Solo. Triste. Abandonado. Pero decidido…., porque no hay vuelta atrás.

Lazos quebrados/ Ties untied.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Creo que hubiese sido mejor no conocerte. Ahora que lo pienso, hubiese sido mejor seguir caminando con el corazón apagado, lleno de las nieblas espesas del desconocimiento. Son cómodas, nos dan protección y restringen la visión. Como mi miopía. Siempre he sentido que limita mi avance, que impide que me dé cuenta de las cosas, de los sentimientos y de los seres humanos. Tú eres la prueba; la prueba de que, a pesar de entrar en la vida con los ojos abiertos, los demás se encargan de cegarnos bien con sus mentiras oscuras, bien con sus brillantes verdades, y con sus actos. Nada nos define más que nuestros actos, nuestras palabras transformadas en acción y en reacción, y una reacción que es una herida, y una herida que es una cicatriz, y que, como tal, dura por siempre.

Siempre… Bella palabra que nos calienta el alma. Nos llenamos la boca con la grandilocuencia de su sonido; alimentamos al espíritu con las esperanzas y los sueños que encierra. Pero siempre no es por siempre, pues nada dura eternamente. La vida pone al soñador en el lugar adecuado, como coloca al bandido o al ejecutor, al juez y al testigo. Nada es para siempre… El amor, ese bello embustero; la amistad, ese concepto frágil como el cristal y a veces tan opaco como la noche que la rodea; la salud, cuya continuidad es falsa como una pantomima, como un chiste verde… Y tú. Tú. Tú.

Conocerte y que la tierra temblase bajo mis pies fue la misma cosa. Pensé que me daba un vahído sólo con verte, y mira que yo he visto mucho. Ese pelo de cascada, esa mirada de océano, esos labios sonrosados y esa voz …, oscura, aterciopelada, transparente… Y esa voz, que aún en mi recuerdo hoy retumba como un latigazo, como un chispazo de pura energía. Porque me llenaste de energía inflamada, volátil, expansiva. Me sentí un universo cuando te dirigiste a mí; y cuando me sonreíste, el cielo cobró todo su sentido y la noche que nos separaba dejó de ser esquiva y se convirtió en nuestra protectora.

Creí en ti, creí en mí, creí en la palabra siempre… Pero nunca, nunca hay que creer en el Destino; nunca hay que creer en unos sueños que no son de nuestra propiedad. Porque los sueños están hechos de ese material móvil, plástico y revoltoso que se escapa de las manos, libre e inseguro, y que nunca retorna a nuestras palmas.

Decir que eras mi sueño quizá sea una exageración… No me importa: es cierto. Pensé que nunca (sí, me persigue ese concepto) hallaría ese conjunto de casualidades que engendraban tu persona y sin embargo, allí estabas, y estabas para mí… O eso creí. O eso me hiciste creer. Como me hiciste sufrir.

¡Cuántos lazos quebrados, lazos que nunca (sí, esa palabra de nuevo) iban a desatarse! Promesas bañadas de mediodía, cuando las risas y las confidencias y las coincidencias dibujan paisajes sinuosos, devorantes, informes, intoxicadores de la mirada y de la calma y apaciguadores del miedo. Amor, ese puro fantasma…

Cuando estábamos juntos todo era posible. El insomnio era una invitación a la pasión, al conocimiento del ser que, echado, roncaba a nuestro lado. Las comidas, un puente a la pasión del lecho. El lecho, la estrada de los sueños imposibles y la única salida (la única) que tenías de mí.

No sé si me amaste. Una parte de ese orgullo herido que todavía me queda quiere creer que sí. Porque esas caricias escondidas, esas risas en el coche, esas intimidades sutiles: una caricia, una sonrisa, un guiño, debían significar algo, debían tener algún peso en la marea hirviente de tu vida. Debían tenerlo porque si no… ¿Qué será de mí?

Porque tu presencia me definía así como ahora tu ausencia me justifica. El hueco que has dejado con tu partida cobarde se llena de la ausencia de mí mismo, perdido en algún lugar entre tu recuerdo y mi corazón… Yo, que te lo entregué todo, que tejí los cien lazos del cuerpo, los mil lazos del alma, en una enredadera que codiciaba tu cuerpo, que gozaba con tus caricias y seguían con avidez tus labios sonrosados y tu mirada de gacela.

Porque tu ausencia hace de mí el hombre que hoy soy, abandonado en el desierto del amor frustrado, deshabituado a la soledad como el rico a la pobreza; perdido, hallado, descolocado, herido, ansiado, manido y abandonado. Tu ausencia ha dibujado en mi interior un hombre roto rodeado de lazos quebrados, quebrados por tu ligereza y por el egoísmo de ser tú mismo.

Pero ahora ya no me despierto por las noches desesperado, ni salgo corriendo descalzo bajo la lluvia buscándote… Ahora sé que el silencio es la antesala de la soledad, y la soledad del dolor, y el dolor de la nada. Y la nada me lleva al fin, y el fin a ti. Aquello que representó toda la esperanza, todo futuro, es hoy un montón de escombros, lazos quebrados amontonados a mis pies; una realidad tan cruel y vasta como el negro sueño que has dejado tras de ti.

El mundo sigue girando. Las desgracias de los demás rebotan en nuestra piel, demasiado absorbida en ser sí misma para preocuparse por las banalidades ajenas… ¿Ves en lo que me he convertido? Ni yo mismo me reconozco… Has expandido tanto mis horizontes que los límites que me atesoraban están borrados, extraviados no sé dónde; seguramente junto a mis ganas; seguro que se hallan apoyadas en mis Esperanzas, destiladas en el mar de tu mirada, en el pozo vacío de tu vida a mi lado, hueca, inmisericorde.

Hubiese sido mejor no haberte conocido… Porque no sería el hombre que ahora soy. Un hombre perdido que vaga sin ímpetus ni necesidades, o con las necesidades justas. De las que tú, su esencia y su nadir, se ha extraviado para nunca más volver a brillar, para nunca más volver a latir.

Y, ahora que lo pienso, hubiese sido mejor seguir caminando con el corazón apagado, lleno de las nieblas espesas que emborronan las vidas ajenas; hubiese sido mejor que mi miopía siguiese limitando el mundo, mi mundo desconocido del amor, de la esperanza, de la ilusión, en vez de hacerlo vagar por éste de la desilusión, del abandono y del desamor. No sé si valías el precio que he pagado por ti, ya que ha sido mi propia vida… Antes no me hubiese planteado si quiera esa posibilidad, pero hoy…, ya ves, no soy el mismo. No lo soy desde que te fuiste sin avisar, desde que me dejaste tirado en el arcén de los sentimientos perdidos y que me han llevado a ser lo que ahora soy: una pálida sombra de lo que fui.

Amor, ese puro fantasma…