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Lazos quebrados/ Ties untied.

Creo que hubiese sido mejor no conocerte. Ahora que lo pienso, hubiese sido mejor seguir caminando con el corazón apagado, lleno de las nieblas espesas del desconocimiento. Son cómodas, nos dan protección y restringen la visión. Como mi miopía. Siempre he sentido que limita mi avance, que impide que me dé cuenta de las cosas, de los sentimientos y de los seres humanos. Tú eres la prueba; la prueba de que, a pesar de entrar en la vida con los ojos abiertos, los demás se encargan de cegarnos bien con sus mentiras oscuras, bien con sus brillantes verdades, y con sus actos. Nada nos define más que nuestros actos, nuestras palabras transformadas en acción y en reacción, y una reacción que es una herida, y una herida que es una cicatriz, y que, como tal, dura por siempre.

Siempre… Bella palabra que nos calienta el alma. Nos llenamos la boca con la grandilocuencia de su sonido; alimentamos al espíritu con las esperanzas y los sueños que encierra. Pero siempre no es por siempre, pues nada dura eternamente. La vida pone al soñador en el lugar adecuado, como coloca al bandido o al ejecutor, al juez y al testigo. Nada es para siempre… El amor, ese bello embustero; la amistad, ese concepto frágil como el cristal y a veces tan opaco como la noche que la rodea; la salud, cuya continuidad es falsa como una pantomima, como un chiste verde… Y tú. Tú. Tú.

Conocerte y que la tierra temblase bajo mis pies fue la misma cosa. Pensé que me daba un vahído sólo con verte, y mira que yo he visto mucho. Ese pelo de cascada, esa mirada de océano, esos labios sonrosados y esa voz …, oscura, aterciopelada, transparente… Y esa voz, que aún en mi recuerdo hoy retumba como un latigazo, como un chispazo de pura energía. Porque me llenaste de energía inflamada, volátil, expansiva. Me sentí un universo cuando te dirigiste a mí; y cuando me sonreíste, el cielo cobró todo su sentido y la noche que nos separaba dejó de ser esquiva y se convirtió en nuestra protectora.

Creí en ti, creí en mí, creí en la palabra siempre… Pero nunca, nunca hay que creer en el Destino; nunca hay que creer en unos sueños que no son de nuestra propiedad. Porque los sueños están hechos de ese material móvil, plástico y revoltoso que se escapa de las manos, libre e inseguro, y que nunca retorna a nuestras palmas.

Decir que eras mi sueño quizá sea una exageración… No me importa: es cierto. Pensé que nunca (sí, me persigue ese concepto) hallaría ese conjunto de casualidades que engendraban tu persona y sin embargo, allí estabas, y estabas para mí… O eso creí. O eso me hiciste creer. Como me hiciste sufrir.

¡Cuántos lazos quebrados, lazos que nunca (sí, esa palabra de nuevo) iban a desatarse! Promesas bañadas de mediodía, cuando las risas y las confidencias y las coincidencias dibujan paisajes sinuosos, devorantes, informes, intoxicadores de la mirada y de la calma y apaciguadores del miedo. Amor, ese puro fantasma…

Cuando estábamos juntos todo era posible. El insomnio era una invitación a la pasión, al conocimiento del ser que, echado, roncaba a nuestro lado. Las comidas, un puente a la pasión del lecho. El lecho, la estrada de los sueños imposibles y la única salida (la única) que tenías de mí.

No sé si me amaste. Una parte de ese orgullo herido que todavía me queda quiere creer que sí. Porque esas caricias escondidas, esas risas en el coche, esas intimidades sutiles: una caricia, una sonrisa, un guiño, debían significar algo, debían tener algún peso en la marea hirviente de tu vida. Debían tenerlo porque si no… ¿Qué será de mí?

Porque tu presencia me definía así como ahora tu ausencia me justifica. El hueco que has dejado con tu partida cobarde se llena de la ausencia de mí mismo, perdido en algún lugar entre tu recuerdo y mi corazón… Yo, que te lo entregué todo, que tejí los cien lazos del cuerpo, los mil lazos del alma, en una enredadera que codiciaba tu cuerpo, que gozaba con tus caricias y seguían con avidez tus labios sonrosados y tu mirada de gacela.

Porque tu ausencia hace de mí el hombre que hoy soy, abandonado en el desierto del amor frustrado, deshabituado a la soledad como el rico a la pobreza; perdido, hallado, descolocado, herido, ansiado, manido y abandonado. Tu ausencia ha dibujado en mi interior un hombre roto rodeado de lazos quebrados, quebrados por tu ligereza y por el egoísmo de ser tú mismo.

Pero ahora ya no me despierto por las noches desesperado, ni salgo corriendo descalzo bajo la lluvia buscándote… Ahora sé que el silencio es la antesala de la soledad, y la soledad del dolor, y el dolor de la nada. Y la nada me lleva al fin, y el fin a ti. Aquello que representó toda la esperanza, todo futuro, es hoy un montón de escombros, lazos quebrados amontonados a mis pies; una realidad tan cruel y vasta como el negro sueño que has dejado tras de ti.

El mundo sigue girando. Las desgracias de los demás rebotan en nuestra piel, demasiado absorbida en ser sí misma para preocuparse por las banalidades ajenas… ¿Ves en lo que me he convertido? Ni yo mismo me reconozco… Has expandido tanto mis horizontes que los límites que me atesoraban están borrados, extraviados no sé dónde; seguramente junto a mis ganas; seguro que se hallan apoyadas en mis Esperanzas, destiladas en el mar de tu mirada, en el pozo vacío de tu vida a mi lado, hueca, inmisericorde.

Hubiese sido mejor no haberte conocido… Porque no sería el hombre que ahora soy. Un hombre perdido que vaga sin ímpetus ni necesidades, o con las necesidades justas. De las que tú, su esencia y su nadir, se ha extraviado para nunca más volver a brillar, para nunca más volver a latir.

Y, ahora que lo pienso, hubiese sido mejor seguir caminando con el corazón apagado, lleno de las nieblas espesas que emborronan las vidas ajenas; hubiese sido mejor que mi miopía siguiese limitando el mundo, mi mundo desconocido del amor, de la esperanza, de la ilusión, en vez de hacerlo vagar por éste de la desilusión, del abandono y del desamor. No sé si valías el precio que he pagado por ti, ya que ha sido mi propia vida… Antes no me hubiese planteado si quiera esa posibilidad, pero hoy…, ya ves, no soy el mismo. No lo soy desde que te fuiste sin avisar, desde que me dejaste tirado en el arcén de los sentimientos perdidos y que me han llevado a ser lo que ahora soy: una pálida sombra de lo que fui.

Amor, ese puro fantasma…

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